sábado, 18 de octubre de 2014

Crónicas niponas 32: Tokyo. Odaiba.

6 de agosto de 2013. Día 15. Parte II. Tokyo (東京都). Odaiba (お台場).

CAPÍTULO TRIGESIMOSEGUNDO:
ODAIBA


Subimos al monoraíl de la línea Yurikamome para ir a Odaiba. Cantando mentalmente la mítica “monoraaaaaaíl, monoraaaaaíííl!” de Los Simpson, circulamos por la vía elevada entre rascacielos. Llegamos hasta el Puente Rainbow, un enorme puente colgante de casi 1 kilómetro de longitud que una la isla artificial de Odaiba con el resto de Tokyo.

Nuestra primera idea había sido cruzarlo a patas, pero nos empanamos y nos pasamos la parada. Así que cuando llegamos a Odaiba cogimos de nuevo el tren una parada hacia atrás. Pero entonces pensamos que iba a ser una caminata de la hostia y que además el paseo peatonal iba junto a la horda de coches que iban expulsando humo. De modo que nos arrepentimos y al cabo de unos minutos cruzábamos por tercera vez el puente. Unas vueltas extremadamente monguer, pero que al no haber salido por los tornos en ninguna ocasión, nos salían gratis. La gilipollez nos sirvió para disfrutar de las fantásticas vistas a la bahía, por lo menos.

Cuando llegamos definitivamente a Odaiba, comenzó a llover enseguida, así que hubimos de buscar refugio en un megacentro comercial. En el interior del edificio podía encontrarse un sinfín de tiendas, restaurantes, museos, incluso parques de atracciones. Como de costumbre,  estaba atestado de japoneses que paseaban, disfrutaban y compraban, compraban sin parar. Es el país más consumista que he visto, con diferencia.

Salimos del edificio cuando pensábamos que la lluvia había cesado de caer. Pero en un instante estábamos corriendo hacia la terraza cubierta de un bar donde pasamos el rato tomando unas cervezas.

En un momento dado, Ruth fue a buscar el baño y desapareció por unos 20 minutos. Yo ya estaba preocupado, pero no me podía mover del sitio por si aparecía. Por fin apareció, con cara de susto.

Por fin había parado de llover, así que pudimos disfrutar de unas vistas geniales de la bahía de Tokyo mientras el sol se ponía sobre la ciudad. Las nubes se teñían de tonos anaranjados y ocres. Al caer la noche, se iluminó el Rainbow Bridge. Frente a nosotros, contemplaba el espectáculo una réplica de la Estatua de la Libertad. Copiar, adaptar y mejorar es una de las más arraigadas costumbres niponas. Y a la vista está que lo hacen estupendamente.

A nuestra espalda se alzaba el futurista edificio de la Fuji TV con su esfera mirador. La noche llegó y las luces del puente fueron acompañadas por las de los barcos que surcaban la bahía con el telón de fondo de los rascacielos. Aquel atardecer mirando a Tokyo era la mejor forma de despedirnos de Japón.

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