jueves, 27 de junio de 2013

Postapocalipsis soviético 16: Rzeszow - Girona - Madrid

9 de septiembre de 2012. Día 10, parte 2. Rzeszow – Girona – Madrid

CAPÍTULO DECIMOSEXTO:
LA VUELTA A CASA


Dejamos Rzeszow y nos montamos en el autobús que nos llevaba al aeropuerto. Desde la pequeña terminal operan unos pocos vuelos, entre otros el nuestro de Ryanair, la infernal operadora que todo el mundo odia.

Habíamos llegado pronto, así que nos tiramos por los suelos a esperar que llegase la hora de embarcar. El vuelo transcurrió sin incidentes. Es decir, con los habituales niños llorones, un roncador gutural y las ofertas y mierdas varias de Ryanair.

Llegamos al aeropuerto de Girona en torno a la medianoche. En la terminal, buscamos una columna en torno a la cual extendimos nuestros sacos para tratar de dormir un rato. Afortunadamente pusimos despertadores, porque el cansancio acumulado hizo que a pesar de dormir en el puto suelo durmiéramos profundamente y del tirón.

Hicimos el checkin y de nuevo emprendimos otro maravilloso viaje ryanero hacia la horripilante capital madrileña.

Era el final del viaje, uno que fue corto en duración pero grande en experiencias. La Europa del Este me había vuelto a sorprender y volvía con recuerdos de los que perduran toda la vida.

Hasta el siguiente.



miércoles, 19 de junio de 2013

Postapocalipsis soviético 15: Lviv - Rzeszow

9 de septiembre de 2012. Día 10, parte 1. Lviv – Rzeszow

CAPÍTULO DECIMOQUINTO:
BREVE VISITA A POLONIA


Llegó el último día de viaje. Nos esperaba una larga y complicada vuelta a casa. Debíamos coger un vuelo a Girona, donde pensábamos pasar la noche en el aeropuerto para después enlazar con un vuelo tempranero a Madrid. Pero el vuelo no salía desde Lviv, ni desde Ucrania. Teníamos que ir a Rzeszow, en la vecina Polonia.

Algo antes de las 8 nos pusimos en pie y después de un frugal desayuno nos pusimos en marcha. No había trenes directos a Rzeszow a aquellas horas. Pandus se había estado informando en el hostel y habíamos visto que la manera más rápida de ir era encadenando autobuses y cruzando la frontera a pie.

Así pues, caminamos hasta la estación de trenes de Lviv. Frente a la puerta principal, había una especie de miniestación de autobuses. Cogimos una marshrutka hasta Shehyni, una pequeña población junto a la frontera.

La furgoneta nos soltó en un páramo con varias casas, de las cuales la mayoría eran puesto de cambio de moneda. Cambiamos algunos zlotys y caminamos hacia las vallas que separaban Ucrania de Polonia. Alguna gente ya hacía cola frente a la caseta, pero el trámite fue mucho más rápido de lo que esperábamos.

Ya en el puesto fronterizo, no faltaron los problemas en la identificación. Como siempre, las fotos de los pasaportes no se parecían a las caras de esos señores con barbas que cruzaban la frontera. Después de un corto paseo por tierra de nadie, llegó el turno de la frontera polaca. Aquí sí había colas bastante infernales. Si esto era la forma rápida de pasar, cómo sería la lenta.

La gente esperaba pacientemente y ocasionalmente tiraba paquetes de tabaco por encima de las verjas, cuando veía venir algún registro por contrabando. Los trapicheos fronterizos con vodka y tabaco eran muy habituales allí. Esperamos la cola eternamente inmóvil y al cabo de un rato, algunos lugareños nos hicieron señas. Había trato de favor para europeos con mochilones y nos colaron por una puerta que por toda la cara te ahorraba mucho tiempo de espera para pasar a Polonia.

Pasamos otro control donde nos preguntaban si llevábamos tabaco, vodka o vino, presionando a lo Jack Bauer con miradas acusadoras. Por fin cruzamos a Polonia por Medyka.

Anduvimos hacia la carretera, esquivando a hordas de vendedores de vodka de contrabando. Allí enseguida encontramos una marshrutka hacia Przemyls. El conductor no temía su muerte, ni tampoco la de sus pasajeros. Nosotros que íbamos de pie, nos encontramos de repente metidos en un rally a todo gas con inciertas posibilidades de supervivencia.

Una vez llegamos a Przemyls, el último trayecto era mucho más fácil. Fuimos a la estación, donde cogimos un mítico tren polaco que tan buenos recuerdos me traía de mi segundo interrail, en 2006. Había llovido ya.



Mientras la imagen se difuminaba y revivía un flashback de la zona D, llegamos a Rzeszow, cómodamente sentados en nuestro compartimento. Eran las 14:30 y nuestro vuelo no salía hasta las 21:00, lo que nos dejaba bastante margen para dar una vuelta por la ciudad. Guardamos los macutos en las taquillas automáticas y salimos a buscar algo para comer, caminando hacia el centro de la ciudad. Pocas calles más adelante encontramos un siempre socorrido kebab.


Con los estómagos llenos, fuimos a dar un paseo por Rzeszow, que pese a no tener mucho que ver me resultó una ciudad bastante agradable. Descubrimos unas cuantas calles peatonales interesantes y una bonita plaza, pero estaban celebrando una maratón ciclista que pasaba por allí, y los puestos y chiringuitos hinchables nos la ocultaban casi por completo. Qué suerte.



Recorrimos la pequeña ciudad hasta llegar a un castillo rodeado por zonas ajardinadas y casas bajas. Allí dimos por concluida la visita y nos fuimos hacia la estación de trenes, junto a la que había una parada de autobuses al aeropuerto. Pero Rzeszow aún nos ocultaba una sorpresa.  Y es que en años de viajes no habíamos visto aún una monja mochilera. El avistamiento mitológico puso fin a nuestra estancia en Rzeszow.



lunes, 17 de junio de 2013

Postapocalipsis soviético 14: Lviv

8 de septiembre de 2012. Día 9. Lviv

CAPÍTULO DECIMOCUARTO:
LVIV, NUESTRA DESPEDIDA DE UCRANIA


Desperté en las terroríficas alturas de mi litera alpina. La luz entraba en la habitación atravesando las cortinas entreabiertas.

Salimos a conocer la última ciudad ucraniana de nuestra ruta. Pero lo primero era llenar nuestros estómagos vacíos. Nos metimos en una cafetería donde desayunamos unos ricos crepes y un kocoa, colacao para entendernos.

Caminamos hacia el centro. Un cielo gris cubría una ciudad que a primera vista nos recordaba más a Polonia que a Ucrania. Atrás quedaban las macroconstrucciones soviéticas de Odessa y Kiev. La arquitectura de Lviv, con casas bajas y calles empedradas era un cambio bastante radical.

El tiempo no acompañaba y el frío nos había hecho sacar los polares por primera vez en todo el viaje. Una fina lluvia no dejaba de caer y nos pusimos los chubasqueros. Decidimos hacer el recorrido a pie que recomendaban en la Lonely Planet y empezamos a recorrer los puntos de interés de la ciudad, desde la plaza Svobody hasta el edificio de la ópera. Continuamos por un par de descampados donde antaño se asentaban dos sinagogas destruidas por los nazis, y llegamos hasta la pequeña iglesia de San Juan Bautista, la más vieja de Lviv.






Siempre bajo la incesante lluvia, tomamos unas calles ascendentes para ir hacia el castillo. Seguimos por unos caminos entre árboles hasta alcanzar unas escaleras. Tras una intensa subida, llegamos a la cima, coronada por una bandera de Ucrania. La espesa capa de nubes bajas no nos permitía ver mucho más allá de nuestras narices, mala suerte.






Bajamos la colina y visitamos las antiguas fortificaciones medievales de Lviv y algunas iglesias. La lluvia nos dio tregua mientras deambulábamos por las bonitas calles de la ciudad, que iban a dar a una animada plaza central. Por todas partes se veían bodas, no sé qué pasaba aquel sábado, pero no podías doblar la esquina sin encontrarte con una pareja de novios o invitados con trajes y vestidos.





Por el desmesurado número de casamientos que veíamos, estadísticamente el 90 por ciento de la población de Lviv debía estar asistiendo a una boda aquel día. Reflexionando sobre tan misterioso dato estábamos cuando nos encontramos con nuestro compañero ucraniano del tren, Oleg, todo trajeado llevando una tarta.





Terminamos el largo paseo disfrutando de las cervezas de rigor en la terraza de un bar, junto a unos japoneses cuya desagradable guía no paraba de echarles la bronca.

Fuimos a comer a una pizzería que preparaba pizzas al gusto con los ingredientes deseados, que fuimos eligiendo a cholón. Después anduvimos entre edificios de la universidad hasta llegar al cementerio de Lychakivske, con bastantes panteones góticos y tumbas de caídos en la Revolución Rusa y en las dos Guerras Mundiales.




Regresamos al hostel a vaguear un rato. Con el ritmo que llevábamos a estas alturas del viaje estábamos bastante reventados. La chica de recepción nos recomendó una tienda de la misma calle, donde compramos cosas para cenar.

Preparamos pasta con un tomate color rojo sangre de extraño sabor picante, que probablemente fue lo peor que comimos durante el viaje. Después de cenar, estuvimos hablando un rato con un inglés del hostel, que estaba dando la vuelta al mundo.



Pandus se fue a morir a la habitación y yo me quedé escribiendo un buen rato. Finalmente el sueño me pudo y trepé a mi peligrosa litera de las alturas a dormir. Los ronquidos y demás sonidos corporales de los compañeros de cuarto no impidieron que cayera casi al instante.

domingo, 16 de junio de 2013

Postapocalipsis soviético 13: Kiev - Lviv

7 de septiembre de 2012. Día 8, parte 2. Kiev - Lviv

CAPÍTULO DECIMOTERCERO:
TREN A LVIV ESCUCHANDO PUNK


Vaciamos las jarras de cerveza y recuperamos nuestras mochilas de la habitación de equipajes del albergue. Nos despedimos de las simpáticas y espectaculares dream girls, y dejamos el hostel.

Gastamos nuestros últimos 2 tokens en el metro, al que siempre entrábamos temiéndonos que el torno infernal nos amputase las piernas. En el andén de la estación nos esperaba un moderno tren eurocopero que nos llevaría hasta Lviv, al oeste de Ucrania. Se notaba que habían renovado trenes para la reciente Eurocopa que había tenido lugar por allí.

En el asiento de al lado se sentaba un ucraniano que pronto empezó a darnos conversación. Su inglés era limitado, pero lo compensaba con señas y ganas de charlar. Pronto nos enteramos de que le gustaba la música punk y enseguida nos dejó sus mp3 para que escucháramos música de punkis ucranianos y rusos. Intercambiamos cascos y él también estuvo escuchando grupillos españoles.

Luego nos invitó a unas cervezas y patatas, de las que fuimos dando cuenta a medida que el tren avanzaba a buenas velocidades. Pero la velocidad que nos asombraba era la de nuestro compañero Oleg, que bebía una cerveza tras otra sin que pudiéramos seguirle el ritmo, con lo que se agarró una borrachera considerable.

Después también se unieron a la conversación otro par de ucranianos que teníamos enfrente, con lo que el viaje se nos hizo bastante ameno. Las últimas horas de trayecto las pasamos dando lecciones de ucraniano, sufriendo con la complicadísima pronunciación.

Llegamos a Lviv a las 23:15. Nos despedimos de nuestros nuevos amigos y nos fuimos en busca del hostel. Bajo una fina llovizna, nos dimos una larga caminata por la recta avenida que unía la estación con el centro de la ciudad.

Traspasamos una verja como de casa encantada y llegamos al hostel reservado. Era el Old Ukrainian Hostel, un albergue hogareño con suelos de madera y pinta de casa típica ucraniana.

Estábamos tan agotados que prescindimos de la cena y nos fuimos directamente a dormir. Trepé a mi exageradamente alta litera, intentando ponerme justo en el medio para no morir de una caída accidental. El viaje iba tocando a su fin. No echaba de menos Madrid pero sí a Ruth. Caí dormido mientras pensaba en ella.


Postapocalipsis soviético 12: Kiev

7 de septiembre de 2012. Día 8, parte 1. Kiev

CAPÍTULO DUODÉCIMO:
LOS MONJES MOMIA


Comenzaba nuestro último día en la capital ucraniana antes de las últimas etapas del viaje. Nos levantamos con tranquilidad y desayunamos en la cocina unos huevos cocidos y el zumo ácido que nos sobraba del día anterior. Luego recogimos los macutos y acudimos a las dream girls para que nos dejaran guardarlas en la habitación de equipajes.

Salimos a recorrer el Kiev que aún no habíamos visto. Bajamos al metro infernal para viajar hacia el monasterio conocido como Lavra. Desde el metro Arsenalna, subimos una colina sobre el río Dnipro hasta llegar al Lavra. En esta zona se asientan multitud de iglesias, con sus cúpulas doradas reflejando el sol.






La zona que más merecía la pena en mi opinión era el bajo Lavra. Desde allí nos adentramos hacia el subsuelo por túneles siniestros que olían a a cera, incienso y humedad. Los ojos tardaron en adaptarse a la oscuridad, pero entonces podíamos ver a la luz de las velas los ataúdes acristalados. En su interior reposaban los cuerpos de los monjes momificados. Los cuerpos estaban tapados con paños, pero ocasionalmente podía verse alguna mano o pie asomando, arrugado y negro.



Según la superstición religiosa, los monjes se conservan tal cual sin más que el ambiente fresco y húmedo. No tengo muy claro que esto sea cierto, porque me imagino que entonces el lugar olería a chotuno extremo. Bueno, en realidad, sí que olía a chotuno, pero no sé si tanto como a monje muerto.

El ambiente era opresivo y asfixiante. Multitud de gente circulaba por aquel hormiguero, portando velas encendidas entre cánticos que creaban ecos en todos los rincones del entramado de túneles. Bajamos a un par de cuevas y recorrimos el recinto entre capillas, túneles y arcadas.

Cuando nos cansamos del bizarro mundo subterráneo nos despedimos de las momias y los no menos tenebrosos religiosos de los cánticos y subimos de nuevo al mundo de los vivos. Las calles adoquinadas del Lavra eran recorridas por unos extraños monjes con barbas y pelos largos que parecían más jevis que miembros del clero ortodoxo.




Nos cansamos pronto del Lavra y salimos del complejo religioso en busca de Rodina Mat, una gigantesca estatua de una mujer guerrera soviética. De camino hacia allí nos metimos por amplios caminos ajardinados, con coros patrióticos incluidos, que llevaban hasta el museo de guerra. Una buena cantidad de tanques y otros vehículos militares se agolpaban en torno a éste.

Seguimos andando hacia la estatua, que era imposible perder de vista, pasando entre impresionantes esculturas de la era comunista, que representaban soldados bolcheviques y proletarios de la URSS. Las solemnes esculturas eran grandes y tremendamente realistas. Fueron una buena introducción a la estatua definitiva.





Finalmente llegamos a los pies de la Rodina Mat, llamada la “madre de la nación”, aunque popularmente se la conoce más como “la dama de hierro” o “tetas de hojalata”. La descomunal estatua se yergue alzando una gigantesca espada en un abrazo, y un escudo con la hoz y el martillo en el otro. Nunca había visto una estatua tan enorme como ésa. Era espectacular.




Dimos la vuelta por donde habíamos venido y deshicimos el camino recorrido hasta llegar de nuevo al metro Arsenalna. Una vez en las inmediaciones del barrio del albergue, fuimos a un sitio de buffet libre donde comimos como curas. Esto dificultó la posterior subida por la calle Andriyivski. En la parte alta había numerosos puestos de souvenirs, donde aprovechamos para hacer algunas compras. Compré un bolso de artesanía ucraniana para Ruth y para mí la ansiada camiseta de Yuri Gagarin.

Aún quedaba un buen rato hasta la salida de nuestro tren a Lviv. Bajamos de nuevo la calle y buscamos refugio al frescor de unas cervezas en el bar del hostel.

sábado, 15 de junio de 2013

Postapocalipsis soviético 11: Chernobyl - Kiev

6 de septiembre de 2012. Día 7, parte 2. Chernobyl – Kiev

CAPÍTULO UNDÉCIMO:
EL HUMO NEGRO


Dormitamos en la furgoneta mientras regresábamos a Kiev. La lluvia caía sobre los bosques y llanuras que atravesábamos alejándonos de la radiación.

De vuelta en la capital ucraniana tras unas horas que habían parecido días, nos despedimos de nuestros compañeros de turismo nuclear y volvimos caminando hacia el albergue. Había mucho en que pensar, muchas emociones que digerir.

Tras una buena ducha con la que eliminar posibles partículas radiactivas rebeldes, bajamos al bar del hostel. Una de las dream girls nos sirvió un par de jarras de cervezas y nos sentamos a comentar las aventuras del día. Luego pasamos el rato hablando con un mochilero canadiense.



Fueron cayendo jarras hasta que nos fuimos a la cocina a preparar algo de cenar. Aún teníamos víveres de la compra del día anterior. Echamos a la sartén salchichas y huevos, que Pandus se encargó de preparar. A pesar de cocinar con mantequilla, las salchichas se pegaron a la sarten defectuosa y una espesa humareda cubrió la cocina.

La nutritiva niebla empezó a extenderse por los pasillos del hostel. Fue entonces cuando saltaron las alarmas de incendio. La acabábamos de liar parda.

Las dream girls bajaron a la carrera y emergieron con cara de alarma de entre el humo negro. Pero la situación ya estaba bajo control. Pandus exhibía la ahora inofensiva sartén mientras yo les explicaba los pormenores del incidente. Una de las dream girls argumentaba algo indignada que ahora todo el albergue olía a salchichas, pero la cosa no pasó de una suave reprimenda.

Terminamos la cena y nos fuimos a dormir, reventados tras la larga jornada. Fue uno de los días más intensos que he vivido nunca. Y sin duda, no podré olvidarlo jamás.

miércoles, 12 de junio de 2013

Postapocalipsis soviético 10: Chernobyl

6 de septiembre de 2012. Día 7, parte 1. Kiev – Chernobyl

CAPÍTULO DÉCIMO:
VIAJE AL INFIERNO NUCLEAR


Empezaba el que sería uno de los días más impactantes de toda mi vida. Somnolientos, bajamos a la cocina a descubrir cuán horriblemente ácido estaba el zumo que habíamos comprado la tarde anterior. Poco después de las 8 de la mañana salimos del hostel. Caminamos a paso ligero mientras engullíamos mini-cruasanes y nos intoxicábamos con los tubos de escape del tráfico pesado que rodaba por Kiev a primera hora de aquel jueves.

A buen ritmo, llegamos a las inmediaciones de maydan Nezalezhnosti unos 20 minutos después. Concretamente habíamos quedado en el hotel Dnipro. De allí partiría nuestro pequeño grupo, que nos llevaría hacia uno de los destinos más extraños del planeta: la zona de exclusión de Chernobyl.

La zona sólo puede visitarse planificándolo con cierta antelación, ya que requiere de guía y un permiso del gobierno ucraniano que obliga a cierto papeleo. No obstante, hay algunas agencias que realizan estos trámites y pude preparar todo semanas antes del viaje comunicándome con Yuri. Un extenso intercambio de emails y alguna llamada telefónica de árido acento ruso completaron el proceso.

En unos minutos se completó la pequeña comitiva frente al Dnipro. Nos acompañaban una pareja de suecos y otra de estonios de mediana edad. Llegó un compinche de Yuri a pasar lista y presentarnos a nuestro conductor. Pagamos la parte que nos faltaba y montamos en la furgoneta. Daba comienzo la excursión turística más extrema.

Antes de salir de Kiev, hubimos de pasar por el hotel de los estonios, que no habían hecho ni puto caso de los insistentes correos de Yuri y habían venido en manga corta y pantalones cortos. Era obligatorio llevar ropa de manga larga para evitar en lo posible que se adhirieran partículas radiactivas a la piel. Pues nada, sólo les había faltado venir en chanclas. Si Yuri hubiera estado allí, no dudo de que les habría dado de hostias.

Transitamos lentamente entre atascos infinitos y poco a poco fuimos saliendo de la inmensa ciudad de Kiev. El viaje hasta Chernobyl tomaba unas dos horas. En este tiempo fuimos pasando gradualmente del asfalto y hormigón, de bloques soviéticos y fábricas, a campos de cultivo e inabarcables llanuras, salpicadas de pequeños pueblecitos. Llegando a Chernobyl, el paisaje cambió a frondosos bosques entre los que discurría la estrecha carretera.

Recortamos kilómetros cada vez más solitarios. Nubes negras aparecieron en el horizonte, que se perfilaba verde y gris. Cuando llegábamos al límite de la zona de exclusión, la lluvia comenzó a caer.

Los pocos visitantes que recibe este lugar se agolpaban junto a unos cuantos vehículos, que se hayaban detenidos frente a una barrera. Grandes carteles señalaban el comienzo de la zona de exclusión, también llamada la zona muerta. Ésta corresponde a un territorio de 30 kilómetros de radio, que se delimitó tras el accidente de 1986 para evacuar a la población local de la zona más contaminada por la radiactividad.




Junto a los controles nos esperaba nuestro guía, Maxim. Los militares ucranianos comprobaron toda la documentación y nuestros pasaportes y nos hicieron firmar otro papel con las advertencias y normas de seguridad del lugar. Entre éstas, la precaución de llevar brazos y piernas cubiertos, calzado cerrado y evitar tocar nada ni llevarse ningún objeto del lugar. Subimos a la furgoneta de nuevo y levantaron la barrera. Franqueábamos el límite de la zona prohibida.

La furgoneta enfiló la carretera hacia el interior de la zona de exclusión. Era una sensación muy extraña, extraña e inquietante, la de estar adentrándonos en aquel lugar de peligro invisible.

Habían pasado 26 años desde la catástrofe. Yo aún no había cumplido los 3 años cuando el reactor número 4 de la central explotó, la noche funesta del 26 de abril de 1986. Era muy pequeño entonces para guardar recuerdo de ello, pero los de mi generación crecimos con el fantasma de Chernobyl presente. Aquella fecha marcó un antes y un después en la era de la energía atómica.

Había visto fotografías y reportajes en televisión sobre la situación actual de Chernobyl, pero pensaba que el acceso estaría restringido para turistas o que aún sería demasiado peligroso entrar en la zona. No fue hasta empezar a planear el viaje con Pandus cuando nos informamos mejor y decidimos incluirlo en nuestra ruta. La idea de caminar por las desiertas calles de Prypiat y ver los vestigios de aquella URSS que había quedado congelada en el tiempo me llamaba poderosamente la atención.

Los riesgos para salud eran la primera preocupación. Sin embargo, a pesar de lo que cree la mayoría de la gente, éstos son prácticamente nulos. Si bien el nivel de radiación en la zona es muy superior al normal, apenas se pasan unas horas visitando el lugar. La dosis de radiación recibida por el cuerpo humano durante la visita es del orden de 25 veces superior a la de un día normal. Esto es, aproximadamente el equivalente a la recibida durante un vuelo de Londres a Nueva York.

La zona de exclusión de Chernobyl puede dividirse en dos círculos concéntricos. El más exterior, de 30 kilómetros de radio, por donde acabábamos de entrar, y el más interior, de 3 kilómetros de radio, correspondiente a los lugares más cercanos al reactor. En el círculo exterior el gobierno ucraniano ha vuelto a permitir que vivan algunas personas de forma voluntaria. Normalmente, antiguos habitantes que deseaban volver a sus casas y que por su longeva edad la permanencia en la zona no entrañaba riesgos para su salud.

La furgoneta avanzaba solitaria por el centro de la carretera desierta, cuyos lados estaban invadidos por plantas. La primera parada la realizaríamos junto al pueblo de Chernobyl, donde entramos a un pequeño y siniestro museo, decorado con carritos de bebé y antiguos muñecos infantiles colgando de techo y paredes.




Allí nos explicaron lo ocurrido durante la noche del accidente, cuando durante unas pruebas de seguridad en que se simulaba un corte del suministro eléctrico, se sobrecalentó el núcleo del reactor. Tras una cadena de decisiones insensatas y decenas de violaciones del Reglamento de Seguridad Nuclear de la Unión Soviética, el reactor hizo explosión. Tenía lugar así uno de los desastres medioambientales más graves de la historia.

Después nos pusieron un vídeo sobre el desalojo de Prypiat tras el accidente y otro acerca de la construcción del nuevo sarcófago, que recubre el reactor averiado. Las tareas de construcción estaban en curso durante nuestra visita.

Al salir al museo nos dirigimos al monumento a los bomberos que dieron su vida apagando los fuegos de la central la noche de la explosión. Maxim, nuestro guía, insistía en que es fácil ser un héroe cuando no sabes que vas a perder la vida. Por lo que había estado leyendo al respecto, discrepaba profundamente con él.

Los primeros liquidadores, los bomberos que acudían a sofocar los incendios turnándose entre vómitos, los ingenieros nucleares que trabajaban sin descanso a pocos metros del reactor, sintiendo un sabor metálico en la boca y agujas en la piel, no eran unos ignorantes. Muchos sabían que el viaje sólo sería de ida, pero con su heroico sacrificio se ocuparon de que las terribles consecuencias del accidente no fueran aún mayores.


La furgoneta se detuvo a pocos kilómetros del museo. Allí junto a una central de bomberos se encuentra el monumento a los liquidadores. Bajo éste, una sencilla inscripción: “para aquellos que salvaron al mundo”.

Actualmente hay varias centrales de bomberos dentro del perímetro de la zona de exclusión, con torres de control para vigilar la zona. Un incendio en la región sería catastrófico. Los bosques expuestos a la contaminación durante años, al arder, provocarían una nube de ceniza radioactiva que podría ser arrastrada por el viento a lugares a miles de kilómetros de allí. Es por eso que Chernobyl sigue siendo aún una bomba dormida.

Volvimos al vehículo y avanzamos lentamente, cruzando la población de Chernobyl, con la mayoría de sus viviendas abandonadas. El paso de los años había hecho estragos en las estructuras, muchas semiderruidas por acción de la naturaleza. Las raíces se abrían paso entre las grietas de la madera. Los troncos y ramas de los árboles entraban por puertas y ventanas. Sin interferencia del hombre durante más de un cuarto de siglo, la naturaleza ganaba terreno.

Poco tiempo después de la explosión del reactor, cuando los pájaros aún caían de los cielos enfermos por la radiación, muchos científicos aseguraban que jamás volvería a haber vida en Chernobyl. Se equivocaban. Con el paso del tiempo, el medio ambiente fue recuperándose. Los animales volvieron al bosque rojo y la zona se convertía en un improbable vergel. Por supuesto, la zona conserva altos niveles de radiación. Pero sin la acción del ser humano, la naturaleza recuperaba su sitio.

La furgoneta avanzaba hacia el interior, mientras Maxim examinaba las lecturas del contador Geiger que había encendido al entrar en la zona de exclusión. Nos sorprendimos al ver de repente, a un lado de la carretera, una camada de jabalíes en libertad, que corrieron a meterse entre la maleza al paso del vehículo.

Aparte de algunos animales como éstos, nuevos dueños del lugar, sólo vimos algún camión que transportaba materiales para la construcción del nuevo sarcófago. Entre tanto, llegamos a la segunda frontera. Era el inicio del círculo interior de la zona de exclusión, donde se encuentra la central nuclear y la ciudad fantasma de Prypiat. El militar a cargo del puesto, con cara de aburrimiento infinito, examinó la documentación y levantó la barrera para que pudiéramos pasar.

Cuando la carretera nos llevó cerca de la central, el contador Geiger empezó a pitar como loco ante el creciente nivel de radiación. El enemigo invisible hacía acto de presencia. Maxim acercaba el contador a la ventanilla mientras los ocupantes del vehículo mirábamos con el ceño fruncido a la cercana central nuclear.

Pero en aquel momento adonde nos dirigíamos era a Prypiat, antiguo hogar de los trabajadores de la central, convertida en ciudad fantasma tras su evacuación. La furgoneta nos llevó por carreteras cada vez más estrechas a causa de la abundante vegetación que invadía el asfalto.

Antes de entrar en la población, realizamos la primera parada en una guardería. Cruzamos las desvencijadas vallas que rodeaban el recinto, agachándonos para pasar entre la maleza. Entramos en el lugar. Las ventanas rotas, tapadas por las plantas del exterior apenas dejaban pasar la luz, que se filtraba entre el polvo que impregnaba el aire. Deambulamos por el interior del edificio en silencio. Pasé de una estancia a otra, encontrando muñecos y juguetes tirados, cunas oxidadas y libros y papeles esparcidos por el suelo cubierto de polvo. El lugar transmitía una enorme tristeza y desasosiego. Fue una de las visitas más impactantes.

 





Volvimos a la furgoneta y recorrimos la solitaria carretera hasta llegar a Prypiat. Concebida en su día como la población modelo de la URSS moderna, antes del accidente la ciudad contaba con una población joven, gran cantidad de servicios e importantes planes de desarrollo. Fue fundada en 1970 para albergar a los trabajadores de la central nuclear y en tan sólo 16 años la población superó la cifra de 40.000 personas.

Al llegar allí, era difícil pensar en Prypiat como una ciudad próspera, con grandes avenidas y zonas verdes por las que paseaban jóvenes familias. Actualmente es una ciudad fantasma, con edificios, símbolos y lugares pertenecientes a otro tiempo, en una era que ya no le pertenece. Sólo habían pasado 26 años desde su abandono, pero parecía que llegábamos a los restos de una civilización perdida. Los densos nubarrones que cubrían el cielo aquella mañana resaltaban aún más si cabe el ambiente apocalíptico.

Los árboles estrechaban las calles, comiéndose la ciudad abandonada. El verde iba cubriendo el gris del hormigón de los viejos bloques soviéticos. En algunos de los edificios más altos aún lucía la hoz y el martillo, con colores desvaídos.

La siguiente visita fue un polideportivo. Entramos a lo que había sido una cancha de baloncesto, con la canasta aún en pie y estandartes corroídos tirados en el suelo. Avanzamos entre el crujido de los cristales bajo nuestros pies. A un lado se erguían los oxidados armazones que antes formaban grandes ventanales. A continuación pasamos a la piscina olímpica cubierta, ahora vacía y llena de cristales y polvo.




Mientras Maxim nos contaba su desencanto con la nueva Rusia capitalista y despotricaba contra la Perestroika y Gorbachov, aparcamos junto a otro edificio de estado precario. Se trataba de un colegio. Los pasillos daban paso a aulas invadidas por las ramas de los árboles que crecían desde un patio interior. En vitrinas rotas, aún podían leerse listados de notas de alumnos. Viejos libros de texto se amontonaban en el suelo sobre el que pisábamos. En algunas paredes se conservaban carteles de la CCCP, con imágenes de cosmonautas y de Lenin arengando a proletarios.

En pasillos y halls se amontonaban cientos de pequeñas máscaras de gas. Al contrario de lo que se puede pensar, esto no tenía nada que ver con el accidente del reactor. Éstas eran obligatorias en todos los colegios por el temor a los ataques durante la Guerra Fría.






Salimos de nuevo al exterior al tiempo que una fina lluvia empezaba a caer sobre nosotros. Caminamos hasta hallarnos frente a un punto caliente de radiación, el gancho de una grúa de las que utilizaron para desmantelar el reactor número 4. Maxim acercó al metal el contador Geiger, que empezó a pitar furioso, llegando a marcar hasta 2,2 mSv/h (milisieverts por hora).



Continuamos el paseo por una maltrecha acera, cubierta de charcos que reflejaban el gris plomizo del cielo. La hierba crecía entre las grietas y una araña amarilla, inquietantemente gorda nos contemplaba desde un socavón. Los superpoderes arácnidos, al alcance de la mano. Mas no hubo ataques de la fauna local exceptuando alguna picadura de mosquito. A día de hoy ignoro si desarrollaré poderes de supermosquito que me permitan impartir justicia en este mundo podrido, o puedan ser del interés de la casa Marvel.


Contemplamos los altos bloques soviéticos del área circundante, rodeados por árboles que reclamaban su espacio, superando ya en altura a las oxidadas farolas. Inmersos en aquel futuro distópico llegamos sin darnos cuenta hasta uno de los lugares más reconocibles de Prypiat, el pequeño parque de atracciones. Una pista de coches de choque y la desvencijada noria destacan entre las escasas atracciones de este parque que nunca llegó a funcionar. Su inauguración estaba prevista para el 1 de mayo de 1986. 5 días antes tuvo lugar el desastre.

El lugar es tremendamente perturbador. La pista de coches estaba cubierta por la hierba y el musgo cubría los coches chocantes, inmóviles durante años. El lugar concebido como espacio de diversión para los habitantes de Prypiat, es ahora irónicamente uno de los puntos con más nivel de radioactividad de la ciudad. Es triste pensar en que aquella imponente noria, ahora comida por el óxido, nunca llegó a girar.




Después del parque pasamos junto al edificio de un hotel y entramos en un supermercado. Sobre una alfombra de cristales rotos reposaban los carritos abandonados y arcones oxidados.



Empezó a llover y dejamos atrás la inquietante soledad de las calles grises y verdes de Prypiat para irnos a comer. Nos llevaron a un austero comedor con mobiliario metálico donde comen los actuales trabajadores de la central. Nos aseguraron con insistencia que toda la comida de allí venía de fuera de la zona de exclusión.

Las simpáticas cocineras nos querían cebar y los platos se iban agolpando en las pesadas bandejas. Dos primeros, dos segundos y dos postres. La comida estaba buena, y fuimos bajando la montaña de platos mientras pegábamos sorbos de nuestro vaso de zumo y otro de extraña bebida roja, con gelatinosas esferas bailando en el fondo que preferimos no saber qué eran. Yo sólo pensaba en la sopa con ojos de mono de Indiana Jones y el templo maldito.

Antes de irnos, aprovechamos para utilizar los baños. Yo decidí que podía pasar sin lavarme las manos después de mear, ya que ignoraba la procedencia del agua corriente. El estonio salió con las manos mojadas y semblante de preocupación diciendo “I think I made a mistake”. Pandus y yo nos encogimos de hombros y la cara del estonio era un poema.

Volvimos a la furgoneta bajo una fina llovizna. A medida que nos íbamos acercando a la central, el contador Geiger incrementaba la frecuencia de sus pitidos de detección de radiación, por lo que nuestro guía Maxim decidió librarse del molesto ruido y apagar el aparato. Muy profesional.

La primera parada de la tarde fue junto al río que daba nombre a Prypiat, cercano a la central nuclear y obviamente muy afectado por la contaminación. El lugar ideal donde pegarse un baño en el verano chernobylesco. Subimos al puente que cruzaba sobre el río y Maxim empezó a tirar grandes rebanadas de pan a la superficie. Las aguas fangosas se agitaron y los legendarios peces gato gigantes asomaron a engullir cual tiburones.



En el río se han reportado avistamientos de siluros de hasta cuatro metros. Nuestro guía nos aseguraba que había visto a uno de estos peces saltar desde la orilla para devorar palomas. Parece increíble, pero al mirar los peces que acechaban en las aguas cercanas a la orilla, y ver cómo devoraban pan los bichos, no tuvimos más remedio que creerle. Maxim decía que desde que presenció aquel incidente con la paloma, no había vuelto a acercarse a la orilla.

Al volver del viaje investigamos sobre el tema por internet y resulta que hay vídeos de estos peces cazando palomas en el Ebro, así que no es tan raro. En Chernobyl también circulan historias sobre un buceador militar que perdió una mano al ser mordido por un bicho de estos. No sé si esta historia será cierta o no, pero en cualquier caso, es probable que el desmesurado tamaño de estos peces se deba a la falta de depredadores naturales, más que a los efectos de la radiación.

Después nos llevaron a la zona permitida más cercana al reactor número 4, donde coincidimos con otro grupo de visitantes. En la zona no dejaban estar más de 5 minutos. El perímetro estaba vigilado con cámaras, que los militares monitorizaban para controlar que nadie se acercase más de lo debido. De hecho, los guías alertaban a cualquier turista despistado que cruzara una línea invisible durante la vorágine fotográfica.

A apenas 100 metros del corazón del desastre, y ante la inquietante certeza de estar realizándonos una radiografía al aire libre, nuestro coraje empezaba resquebrajarse como el viejo sarcófago. Los huevos se ponían de corbata al mirar de frente al viejo reactor. Esa sensación de “qué coño hago yo aquí”. Y es que aunque se nos había garantizado que los niveles de radiación recibidos eran seguros, no podías evitar sentir el miedo irracional agarrándose al estómago ante el peligro que no se ve.


El antiguo sarcófago, construido tras al accidente, sufría un visible deterioro. El grave riesgo de derrumbe de la estructura después de años de sufrir los corrosivos efectos del material radiactivo almacenado en su interior, hacía necesarias las obras de construcción contiguas de la nueva estructura de hormigón. Ésta estaba destinada a proteger el reactor y los materiales radiactivos durante otros 100 años y así evitar otra nueva catástrofe.

Al aviso de Maxim, regresamos a la furgoneta y pusimos tierra de por medio. Pasamos junto al 5º reactor de Chernobyl, cuya construcción nunca llegó a completarse y continuamos por una recta carretera en dirección opuesta a la central. Allí realizaríamos la última parada. El conductor detuvo el vehículo en medio del asfalto, con el bosque rojo a un lado y la planta atómica VI Lenin a lo lejos. Con esta última imagen del apocalipsis fresca en nuestras retinas, recorrimos los últimos kilómetros hacia el límite de la zona de exclusión interior.


Llegaba el momento de pasar el primer test de radiación. Preguntamos a Maxim qué pasaba si saltaba la alarma. Según nos contó, si dabas positivo tenías garantizada una semana más de estancia en Chernobyl a gastos pagados, para desinfección. No sé si sería verdad o se estaba quedando con nosotros, pero al parecer sólo había habido un positivo desde que permitieron el paso a turistas. Fue un fotógrafo alemán que pasó demasiado tiempo en los bosques.

Bajamos de la furgoneta mientras un par de militares apremiaban a que entrarábamos en el edificio que albergaba las máquinas detectoras de radiación. Eran unos vetustos mecanismos soviéticos de cuerpo entero. Allí debíamos entrar durante unos segundos, que se antojaban eternos hasta que se encendía la bombilla correcta. Entonces se desbloqueaba la puerta de salida y te decían las palabras mágicas: “clean, you can pass”. Es lo más bonito que me han dicho nunca en el idioma de Shakespeare.

Al salir de la zona de exclusión exterior, la de 30 kilómetros de radio, había un segundo control. Otra vez se encendió la luz deseada. Pandus lo pasó de forma un tanto fraudulenta porque su máquina le dejó abrir la puerta antes de que cambiara la luz.

Llegó el momento de volver al mundo exterior y nos despedimos de Maxim antes de volver a la furgoneta que nos devolvería a Kiev. Atrás quedaba la soledad infinita de Chernobyl y Prypiat, por siempre abandonadas bajo el polvo radiactivo.