domingo, 19 de octubre de 2014

Crónicas niponas 34: Epílogo.

7 de agosto de 2013. Día 16. Tokyo – Roma – Madrid

EPÍLOGO:
DE VUELTA DEL OTRO LADO DEL MUNDO


Escribí las últimas líneas de este diario mientras volábamos hacia Roma, donde haríamos escala para llegar hasta Madrid.

Recuerdo que mientras miraba el mar de nubes desde la ventanilla, intentaba poner en palabras lo que había supuesto para mí aquel viaje. No lo conseguí, y aun hoy, cuando escribo esto, más de un año después de regresar, me cuesta poner por escrito tantas sensaciones como me dejaron aquellos días.

Muchas veces me han preguntado cuál ha sido mi viaje favorito, el que más me ha impresionado de todo los que he hecho. Es una cuestión muy difícil, pues a estas alturas ha habido muchos de los que guardo un recuerdo muy especial, por un motivo u otro. Pero de lo que estoy seguro es que en cualquier lista que haga, Japón siempre estará entre los primeros.

La cultura, la gente, las ciudades, los paisajes, la comida... cualquier motivo es bueno para visitar Japón y cualquiera es bueno para volver. Porque no tuvimos suficiente. Aún quedan más viajes por delante. Ésta fue la historia del último.


sábado, 18 de octubre de 2014

Crónicas niponas 33: Tokyo. Asakusa.

6 de agosto de 2013. Día 15. Parte III. Tokyo (東京都). Asakusa (浅草).

CAPÍTULO TRIGESIMOTERCERO:
DESPEDIDA EN ASAKUSA


Cuando nos empezaron a acribillar los agresivos mosquitos tokyotas, supimos que había llegado la hora de marcharnos de Odaiba. Como los restaurantes cerraban pronto, queríamos llegar lo antes posible a Asakusa, para cenar por allí.

Fuimos rápidamente a buscar refugio al monorraíl, tarareando la canción mientras cruzábamos el inmenso Rainbow Bridge. Desde la ventanilla se veían a los oficinistas tras las ventanas de los rascacielos echando horas en el trabajo.

Hicimos el transbordo en Shimbasi, siguiendo a una chica que bailaba con movimientos robóticos mientras andaba. Todo normal. Llegamos a Asakusa y buscamos un restaurante para nuestra última cena nipona. Como no podía ser de otra manera, tomamos sushi, nigiri en cantidades y brochetas de gambas. Lo acompañamos con sake tibio.

Recordando los momentos vividos durante todos aquellos días en Japón, nos fuimos paseando hasta el gran templo de Asakusa, con su característico farol rojo. Fue allí donde empezamos nuestro periplo y fue allí donde lo terminamos. Fue allí donde Ruth lloró por tener que dejar Japón, donde decidimos volver alguna primavera, donde nos abrazamos y donde nos despedimos del país, enamorados para siempre de esta tierra, de su gente y de su cultura.


Crónicas niponas 32: Tokyo. Odaiba.

6 de agosto de 2013. Día 15. Parte II. Tokyo (東京都). Odaiba (お台場).

CAPÍTULO TRIGESIMOSEGUNDO:
ODAIBA


Subimos al monoraíl de la línea Yurikamome para ir a Odaiba. Cantando mentalmente la mítica “monoraaaaaaíl, monoraaaaaíííl!” de Los Simpson, circulamos por la vía elevada entre rascacielos. Llegamos hasta el Puente Rainbow, un enorme puente colgante de casi 1 kilómetro de longitud que una la isla artificial de Odaiba con el resto de Tokyo.

Nuestra primera idea había sido cruzarlo a patas, pero nos empanamos y nos pasamos la parada. Así que cuando llegamos a Odaiba cogimos de nuevo el tren una parada hacia atrás. Pero entonces pensamos que iba a ser una caminata de la hostia y que además el paseo peatonal iba junto a la horda de coches que iban expulsando humo. De modo que nos arrepentimos y al cabo de unos minutos cruzábamos por tercera vez el puente. Unas vueltas extremadamente monguer, pero que al no haber salido por los tornos en ninguna ocasión, nos salían gratis. La gilipollez nos sirvió para disfrutar de las fantásticas vistas a la bahía, por lo menos.

Cuando llegamos definitivamente a Odaiba, comenzó a llover enseguida, así que hubimos de buscar refugio en un megacentro comercial. En el interior del edificio podía encontrarse un sinfín de tiendas, restaurantes, museos, incluso parques de atracciones. Como de costumbre,  estaba atestado de japoneses que paseaban, disfrutaban y compraban, compraban sin parar. Es el país más consumista que he visto, con diferencia.

Salimos del edificio cuando pensábamos que la lluvia había cesado de caer. Pero en un instante estábamos corriendo hacia la terraza cubierta de un bar donde pasamos el rato tomando unas cervezas.

En un momento dado, Ruth fue a buscar el baño y desapareció por unos 20 minutos. Yo ya estaba preocupado, pero no me podía mover del sitio por si aparecía. Por fin apareció, con cara de susto.

Por fin había parado de llover, así que pudimos disfrutar de unas vistas geniales de la bahía de Tokyo mientras el sol se ponía sobre la ciudad. Las nubes se teñían de tonos anaranjados y ocres. Al caer la noche, se iluminó el Rainbow Bridge. Frente a nosotros, contemplaba el espectáculo una réplica de la Estatua de la Libertad. Copiar, adaptar y mejorar es una de las más arraigadas costumbres niponas. Y a la vista está que lo hacen estupendamente.

A nuestra espalda se alzaba el futurista edificio de la Fuji TV con su esfera mirador. La noche llegó y las luces del puente fueron acompañadas por las de los barcos que surcaban la bahía con el telón de fondo de los rascacielos. Aquel atardecer mirando a Tokyo era la mejor forma de despedirnos de Japón.

sábado, 4 de octubre de 2014

Crónicas niponas 31: Tokyo. Ginza

6 de agosto de 2013. Día 15. Parte I. Tokyo (東京都). Ginza (銀座).

CAPÍTULO TRIGESIMOPRIMERO:
GINZA Y EL EDIFICIO SONY


Había llegado el temido último día de nuestra aventura nipona. Pensábamos aprovecharlo todo lo posible y salimos rápidamente del hostel parando en el 7-eleven a comprar cerdadas para desayunar.

Ya no teníamos JR Pass, así que pillamos el metro con la Asakusa Line hasta el barrio de Ginza. A primera vista no me llamaba la atención mucho porque es el barrio de lujo de Tokyo, donde se encuentran tiendas de las grandes marcas que no me importaban una mierda.

Pero lo que sí merecía la pena es la visita al edificio Sony. Básicamente es una exposición de sus últimos productos, incluyendo algunos que ni siquiera habían salido aún a la venta. Lo interesante del sitio es que puedes cacharrear con los últimos juguetes tecnológicos.



En la planta baja hay unos acuarios con todo tipo de peces exóticos y hasta tiburones. Luego entramos ya a ver la exposición, con los últimos tablets, smartphones, cámaras... Paso de describir mucho para no hacer un artículo que va a quedar obsoleto dentro de cinco minutos. De hecho, estoy pasando este diario a digital más de un año después del viaje, y muchos de los productos que entonces aún no habían salido en Japón, ya han llegado a las tiendas del resto del mundo.

Salimos del edificio Sony y paseamos por la avenida principal entre edificios y tiendas de marca donde el común de los mortales sólo puede mirar los escaparates. Llegamos a la intersección con la torre del reloj Wako y nos dirigimos a la cercana estación de Shimbashi, donde comimos sendos platos de udon.

Crónicas niponas 30: Tokyo. Akihabara

5 de agosto de 2013. Día 14. Parte II. Tokyo (東京都). Akihabara (秋葉原).

CAPÍTULO TRIGÉSIMO:
UNIVERSO OTAKU


Cogimos el metro y nos bajamos en la Electric Town, el centro del universo otaku y para mí, uno de los imprescindibles que no hay que perderse en un viaje a Japón. No hay lugar igual en todo el mundo.

Comimos en un kaiten-sushi y pasamos el resto de la tarde dando mil vueltas por la inacabable Akihabara y entrando en un millón de tiendas. Cuando estuvimos la primera vez, recién aterrizados en Japón, nos pilló el día lluvioso y cansados del viaje. Nos quedamos con ganas de sacarle más jugo. Esta vez tendríamos oportunidad de desquitarnos.

Pasamos las horas viendo infinitas tiendas de manga, videojuegos y coleccionables de todo tipo. Compramos cien frikadas y disfruté, por primera vez en mi vida, de ver tiendas. Nos llevamos sobre todo, mangas y figuritas. No quiero repetirme porque ya hablé de Akihabara en el primer capítulo de este diario, que quiero acabar algún día.







Para despedirnos de Electric Town, paramos a tomar una cerveza frente a la tienda oficial de AKB48, el grupo de idols que hace furor en Japón.

Sin duda disfrutamos mucho esta última visita y pasamos una tarde genial. Nos despedimos de aquel barrio inolvidable antes de regresar a Kuramae. De vuelta al barrio, cenamos por allí cerca y más tarde nos quedamos en el bar a tomar unas cervezas.

martes, 30 de septiembre de 2014

Crónicas niponas 29: Tokyo. Kōkyo

5 de agosto de 2013. Día 14. Parte I. Tokyo (東京都). Kōkyo (皇居).

CAPÍTULO VIGESIMONOVENO:
PALACIO IMPERIAL


Desayunamos en el bar del albergue y nos fuimos en metro hacia la Tokyo Station. Antes del ansiado regreso a Akihabara, íbamos a visitar el Palacio Imperial. Salimos de la estación central a un mundo desconocido con anchas avenidas, rascacielos y pulcras aceras.

Era extraño estar allí fuera, y es que después de tantos días conociendo Tokyo y pasando por aquella estación se me hacía  muy extraño ver que había más afuera que aquel enorme submundo de andenes, túneles y tiendas.

El caso es que paseamos bajo los rascacielos, hasta llegar a los límites del foso del palacio. Lamentablemente siglos de incendios y terremotos no han dejado mucho en pie por allí, por lo que tan sólo podía verse el foso y la muralla exterior.

Ello daba paso a unas grandes explanadas con los habituales jardines cuidadísimos. Anduvimos hasta el puente de entrada y luego tratamos de ir a los jardines orientales, que eran los únicos que se podían visitar del Palacio, ya que allí vive la familia del Emperador. Se podían visitar, sí, a excepción de los lunes. Nos quedamos sin entrar.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Crónicas niponas 28: Tokyo. Shinjuku

4 de agosto de 2013. Día 13. Parte III. Tokyo (東京都). Harajuku (原宿).

CAPÍTULO VIGESIMOCTAVO:
SHINJUKU


Salimos de la enorme y caótica estación de Shinjuku con la sensación de ser hormigas. Casi 4 millones de personas al día utilizan esta estación, lo que la hace la más transitada del mundo.

Al salir del hormiguero, nos encontramos con los rascacielos de acero y cristal que tanto nos recordaban al paisaje neoyorquino. Las altas torres nos hicieron sentir aún más pequeños mientras caminábamos hacia las torres del ayuntamiento.


Una vez allí, subimos al mirador, desde donde teníamos vistas espectaculares de la megaciudad de Tokyo, con aquel mar de luces iluminando hasta el horizonte. Aquellas vistas nocturnas eran impresionantes.

Rodeamos los ventanales contemplando la inmensidad de luces. Al menos lo que nos dejaron, ya que un restaurante se había apropiado de la mitad de la torre. Cuando nos cansamos de estar en las alturas, tomamos de nuevo el ascensor y caminamos hacia la estación para volver en metro a la estación de Kuramae.

Cerca de nuestro hostel cenamos en un bareto de carnes a la parrilla, pero no nos gustó demasiado. Me había vuelto adicto al sushi y tras un par de días sin comerlo ya lo echaba de menos.

Volvimos al albergue.

Crónicas niponas 27: Tokyo. Harajuku

4 de agosto de 2013. Día 13. Parte II. Tokyo (東京都). Harajuku (原宿).

CAPÍTULO VIGESIMOSÉPTIMO:
COSPLAYS EN HARAJUKU


Un par de trenes y un metro más tarde, estábamos en Kuramae, cerca de Asakusa. Allí estaba nuestro nuevo hogar en Tokyo, el Nui Hostel.

Como aún no podíamos hacer el checkin, dejamos allí las mochilas y nos fuimos a buscar un sitio para comer. Primero entramos en un sitio de okonomiyaki (pizza japonesa), pero la camarera era una borde y nos fuimos. Era muy raro ver algo así en Japón. Lo cierto es que te malacostumbras a la hospitalidad y amabilidad extremas. Cuando viajábamos por allí, me preguntaba cómo iba a poder volver al trato de Madrid, donde muchas veces parece que te hagan un favor por atenderte en un bar.

Al final encontramos otro lugar donde todo eran sonrisas y simpatía y fuimos felices de nuevo. Teníamos que elegir los platos y bebida en una máquina con pantalla táctil en la que ya pagabas. Luego le entregabas los tickets a la camarera. Como todo estaba escrito con kanjis, nos guiamos simplemente por las fotos. Comimos unos platos de carne con su habitual acompañamiento de sopa de miso y arroz. Después, volvimos al hostel para hacer el check-in y subimos las mochilas a nuestra pequeña habitación con vistas al río.

Por la tarde fuimos al barrio de Harajuku, barrio principalmente de jóvenes frikis y modernos donde decían que abundaban los cosplays. Esto es, gente que pulula por el barrio disfrazados de góticos, lolitas o su personaje de manganime favorito. Las bandas urbanas que sólo una ciudad como Tokyo podría tener.

Llegamos gracias a la querida línea JR Yamanote, aún de gratis ya que era el último día de validez del JR Pass. Nos bajamos en Harajuku y nos metimos en el parque Yoyogi, famoso también por los cosplays, aunque aquella tarde sólo pudimos ver skaters y algún Elvis.

Brillaba el sol y los tokyotas disfrutaban de un picnic, de un libro, de un paseo, o simplemente de estar tirados sobre el césped de aquel enorme parque. Paseamos junto a un gran lago con tortugas y nos relajamos en aquel oasis.

Tras una vuelta por el parque, nos adentramos en el barrio de Harajuku. A medida que avanzaba la tarde pudimos ver más y más cosplays. En el entretenidísimo paseo te cruzabas con frikis de todo tipo y en adalides de la modernidad más cyberpunk. También mucho gótico de peinados imposibles y lolitas con sus dos coletas y vectidos victorianos con todos los complementos a juego.

También vimos buen número de tiendas de modernos a cual más extraña, como la de ropa de Barbie a tamaño real, para las que quisieran vestirse como la muñeca. Descubrimos una tienda de trajecitos para perros con fotos de Paris Hilton y su atroz mascota en el escaparate. Se ve que compraba allí la ropa para su perro-rata.

Las tiendas eran de un moderno que haría palidecer a cualquier hipster madrileño de Fuencarral. Y es que los establecimientos tenían atuendos de lo más estrambóticos. Nos compramos un par de camisetas de nivel friki básico y volvimos sobre nuestros pasos hacia la estación, echando alguna que otra foto furtiva.


domingo, 28 de septiembre de 2014

Crónicas niponas 26: Hakone

4 de agosto de 2013. Día 13. Parte I. Hakone (箱根町).

CAPÍTULO VIGESIMOSEXTO:
EL ESQUIVO MONTE FUJI


Amanecimos en el bed & breakfast y luchamos por nuestro desayuno entre hordas de japoneses sincronizados. Cuando terminamos, cogimos los macutos y nos fuimos a hacer un recorrido circular por la región antes de irnos a Tokyo.

Esperamos al bus lanzadera, que nos devolvía a las rutas transitables por la civilización y cogimos un autobús hasta orillas del lago Ashi, en Hakone Machi. Nuestro Hakone free pass nos permitía coger todos los trenes por aquella zona, aunque como no nos entusiasmaba demasiado y ello incluía teleféricos archienemigos de Ruth, nos íbamos a limitar a ir al lago. La leyenda contaba que desde allí era posible ver el Fuji. Mis ojos vieron decentas de fotos en folletos que así lo atestiguaban.

Llegamos al embarcadero un par de minutos antes de la salida del siguiente ferry, que era un barco pirata, así en plan turistada. A la gente le encantaba. Nosotros estábamos más interesados en las vistas, pero lamentablemente el día estaba nublado y ya intuimos que nos iba a ser imposible divisar el Fuji.

Soltamos las mochilas sobre la cubierta del barco pirata y zarpamos hacia el Grand Line... digo hacia Togendai-ko, el pueblo que se encontraba en la otra orilla. El paisaje era muy bonito, pero nuestros ojos buscaban incansables el Fuji, en el horizonte tras el velo de nubes. No hubo suerte y no se dejó ver. Asignatura pendiente para otro viaje a Japón. A ser posible en primavera para ver la cumbre nevada.

Llegamos a Togendai y desde allí cogimos el siguiente autobús a Hakone-Yumoto, ya que no queríamos estar por más tiempo arrastrando los mochilones y estábamos deseosos de volver a Tokyo.

Crónicas Niponas 25: Hakone

3 de agosto de 2013. Día 12. Hakone (箱根町).

CAPÍTULO VIGESIMOQUINTO:
LA INESPERADA VISITA A HAKONE


Salí de mi cápsula-nicho cual muerto viviente que vuelve a caminar por el mundo de los vivos. En todo caso, había dormido bien. Me reuní con Ruth en las zonas comunes y tras coger nuestros bártulos, nos fuimos a continuar el viaje.

Aquel día teníamos previsto ir a Koyasan, pero la súbita revelación de que haría falta subir en un vertiginoso teleférico para llegar allí, espantó a Ruth y tuvimos que cancelar la visita. Bajona. Pero no sólo por la visita, sino porque no podíamos cancelar la reserva con menos de 24 horas y encontrar alojamiento un sábado en Japón iba a ser un problema.

Nos fuimos a la estación de Shin-Osaka, donde conectamos los teléfonos a la wi-fi pública de la estación para tratar de reservar algo en Tokyo. Fin de semana y verano en Tokyo. Imposible. Al final por precio y disponibilidad lo único que pudimos encontrar fue un bed & breakfast en Hakone, con el deseo de poder ver el monte Fuji.

Nuestro siguiente e inesperado destino quedó así decidio y cogimos el siguiente shinkansen para Odawara, donde cambiamos a otro regional para Hakone. Compramos el Hakone free-pass, ya que el de JR no nos servía.

El sitio que habíamos reservado, B&B Pension Hakone, resultó estar en el quinto ojete. Además de los trenes, tuvimos que coger un autobús hasta el medio del monte y luego una lanzadera. Los verdes paisajes montañosos que nos rodeaban eran muy bonitos, pero no pudimos disfrutarlos en demasía con la sensación que nos embargaba de haber tirado el día por la borda.

Finalmente llegamos al bed & breakfast en un abarrotado minibús. Era bastante grande, pero la verdad es que el sitio era la mierda. Y lo digo literalmente, porque nunca había visto baños sucios en Japón hasta que llegamos a este hotel. Fue el peor alojamiento del viaje.

Me pegué una ducha en un baño que no había visto el agua desde hacía eones. Las telarañas caían al mismo tiempo que el agua y sus inquilinas correteaban sobre los grises azulejos. Quizás es que sólo utilizaban el onsen para asearse, pero no apetecía.

El sitio tenía máquinas expendedoras por doquier, cosa de agradecer pues no había nada alrededor de la pensión y la lanzadera que te acercaba a la civilización sólo funcionaba hasta las 21:00. Cenamos a base de cerveza y unas patatas de plástico que saqué de una máquina de comida congelada auto-cocinable. Después estuvimos viendo en la tele un concurso de animes de ayer y siempre.

Crónicas Niponas 24: Osaka

2 de agosto de 2013. Día 11. Parte II. Osaka (大阪市).

CAPÍTULO VIGESIMOCUARTO:
DOTONBORI Y EL HOTEL CÁPSULA


Enlazamos con la estación de Miyajima-guchi y de allí a Hiroshima, donde llegamos demasiado justos de tiempo y perdimos el tren que habíamos reservado hacia Osaka. Comimos unos okonomiyaki ricos y contundentes y nos fuimos a los andenes para coger el primer Shinkansen sin reserva. Pero rompimos la regla sagrada de los trenes japoneses. Y es que si tu tren sale en el minuto 17 y aparece un tren a y 13, no es tu tren.

De modo que por error cogimos el tren de alta velocidad Nozomi, que no cubría nuestro pase de JapanRail. Nos dimos cuenta de la cagada antes de que pasara el revisor y nos bajamos en la siguiente parada, en Nagoya. El Shinkansen que venía detrás era el bueno, y con éste llegamos a la estación de Shin-Osaka.

En la oficina de turismo nos indicaron cómo llegar en metro a Shinsaibashi. Eso hicimos y subimos a la superficie en una calle muy fashion de tiendas de marca y demás pijerías. Tomamos una perpendicular que estaba llena de bares y llegamos al Asahi Plaza, uno de los famosos hoteles cápsula, en el que haríamos noche.

Al llegar, lo primero te hacían descalzarte y poner las zapatillas en una taquilla. Acto seguido, hicimos el checkin y nos dieron a cada uno la llave de una taquilla. Nuestras respectivas cápsulas se encontraban en plantas diferentes, ya que estaban separadas por sexos. Esto es habitual, de hecho, éste era uno de los pocos hoteles cápsula mixtos. Habitualmente son usados sólo por hombres, los llamados salary-men.

La taquilla era de espacio reducido, y tuve que optar por el milenario método del estrujamiento para que entrara todo. En el interior hallé un pijama-kimono de color caqui y aspecto carcelario. Luego me fui a ver la cápsula. Recorrí el laberinto de pasillos donde se alineaban las cápsulas en largas hileras, dispuestas en dos alturas. Parecía una colmena.


Las cápsulas no tenían llave, a modo de puerta contaban con una esterilla como persiana.  Me asomé al que sería mi cobijo aquella noche. De parecerse a algo, sería a un nicho de cementerio. En el interior había una tele y una serie de interruptores. Nada más. Se supone que no puedes meter objetos personales dentro, para eso está la taquilla. En la cápsula, sólo tú y tu pijama carcelario.

Busqué la salida de la colmena y me encontré de nuevo con Ruth en las zonas comunes. Allí había una sala con hamacas que tenían auriculares incorporados en la parte donde apoyabas la cabeza. Frente a las filas de hamacas, había cuatro pantallas de televisión, cada una sintonizando un canal. Algún concurso, animes y un canal de carácter erótico-festivo con japonesas medio en bolas. Junto a la sala de televisión había una biblioteca de manga con tomos de todo tipo y temática. Obviamente, todo en perfecto japonés.


La verdad es que el lugar resultaba bastante tétrico y deprimente. Una luz tenue y señores con pijama marrón que vagaban en soledad. No era tanto el lugar feliz friki-futurista que habíamos imaginado, sino un lugar triste y tenebroso de un futuro más bien distópico.

Estuvimos un rato viendo un absorbente concurso de videojuegos clásicos. El presentador y la azafata buenorra insertaban un cartucho en alguna consola vetusta y los concursantes debían adivinar el juego por la musiquilla. Normalmente, un par de segundos después de pulsar start, los concursantes identificaban de qué juego se trataba. Impresionante.

Tras un rato en las hamacas, nos movilizamos para dar un paseo por la zona de Dotonbori, muy cercana a nuestro hotel. Hacía tiempo que el sol se había puesto, pero en las calles en torno al río no existía la noche. Cientos de paneles luminosos y pantallas gigantes inundaban la calle de luz, música y locura.


Era noche de viernes y las calles estaban a rebosar de los jóvenes más fashion de Osaka. La mayor concentración de japonesas con pelo teñido de rubio y pestañacas estaba allí. Como siempre muy monas y preparadas, con pelos y maquillaje perfectos y la última moda en ropa mientras se paseaban captando todas las miradas.

Nos paseamos entre el caos multicolor. Después del remanso de paz de Miyajima, aquello era un estrés. Y es que Japón es así: pasas de templos, paisajes y zen al mundo del caos y estruendo tecnológico en apenas un instante. Esto era una constante en el viaje. Nos volvíamos locos con estos cambios.

Nos mezclamos en el tumulto fashion y alcoholizado, muy freak en un sentido moderno hipster pijo futurista. Difícil de explicar.

No faltaba también el punto bizarro como cuando nos cruzamos paseando con el Hombre del Futuro. Era un occidental que se paseaba echando fotos como cualquier otro gayjin. Esto no destacaría en absoluto si no fuera porque el hombre iba embutido en un mono negro a la última moda del siglo XXIII, con conectores tipo Matrix y luces por todo el cuerpo. Con la inquietud de no saber de si era un entrañable friki loco o alguien que nos iba a matar a todos, nos sumamos al estupor general.



Nuestro paseo nos llevó hasta una calle de restaurantes, con muñecos en las fachadas como dragones o cangrejos moviendo las pinzas. Entramos a cenar en un kaiten-sushi. Éste es un restaurante de sushi que tiene la peculiaridad de que los comensales se sientan en torno a la barra, junto a la que gira una cinta transportadora por la que van pasando platos con lo que van preparando. Deliciosos nigiris, makis, sashimis, pasando ante ti y al alcance de la mano. Simplemente vas cogiendo los platitos que te entran por el ojo. Cada color tiene asignado un precio. De todas formas, delante de cada fila de sushis de un determinado tipo solía haber un cartelito que indicaba el precio y los ingredientes.


En la barra había dispensadores con té verde japonés, que era gratuito. Pero nosotros nos decantamos por la cerveza y fuimos cogiendo platos. Todo estaba espectacular. De hecho, quizás fue el mejor sushi que probé en Japón. Y barato, muy barato. Fuimos llenando los estómagos al tiempo que nuestras torres de platos apilados crecían. Pero no podíamos rivalizar con el señor del taburete vecino. Llegó a apilar, contamos, 16 o 17 platos en varias torres, más de lo que habíamos comido entre los dos. Era un tirillas, pero no parecía tener fin.


Salimos del kaiten-sushi satisfechos por la rica cena y seguimos dando vueltas por Dotonbori. Nos fuimos a un bar a tomar unas cervezas y después volvimos a dormir al hotel cápsula. Allí nos esperaban nuestras inhumanas cápsulas asépticas. Me puse el pijama de los condenados y dejé la batería de la cámara cargando en el interior de una pequeña taquilla con enchufe en su interior, dedicada a la carga de los gadgets.

Me retiré a descansar a mi cápsula nicho donde vi un rato la tele. Había cinco canales, tres con los habituales concursos y frikadas japos y otros 2 eran directamente porno japonés de genitales pixelados. La cápsula contaba con una pequeña luz para leer, radio y despertador.

El sitio estaba bien para hacer la frikada una noche, pero no lo recomiendo para más por el ambiente que se respiraba allí. Si quieres sobrevivir y no acabar cortándote las venas dentro de un nicho de hotel cápsula, no lo recomiendo para estancias largas.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Crónicas Niponas 23: Miyajima

2 de agosto de 2013. Día 11. Parte I. Miyajima (宮島町).

CAPÍTULO VIGESIMOTERCERO:
ASCENSO AL MISEN


La luz del sol se filtraba a través de los paneles de la habitación. Nada más despertar, Ruth fue a pegarse un baño al onsen, apurando el ryokan antes de la hora del checkout. Mientras, yo fui preparando la mochila antes de bajar a desayunar.


Bajamos al bar a las 8:30, donde ya nos esperaban con un exageradamente inmenso desayuno, con sopa de miso, pescados varios y un sinfín de platos para degustación. Comimos hasta hartarnos e hicimos el checkout, dejando las mochilas en recepción para irnos a andar por Miyajima.



Pasamos nuevamente frente al torii rojo, que con la marea baja quedaba un poco deslucido, con riadas de turistas caminando por la playa y haciéndose fotos en su base.

Subimos hacia la estación de teleférico para el monte Misen. Compramos los billetes y en el último momento Ruth se acojonó, así que subí yo solo. Eran un par de estaciones hasta llegar al monte. El teleférico ascendió, revelando el mar allí abajo de la isla y pasando sobre la espesura de los bosques verdes.


Una vez arriba, rodeé la estación. Había unos cuantos observatorios que permitían ver las islas circundantes. Aunque el día estaba despejado, la calima no dejaba ver mucho, pero las vistas igualmente merecían la pena.

No obstante, lo más interesante era la propia subida a la cima del monte Misen, que emprendí enseguida. Un sendero tortuoso con diversos tramos de escaleras iba subiendo por la montaña. Al cabo de una rápida subida, llegué a medio camino. La humedad y el esfuerzo físico me dejaron jadeando y sudando a chorros. Había llegado a una pequeña explanada donde se levantaba un pequeño templo que albergaba la Llama Eterna. Esto era una hoguera que dicen lleva encendida la friolera de 1.200 años. Un caldero con incienso colgaba suspendido sobre los troncos, expulsando humo que colocaba en un radio de varios metros en torno al templo.






De nuevo al camino. Árboles, escalones, rocas y algún que otro ciervo que se asomaba al camino para luego desaparecer en el bosque. Por fin llegué a la cima, la intensa humedad era casi insoportable, y sudaba como un puto cerdo. Los japoneses parecían casi ni inmutarse.



Disfruté de la recompensa de la cima, bebiendo agua para combatir la deshidratación. Aunque la calima de nuevo desmerecía las vistas, pero lo mejor había sido el camino en sí, en medio de la naturaleza agreste.

Bajé de nuevo a la estación para coger los siguientes teleféricos que me llevaran hasta el suelo de Miyajima. Me reuní con Ruth, que se había quedado abajo dando una vuelta y leyendo mangas de One Piece.

Volvimos al ryokan pasando por la calle principal, que ahora estaba bastante más animada, con algunas tiendas de souvenirs abiertas. Recogimos nuestras mochilas del hotel y nos fuimos hacia la terminal de ferries de JR.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Crónicas Niponas 22: Miyajima

1 de agosto de 2013. Día 10. Parte II. Miyajima (宮島町).

CAPÍTULO VIGESIMOSEGUNDO:
EL TORII FLOTANTE


El ferry se aproximó a la isla, cerca del torii rojo que flotaba con la marea alta. Tras desembarcar, fuimos al ryokan que teníamos reservado. Nos habíamos querido dar aquel lujo en Miyajima y sin duda mereció la pena.

Un ryokan es un alojamiento tradicional japonés. A nuestra llegada nos recibieron con exageradas atenciones y reverencias, es lo que se estila en este tipo de alojamiento, pero llegaba a incomodar. Nos enseñaron nuestra habitación, con suelo de tatami y té y merienda de bienvenida. También nos enseñaron a anudarnos correctamente los kimonos.

Podría hablar sobre el minimalismo, sobriedad y elegancia de la habitación, pero no puedo evitar mencionar el baño con subida automática de tapa y demás inventos de cagódromo electrónico japonés top. Tras descansar un rato, subimos a los baños públicos (onsen) de la azotea del hotel. Como aquella noche sólo estábamos dos familias, no había necesidad de la separación por sexos en los onsen. Disponíamos de un baño privado para nosotros solos. Una suerte, pues es evidente que lo suyo es disfrutar de esto acompañado de tu pareja y no de señores desconocidos enseñando el pene.

Nos sumergimos en las aguas ardientes con vistas al torii mientras caía el sol de la tarde. Una pasada.



Nos relajamos en remojo y después de lavarnos, salimos a pasear por el pueblo. Al terminar la tarde, se iban los barcos de turistas y dejaban el pueblo casi vacío. Nos acercamos al torii rojo que flotaba sobre las aguas, a las que el sol del atardecer arrancaba destellos anaranjados. Fue una imagen inolvidable que me encantó disfrutar junto a Ruth.




Contemplamos el mágico atardecer y paseamos por los senderos que llevaban hacia el muelle santuario. Una bonita pagoda se alzaba sobre nosotros mientras más allá el bello torii se mecía sobre las aguas. A nuestro paso se cruzaban los ciervos en libertad que llenan la isla. Tan idílico todo que no parecía que algo así pudiera ser real. Fue una tarde perfecta y uno de los momentos que más disfrutamos en nuestro viaje por Japón.

Tras anochecer, regresamos por un camino invadido de pequeños cangrejos que se aventuraban desde el arroyo cercano. Cenamos en un izakaya en la calle principal del pueblo. Creo que era lo único que quedaba abierto, ya que allí todo cerraba bien pronto, al final de la tarde. Cenamos en la barra unos yakitori (brochetas) y takoyaki (pulpo), acompañados de un par de cervezas.

Después de cenar, regresamos al ryokan, que quedaba muy cerca de allí. Nos encontramos preparado el futón sobre el tatami. En la tele ponían un programa de cómo maquillarse los ojos para que parecieran más grandes. Maquillaban un sólo ojo a mujeres japonesas y luego aplaudían todos ante las diferencias desmesuradas de tamaño de ojo. Bizarrismos made in Japan.
   
Nos encantó Miyajima. Para nosotros es imprescindible en Japón. Fue una tarde y noche inolvidable para nosotros.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Crónicas Niponas 21: Hiroshima

1 de agosto de 2013. Día 10. Hiroshima (広島市).

CAPÍTULO VIGESIMOPRIMERO:
LA BOMBA ATÓMICA DE HIROSHIMA


Madrugón considerable el de aquella mañana. Nuestro destino final era Miyajima, pero antes queríamos llegar a Hiroshima y hacer una visita al Parque de la Paz y el museo de la bomba atómica. Dejamos la llave de la habitación y cogimos el bus a la estación de trenes para viajar en Shinkansen hasta Hiroshima.

Tras unas horas de viaje, llegamos a Hiroshima-shi y cogimos el tranvía para llegar a la zona del Parque de la Paz. Nada más bajar del tranvía, nos encontramos de frente con la impactante Cúpula de la Bomba Atómica. En su día éste fue el Pabellón de Fomento de la Industria, hasta que la zona fue completamente arrasada por la explosión. El edificio fue uno de los pocos que quedaron en pie cerca del epicentro y por ello después de la guerra se decidió conservar como homenaje y recuerdo de aquel funesto día.



Dejamos atrás el desolador armazón de la cúpula para atravesar el parque y dirigirnos al museo. Allí pudimos dejar los mochilones en unas taquillas. A continuación visitamos el Museo de la Paz, alquilando unas audioguías para aprovechar mejor la visita.

El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, la primera bomba atómica hacía explosión a unos 600 metros por encima de la ciudad. Miles de personas murieron al cabo de aquel mismo año como consecuencia de la explosión y radiación posterior.

Permanecimos cerca de 2 horas en el museo, en el que además de aprender mucho sobre los acontecimientos de aquel día, pudimos ver expuestos objetos bastante perturbadores. Por ejemplo, un reloj de bolsillo, detenido a las 8:15 como tantos otros que se encontraron en Hiroshima, todos detenidos en el mismo instante por consecuencia de la radiación, que avería aparatos electrónicos. También las escaleras de entrada a un banco a unos 250 metros del centro de la explosión, donde podía verse la “sombra” de una persona que fue incinerada por la explosión, probablemente mientras esperaba a que abriera el banco.

En la sala central del museo, se encontraba una reproducción de la Cúpula de la Bomba Atómica bajo la que se recogían cientos de copias de cartas enviadas por los alcaldes de la ciudad de Hiroshima. Allí los sucesivos alcaldes exponían sus protestas por las pruebas nucleares de distintas naciones. La última de aquellas, enviada en marzo de 2013, se dirigía a Barack Obama por unas recientes pruebas nucleares de EEUU.

También se exponía un reloj con el número de días pasado desde la última prueba atómica (de las que se tuviera conocimiento, claro está). La última había sido Corea del Norte, hacía menos de 6 meses.

Además de recoger los pormenores de aquel día tristemente histórico, el museo se centra en la idea de que sin el fin de las armas nucleares, el ser humano se enfrenta a ser el causante de su propia extinción. También se recogen firmas para urgir a los países a acabar con las armas atómicas.

Terminamos con el museo y paseamos por el parque. Allí vimos monumentos como la Llama de la Paz (que sólo se apagará en un utópico futuro en que la Tierra esté libre de armas atómicas). También el Monumento Infantil de la Paz, rodeada de grullas de papel. Más allá visitamos el Pabellón de la Paz, un memorial dedicado a todas las víctimas de las bombas atómicas, donde pueden consultarse los nombres e historia de cada una de las víctimas.

El parque estaba lleno de obreros preparando las estructuras para las conmemoraciones del 6 de agosto. Como siempre, había un montón de trabajadores hasta para la más ínfima tarea. Por ejemplo, es habitual ver que pongan a un currante en cada esquina de una pequeña obra para pedir disculpas e indicar por dónde pasar. En España lo mismo ponen un cartel de “perdone las molestias” y da gracias. Así tenemos los índices de paro que tenemos y Japón los suyos (además de infinitas razones más, claro).

Cuando terminamos de ver el parque, fuimos en tranvía de nuevo hasta la estación de tren más cercana, Nishi-hiroshima. Allí comimos en un restaurante de Udon donde nos pusimos hasta el ojete. El local poseía el récord Guinness de anuncio de establecimiento por más tiempo en un periódico, como recordaban orgullosos varios carteles. La canción favorita del dueño sonaba ininterrumpidamente en una radio, en plan bucle. Atrapada infinitamente en el track 4 (¿otro record Guinness?).

Rallados por la música y petados de fideos, nos fuimos en tren hasta la JR Miyajima-guchi. Muy cerca de la estación estaba el muelle del ferry a Miyajima, también felizmente cubierto por el JR Pass.

miércoles, 2 de julio de 2014

Crónicas Niponas 20: Fushimi-Inari

31 de julio de 2013. Día 9. Parte III. Fushimi-Inari-taisha (伏見稲荷大社).

CAPÍTULO VIGÉSIMO:
EL TEMPLO DE LAS MIL PUERTAS


Llegamos a Fushimi-Inari con el ocaso. La luz era perfecta.

Nada más salir de la estación, encontramos el primer torii, al que pronto sucedieron muchos más, cada vez a menor distancia unos de los otros. Al lugar se le conoce como el templo de las mil puertas. Y no se trata de una exageración, rollo ciempiés. En este caso el número sí se ajusta a la realidad, ya que el templo tiene más de 1.000 toriis.




Los angostos túneles formados por puertas rojas, se extienden desde el pie de una colina y se adentran entre la espesura del bosque. Por la hora que era, tuvimos la suerte de tenerlo prácticamente para nosotros solos. Era una pasada recorrer el camino bajo los toriis rojos, bañados por la luz del atardecer. Únicamente escuchábamos nuestros pasos y los sonidos del bosque. El murmullo de los arroyos y el canto de los pájaros nos acompañó a lo largo de toda la caminata.

Recorrimos senderos bajo puertas y puertas, pasando junto a pequeños santuarios siempre vigilados las omnipresentes estatuas de zorros o kitsunes. Kitsune es el espíritu del bosque que adopta forma de astuto zorro para proteger el bosque y la aldea de turno. Entre sus habilidades mágicas, destaca la capacidad de tomar forma humana. Concretamente, en la mitología japonesa el kitsune tiene predilección por la forma de una mujer joven y lozana, por lo que no faltan las historias de enredos amorosos.



Anduvimos hasta llegar al fin de los toriis. Los caminos continuaban perdiéndose entre árboles. Pero la noche ya había caído y nos dimos la vuelta por el temor a perdernos. Bajo las estrellas y ocasionales faroles que daban vida a los toriis, regresamos bajo las inacabables puertas rojas hasta salir del santuario.





Fue una experiencia increíble, uno de esos lugares que parece que sólo puedan existir en la imaginación. Pero estas cosas existen en Japón.

Volvimos a Kyoto, donde pasaríamos nuestra última noche antes de seguir viajando hacia el sur del país.

domingo, 20 de abril de 2014

Crónicas Niponas 19: Nara.

31 de julio de 2013. Día 9. Parte II. Nara (奈良市).

CAPÍTULO DECIMONOVENO:
LOS CIERVOS DE NARA


Cogimos el bus que nos llevaba a la estación mientras miraba el papel con los horarios a Nara. Salía uno express en pocos minutos. Llegamos a la estación 4 minutos antes de que saliera y corrimos por pasillos y andenes para no perderlo. Segundos antes de la partida, irrumpimos sin aliento en el vagón. Así pudimos llegar a Nara a una hora no demasiado indecente, a eso de las 13:20. No estaba nada mal pese a los contratiempos y catástrofes oculares.

Al salir de la estación cogimos un autobús urbano para que nos llevase hasta el parque. Era simplemente impresionante. Cientos de ciervos sika campaban a sus anchas en libertad. Éstos son considerados como mensajeros de los dioses por el sintoísmo. Paseamos sobre el césped del parque mientras hordas de ciervos nos iban rodeando y trataban de comerse el plano que llevaba desplegado o las correas de las mochilas. Se tomaban tantas confianzas que llegaban a acojonar. Los ciervos llenaban Nara, no sólo en el gran parque público, sino que también se aventuraban por plazas y aceras. De vez en cuando alguno se colaba en una tienda de souvenirs.







Siempre rodeados por decenas de simpáticos ciervos tratando de robarme el plano, nos dirigimos al templo de Tōdai-ji, que alberga el Daibutsu, o Gran Buda. Aunque estábamos algo saturados de templos tras nuestro paso por Kyoto, no pudimos evitar sorprendernos ante la majestuosidad de éste de Nara.  El descomunal templo es la mayor edificación de madera del mundo, y la estatua que alberga es aún más impresionante. El Gran Buda de Nara es uno de los monumentos más importantes de Japón y superaba en tamaño al que habíamos visto en Kamakura.



Rodeamos el gran recinto en torno al descomunal Buda, de una altura de 16 metros. Destaca su nariz, que sobresale medio metro de la cara. Cuenta la leyenda que quien consiga entrar en la cabeza del Buda a través de ésta, se contagiará con la sabiduría. Supongo que para evitar encontrarse turistas trepando a la escultura como monos, uno de los pilares de madera tiene una perforación del mismo diámetro que el orificio nasal del Buda. Un grupo de niños se agolpaba junto a la columna para ir atravesando el agujero. Nosotros no llegamos a cruzarlo, evitando contagiarnos de sabiduría ninguna.


La visita a Nara fue bastante rápida, pero no queríamos quedarnos sin ir más tarde al templo de Fushimi-Inari. Pese al percance con el ojo de Ruth y la visita al doctor Pelucas, habíamos conseguido ver Nara y nos alegramos mucho por ello. No podría prescindir de ello en un itinerario por Japón.

Volvimos a la estación y comimos rápidamente un menú de pollo frito del Kentucky patrocinado por One Piece. No contábamos con otra de las catastróficas desdichas de aquel día, y es que la Nara Line se había quedado parada por fuertes lluvias en algún lugar de Japón, así que se estaban cancelando todos los trenes. Dicen que los trenes nipones no fallan nunca y normalmente así es, pero a nosotros nos tocó sufrir retrasos que nos recordaron a la Renfe.

La espera fue de unas 2 horas, así que las prisas para visitar Nara habían sido innecesarias. Al final, después de andar titubeando entre si pillar una línea de tren u otra, nos montamos en una con la que íbamos a dar un rodeo de la muerte. En ese crucial momento vimos movimiento en el otro andén y salimos corriendo del vagón para entrar en la resucitada Nara Line. Nos habíamos librado de las combinaciones bizarras y ahora sí, íbamos dirección Fushimi Inari.

domingo, 30 de marzo de 2014

Crónicas Niponas 18: Kyoto.

31 de julio de 2013. Día 9. Parte II. Kyoto (京都市).

CAPÍTULO DECIMOOCTAVO:
EL OJO CATASTRÓFICO


El día empezó mal. Antes de las 7, Ruth me despertó, preocupada por su ojo. El párpado, picado por el insecto misterioso se había hinchado de forma exagerada y alarmante. Decidimos ir al médico, así que llamamos por teléfono al seguro en España.

Tras darle los datos, nos contaron que teníamos que esperar porque las clínicas y hospitales no abrían hasta las 9. Un rato después nos llamó un tal Terry desde Inglaterra para hacerme mil preguntas y pedirme mil datos otra vez.

Nos tenían que llamar de nuevo para darnos los datos del hospital y demás, así que entre tanto esperamos viendo algunos vídeos en YouTube de los animes que lo estaban petando. Por fin nos llamaron para darnos los datos de la cita.

Cogimos un taxi hacia la clínica. Por suerte nos habían mandado a una donde hablaban inglés. Al entrar nos mandaron sacar unas pantuflas de un armario esterilizador y esperamos a que nos avisaran. Al poco rato nos recibió el doctor Pelucas, apodado así por su casco de tupida cabellera a lo Camilo Sexto.

Examinó el ojo pipa de Ruth y nos tranquilizó diciéndonos que no era nada y que enseguida se le bajaría la inflamación. Le dio una crema, gotas y antihistamínicos. Ruth se echó los potingues y nos quitamos las pantuflas de enfermo para ponernos de nuevo en camino. Antes de marcharnos, preguntamos a la chica de recepción por la parada de autobús más cercana. Nos la indicó en un mapa.

Al poco rato, tras un rato andando, escuchamos unos gritos en la lejanía y vimos a la chica corriendo desde el quinto coño. Pensábamos que nos habíamos olvidado algo. Al final todo el jaleo era para hacernos una pequeña, minúscula rectificación en sus indicaciones. Si es que se pasan de majos, creo que lo repito un centenar de veces en este diario.

jueves, 20 de marzo de 2014

Crónicas Niponas 17: Kyoto. Shimogyō-ku

30 de julio de 2013. Día 8. Parte II. Kyoto (京都市). Shimogyō-ku (下京区).

CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO:
MI COMPRA DE ELECTRÓNICA NIPONA


De vuelta en la estación de Kyoto, fuimos antes de nada a una farmacia a por una crema para picaduras. Ruth les mostraba su párpado hinchado por el picotazo mientras las farmaceúticas proferían ohhhhhs y ahhhhhs.

Comimos en un McDonalds abarrotado de adolescentes nipones y fuimos a una enorme tienda de electrónica de los alrededores. Justo detrás de la enorme torre de Kyoto, de 131 metros de altura, que por estar frente a la estación de tren, es lo primero que se ve al llegar a la ciudad.

Aprovechando que la tarde se iba nublando y pronto empezaría a llover, nos metimos en unos grandes almacenes de electrónica, al que nos habían mandado al preguntar a unas taquilleras de la estación.

Pasamos las horas entretenidos enredando con los últimos modelos de cámaras, muñecos coleccionables, videojuegos y frikadas varias. Y por último relojes, donde me enamoré del Casio G-Shock GW-5000-1JF. Aunque en realidad ya venía enamorado desde España por haber estudiado en los foros. Este reloj sólo se vende en Japón, así que era el mejor recuerdo que me podía llevar, me acuerdo del viaje todos los días al mirar mi muñeca.

Con mi nuevo reloj y un par de regalos para los sobrinos de Ruth, nos fuimos en autobús hacia el albergue. Teníamos que hacer la colada. De modo que pasamos el resto de la tarde divirtiéndonos con lavadora, secadora y demás artilugios con incomprensibles y extensas instrucciones niponas.

Como era de esperar, aun con doble sesión de secadora, la ropa seguía empapada y tuvimos que montar el ya clásico tendedero mercadillo por toda nuestra habitación. Después de las labores de limpieza y recogida de ropa, subimos a cenar y nos encontramos con Jordi, con quien estuvimos charlando un rato.

La historia de las pulgas asesinas aún seguía fresca en nuestras cabezas, así que antes de dormir realizamos una concienzuda inspección con las linternas por la habitación. No encontramos ninguna.

Crónicas Niponas 16: Kyoto. Arashiyama.

30 de julio de 2013. Día 8. Parte I. Kyoto (京都市). Arashiyama (嵐山).

CAPÍTULO DECIMOSEXTO:
EL BOSQUE DE BAMBÚ


Amanecimos otro día más en Kyoto, pero esta vez nos daríamos un descanso de templos. Planeábamos hacer una pequeña excursión a Arashiyama, en los alrededores.

Fuimos a la cocina del hostel, donde habíamos quedado con Jordi (a quien habíamos conocido en un capítulo anterior), por si se apuntaba a la visita. Mientras desayunábamos, comentamos el acribillamiento de mosquitos sufrido durante la noche. Intervino entonces una chica francesa que hablaba español. “No son mosquitos, eso son pulgas”, sentenció. Nos contó una escalofriante historia de camas llenas de pulgas blancas y gordas, por las que ella y sus amigas hubieron de cambiar de cuarto, sólo para encontrarse con las mismas pulgas blancas y gordas en otra habitación. Al final las picaduras llegaron a provocarles fiebre, así que se mudaban a un hotel cápsula.

Así aprendimos más de lo que deseábamos sobre aquellas agresivas pulgas japonesas. Tragamos saliva y examinamos de nuevo las hinchazones de nuestras picaduras en brazos y piernas. ¿Pulgas hijas de puta o mosquitos hijos de puta? Decidimos dejar nuestras pesquisas para la noche y nos fuimos a coger el autobús para la estación de trenes. Jordi al final no nos acompañaba porque quería quedarse un rato más en el hostel.

Desde la estación central de Kyoto salía un tren de la JR hacia Arashiyama. Llegamos al pueblo enseguida y caminamos por algunas calles hasta alcanzar el inicio del sendero que se internaba en el bosque de bambú.


La bonita zona, rodeada de montañas y bosque, era todo un remanso de paz pese a estar tan cerca de la ciudad de Kyoto. El camino lo rodeaban altos y delgados troncos de bambú, que cobijaban del sol a turistas e insectos variopintos.     Pronto empezamos a sentir las primeras picaduras de mosquito. Ruth sacó presta el repelente de insectos de su mochila.

Tan contenta estaba ella terminando de rociarse piernas y brazos, cuando un bicho de origen desconocido le picó en un ojo. Concretamente, en el párpado.

Segundos después del picotazo no se veía nada, pero la hinchazón sólo tardó unos minutos en empezar a hacerse visible. Una putada, pero no le dimos mayor importancia y continuamos nuestro paseo hasta llegar al templo de Tenryū-ji. Nos adentramos en sus espectaculares jardines. Hacía muchísimo calor y humedad, y no tardamos en empezar a sudar como cerdos.

Retomamos el camino mientras el ojo de Ruth iba mutando. El lugar era mágico. A medida que avanzábamos por el sendero, aumentaba la densidad de los árboles de bambú, que se mecían flexionándose cuando soplaba algo de brisa.

Volvimos por el mismo camino de antes hasta encontrarnos de nuevo en las calles de Arashiyama. Las recorrimos bajo un sol abrasador. Al potingue antiinsectos se unió la crema solar, que a su vez se unía al sudor, conformando una poción infame que ningún humano debería conocer.

Cruzamos el río por el puente Togetsu-kyo. Junto a éste, había una presa y pequeñas barcas que surcaban las aguas calmas. Siguiendo el camino, había un parque de monos, pero al ver colgar de una farola un cartel con fotos descoloridas de los años 90, nos dio el bajón y nos dimos la vuelta. No nos apetecía ir a ver monos explotados y descoloridos.

De nuevo junto al puente, se me acercó un chaval con sus tareas para inglés del instituto, que consistían en realizar una entrevista a un guiri como yo. Accedí a ello y me estuvo preguntando todo tipo de mis cosas favoritas e impresiones de mis andanzas por Japón. Y para terminar, se hizo una foto conmigo como prueba final que pegar al dorso de la entrevista. Estuvo gracioso.

La zona del puente no nos estaba gustando demasiado, así que regresamos a la estación JR Saga-Arashiyama para volvernos a Kyoto.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Crónicas Niponas 15: Kyoto. Kiyomizudera, Kinkaku-ji, Ryōan-ji

29 de julio de 2013. Día 7. Kyoto (京都市). Kiyomizudera (清水寺), Kinkaku-ji (金閣寺). Ryōan-ji (龍安寺).

CAPÍTULO DECIMOQUINTO:
TEMPLOS BAJO LA LLUVIA INTERMINABLE


Nos levantamos pronto con la intención de aprovechar bien nuestra segunda jornada en Kyoto, pero negras nubes habían madrugado también, y escuchamos el agua chocar contra la ventana desde el momento de abrir los ojos.

Desayunamos en el hostel y salimos al mojado mundo exterior, no sin antes pertrecharnos con unos clásicos paraguas transparentes que todo japonés usa. Los prestaban gratuitamente en el albergue. Nos fuimos caminando hacia el templo Kiyomizudera, que estaba relativamente cerca del albergue. Dada la extensión de la ciudad de Kyoto, esto significa que se podía ir andando.

Tras un largo paseo y ardua subida, llegamos al bonito templo, con grandes terrazas que iban a dar a unos jardines velados por la lluvia. Hubo lugar para supersticiones varias. Yo me dediqué a levantar un martillo de hierro de la fortuna y Ruth bebió de un manantial supuestamente sagrado y curativo.





El templo merecía mucho la pena, aunque los verdes jardines quedaban algo deslucidos por la lluvia. Debía ser impresionante ver el sakura (florecimiento del cerezo) en primavera.

Al salir, nos equivocamos de autobús con la consecuencia de darnos una vuelta enorme por Kyoto. Después de irnos hasta el quinto ojete para poder enlazar con un transbordo hacia la parada deseada, llegamos al templo Kinkakuji, conocido como el pabellón dorado.




Otro templo más y su correspondiente entrada de 1000 yenes. Uno de los principales gastos y a menudo olvidados al hacer el presupuesto previaje, son las entradas a los templos. Y en ciudades como Kyoto, donde hay una sobredosis templaria importante, se trata de un pastizal.

La mayor tromba de agua nos cayó justo cuando poníamos el primer pie en los jardines de Kinkaku-ji. La lluvia caía torrencialmente, pero decididos a que ello no nos arruinara la visita, nos acercamos al pabellón dorado, que resplandecía pese al día nublado. Rodeamos el perfecto edificio mientras la lluvia nos empapaba. Una buena mujer se ofreció a hacernos una foto. Recuerdo con pánico cómo sacaba la cámara de la protección de su paraguas y litros de agua caían sobre el objetivo. Mi sentimiento de agradecimiento por la foto se mezclaba con furia asesina en mi corazón.

Salimos pisando charcos en busca de un refugio y lugar para llenar el estómago. Un par de calles más allá encontramos un bar de udon, fideos gruesos con harina. Pedimos dos cuencos, el de Ruth con tempura de gambas y el mío con pollo al curry.

Después de vaciar los generosos cuencos, preguntamos al camarero cómo coger el autobús hacia Ryoanji. El hombre no sólo nos indicó la dirección, llegó a acompañarnos hasta la parada que no estaba al lado precisamente. Ante esta otra muestra de hospitalidad desmesurada nipona, luego me sentí mal cuando al final decidimos ir andando. La lluvia nos daba un respiro y queríamos aprovechar para dar un paseo.

De modo que anduvimos hasta el templo, cuyo principal atractivo residía en su jardín de rocas. Se trataba de un perfecto jardín zen de gravilla blanca rastrillada y rocas, que según nos enteramos, eran como barcos a la deriva en el mar.

Nos sentamos unos instantes como todo visitante frente al jardín, a empanarnos mirando  los perfectos surcos en la gravilla y en torno a las rocas. Luego deambulamos por el bonito jardín que rodeaba el templo.



Para terminar con la ruta de templos, nos dirigimos hacia el cercano, Ninno-ji, pero un señor al que preguntamos por indicaciones nos dijo que ya había cerrado. Casi que lo agradecimos porque estábamos un poco hasta las pelotas de ver templos. Que sí, que son la hostia de bonitos pero verlos tan seguidos llega a saturar. Y esto es un poco lo que pasa en Kyoto, que no das abasto con los templos.

Cogimos el bus de vuelta hacia el barrio de nuestro albergue. Al llegar entramos en uno de los clásicos recreativos de varias plantas, con sus máquinas de gancho de merchandising extraño y sus videojuegos arcade. Nos echamos una partida al juego de moda de tocar los tambores, Taiko no Tatsujin. En comparación a los viciados que veíamos tocando la batería, nuestro sentido del ritmo era un poco lamentable, pero nos descojonamos intentando seguir el ritmo de canciones de j-pop a cual más estridente y friki.

Terminamos el día por la calle Teramachi, donde Ruth se compró unos zuecos de geisha. Fuimos al Family Mart a comprar viandas varias para cenar y caímos en la habitación. Mientras afuera, la lluvia caía sin cesar.