domingo, 30 de marzo de 2014

Crónicas Niponas 18: Kyoto.

31 de julio de 2013. Día 9. Parte II. Kyoto (京都市).

CAPÍTULO DECIMOOCTAVO:
EL OJO CATASTRÓFICO


El día empezó mal. Antes de las 7, Ruth me despertó, preocupada por su ojo. El párpado, picado por el insecto misterioso se había hinchado de forma exagerada y alarmante. Decidimos ir al médico, así que llamamos por teléfono al seguro en España.

Tras darle los datos, nos contaron que teníamos que esperar porque las clínicas y hospitales no abrían hasta las 9. Un rato después nos llamó un tal Terry desde Inglaterra para hacerme mil preguntas y pedirme mil datos otra vez.

Nos tenían que llamar de nuevo para darnos los datos del hospital y demás, así que entre tanto esperamos viendo algunos vídeos en YouTube de los animes que lo estaban petando. Por fin nos llamaron para darnos los datos de la cita.

Cogimos un taxi hacia la clínica. Por suerte nos habían mandado a una donde hablaban inglés. Al entrar nos mandaron sacar unas pantuflas de un armario esterilizador y esperamos a que nos avisaran. Al poco rato nos recibió el doctor Pelucas, apodado así por su casco de tupida cabellera a lo Camilo Sexto.

Examinó el ojo pipa de Ruth y nos tranquilizó diciéndonos que no era nada y que enseguida se le bajaría la inflamación. Le dio una crema, gotas y antihistamínicos. Ruth se echó los potingues y nos quitamos las pantuflas de enfermo para ponernos de nuevo en camino. Antes de marcharnos, preguntamos a la chica de recepción por la parada de autobús más cercana. Nos la indicó en un mapa.

Al poco rato, tras un rato andando, escuchamos unos gritos en la lejanía y vimos a la chica corriendo desde el quinto coño. Pensábamos que nos habíamos olvidado algo. Al final todo el jaleo era para hacernos una pequeña, minúscula rectificación en sus indicaciones. Si es que se pasan de majos, creo que lo repito un centenar de veces en este diario.

jueves, 20 de marzo de 2014

Crónicas Niponas 17: Kyoto. Shimogyō-ku

30 de julio de 2013. Día 8. Parte II. Kyoto (京都市). Shimogyō-ku (下京区).

CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO:
MI COMPRA DE ELECTRÓNICA NIPONA


De vuelta en la estación de Kyoto, fuimos antes de nada a una farmacia a por una crema para picaduras. Ruth les mostraba su párpado hinchado por el picotazo mientras las farmaceúticas proferían ohhhhhs y ahhhhhs.

Comimos en un McDonalds abarrotado de adolescentes nipones y fuimos a una enorme tienda de electrónica de los alrededores. Justo detrás de la enorme torre de Kyoto, de 131 metros de altura, que por estar frente a la estación de tren, es lo primero que se ve al llegar a la ciudad.

Aprovechando que la tarde se iba nublando y pronto empezaría a llover, nos metimos en unos grandes almacenes de electrónica, al que nos habían mandado al preguntar a unas taquilleras de la estación.

Pasamos las horas entretenidos enredando con los últimos modelos de cámaras, muñecos coleccionables, videojuegos y frikadas varias. Y por último relojes, donde me enamoré del Casio G-Shock GW-5000-1JF. Aunque en realidad ya venía enamorado desde España por haber estudiado en los foros. Este reloj sólo se vende en Japón, así que era el mejor recuerdo que me podía llevar, me acuerdo del viaje todos los días al mirar mi muñeca.

Con mi nuevo reloj y un par de regalos para los sobrinos de Ruth, nos fuimos en autobús hacia el albergue. Teníamos que hacer la colada. De modo que pasamos el resto de la tarde divirtiéndonos con lavadora, secadora y demás artilugios con incomprensibles y extensas instrucciones niponas.

Como era de esperar, aun con doble sesión de secadora, la ropa seguía empapada y tuvimos que montar el ya clásico tendedero mercadillo por toda nuestra habitación. Después de las labores de limpieza y recogida de ropa, subimos a cenar y nos encontramos con Jordi, con quien estuvimos charlando un rato.

La historia de las pulgas asesinas aún seguía fresca en nuestras cabezas, así que antes de dormir realizamos una concienzuda inspección con las linternas por la habitación. No encontramos ninguna.

Crónicas Niponas 16: Kyoto. Arashiyama.

30 de julio de 2013. Día 8. Parte I. Kyoto (京都市). Arashiyama (嵐山).

CAPÍTULO DECIMOSEXTO:
EL BOSQUE DE BAMBÚ


Amanecimos otro día más en Kyoto, pero esta vez nos daríamos un descanso de templos. Planeábamos hacer una pequeña excursión a Arashiyama, en los alrededores.

Fuimos a la cocina del hostel, donde habíamos quedado con Jordi (a quien habíamos conocido en un capítulo anterior), por si se apuntaba a la visita. Mientras desayunábamos, comentamos el acribillamiento de mosquitos sufrido durante la noche. Intervino entonces una chica francesa que hablaba español. “No son mosquitos, eso son pulgas”, sentenció. Nos contó una escalofriante historia de camas llenas de pulgas blancas y gordas, por las que ella y sus amigas hubieron de cambiar de cuarto, sólo para encontrarse con las mismas pulgas blancas y gordas en otra habitación. Al final las picaduras llegaron a provocarles fiebre, así que se mudaban a un hotel cápsula.

Así aprendimos más de lo que deseábamos sobre aquellas agresivas pulgas japonesas. Tragamos saliva y examinamos de nuevo las hinchazones de nuestras picaduras en brazos y piernas. ¿Pulgas hijas de puta o mosquitos hijos de puta? Decidimos dejar nuestras pesquisas para la noche y nos fuimos a coger el autobús para la estación de trenes. Jordi al final no nos acompañaba porque quería quedarse un rato más en el hostel.

Desde la estación central de Kyoto salía un tren de la JR hacia Arashiyama. Llegamos al pueblo enseguida y caminamos por algunas calles hasta alcanzar el inicio del sendero que se internaba en el bosque de bambú.


La bonita zona, rodeada de montañas y bosque, era todo un remanso de paz pese a estar tan cerca de la ciudad de Kyoto. El camino lo rodeaban altos y delgados troncos de bambú, que cobijaban del sol a turistas e insectos variopintos.     Pronto empezamos a sentir las primeras picaduras de mosquito. Ruth sacó presta el repelente de insectos de su mochila.

Tan contenta estaba ella terminando de rociarse piernas y brazos, cuando un bicho de origen desconocido le picó en un ojo. Concretamente, en el párpado.

Segundos después del picotazo no se veía nada, pero la hinchazón sólo tardó unos minutos en empezar a hacerse visible. Una putada, pero no le dimos mayor importancia y continuamos nuestro paseo hasta llegar al templo de Tenryū-ji. Nos adentramos en sus espectaculares jardines. Hacía muchísimo calor y humedad, y no tardamos en empezar a sudar como cerdos.

Retomamos el camino mientras el ojo de Ruth iba mutando. El lugar era mágico. A medida que avanzábamos por el sendero, aumentaba la densidad de los árboles de bambú, que se mecían flexionándose cuando soplaba algo de brisa.

Volvimos por el mismo camino de antes hasta encontrarnos de nuevo en las calles de Arashiyama. Las recorrimos bajo un sol abrasador. Al potingue antiinsectos se unió la crema solar, que a su vez se unía al sudor, conformando una poción infame que ningún humano debería conocer.

Cruzamos el río por el puente Togetsu-kyo. Junto a éste, había una presa y pequeñas barcas que surcaban las aguas calmas. Siguiendo el camino, había un parque de monos, pero al ver colgar de una farola un cartel con fotos descoloridas de los años 90, nos dio el bajón y nos dimos la vuelta. No nos apetecía ir a ver monos explotados y descoloridos.

De nuevo junto al puente, se me acercó un chaval con sus tareas para inglés del instituto, que consistían en realizar una entrevista a un guiri como yo. Accedí a ello y me estuvo preguntando todo tipo de mis cosas favoritas e impresiones de mis andanzas por Japón. Y para terminar, se hizo una foto conmigo como prueba final que pegar al dorso de la entrevista. Estuvo gracioso.

La zona del puente no nos estaba gustando demasiado, así que regresamos a la estación JR Saga-Arashiyama para volvernos a Kyoto.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Crónicas Niponas 15: Kyoto. Kiyomizudera, Kinkaku-ji, Ryōan-ji

29 de julio de 2013. Día 7. Kyoto (京都市). Kiyomizudera (清水寺), Kinkaku-ji (金閣寺). Ryōan-ji (龍安寺).

CAPÍTULO DECIMOQUINTO:
TEMPLOS BAJO LA LLUVIA INTERMINABLE


Nos levantamos pronto con la intención de aprovechar bien nuestra segunda jornada en Kyoto, pero negras nubes habían madrugado también, y escuchamos el agua chocar contra la ventana desde el momento de abrir los ojos.

Desayunamos en el hostel y salimos al mojado mundo exterior, no sin antes pertrecharnos con unos clásicos paraguas transparentes que todo japonés usa. Los prestaban gratuitamente en el albergue. Nos fuimos caminando hacia el templo Kiyomizudera, que estaba relativamente cerca del albergue. Dada la extensión de la ciudad de Kyoto, esto significa que se podía ir andando.

Tras un largo paseo y ardua subida, llegamos al bonito templo, con grandes terrazas que iban a dar a unos jardines velados por la lluvia. Hubo lugar para supersticiones varias. Yo me dediqué a levantar un martillo de hierro de la fortuna y Ruth bebió de un manantial supuestamente sagrado y curativo.





El templo merecía mucho la pena, aunque los verdes jardines quedaban algo deslucidos por la lluvia. Debía ser impresionante ver el sakura (florecimiento del cerezo) en primavera.

Al salir, nos equivocamos de autobús con la consecuencia de darnos una vuelta enorme por Kyoto. Después de irnos hasta el quinto ojete para poder enlazar con un transbordo hacia la parada deseada, llegamos al templo Kinkakuji, conocido como el pabellón dorado.




Otro templo más y su correspondiente entrada de 1000 yenes. Uno de los principales gastos y a menudo olvidados al hacer el presupuesto previaje, son las entradas a los templos. Y en ciudades como Kyoto, donde hay una sobredosis templaria importante, se trata de un pastizal.

La mayor tromba de agua nos cayó justo cuando poníamos el primer pie en los jardines de Kinkaku-ji. La lluvia caía torrencialmente, pero decididos a que ello no nos arruinara la visita, nos acercamos al pabellón dorado, que resplandecía pese al día nublado. Rodeamos el perfecto edificio mientras la lluvia nos empapaba. Una buena mujer se ofreció a hacernos una foto. Recuerdo con pánico cómo sacaba la cámara de la protección de su paraguas y litros de agua caían sobre el objetivo. Mi sentimiento de agradecimiento por la foto se mezclaba con furia asesina en mi corazón.

Salimos pisando charcos en busca de un refugio y lugar para llenar el estómago. Un par de calles más allá encontramos un bar de udon, fideos gruesos con harina. Pedimos dos cuencos, el de Ruth con tempura de gambas y el mío con pollo al curry.

Después de vaciar los generosos cuencos, preguntamos al camarero cómo coger el autobús hacia Ryoanji. El hombre no sólo nos indicó la dirección, llegó a acompañarnos hasta la parada que no estaba al lado precisamente. Ante esta otra muestra de hospitalidad desmesurada nipona, luego me sentí mal cuando al final decidimos ir andando. La lluvia nos daba un respiro y queríamos aprovechar para dar un paseo.

De modo que anduvimos hasta el templo, cuyo principal atractivo residía en su jardín de rocas. Se trataba de un perfecto jardín zen de gravilla blanca rastrillada y rocas, que según nos enteramos, eran como barcos a la deriva en el mar.

Nos sentamos unos instantes como todo visitante frente al jardín, a empanarnos mirando  los perfectos surcos en la gravilla y en torno a las rocas. Luego deambulamos por el bonito jardín que rodeaba el templo.



Para terminar con la ruta de templos, nos dirigimos hacia el cercano, Ninno-ji, pero un señor al que preguntamos por indicaciones nos dijo que ya había cerrado. Casi que lo agradecimos porque estábamos un poco hasta las pelotas de ver templos. Que sí, que son la hostia de bonitos pero verlos tan seguidos llega a saturar. Y esto es un poco lo que pasa en Kyoto, que no das abasto con los templos.

Cogimos el bus de vuelta hacia el barrio de nuestro albergue. Al llegar entramos en uno de los clásicos recreativos de varias plantas, con sus máquinas de gancho de merchandising extraño y sus videojuegos arcade. Nos echamos una partida al juego de moda de tocar los tambores, Taiko no Tatsujin. En comparación a los viciados que veíamos tocando la batería, nuestro sentido del ritmo era un poco lamentable, pero nos descojonamos intentando seguir el ritmo de canciones de j-pop a cual más estridente y friki.

Terminamos el día por la calle Teramachi, donde Ruth se compró unos zuecos de geisha. Fuimos al Family Mart a comprar viandas varias para cenar y caímos en la habitación. Mientras afuera, la lluvia caía sin cesar.