viernes, 20 de septiembre de 2013

Crónicas Niponas 01: Tokyo. Asakusa

23 de julio de 2013. Día 1. Parte I. Tokyo (東京都)

CAPÍTULO PRIMERO:
CHOQUE CULTURAL


Aterrizamos en el aeropuerto de Narita a eso de las 7 de la mañana del día 23. Arrastramos nuestras piernas entumecidas por largos pasillos rodeados de kanjis, mientras sonrientes azafatas hacían reverencias y nos daban la bienvenida al país.

Pasamos los controles de pasaporte en pocos segundos gracias a la eficiencia nipona y pasamos a la sala de equipajes. Lo normal en cualquier aeropuerto es que la gente se apelotone frente a las cintas de equipaje y tengas que luchar por tu vida asomando la cabeza para conseguir ver si sale tu mochila. Pero no en Japón. Aquí tenían delimitado un perímetro con una línea en el suelo en torno a la cinta móvil, que nadie cruzaba si no era para coger su equipaje. Por supuesto, en España no haríamos ni puto caso de ninguna línea y lucharíamos a brazo partido por alcanzar nuestro equipaje. Es nuestra cultura.

Me prometí a mí mismo no caer en las manidas comparaciones de “nos llevan años de ventaja”. Visto lo visto, retiro cobardemente mi promesa y escribiré lo que me vaya saliendo de los huevos.

En pocos instantes aparecieron nuestras dos mochilas juntas en una caja de plástico. Nos dirigimos a aduanas, advirtiendo la discreta presencia de un doctor que escrutaba a los pasajeros en busca de infectados que pudieran desatar un apocalipsis en la isla. Sacamos yenes de un cajero futurista y seguimos las indicaciones hasta la estación de trenes.

Allí canjeamos nuestros pases de JapanRail, que activábamos aquel mismo día para irlo aprovechando en la ida a Tokyo y algún transporte dentro de la ciudad. El JR Pass viene a ser un billete como el ahora moribundo InterRail, que permite coger un buen número de trenes en los desplazamientos por Japón. Sólo se vende a gaijins, o sea a los guiris, y hay que comprarlo antes de viajar al país.

Con nuestros flamantes JR Pass y su bonita acuarela del Fuji, nos apresuramos a coger el Narita Express, que ya llegaba al andén. El viaje a Tokyo duraba aproximadamente una hora. Pasé el viaje mirando por la ventana mientras Ruth caía dormida presa del jetlag. El tren recorría rápidamente verdes paisajes entre prados y bosques, salpicados de casas con los característicos tejados japoneses.

Los paisajes se fueron reemplazados por los edificios y el caos de la gran ciudad de Tokyo. Nos bajamos en la estación central y pasamos entre la marabunta mañanera en busca del andén de la línea JR Yamanote. Esta línea circular pasa por las principales zonas turísticas de Tokyo y además está cubierta por el JR Pass, así que le sacaríamos bastante provecho. Viajamos unas cuantas paradas hasta la estación de Ueno, donde buscamos la salida de Asakusa, siguiendo las indicaciones del hostel que habíamos reservado.

Salimos a una ancha avenida y morimos bajo nuestras mochilas y el sol abrasador del caluroso verano nipón. Llegamos al Oak hostel y tuvimos la suerte de que nos dieron ya la habitación, pese a la temprana hora de check-in. La habitación era pequeña, pero tenía baño, tele y aire acondicionado, necesario para sobrevivir. También encontramos un par de kimonos y zapatillas para pasearse por el albergue. Ruth se echó una siestecilla, o más bien la continuó. Yo, con mi habitual superpoder de dormir en cualquier sitio, había descansado mejor en el avión, y eché el rato familiarizándome con el plano tokyota que nos habían dado en recepción.

Un rato después desperté a Ruth y salimos a empezar nuestras andanzas niponas por el barrio de Asakusa. Aún tratábamos de asimilar que estábamos en Japón y paseábamos por la calle contemplando y admirando los detalles más nimios. El resto del viaje no sería diferente.

Tras una interesante caminata, llegamos a Kaminarimon, o puerta del trueno. Es la puerta de entrada al complejo del templo Sensō-ji, y el primer monumento que veíamos en Japón. Contemplamos absolutamente flipados la puerta y empezamos a creernos que estábamos allí. Destacaban el gran farol rojo de papel y las estatuas de sus dos dioses protectores, Raijin, dios del trueno y Fujin, dios del viento. Cruzamos bajo la puerta y seguimos recto por la concurrida Nakamise-dori, donde se alineaban un sinfín de tiendas de recuerdos y artesanía.



Finalmente llegamos al inmenso templo budista Sensō-ji, con su característico farol rojo gigante. Un inmenso caldero lleno de palitos de incienso humeaba frente a éste. La gente se acercaba a éste, agitando las manos para ahumarse el cuerpo con la nube purificadora, que dicen que cura a los enfermos y fortalece a los débiles. Junto al templo había una pagoda de cinco pisos, la primera que vimos en la vida. El lugar era impresionante y lograba que te sintieras afortunado de poder estar allí.





El templo está dedicado a la diosa Kannon y dentro se pueden dejar donativos de 100 yenes para coger papeletas con tu suerte. Se agitaba un bote cilíndrico y sacabas un palito de su interior con un número grabado. Después había que buscar el cajón correspondiente (que en nuestro caso llevó un rato por desconocimiento de los números en grafía japonesa) y de ahí sacabas un papel con tu destino. Éste venía con traducción al inglés y al parecer los dos íbamos a tener suerte bastante buena. Las de mala suerte, se doblan y se anudan a un poste con cuerdas de las inmediaciones, porque se cree que así no se cumplirán.

Fuimos a buscar un sitio para comer y encontramos un restaurante de ramen. Era barato y nos parecía un buen primer acercamiento a la comida japonesa, así que entramos y nos sentamos en la barra. Pedimos el ramen de pescado, pollo y cerdo, que estaba increíblemente espectacular. Pronto comprobamos que nuestra velocidad y pericia con los palillos era nula en comparación con el resto de comensales locales que iban a comer allí y sorbían la sopa ruidosamente. A diferencia de occidente, en Japón es de buena educación sorber, cuanto más fuerte mejor. Supuestamente así estás demostrando que te gusta la comida.


Mientras atacábamos el generoso cuenco con lentitud y perseverancia, veíamos a los cocineros preparar la comida tras la barra, con sus cintas en la cabeza y saludando y despidiendo con gritos a la clientela. Antes de marcharnos, Ruth hizo sus primeros pinitos con el idioma japonés para pedir la cuenta y alabar la comida con su Gochisōsama-deshita “ha sido un auténtico festín”.

Tras el susodicho festín, nos fuimos andando hacia la estación de Ueno, para pasar la tarde en Akihabara. Nos había encantado Asakusa. Fue nuestro primer encuentro con Japón y siempre lo recordaré como un lugar especial.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Crónicas Niponas 00: Madrid - Roma - Tokyo

CRÓNICAS NIPONAS
viaje por el país del sol naciente


22 de julio de 2013. Día 0. Madrid – Roma – Tokyo

PRÓLOGO:
HACIA EL OTRO LADO DEL MUNDO


¿Por qué Japón? Ehhh... ¿de verdad hace falta que responda a esa pregunta? Bueno, me la he preguntado a mí mismo, así que... sí. Todo se resume en la cultura. Como tantos otros niños de mi generación, los Caballeros del Zodíaco y los videojuegos de la Game Boy fueron mis primeros encuentros con la cultura nipona durante aquellos maravillosos años 90. Así que supongo que ya quería ir a Japón antes de que supiera que Japón existía.

Pero dejemos este lamentable monólogo interior. Saltemos al año 2013. Mayo. Ruth y yo aún no habíamos decidido destino para el verano, pero Asia sonaba fuerte. Y entre otros lugares, Japón. Era uno de mis destinos soñados y también de Ruth. Lo habíamos barajado y supongo que debió salir en alguna conversación, porque mis amigos me regalaron por mi cumpleaños una flamante Lonely Planet de aquel país. Ante aquella presión, supimos que el destino para las vacaciones había quedado decidido.

De hecho, tres días después estábamos comprando los vuelos a Tokyo. Luego vino la euforia de planear la ruta. Como siempre, empezamos a disfrutar del viaje mucho antes de coger el avión. Durante los siguientes 2 meses leímos infinitos diarios, foros y blogs, mientras rehacíamos un itinerario que cada vez nos gustaba más. Compramos el JapanRail Pass y entre tanto, frikeábamos leyendo mangas y viendo animes con una recién descubierta fiebre otaku que lejos de desaparecer, aumentaría tras la estancia en Japón.

Llegó la fecha señalada. Al llegar la medianoche, cogimos las mochilas para dirigirnos a mi sitio favorito de Madrid: el que permite huir bien lejos de esa ciudad. El aeropuerto de Barajas.

Nuestro vuelo no salía hasta las 6 de la mañana, pero la única manera de ir en transporte público era coger el metro antes de que cerrara y quedarnos en el aeropuerto esperando. Así que pasamos la noche deambulando entre trasnochadores y durmientes de la terminal 2 y afrontamos la espera a base de ingerir azúcar y cafeína en una cafetería de la penumbra.

Horas después, facturamos las mochilas y embarcamos en nuestro primer vuelo de Alitalia, hacia Roma. Aprovechamos para dormir para transportarnos en el tiempo y en el espacio y así arribamos al aeropuerto de Fiumicino sin darnos cuenta, dos horas y media más tarde.

Desayunamos, vagabundeamos y contemplamos los aviones despegar desde los ventanales de la terminal. Tres horas después lo haría el nuestro, esta vez hacia las ansiadas tierras niponas.

Aquel segundo vuelo duró unas 12 horas, que evidentemente no me molestaré en relatar. A las 7 de la mañana del día 23, hora de Japón, aterrizábamos en el aeropuerto de Narita. Comenzaba nuestro periplo por Japón.