domingo, 20 de abril de 2014

Crónicas Niponas 19: Nara.

31 de julio de 2013. Día 9. Parte II. Nara (奈良市).

CAPÍTULO DECIMONOVENO:
LOS CIERVOS DE NARA


Cogimos el bus que nos llevaba a la estación mientras miraba el papel con los horarios a Nara. Salía uno express en pocos minutos. Llegamos a la estación 4 minutos antes de que saliera y corrimos por pasillos y andenes para no perderlo. Segundos antes de la partida, irrumpimos sin aliento en el vagón. Así pudimos llegar a Nara a una hora no demasiado indecente, a eso de las 13:20. No estaba nada mal pese a los contratiempos y catástrofes oculares.

Al salir de la estación cogimos un autobús urbano para que nos llevase hasta el parque. Era simplemente impresionante. Cientos de ciervos sika campaban a sus anchas en libertad. Éstos son considerados como mensajeros de los dioses por el sintoísmo. Paseamos sobre el césped del parque mientras hordas de ciervos nos iban rodeando y trataban de comerse el plano que llevaba desplegado o las correas de las mochilas. Se tomaban tantas confianzas que llegaban a acojonar. Los ciervos llenaban Nara, no sólo en el gran parque público, sino que también se aventuraban por plazas y aceras. De vez en cuando alguno se colaba en una tienda de souvenirs.







Siempre rodeados por decenas de simpáticos ciervos tratando de robarme el plano, nos dirigimos al templo de Tōdai-ji, que alberga el Daibutsu, o Gran Buda. Aunque estábamos algo saturados de templos tras nuestro paso por Kyoto, no pudimos evitar sorprendernos ante la majestuosidad de éste de Nara.  El descomunal templo es la mayor edificación de madera del mundo, y la estatua que alberga es aún más impresionante. El Gran Buda de Nara es uno de los monumentos más importantes de Japón y superaba en tamaño al que habíamos visto en Kamakura.



Rodeamos el gran recinto en torno al descomunal Buda, de una altura de 16 metros. Destaca su nariz, que sobresale medio metro de la cara. Cuenta la leyenda que quien consiga entrar en la cabeza del Buda a través de ésta, se contagiará con la sabiduría. Supongo que para evitar encontrarse turistas trepando a la escultura como monos, uno de los pilares de madera tiene una perforación del mismo diámetro que el orificio nasal del Buda. Un grupo de niños se agolpaba junto a la columna para ir atravesando el agujero. Nosotros no llegamos a cruzarlo, evitando contagiarnos de sabiduría ninguna.


La visita a Nara fue bastante rápida, pero no queríamos quedarnos sin ir más tarde al templo de Fushimi-Inari. Pese al percance con el ojo de Ruth y la visita al doctor Pelucas, habíamos conseguido ver Nara y nos alegramos mucho por ello. No podría prescindir de ello en un itinerario por Japón.

Volvimos a la estación y comimos rápidamente un menú de pollo frito del Kentucky patrocinado por One Piece. No contábamos con otra de las catastróficas desdichas de aquel día, y es que la Nara Line se había quedado parada por fuertes lluvias en algún lugar de Japón, así que se estaban cancelando todos los trenes. Dicen que los trenes nipones no fallan nunca y normalmente así es, pero a nosotros nos tocó sufrir retrasos que nos recordaron a la Renfe.

La espera fue de unas 2 horas, así que las prisas para visitar Nara habían sido innecesarias. Al final, después de andar titubeando entre si pillar una línea de tren u otra, nos montamos en una con la que íbamos a dar un rodeo de la muerte. En ese crucial momento vimos movimiento en el otro andén y salimos corriendo del vagón para entrar en la resucitada Nara Line. Nos habíamos librado de las combinaciones bizarras y ahora sí, íbamos dirección Fushimi Inari.