domingo, 20 de octubre de 2013

Crónicas Niponas 05: Tokyo. Roppongi

24 de julio de 2013. Día 2. Parte III. Tokyo (東京都). Roppongi (六本木).

CAPÍTULO QUINTO:
SHONEN JUMP Y LA TOKYO TOWER


En la enorme estación central de Tokyo, cada día descubríamos una cosa nueva. Aquella tarde, fue en las galerías comerciales que hay en uno de los niveles de la estación. Entre un sinfín de tiendas de dulces y golosinas, no podían faltar también las tiendas de frikadas y animes. En particular fuimos a ver la tienda de la Shonen Jump, la más famosa revista semanal de manga. Desde los años 70, en la Jump se publican algunas de las series más populares en Japón y en todo el mundo.

Allí había mangas y merchandising de todo tipo de Dragon Ball, Bleach, Naruto y como no podía ser de otra manera, el popular manganime de Eiichiro Oda. Miles de chismes y alimentos de Luffy y Chopper llenaban los estantes. No pude salir sin comprarme un par de artículos frikis a la par que inútiles como fueron la baraja de póker de One Piece y una lata de dulces con los personajes de One Piece que ahora uso de lapicero.






Pasamos el rato refugiados de la lluvia curioseando entre las tiendas de la estación y fuimos de nuevo a los andenes para ir en la Yamanote line a la estación de Hamamatsuchō, en el distrito de Roppongi.

Una vez allí fuimos a una farmacia a comprar una crema, ya que Ruth se había hecho unas rozaduras. Hacernos entender en una farmacia fue toda una odisea, como los dependientes hablaban cero inglés y nosotros cero japonés hubo que recurrir una vez más a la mímica y a señalar cosas en los libros ilustrados que nos iban sacando.

A lo lejos se veía la torre de Tokyo, iluminada en rojo y velada por el agua de la lluviosa noche. La Tokyo tower toma como modelo a la torre Eiffel, aunque es un poco más alta que la parisina. Caminamos cruzando el recinto de un templo solitario hasta llegar al pie de la torre.


El barrio se veía con bastante vida nocturna, con muchos bares y karaokes. Desde la calle podían verse algunas de las salas privadas donde los nipones cantan y beben hasta morir. El ambientillo de bares y clubs tenía buena pinta, pero empapados y cansados como estábamos, no podíamos con la vida. Decidimos irnos a dormir a nuestro pequeño hogar tokyota, así que dimos media vuelta y cogimos el tren a Ueno para volver al hostel.


sábado, 19 de octubre de 2013

Crónicas Niponas 04: Yokohama

24 de julio de 2013. Día 2. Parte II. Yokohama (横浜市).

CAPÍTULO CUARTO:
EL PUERTO DEL FUTURO


Desde Kamakura, fuimos de nuevo en la JR Yokosuka Line en dirección a Tokyo para llegar a Yokohama. Desde la estación, cogimos el metro directamente hacia Minato Mirai, literalmente “el puerto del futuro”. Es un distrito de rascacielos, centros comerciales y un parque de atracciones con una gigantesca noria.

Según lo que teníamos entendido, aquella zona suele estar bastante animada. Pero el cielo plomizo y la lluvia incesante no le daban el mejor de los aspectos. La ciudad futurista se teñía de gris y recordaba más a una distopía cyberpunk, que al amoroso lugar de citas que se puede ver en muchos animes.

Levantamos las cabezas regadas por la lluvia para admirar el rascacielos Landmark tower, el más alto del país y fuimos a dar una vuelta por la zona. La lluvia no nos dejaba disfrutar de la visita, así que fue un apresurado paseo con la noria del parque Cosmo World como telón de fondo.





Para refugiarnos del diluvio, entramos en un par de centros comerciales. Allí dentro se concentraba toda la gente que no habíamos visto en la calle. El consumismo japonés se ponía de manifiesto en las concurridas tiendas. Realmente lo más interesante de nuestra visita a Yokohama fue esto, ya que por urgencias gastrointestinales, descubrimos por primera vez los míticos retretes nipones del futuro. Asiento con calefacción, efluvios de desodorante incorporado, hilo musical con diferentes melodías para concentrarse y botones con lo que activar los chorros limpia ojetes. Toda una pieza de ingeniería al servicio de las cagadas más futuristas. Algo así sólo podía existir en Japón.



Visitamos una azucarada tienda de Hello Kitty y luego Ruth se maravilló un rato con la de Snoopy. Ella es muy fan del perro este, afición que descubrimos compartía con las japonesas, que compraban merchandising a kilos entre sonrisas de felicidad.

Visto el tiempo inclemente del exterior, decidimos dar por concluida nuestra visita a Yokohama y cogimos un ascensor transparente hacia el subsuelo. Nos montamos en el metro de vuelta a la estación de Yokohama para enlazar con el tren a Tokyo.

viernes, 18 de octubre de 2013

Crónicas Niponas 03: Kamakura

24 de julio de 2013. Día 2. Parte I. Kamakura (鎌倉市).

CAPÍTULO TERCERO:
LOS TEMPLOS DE KAMAKURA Y EL BUDA GIGANTE


La luz nos sacó del sueño temprano y tomamos un desayuno frugal antes de irnos a Kamakura, la primera de las varias excursiones que realizaríamos desde Tokyo. Preparamos las mochilas de asalto para pasar todo el día por ahí y nos fuimos hacia la estación de Ueno.

No habíamos caído en la cuenta del reloj y conocimos de primera mano los horrores de la hora punta. Los andenes estaban abarrotados de los salary-man dirigiéndose hacia sus oficinas. Es curioso ver cómo casi todos iban vestidos igual, con pantalones oscuros y camisas blancas. Entramos en el tren de la Yamanote line temiendo por nuestra vida, pero los japoneses son muy organizados y lograban lo imposible metiéndose a centenares en los vagones. Entraban de culo y todos mirando en la misma dirección, para molestar lo menos posible. No tengo dudas de que con la mitad de gente en el metro de Madrid habría habido disturbios y muertes a navajazos.

Pese a la aglomeración, no llegamos a ver a los míticos empujadores, que parece que se reservan para situaciones más extremas. En las pantallas sobre las puertas bailaban anuncios de frikadas y videojuegos, mientras los pasajeros se mecían con los trompicones del vagón como un bosque de bambú. Otros dormitaban incluso de pie, con la cabeza hacia abajo y despertando mágicamente en su parada.

En Tokyo Central los empleados de la estación dirigían el tráfico humano por distintos pasillos según el sentido en que caminaban. Aquí el orden no es sólo tradición, es supervivencia. Buscamos el andén de los trenes a Kamakura, la JR Yokosuka Line. Llegamos justo cuando uno entraba en la estación. El mismo tren contaba con distintos tipos de vagones, unos petadísimos y otros con asientos vacíos. Probamos suerte en el de los asientos, el “green car”, de donde evidentemente nos vinieron a echar muy pronto, por no estar cubiertos por el JR Pass. Eso sí, entre mil disculpas y amabilidad extrema, aunque las disculpas las debíamos nosotros.

Volvimos a los vagones petados, aunque ya habíamos pasado las peores estaciones de Tokyo y pronto se fue vaciando. Llegamos a Kamakura al cabo de una hora.

Preguntamos en la oficina de información turística de la estación. Una mujer nos dio un plano en el que venían marcados los templos principales y el Daibutsu, el gran Buda. En aquel momento no lo supimos, pero en el mapa los puntos cardinales estaban al revés, lo que poco después provocaría no pocas desorientaciones.

Pero en este país cualquiera a quien preguntes se desvive por ayudarte, así que a pesar de los puntos cardinales díscolos y los kanjis indescifrables, no nos supuso mucho problema movernos por la ciudad. Una joven familia nos indicó por dónde ir hacia los puntos de interés.

Caminamos por la calzada un barrio residencial cercano a la costa, pisando sobre las inquietantes señales de rutas de evacuación en caso de tsunami. Así llegamos al pie de una montaña boscosa, que ascendimos hasta llegar al templo budista de Hase-dera. Entre cuidados jardines y estanques con nenúfares y cascadas, se subía al precioso templo, que destacaba aún más en el privilegiado emplazamiento.

 


Pese a ser uno de los sitios más visitados de la región de Kantō, en aquella primera hora pudimos disfrutarlo casi en solitario. Recorrimos el lugar entre las miles de pequeñas estatuas de Jizo, que son muy graciosas hasta que te enteras de que las llevan allí las mujeres que han perdido a sus hijos por un aborto o a edad temprana.



Llegamos a los aledaños del templo principal, donde había estatuas a deidades budistas como Kannon. Desde allí disfrutábamos de las vistas al mar, rodeado de las montañas boscosas. Abajo, las casas de Kamakura se agolpaban en torno a la costa.






El cielo cubierto de nubes amenazaba lluvia más pronto que tarde, por lo que no nos demoramos más en Hase-dera y nos dirigimos hacia el Daibutsu, a unos 10 minutos a pie. De camino visitamos una tienda de katanas. El dueño tras el mostrador nos llamaba mientras desenvainaba una espada decapitadora de samuráis. Sabíamos que queríamos una, pero fuimos fuertes y huimos.

Entramos en el templo de Kōtoku-in, totalmente impresionados por la estatua gigante de Buda que se erguía meditando frente a nosotros. La impresionante escultura de bronce mide más de 13 metros y pesa unas 93 toneladas. Permanecimos un rato admirando la estatua entre riadas de visitantes japoneses.




Abandonamos el recinto y nos dimos otra larga caminata entre tranquilos barrios de casitas hasta llegar de nuevo a la estación de JR. Tomamos una tranquila calle comercial con hilo musical y compramos unas manzanas, antes de dirigirnos hacia Tsurugaoka Hachiman-gū, un santuario sintoísta.

Los estanques cubiertos de flores de loto enmarcaban una amplia explanada. Avanzando por ésta, se llegaba hasta unas altas escaleras, que subían hacia el gran templo que dominaba el complejo. Sin duda uno de los lugares imprescindibles de ver en Kamakura. Estaba muy concurrido y la gente no dejaba de acercarse al templo a echar donativos. Muchos, luego anudaban el papelito con la suerte a unas cuerdas dispuestas junto al templo. Empezó a llover y sacamos los chubasqueros, aunque a ratos nos los teníamos que quitar. Hacía demasiado calor para la capa extra de plástico.





Volvimos sobre nuestros pasos buscando algún sitio para comer. Una amable anciana que enseñaba un menú en la calle nos guió a un pequeño restaurante, donde pedimos sendos platos de oyakodon, un contundente y delicioso arroz con huevo y pollo. Ruth aprovechaba para seguir practicando su japonés, aunque confundía Konnichiwa con Arigato, así que siempre iba saludando a todo el mundo múltiples veces, nos echábamos unas buenas risas.

Después de comer regresamos a la estación. Aún quedaba mucho día por delante y pensábamos sacar todo el partido a Japón y al JR Pass. Siguiente parada: Yokohama.

viernes, 4 de octubre de 2013

Crónicas Niponas 02: Tokyo. Akihabara

23 de julio de 2013. Día 1. Parte II. Tokyo (東京都). Akihabara (秋葉原).

CAPÍTULO SEGUNDO:
PARAÍSO FRIKI


Esperamos al tren en Ueno mientras caía un diluvio infernal. Desde allí en la línea Yamanote, tan sólo distaba un par de paradas el barrio de Akihabara. También conocido como Akihabara Electric Town y Akiba para los más asiduos, éste es el paraíso del manga, anime, videojuegos, electrónica y frikismo en general. No hay lugar como éste en el mundo y era uno de los sitios que más ganas teníamos de conocer en Tokyo.

Salimos de la estación al tiempo que las luces y el frikismo nipón inundaban nuestras retinas. La lluvia intermitente nos hizo darle pocas vueltas y nos metimos en el edificio de Sega que estaba justo enfrente. Básicamente era un edificio de máquinas recreativas repartidas en plantas de diferente temática. En la planta baja estaban las máquinas de gancho donde dejarse los yenes tratando de conseguir figuras coleccionables. Más arriba, las populares recreativas de instrumentos musicales, bailes y simuladores. No faltaba el merchandising y las últimas novedades videojueguiles de Sega. Había una planta entera dedicada casi por completo a un sólo título. Era un juego de robots voladores del que por supuesto en la puta vida habíamos oído hablar. Ávidos jugones se congregaban ante las pantallas. Los salones recreativos siguen muy vivos en Japón y fuimos testigos de ello.


Seguimos nuestro deambular por la Electric Town y fuimos a parar a la tienda de Gamers, un establecimiento de manga y anime de varias plantas. Siempre imaginé que visitar las tiendas de cómic japonés sería toda una experiencia, pero nunca habría podido imaginar aquello. Montañas de manga de miles de temáticas se apilaban por doquier. En las plantas superiores, más manga, DVDs de anime, los últimos discos de las idols, así como otras bizarradas que sólo podrían existir en este país. No estábamos preparados para descubrir las almohadas de personajes femeninos con tetas y culos en relieve. Lo mejor para dormir bien abrazado a tu novia imaginaria de ficción.





Salimos de allí con un par de mangas que jamás lograríamos entender. Yo me compré el primer tomo de One Piece, cómic al que me había enganchado recientemente y que es absolutamente popular en Japón, está por todos lados. Por el viejo continente no desatará furor, pero desde luego en Japón, es el nuevo Dragon Ball desde hace más de una década.

Seguimos caminando por el barrio pasando por más tiendas del frikerío: figuras coleccionables, videojuegos y cómic. En todas las tiendas de manga también tenían sus correspondientes secciones de hentai para adultos.  Todo un mundo de amena lectura, que goza de tanto éxito como el manga “normal”, y con infinidad de temáticas, incluyendo cosas muy bizarras como sexo con monstruos de tentáculos con penes. Y es que los japos están muy salidos y hay público para todo. También hay que decir que pueden verse cosas extremadamente chungas con portadas de lolitas que asemejaban niñas pequeñas. No es que sea lo habitual, pero hay un lado muy turbio ahí.

Las tiendas de videojuegos anunciaban las novedades en pantallas hacia la calle. Todo lo último y cientos de títulos nipones que seguramente no se acercarán ni remotamente a Europa. También entramos en una tienda retro con consolas y videojuegos antiguos ultrabaratos. Los cartuchos de NES, Game Boy, Game Gear... llenaban los expositores del local entre parpadeantes pantallas pixeladas.

Nos empezó a diluviar de nuevo y una sirvienta manga que repartía publicidad nos ofreció refugio en un maid café. Esto es ya un clásico en la zona de Akihabara, y consiste en cafeterías interiores donde las jóvenes camareras van disfrazadas de sirvientas de estilo victoriano. La cafetería, MaiDreamin', estaba en la tercera planta de un edificio. No encontramos el ascensor e hicimos entrada por una puerta de incendios, sin convencimiento ninguno y ante la sorpresa de la gente del local.



Un nuevo universo bizarro se reveló ante nosotros. Unas cuantas sirvientas lolitas atendían el local, haciendo aspavientos continuos y animando a la clientela a repetirlos. No faltaban actuaciones musicales en playback y un sinfín de tontadas muy extrañas y muy graciosas. No entendíamos nada y flipamos bajo estado de shock.

Las maids no dejaban hacerse fotos si no era previo pago con sus Polaroids, así que pasamos y nos limitamos a tomarnos las cervezas disfrutando del extraño show. Estábamos empapados por la lluvia y el aire acondicionado huracanado del local nos congeló. Cuando terminamos las jarras, salimos de nuevo al exterior. Las maids nos despidieron con gritos felices y esta vez cogimos el ascensor.

Atardecía y seguimos nuestra exploración del absorbente mundo de Akihabara bajo las luces de neón. Vimos algunas tiendas y un sinfín de frikadas como el sex-shop con disfraces y todo tipo de perversiones niponas.

Llegamos al edificio de Taito, donde como la anterior de Sega había varias plantas de máquinas recreativas. Asistimos boquiabiertos al manejo experto de baterías y demás instrumentos musicales entre los bailes más estrambóticos. También descubrimos una entrañable planta retro donde se encontraban juegos míticos de los 80 y 90. Entre otros, pude ver los Super Mario, Street Fighter, Space Invaders, Final Fight o Metal Slug.



Finalmente las ganas de frikear cedieron ante las ganas de dormir, tras dos días sin una cama y un intensísimo primer día en Japón. Teníamos claro que tendríamos que volver algún otro día a Akihabara antes de abandonar el país. Pero felizmente aún quedaba mucho para eso.

Volvimos en la ya amada línea Yamanote hasta Ueno. Antes de ir al albergue, paramos en un supermercado para comprar algunas viandas para cenar y desayunar, que consistieron en sandwiches, zumos y dulces. Por supuesto, nos demoramos un rato tratando de descifrar aquel mundo desconocido de japoalimentos.

Llegamos al hostel para cenar y morir.