martes, 30 de septiembre de 2014

Crónicas niponas 29: Tokyo. Kōkyo

5 de agosto de 2013. Día 14. Parte I. Tokyo (東京都). Kōkyo (皇居).

CAPÍTULO VIGESIMONOVENO:
PALACIO IMPERIAL


Desayunamos en el bar del albergue y nos fuimos en metro hacia la Tokyo Station. Antes del ansiado regreso a Akihabara, íbamos a visitar el Palacio Imperial. Salimos de la estación central a un mundo desconocido con anchas avenidas, rascacielos y pulcras aceras.

Era extraño estar allí fuera, y es que después de tantos días conociendo Tokyo y pasando por aquella estación se me hacía  muy extraño ver que había más afuera que aquel enorme submundo de andenes, túneles y tiendas.

El caso es que paseamos bajo los rascacielos, hasta llegar a los límites del foso del palacio. Lamentablemente siglos de incendios y terremotos no han dejado mucho en pie por allí, por lo que tan sólo podía verse el foso y la muralla exterior.

Ello daba paso a unas grandes explanadas con los habituales jardines cuidadísimos. Anduvimos hasta el puente de entrada y luego tratamos de ir a los jardines orientales, que eran los únicos que se podían visitar del Palacio, ya que allí vive la familia del Emperador. Se podían visitar, sí, a excepción de los lunes. Nos quedamos sin entrar.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Crónicas niponas 28: Tokyo. Shinjuku

4 de agosto de 2013. Día 13. Parte III. Tokyo (東京都). Harajuku (原宿).

CAPÍTULO VIGESIMOCTAVO:
SHINJUKU


Salimos de la enorme y caótica estación de Shinjuku con la sensación de ser hormigas. Casi 4 millones de personas al día utilizan esta estación, lo que la hace la más transitada del mundo.

Al salir del hormiguero, nos encontramos con los rascacielos de acero y cristal que tanto nos recordaban al paisaje neoyorquino. Las altas torres nos hicieron sentir aún más pequeños mientras caminábamos hacia las torres del ayuntamiento.


Una vez allí, subimos al mirador, desde donde teníamos vistas espectaculares de la megaciudad de Tokyo, con aquel mar de luces iluminando hasta el horizonte. Aquellas vistas nocturnas eran impresionantes.

Rodeamos los ventanales contemplando la inmensidad de luces. Al menos lo que nos dejaron, ya que un restaurante se había apropiado de la mitad de la torre. Cuando nos cansamos de estar en las alturas, tomamos de nuevo el ascensor y caminamos hacia la estación para volver en metro a la estación de Kuramae.

Cerca de nuestro hostel cenamos en un bareto de carnes a la parrilla, pero no nos gustó demasiado. Me había vuelto adicto al sushi y tras un par de días sin comerlo ya lo echaba de menos.

Volvimos al albergue.

Crónicas niponas 27: Tokyo. Harajuku

4 de agosto de 2013. Día 13. Parte II. Tokyo (東京都). Harajuku (原宿).

CAPÍTULO VIGESIMOSÉPTIMO:
COSPLAYS EN HARAJUKU


Un par de trenes y un metro más tarde, estábamos en Kuramae, cerca de Asakusa. Allí estaba nuestro nuevo hogar en Tokyo, el Nui Hostel.

Como aún no podíamos hacer el checkin, dejamos allí las mochilas y nos fuimos a buscar un sitio para comer. Primero entramos en un sitio de okonomiyaki (pizza japonesa), pero la camarera era una borde y nos fuimos. Era muy raro ver algo así en Japón. Lo cierto es que te malacostumbras a la hospitalidad y amabilidad extremas. Cuando viajábamos por allí, me preguntaba cómo iba a poder volver al trato de Madrid, donde muchas veces parece que te hagan un favor por atenderte en un bar.

Al final encontramos otro lugar donde todo eran sonrisas y simpatía y fuimos felices de nuevo. Teníamos que elegir los platos y bebida en una máquina con pantalla táctil en la que ya pagabas. Luego le entregabas los tickets a la camarera. Como todo estaba escrito con kanjis, nos guiamos simplemente por las fotos. Comimos unos platos de carne con su habitual acompañamiento de sopa de miso y arroz. Después, volvimos al hostel para hacer el check-in y subimos las mochilas a nuestra pequeña habitación con vistas al río.

Por la tarde fuimos al barrio de Harajuku, barrio principalmente de jóvenes frikis y modernos donde decían que abundaban los cosplays. Esto es, gente que pulula por el barrio disfrazados de góticos, lolitas o su personaje de manganime favorito. Las bandas urbanas que sólo una ciudad como Tokyo podría tener.

Llegamos gracias a la querida línea JR Yamanote, aún de gratis ya que era el último día de validez del JR Pass. Nos bajamos en Harajuku y nos metimos en el parque Yoyogi, famoso también por los cosplays, aunque aquella tarde sólo pudimos ver skaters y algún Elvis.

Brillaba el sol y los tokyotas disfrutaban de un picnic, de un libro, de un paseo, o simplemente de estar tirados sobre el césped de aquel enorme parque. Paseamos junto a un gran lago con tortugas y nos relajamos en aquel oasis.

Tras una vuelta por el parque, nos adentramos en el barrio de Harajuku. A medida que avanzaba la tarde pudimos ver más y más cosplays. En el entretenidísimo paseo te cruzabas con frikis de todo tipo y en adalides de la modernidad más cyberpunk. También mucho gótico de peinados imposibles y lolitas con sus dos coletas y vectidos victorianos con todos los complementos a juego.

También vimos buen número de tiendas de modernos a cual más extraña, como la de ropa de Barbie a tamaño real, para las que quisieran vestirse como la muñeca. Descubrimos una tienda de trajecitos para perros con fotos de Paris Hilton y su atroz mascota en el escaparate. Se ve que compraba allí la ropa para su perro-rata.

Las tiendas eran de un moderno que haría palidecer a cualquier hipster madrileño de Fuencarral. Y es que los establecimientos tenían atuendos de lo más estrambóticos. Nos compramos un par de camisetas de nivel friki básico y volvimos sobre nuestros pasos hacia la estación, echando alguna que otra foto furtiva.


domingo, 28 de septiembre de 2014

Crónicas niponas 26: Hakone

4 de agosto de 2013. Día 13. Parte I. Hakone (箱根町).

CAPÍTULO VIGESIMOSEXTO:
EL ESQUIVO MONTE FUJI


Amanecimos en el bed & breakfast y luchamos por nuestro desayuno entre hordas de japoneses sincronizados. Cuando terminamos, cogimos los macutos y nos fuimos a hacer un recorrido circular por la región antes de irnos a Tokyo.

Esperamos al bus lanzadera, que nos devolvía a las rutas transitables por la civilización y cogimos un autobús hasta orillas del lago Ashi, en Hakone Machi. Nuestro Hakone free pass nos permitía coger todos los trenes por aquella zona, aunque como no nos entusiasmaba demasiado y ello incluía teleféricos archienemigos de Ruth, nos íbamos a limitar a ir al lago. La leyenda contaba que desde allí era posible ver el Fuji. Mis ojos vieron decentas de fotos en folletos que así lo atestiguaban.

Llegamos al embarcadero un par de minutos antes de la salida del siguiente ferry, que era un barco pirata, así en plan turistada. A la gente le encantaba. Nosotros estábamos más interesados en las vistas, pero lamentablemente el día estaba nublado y ya intuimos que nos iba a ser imposible divisar el Fuji.

Soltamos las mochilas sobre la cubierta del barco pirata y zarpamos hacia el Grand Line... digo hacia Togendai-ko, el pueblo que se encontraba en la otra orilla. El paisaje era muy bonito, pero nuestros ojos buscaban incansables el Fuji, en el horizonte tras el velo de nubes. No hubo suerte y no se dejó ver. Asignatura pendiente para otro viaje a Japón. A ser posible en primavera para ver la cumbre nevada.

Llegamos a Togendai y desde allí cogimos el siguiente autobús a Hakone-Yumoto, ya que no queríamos estar por más tiempo arrastrando los mochilones y estábamos deseosos de volver a Tokyo.

Crónicas Niponas 25: Hakone

3 de agosto de 2013. Día 12. Hakone (箱根町).

CAPÍTULO VIGESIMOQUINTO:
LA INESPERADA VISITA A HAKONE


Salí de mi cápsula-nicho cual muerto viviente que vuelve a caminar por el mundo de los vivos. En todo caso, había dormido bien. Me reuní con Ruth en las zonas comunes y tras coger nuestros bártulos, nos fuimos a continuar el viaje.

Aquel día teníamos previsto ir a Koyasan, pero la súbita revelación de que haría falta subir en un vertiginoso teleférico para llegar allí, espantó a Ruth y tuvimos que cancelar la visita. Bajona. Pero no sólo por la visita, sino porque no podíamos cancelar la reserva con menos de 24 horas y encontrar alojamiento un sábado en Japón iba a ser un problema.

Nos fuimos a la estación de Shin-Osaka, donde conectamos los teléfonos a la wi-fi pública de la estación para tratar de reservar algo en Tokyo. Fin de semana y verano en Tokyo. Imposible. Al final por precio y disponibilidad lo único que pudimos encontrar fue un bed & breakfast en Hakone, con el deseo de poder ver el monte Fuji.

Nuestro siguiente e inesperado destino quedó así decidio y cogimos el siguiente shinkansen para Odawara, donde cambiamos a otro regional para Hakone. Compramos el Hakone free-pass, ya que el de JR no nos servía.

El sitio que habíamos reservado, B&B Pension Hakone, resultó estar en el quinto ojete. Además de los trenes, tuvimos que coger un autobús hasta el medio del monte y luego una lanzadera. Los verdes paisajes montañosos que nos rodeaban eran muy bonitos, pero no pudimos disfrutarlos en demasía con la sensación que nos embargaba de haber tirado el día por la borda.

Finalmente llegamos al bed & breakfast en un abarrotado minibús. Era bastante grande, pero la verdad es que el sitio era la mierda. Y lo digo literalmente, porque nunca había visto baños sucios en Japón hasta que llegamos a este hotel. Fue el peor alojamiento del viaje.

Me pegué una ducha en un baño que no había visto el agua desde hacía eones. Las telarañas caían al mismo tiempo que el agua y sus inquilinas correteaban sobre los grises azulejos. Quizás es que sólo utilizaban el onsen para asearse, pero no apetecía.

El sitio tenía máquinas expendedoras por doquier, cosa de agradecer pues no había nada alrededor de la pensión y la lanzadera que te acercaba a la civilización sólo funcionaba hasta las 21:00. Cenamos a base de cerveza y unas patatas de plástico que saqué de una máquina de comida congelada auto-cocinable. Después estuvimos viendo en la tele un concurso de animes de ayer y siempre.

Crónicas Niponas 24: Osaka

2 de agosto de 2013. Día 11. Parte II. Osaka (大阪市).

CAPÍTULO VIGESIMOCUARTO:
DOTONBORI Y EL HOTEL CÁPSULA


Enlazamos con la estación de Miyajima-guchi y de allí a Hiroshima, donde llegamos demasiado justos de tiempo y perdimos el tren que habíamos reservado hacia Osaka. Comimos unos okonomiyaki ricos y contundentes y nos fuimos a los andenes para coger el primer Shinkansen sin reserva. Pero rompimos la regla sagrada de los trenes japoneses. Y es que si tu tren sale en el minuto 17 y aparece un tren a y 13, no es tu tren.

De modo que por error cogimos el tren de alta velocidad Nozomi, que no cubría nuestro pase de JapanRail. Nos dimos cuenta de la cagada antes de que pasara el revisor y nos bajamos en la siguiente parada, en Nagoya. El Shinkansen que venía detrás era el bueno, y con éste llegamos a la estación de Shin-Osaka.

En la oficina de turismo nos indicaron cómo llegar en metro a Shinsaibashi. Eso hicimos y subimos a la superficie en una calle muy fashion de tiendas de marca y demás pijerías. Tomamos una perpendicular que estaba llena de bares y llegamos al Asahi Plaza, uno de los famosos hoteles cápsula, en el que haríamos noche.

Al llegar, lo primero te hacían descalzarte y poner las zapatillas en una taquilla. Acto seguido, hicimos el checkin y nos dieron a cada uno la llave de una taquilla. Nuestras respectivas cápsulas se encontraban en plantas diferentes, ya que estaban separadas por sexos. Esto es habitual, de hecho, éste era uno de los pocos hoteles cápsula mixtos. Habitualmente son usados sólo por hombres, los llamados salary-men.

La taquilla era de espacio reducido, y tuve que optar por el milenario método del estrujamiento para que entrara todo. En el interior hallé un pijama-kimono de color caqui y aspecto carcelario. Luego me fui a ver la cápsula. Recorrí el laberinto de pasillos donde se alineaban las cápsulas en largas hileras, dispuestas en dos alturas. Parecía una colmena.


Las cápsulas no tenían llave, a modo de puerta contaban con una esterilla como persiana.  Me asomé al que sería mi cobijo aquella noche. De parecerse a algo, sería a un nicho de cementerio. En el interior había una tele y una serie de interruptores. Nada más. Se supone que no puedes meter objetos personales dentro, para eso está la taquilla. En la cápsula, sólo tú y tu pijama carcelario.

Busqué la salida de la colmena y me encontré de nuevo con Ruth en las zonas comunes. Allí había una sala con hamacas que tenían auriculares incorporados en la parte donde apoyabas la cabeza. Frente a las filas de hamacas, había cuatro pantallas de televisión, cada una sintonizando un canal. Algún concurso, animes y un canal de carácter erótico-festivo con japonesas medio en bolas. Junto a la sala de televisión había una biblioteca de manga con tomos de todo tipo y temática. Obviamente, todo en perfecto japonés.


La verdad es que el lugar resultaba bastante tétrico y deprimente. Una luz tenue y señores con pijama marrón que vagaban en soledad. No era tanto el lugar feliz friki-futurista que habíamos imaginado, sino un lugar triste y tenebroso de un futuro más bien distópico.

Estuvimos un rato viendo un absorbente concurso de videojuegos clásicos. El presentador y la azafata buenorra insertaban un cartucho en alguna consola vetusta y los concursantes debían adivinar el juego por la musiquilla. Normalmente, un par de segundos después de pulsar start, los concursantes identificaban de qué juego se trataba. Impresionante.

Tras un rato en las hamacas, nos movilizamos para dar un paseo por la zona de Dotonbori, muy cercana a nuestro hotel. Hacía tiempo que el sol se había puesto, pero en las calles en torno al río no existía la noche. Cientos de paneles luminosos y pantallas gigantes inundaban la calle de luz, música y locura.


Era noche de viernes y las calles estaban a rebosar de los jóvenes más fashion de Osaka. La mayor concentración de japonesas con pelo teñido de rubio y pestañacas estaba allí. Como siempre muy monas y preparadas, con pelos y maquillaje perfectos y la última moda en ropa mientras se paseaban captando todas las miradas.

Nos paseamos entre el caos multicolor. Después del remanso de paz de Miyajima, aquello era un estrés. Y es que Japón es así: pasas de templos, paisajes y zen al mundo del caos y estruendo tecnológico en apenas un instante. Esto era una constante en el viaje. Nos volvíamos locos con estos cambios.

Nos mezclamos en el tumulto fashion y alcoholizado, muy freak en un sentido moderno hipster pijo futurista. Difícil de explicar.

No faltaba también el punto bizarro como cuando nos cruzamos paseando con el Hombre del Futuro. Era un occidental que se paseaba echando fotos como cualquier otro gayjin. Esto no destacaría en absoluto si no fuera porque el hombre iba embutido en un mono negro a la última moda del siglo XXIII, con conectores tipo Matrix y luces por todo el cuerpo. Con la inquietud de no saber de si era un entrañable friki loco o alguien que nos iba a matar a todos, nos sumamos al estupor general.



Nuestro paseo nos llevó hasta una calle de restaurantes, con muñecos en las fachadas como dragones o cangrejos moviendo las pinzas. Entramos a cenar en un kaiten-sushi. Éste es un restaurante de sushi que tiene la peculiaridad de que los comensales se sientan en torno a la barra, junto a la que gira una cinta transportadora por la que van pasando platos con lo que van preparando. Deliciosos nigiris, makis, sashimis, pasando ante ti y al alcance de la mano. Simplemente vas cogiendo los platitos que te entran por el ojo. Cada color tiene asignado un precio. De todas formas, delante de cada fila de sushis de un determinado tipo solía haber un cartelito que indicaba el precio y los ingredientes.


En la barra había dispensadores con té verde japonés, que era gratuito. Pero nosotros nos decantamos por la cerveza y fuimos cogiendo platos. Todo estaba espectacular. De hecho, quizás fue el mejor sushi que probé en Japón. Y barato, muy barato. Fuimos llenando los estómagos al tiempo que nuestras torres de platos apilados crecían. Pero no podíamos rivalizar con el señor del taburete vecino. Llegó a apilar, contamos, 16 o 17 platos en varias torres, más de lo que habíamos comido entre los dos. Era un tirillas, pero no parecía tener fin.


Salimos del kaiten-sushi satisfechos por la rica cena y seguimos dando vueltas por Dotonbori. Nos fuimos a un bar a tomar unas cervezas y después volvimos a dormir al hotel cápsula. Allí nos esperaban nuestras inhumanas cápsulas asépticas. Me puse el pijama de los condenados y dejé la batería de la cámara cargando en el interior de una pequeña taquilla con enchufe en su interior, dedicada a la carga de los gadgets.

Me retiré a descansar a mi cápsula nicho donde vi un rato la tele. Había cinco canales, tres con los habituales concursos y frikadas japos y otros 2 eran directamente porno japonés de genitales pixelados. La cápsula contaba con una pequeña luz para leer, radio y despertador.

El sitio estaba bien para hacer la frikada una noche, pero no lo recomiendo para más por el ambiente que se respiraba allí. Si quieres sobrevivir y no acabar cortándote las venas dentro de un nicho de hotel cápsula, no lo recomiendo para estancias largas.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Crónicas Niponas 23: Miyajima

2 de agosto de 2013. Día 11. Parte I. Miyajima (宮島町).

CAPÍTULO VIGESIMOTERCERO:
ASCENSO AL MISEN


La luz del sol se filtraba a través de los paneles de la habitación. Nada más despertar, Ruth fue a pegarse un baño al onsen, apurando el ryokan antes de la hora del checkout. Mientras, yo fui preparando la mochila antes de bajar a desayunar.


Bajamos al bar a las 8:30, donde ya nos esperaban con un exageradamente inmenso desayuno, con sopa de miso, pescados varios y un sinfín de platos para degustación. Comimos hasta hartarnos e hicimos el checkout, dejando las mochilas en recepción para irnos a andar por Miyajima.



Pasamos nuevamente frente al torii rojo, que con la marea baja quedaba un poco deslucido, con riadas de turistas caminando por la playa y haciéndose fotos en su base.

Subimos hacia la estación de teleférico para el monte Misen. Compramos los billetes y en el último momento Ruth se acojonó, así que subí yo solo. Eran un par de estaciones hasta llegar al monte. El teleférico ascendió, revelando el mar allí abajo de la isla y pasando sobre la espesura de los bosques verdes.


Una vez arriba, rodeé la estación. Había unos cuantos observatorios que permitían ver las islas circundantes. Aunque el día estaba despejado, la calima no dejaba ver mucho, pero las vistas igualmente merecían la pena.

No obstante, lo más interesante era la propia subida a la cima del monte Misen, que emprendí enseguida. Un sendero tortuoso con diversos tramos de escaleras iba subiendo por la montaña. Al cabo de una rápida subida, llegué a medio camino. La humedad y el esfuerzo físico me dejaron jadeando y sudando a chorros. Había llegado a una pequeña explanada donde se levantaba un pequeño templo que albergaba la Llama Eterna. Esto era una hoguera que dicen lleva encendida la friolera de 1.200 años. Un caldero con incienso colgaba suspendido sobre los troncos, expulsando humo que colocaba en un radio de varios metros en torno al templo.






De nuevo al camino. Árboles, escalones, rocas y algún que otro ciervo que se asomaba al camino para luego desaparecer en el bosque. Por fin llegué a la cima, la intensa humedad era casi insoportable, y sudaba como un puto cerdo. Los japoneses parecían casi ni inmutarse.



Disfruté de la recompensa de la cima, bebiendo agua para combatir la deshidratación. Aunque la calima de nuevo desmerecía las vistas, pero lo mejor había sido el camino en sí, en medio de la naturaleza agreste.

Bajé de nuevo a la estación para coger los siguientes teleféricos que me llevaran hasta el suelo de Miyajima. Me reuní con Ruth, que se había quedado abajo dando una vuelta y leyendo mangas de One Piece.

Volvimos al ryokan pasando por la calle principal, que ahora estaba bastante más animada, con algunas tiendas de souvenirs abiertas. Recogimos nuestras mochilas del hotel y nos fuimos hacia la terminal de ferries de JR.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Crónicas Niponas 22: Miyajima

1 de agosto de 2013. Día 10. Parte II. Miyajima (宮島町).

CAPÍTULO VIGESIMOSEGUNDO:
EL TORII FLOTANTE


El ferry se aproximó a la isla, cerca del torii rojo que flotaba con la marea alta. Tras desembarcar, fuimos al ryokan que teníamos reservado. Nos habíamos querido dar aquel lujo en Miyajima y sin duda mereció la pena.

Un ryokan es un alojamiento tradicional japonés. A nuestra llegada nos recibieron con exageradas atenciones y reverencias, es lo que se estila en este tipo de alojamiento, pero llegaba a incomodar. Nos enseñaron nuestra habitación, con suelo de tatami y té y merienda de bienvenida. También nos enseñaron a anudarnos correctamente los kimonos.

Podría hablar sobre el minimalismo, sobriedad y elegancia de la habitación, pero no puedo evitar mencionar el baño con subida automática de tapa y demás inventos de cagódromo electrónico japonés top. Tras descansar un rato, subimos a los baños públicos (onsen) de la azotea del hotel. Como aquella noche sólo estábamos dos familias, no había necesidad de la separación por sexos en los onsen. Disponíamos de un baño privado para nosotros solos. Una suerte, pues es evidente que lo suyo es disfrutar de esto acompañado de tu pareja y no de señores desconocidos enseñando el pene.

Nos sumergimos en las aguas ardientes con vistas al torii mientras caía el sol de la tarde. Una pasada.



Nos relajamos en remojo y después de lavarnos, salimos a pasear por el pueblo. Al terminar la tarde, se iban los barcos de turistas y dejaban el pueblo casi vacío. Nos acercamos al torii rojo que flotaba sobre las aguas, a las que el sol del atardecer arrancaba destellos anaranjados. Fue una imagen inolvidable que me encantó disfrutar junto a Ruth.




Contemplamos el mágico atardecer y paseamos por los senderos que llevaban hacia el muelle santuario. Una bonita pagoda se alzaba sobre nosotros mientras más allá el bello torii se mecía sobre las aguas. A nuestro paso se cruzaban los ciervos en libertad que llenan la isla. Tan idílico todo que no parecía que algo así pudiera ser real. Fue una tarde perfecta y uno de los momentos que más disfrutamos en nuestro viaje por Japón.

Tras anochecer, regresamos por un camino invadido de pequeños cangrejos que se aventuraban desde el arroyo cercano. Cenamos en un izakaya en la calle principal del pueblo. Creo que era lo único que quedaba abierto, ya que allí todo cerraba bien pronto, al final de la tarde. Cenamos en la barra unos yakitori (brochetas) y takoyaki (pulpo), acompañados de un par de cervezas.

Después de cenar, regresamos al ryokan, que quedaba muy cerca de allí. Nos encontramos preparado el futón sobre el tatami. En la tele ponían un programa de cómo maquillarse los ojos para que parecieran más grandes. Maquillaban un sólo ojo a mujeres japonesas y luego aplaudían todos ante las diferencias desmesuradas de tamaño de ojo. Bizarrismos made in Japan.
   
Nos encantó Miyajima. Para nosotros es imprescindible en Japón. Fue una tarde y noche inolvidable para nosotros.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Crónicas Niponas 21: Hiroshima

1 de agosto de 2013. Día 10. Hiroshima (広島市).

CAPÍTULO VIGESIMOPRIMERO:
LA BOMBA ATÓMICA DE HIROSHIMA


Madrugón considerable el de aquella mañana. Nuestro destino final era Miyajima, pero antes queríamos llegar a Hiroshima y hacer una visita al Parque de la Paz y el museo de la bomba atómica. Dejamos la llave de la habitación y cogimos el bus a la estación de trenes para viajar en Shinkansen hasta Hiroshima.

Tras unas horas de viaje, llegamos a Hiroshima-shi y cogimos el tranvía para llegar a la zona del Parque de la Paz. Nada más bajar del tranvía, nos encontramos de frente con la impactante Cúpula de la Bomba Atómica. En su día éste fue el Pabellón de Fomento de la Industria, hasta que la zona fue completamente arrasada por la explosión. El edificio fue uno de los pocos que quedaron en pie cerca del epicentro y por ello después de la guerra se decidió conservar como homenaje y recuerdo de aquel funesto día.



Dejamos atrás el desolador armazón de la cúpula para atravesar el parque y dirigirnos al museo. Allí pudimos dejar los mochilones en unas taquillas. A continuación visitamos el Museo de la Paz, alquilando unas audioguías para aprovechar mejor la visita.

El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, la primera bomba atómica hacía explosión a unos 600 metros por encima de la ciudad. Miles de personas murieron al cabo de aquel mismo año como consecuencia de la explosión y radiación posterior.

Permanecimos cerca de 2 horas en el museo, en el que además de aprender mucho sobre los acontecimientos de aquel día, pudimos ver expuestos objetos bastante perturbadores. Por ejemplo, un reloj de bolsillo, detenido a las 8:15 como tantos otros que se encontraron en Hiroshima, todos detenidos en el mismo instante por consecuencia de la radiación, que avería aparatos electrónicos. También las escaleras de entrada a un banco a unos 250 metros del centro de la explosión, donde podía verse la “sombra” de una persona que fue incinerada por la explosión, probablemente mientras esperaba a que abriera el banco.

En la sala central del museo, se encontraba una reproducción de la Cúpula de la Bomba Atómica bajo la que se recogían cientos de copias de cartas enviadas por los alcaldes de la ciudad de Hiroshima. Allí los sucesivos alcaldes exponían sus protestas por las pruebas nucleares de distintas naciones. La última de aquellas, enviada en marzo de 2013, se dirigía a Barack Obama por unas recientes pruebas nucleares de EEUU.

También se exponía un reloj con el número de días pasado desde la última prueba atómica (de las que se tuviera conocimiento, claro está). La última había sido Corea del Norte, hacía menos de 6 meses.

Además de recoger los pormenores de aquel día tristemente histórico, el museo se centra en la idea de que sin el fin de las armas nucleares, el ser humano se enfrenta a ser el causante de su propia extinción. También se recogen firmas para urgir a los países a acabar con las armas atómicas.

Terminamos con el museo y paseamos por el parque. Allí vimos monumentos como la Llama de la Paz (que sólo se apagará en un utópico futuro en que la Tierra esté libre de armas atómicas). También el Monumento Infantil de la Paz, rodeada de grullas de papel. Más allá visitamos el Pabellón de la Paz, un memorial dedicado a todas las víctimas de las bombas atómicas, donde pueden consultarse los nombres e historia de cada una de las víctimas.

El parque estaba lleno de obreros preparando las estructuras para las conmemoraciones del 6 de agosto. Como siempre, había un montón de trabajadores hasta para la más ínfima tarea. Por ejemplo, es habitual ver que pongan a un currante en cada esquina de una pequeña obra para pedir disculpas e indicar por dónde pasar. En España lo mismo ponen un cartel de “perdone las molestias” y da gracias. Así tenemos los índices de paro que tenemos y Japón los suyos (además de infinitas razones más, claro).

Cuando terminamos de ver el parque, fuimos en tranvía de nuevo hasta la estación de tren más cercana, Nishi-hiroshima. Allí comimos en un restaurante de Udon donde nos pusimos hasta el ojete. El local poseía el récord Guinness de anuncio de establecimiento por más tiempo en un periódico, como recordaban orgullosos varios carteles. La canción favorita del dueño sonaba ininterrumpidamente en una radio, en plan bucle. Atrapada infinitamente en el track 4 (¿otro record Guinness?).

Rallados por la música y petados de fideos, nos fuimos en tren hasta la JR Miyajima-guchi. Muy cerca de la estación estaba el muelle del ferry a Miyajima, también felizmente cubierto por el JR Pass.