jueves, 21 de noviembre de 2013

Crónicas Niponas 09: Takayama


26 de julio de 2013. Día 4. Parte II. Takayama (高山市).

CAPÍTULO NOVENO:
CAMINO A LOS ALPES JAPONESES


El sueño me venció al poco de salir de Matsumoto. Un rato después desperté a otro sueño al emerger entre mis legañas los increíbles paisajes por los que estábamos viajando.

La estrecha carretera ya se internaba en los Alpes Japoneses. Entre túnel y túnel aparecían altas montañas cubiertas de bosques, alzándose sobre verdes valles bañados por cascadas. No volví a dormir ni a despegar la vista de la ventanilla.

Llegamos a Takayama al caer la noche, a eso de las 19:30. Entramos en la estación de trenes para reservar los asientos del siguiente viaje y nos fuimos a buscar el hostel que habíamos reservado, “Guesthouse Tomaru”. La simpatiquísima dueña, Aki, nos enseñó el coqueto albergue y nos llevó a nuestra habitación. Tenía suelo de tatami, puertas correderas y futones, todo de estilo tradicional japonés.

Nos explicó mil cosas de Takayama, qué hacer, qué visitar, dónde comer... mientras marcaba el plano con un bolígrafo. Me extrañó que no nos dijera nada del museo folclórico de las casas de Hida. Nos dijo que todo era una reproducción y que mejor nos recomendaba ir a Shirakawa-go.  Nosotros lo habíamos quitado del itinerario con mucho dolor por falta de tiempo. Pero cuando Aki nos descubrió que podíamos ir y volver a la mañana siguiente en un bus, no hubo mucho que pensar.

Después Aki incluso nos acompañó a un izakaya recomendación suya para cenar. Si es que son tan majísimos que estoy convencido de que después de visitar Japón, nunca nadie más me parecerá simpático en la vida. Es así.

Como el bar estaba lleno de gente, decidimos ir a dar una vuelta por Takayama y volver más tarde. Nos aventuramos por las semidesiertas y frescas calles, pero todo estaba muy oscuro y apenas pudimos ver nada.

Paseamos por la ciudad desierta mientras notas de un shamisen (guitarra japonesa) salían de una vieja casa de madera con ventanas iluminadas.
  
Absortos en el paseo y la conversación, no caímos en la cuenta de la hora y se nos fue de las manos. Eran casi las 21:00 y no nos iban a dejar entrar en ningún sitio para cenar. Ya no estábamos en Tokyo. Al final probamos de nuevo en el izakaya Syusai, donde antes nos había llevado Aki. Era el único que seguía abierto.

Allí probé la famosa ternera de Hida, la región en la que estábamos. Según decían no tenía nada que envidiar a la más conocida carne de Kobe. La servían al estilo sashimi, es decir, prácticamente cruda. La acompañé con sake del lugar y saboreé la que probablemente es la mejor ternera que he probado y probaré jamás.

Ruth probó otra especialidad de Hida con la misma carne cocinada sobre una hoja con salsa de miso dulce. Delicioso también. Cayeron varias cervezas y sakes y regresamos al hostel medio pedo.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Crónicas Niponas 08: Matsumoto

26 de julio de 2013. Día 4. Parte I. Matsumoto (松本市).

CAPÍTULO OCTAVO:
EL CASTILLO SAMURÁI


Aquella mañana dejábamos Tokyo, aunque habíamos guardado unos días al final del viaje para despedirnos de la capital. Cargamos con las mochilas y caminamos hasta Ueno para coger la Yamanote hacia Shinjuku. Con los macutos a cuestas, temíamos por la aglomeración de la hora punta, pero por suerte era aún demasiado temprano y no habían llegado las hordas de salarymen.

Llegamos a la extremadamente grande y complicada estación de Shinjuku. Preguntando, nos abrimos paso hasta el andén de nuestro tren Azusa Express. Viajamos hasta Matsumoto con toda velocidad y felicidad, como acostumbraban los trenes nipones. En el viaje nos dedicamos a reírnos con los inventos bizarros japos de un catálogo de venta por correo. Llegamos al cabo de unas tres horas y nada más llegar buscamos unas taquillas para guardar las mochilas.






Las encontramos en una sala de espera y nos pusimos manos a la obra. El tamaño de la taquilla era bastante justo. Después de un rato tratando de encajar las mochilas y empujando la puerta desafiando las leyes de la física, advertimos al señor que nos contemplaba impertérrito, señalando las taquillas de al lado. Eran las grandes.

Nos reímos por nuestros vanos esfuerzos, pero nos reímos demasiado pronto, pues las dimensiones de la taquilla tampoco cumplían. Repetimos las maniobras de compresión de equipaje por fuerza bruta. La puerta cerró.

Salimos de la estación de trenes y nos dirigimos a la vecina estación de autobuses para comprar los billetes de más tarde a Takayama, donde pensábamos llegar al terminar el día. Según habíamos leído, sólo hacían descuentos para el JR East Pass, pero nos lo hicieron igual para el JR Pass estándar. Pillamos billetes para el último autobús, a las 17 horas.

Marchamos dirección al castillo, que estaba a un paseo de unos 20 minutos. Lucía un sol radiante en un cielo por fin despejado. Ya notaba la sensación barbacoa en mi piel y recordé el bote de crema solar, aún sin utilizar, guardado a buen recaudo en la mochila que había dejado en la taquilla.

Los calores y sudores merecieron la pena cuando al fin nos hallamos frente al impresionante castillo, rodeado por el enorme foso. Era nuestro primer castillo japonés. En el itinerario original habíamos incluido Himeji, pero cuando nos enteramos de que estaba en obras de restauración se cayó de la lista y entró Matsumoto, otro de los más importantes de Japón.

La imagen de la fortaleza se reflejaba en las aguas, ondulantes cuando pasaba algún pez gigante bajo la superficie. Las fotos al borde del foso quedan preciosas, pero no reflejan la tensión por los peces que asomaban sus fauces en busca de alguna extremidad.

Rodeamos por completo la imponente fortaleza y cruzamos el acceso hacia ésta. Entramos en el castillo y realizamos la visita por el interior, visitando sus austeras estancias de madera y subiendo de planta en planta por empinadas y estrechas escaleras que hicieron las delicias de Ruth. Dentro del castillo, además de diversos paneles explicando su historia, podía verse una exposición de armaduras samuráis y armas de fuego de diferentes épocas.



Salimos del castillo y llegamos a pie hasta una galería de tiendas junto al río. Vagabundeamos entre tiendas varias y continuamos acercándonos hasta la estación. Paramos a comer en una especie de cafetería bohemia con estanterías y libros. Matamos el tiempo al frescor del aire acondicionado y nos movimos de nuevo para ir a coger nuestro autobús.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Crónicas Niponas 07: Tokyo. Shibuya

25 de julio de 2013. Día 3. Parte II. Tokyo (東京都). Shibuya (渋谷区).

CAPÍTULO SÉPTIMO:
EL CRUCE DE SHIBUYA


Nos bajamos en la estación central de Tokyo y recorrimos una vez más sus ultratransitados pasillos. Cambiamos a la línea Yamanote y nos fuimos para Shibuya, el barrio que queríamos visitar en aquellas últimas horas en Tokyo, hasta que volviéramos a la ciudad al final del viaje.

En la estación de Shibuya fuimos a Información para preguntar por un cajero de Citibank, que sabíamos que funcionaba con nuestras tarjetas porque era en el que habíamos sacado en el aeropuerto. La chica que nos atendió no sólo nos dijo donde encontrar el banco, sino que nos imprimió un mapa y nos apuntó sobre éste las transcripciones de los nombres en rōmaji (caracteres latinos).

Desde los ventanales de la estación podíamos ver el famoso cruce de Shibuya, el paso de peatones más famoso del mundo. Grabé un vídeo de la locura de hormigas humanas cuando los semáforos pasaban al verde.




Bajamos a la calle para buscar el punto de quedadas clásico de Shibuya, la estatua de Hachikō. Éste era un perro que pertenecía a un profesor que vivía por la zona. Cada tarde, el fiel Hachikō iba a la estación de Shibuya a esperar a que su dueño regresara de trabajar. Cuando años después el profesor falleció, Hachikō continuó acudiendo a su cita a la estación, todos los días hasta su muerte, 11 años después.


Saludamos a la entrañable mascota y fuimos a cruzar la abarrotada intersección. Nos detuvimos a esperar junto a la calzada iluminada por las luces de neón y pantallas gigantes que me recordaban al Times Square neoyorquino. Una milésima de segundo después de que los semáforos pasaran al verde, se desataba la locura sincronizada de cientos de personas cruzando al unísono en todas direcciones.

Nos adentramos en el caos y repetimos varias veces la jugada para grabar unos vídeos. Después, nos perdimos entre los jóvenes tokyotas que llenaban las calles de aquel barrio, vestidos a la última moda. Contemplar la multitud ir y venir entre bares y escaparates era absorbente.

Buscamos el banco que nos habían indicado en la estación. Por fin conseguimos sacar yenes y nos relajamos un poco con el tema de las tarjetas. Acto seguido, deambulamos por las coloridas e iluminadas calles hasta encontrar un sitio para cenar.

Encontramos un restaurante y atraídos por las fotos de comida en la puerta, bajamos al subsuelo (en Tokyo los establecimientos raras veces están a pie de calle). Era un izakaya, que es el típico bar japonés donde se va a comer y tomar cervezas. Cenamos sushi (nigiris y makis). Delicioso.



Tras terminar de cenar, dimos otro paseo entre luces y jóvenes borrachos antes de coger el tren a Ueno.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Crónicas Niponas 06: Nikko

25 de julio de 2013. Día 3. Parte I. Nikko (日光市).

CAPÍTULO SEXTO:
EL SANTUARIO ENTRE LA NIEBLA


Aquella mañana nos despertamos mucho más tarde de lo previsto, pero la cura de sueño era justa y necesaria. El día lo íbamos a dedicar a Nikko, así que nos preparamos y fuimos a la estación de Ueno. Desde allí cogíamos un Shinkansen (tren bala) hacia Utsonomiya.

Era nuestro primer Shinkansen y cual guiris emocionados nos dedicamos a hacer un millón de fotos y vídeos a los estilizados trenes que pasaban por la estación. La puntualidad era asombrosa. Los trenes llegaban y partían en el minuto exacto. Como todo en Japón, el orden es brutal. En los andenes, había marcados en el suelo unos carriles con el número y tipo del vagón, donde la gente se iba situando a esperar. Efectivamente, cuando el tren se detenía, las puertas de los vagones coincidían exactamente con los caminitos donde esperaban los civilizados nipones.

Llegó nuestro tren y salimos puntualmente de Ueno. Recorrimos kilómetros y kilómetros de la gigantesca urbe tokyota. La ciudad no tenía fin y la miríada de edificios se extendía hasta perderse en la neblina de la polución.

Mucho tiempo después, dejamos atrás los suburbios de la capital nipona. El gris y el neón dejaron paso al verde de los paisajes del norte, que cruzábamos a toda velocidad. En la estación de Utsonomiya, cambiamos al mucho más pausado tren local de la Nikko line. Sus vías se perdían entre bosques frondosos hasta llegar a la turística población de Nikko.



Nada más salir de la estación, comenzó a llover. Nos encaminamos calle arriba, dirección a los templos, mientras buscábamos algún cajero automático. En Ueno, no habíamos conseguido sacar dinero en ningún banco. Encontramos varios cajeros, y todos nos rechazaban las tarjetas. Apenas nos quedaban unos pocos yenes en los bolsillos y nos empezamos a preocupar. Finalmente encontramos un banco donde procedimos a cambiar los euros de emergencia que llevábamos desde España.

Dejamos el acuciante problema monetario para nuestros yoes del futuro y nos pusimos de nuevo los impermeables para seguir caminando hacia el complejo de los templos bajo la llovizna. Se levantó una densa niebla, que no nos permitía ver más allá de unos metros y amortiguaba los sonidos de la ya de por sí silenciosa ciudad.

Así llegamos hasta el Shinkyō, el puente rojo sagrado, la primera de las preciosas imágenes que nos llevaríamos de Nikko. La niebla envolvía el puente solitario, rodeado de montañas boscosas y con el río Daiya-gawa pasando bajo éste. El puente es peatonal y había que pagar para acceder a él. Pero no merecía la pena, puesto que a pocos metros en paralelo había otro puente desde donde se tenía una vista estupenda del Shinkyō y el privilegiado entorno.


Cruzamos y subimos por una cuesta empedrada junto a un arroyo, que llevaba directamente al complejo de santuarios sintoístas y templos budistas. Pilares de la tradición japonesa, Sintoísmo y Budismo son las dos religiones mayoritarias del país, donde coexisten desde hace muchos siglos. No son incompatibles entre sí y por ello muchos japoneses practican ambas creencias. El Sintoísmo adora a los dioses Kami, relacionados con la naturaleza. Tiene que ver con fenómenos meteorológicos como la lluvia y conceptos como la fertilidad y la misericordia. El Budismo, a diferencia de la anterior, se ocupa de aspectos más mundanos. Más que una religión, es una filosofía o forma de vida, que trata de eliminar la insatisfacción, los miedos y el sufrimiento a través de la meditación.

Tampoco me quiero poner pesado hablando aquí de religión, pero ya que una gran parte del viaje la invertimos en visitar templos y santuarios, quería ponerme un poco en contexto.

Caminamos hacia el interior del complejo, rodeados por tupidos bosques y la espesa niebla, con paisajes que parecían sacados de una peli de Miyazaki. Nos acercamos al enorme torii de piedra que da acceso al santuario sintoísta de Tōshō-gū. La visión de aquellos primeros edificios del santuario, majestuosos y situados a diferentes alturas, quitaba el aliento. El ambiente lluvioso no desmerecía en absoluto al lugar, sino que le acompañaba a la perfección. No puedo imaginarlo de otra manera.


Los muros cubiertos por el musgo y los monumentos funerarios emergiendo entre la niebla le daban un aspecto de misterio al santuario, a pesar de la cantidad de gente que visitaba el lugar. Al ser día de diario, fundamentalmente excursiones de escolares.

Tras pasar el torii de piedra nos encontramos de frente con los almacenes sagrados, cuyas fachadas se adornan con unos relieves de elefantes un poco bizarros. Ello se debe a que el artista que los esculpió en realidad nunca había visto uno de verdad, así que se lo curró de oídas como le vino saliendo un poco del miembro.

Frente a los almacenes estaba el edificio de los establos, con el famoso relieve de los tres monos sabios del budismo, con uno tapándose las orejas, otro la boca y el tercero los ojos. Es una de las estatuas más famosas de Japón, en parte por su origen misterioso.


A escasos metros se alzaba una imponente pagoda de cinco pisos, junto a una fuente como la que puede encontrarse en la entrada de cualquier santuario sintoísta. Sobre ésta se hallan cucharones dispuestos en hilera para realizar el ritual de purificación. Éste tiene varios pasos. El primero es coger el cucharón con la mano derecha y verterlo sobre la izquierda. A continuación se repite el proceso con la otra mano. Finalmente se vuelve a llenar el cucharón en la mano derecha, se recoge el agua con la izquierda para llevarla a la boca y se escupe en el suelo junto a la fuente.


Tras otro torii y un tramo de escaleras vimos unas torres y nos descalzamos para entrar en una sala con una pintura de un dragón en el techo. Un monje golpeaba dos tubos de madera en distintos puntos de la sala. Sonaban... como dos tubos de madera chocando entre sí. La gracia estaba en que luego se situaba en el punto exacto bajo el hocico del dragón y el sonido reverberaba, que con imaginación, se asemejaba a un rugido. Venga, aceptamos dragón.

En otro de los templos, asistimos a una ceremonia sintoísta, gongs y reverencias incluidas.   Decenas de escolares japoneses escuchaban atentos, libreta bajo el brazo, donde iban rellenando disciplinadamente sus deberes.

Admiramos la puerta Yomeimon, una de las cosas más jodidamente perfectas que he visto en mi vida. La decoración de la fachada era increíblemente intrincada y detallada. Las reproducciones de animales y dragones eran impresionantes. En realidad, nunca terminas de admirar cada rincón de este santuario. Siempre había leído de lo imprescindible que era visitar Nikko en un viaje por Japón. Ahora veía el porqué.





Subimos unas largas y resbaladizas escaleras bajo altos árboles, hacia la tumba de Ieyasu, donde se encontraba un viejo árbol que era considerado sagrado. Las pasamos putas para subir, no quiero imaginar cómo se las apañaban los turistas de chanclas y sandalias. Bueno, no tengo que imaginarlo porque lo vi. Era divertido.

Tras casi dos horas recorriendo el impresionante santuario, nos marchamos porque ya íbamos con la hora pegada para coger el tren de vuelta. Había muchos más templos que visitar en Nikko, pero por desgracia los otros importantes estaban cerrados por restauración. De todas formas el complejo es tan grande que no podrían visitarse todos los templos ni en un día ni en una semana. Dimos una vuelta apresurada por algunos de éstos y volvimos hacia la estación, bajo la lluvia eterna que ya calaba bajo el impermeable.

Nos fuimos de Nikko con algunas de las imágenes más bonitas de Japón en las retinas y en la tarjeta de memoria. También me llevé el rugido del dragón, que ahora salía de mi estómago. No nos había dado tiempo a comer y pasaban las 4 de la tarde.

Viajamos en el tren de vuelta a Utsonomiya, donde en el escaso tiempo de transbordo pillamos rápidamente unos rollitos de carne y verduras y una bolsa de patatas de sabores extraños. Nuevamente cogimos el Shinkansen, merendando vorazmente de vuelta a Tokyo.