viernes, 12 de abril de 2013

Postapocalipsis soviético 09: Kiev

5 de septiembre de 2012. Día 6. Kiev

CAPÍTULO NOVENO:
LA CIUDAD DE LAS CÚPULAS DORADAS


El tren llegó a la estación de Kiev cerca de las 10 de la mañana. Despertábamos al ajetreo de una gran ciudad.

La estación era aún más impresionante que la de Odessa, con aquellos altísimos techos, fastuosas lámparas y adornos barrocos. Había bastantes carteles transcritos al inglés, se notaba que era la capital y un poco más abierta al turismo. Intentamos comprar billetes de Lviv a Rzeszow, cuyo trayecto tendríamos que realizar en unos días y del que dependía que pudiéramos llegar a coger el vuelo de vuelta a España. No encontramos los horarios que habíamos visto en internet y decidimos dejarlo para el último día.


Salimos de la estación y nos dirigimos a la boca de metro más cercana. Las escaleras mecánicas se perdían en las profundidades, sin llegar a ver el final. El metro de Kiev es uno de los más profundos del mundo y es habitual que la gente se siente a leer mientras las escaleras les bajan al centro de la tierra. A pesar de que éstas van a considerable velocidad, lleva un rato llegar hasta el andén.


Descendimos a los infiernos, transitados por vagones abarrotados. Cargados con las mochilas entre la gente y el calor opresivo se hacía difícil respirar. Dolor y desesperación. Hicimos el transbordo hasta la estación de Kontraktova y subimos al mundo exterior. Localizamos la calle Andriyivski uzviz, donde se encontraba el Dream House hostel, nuestro nuevo hogar.

Cruzamos un agradable patio y pasamos a recepción, atendida por Irina, Natalya y Marya, conocidas en el albergue como las “dream girls”, con doble sentido. La referencia al nombre del hostel era clara, y la otra saltaba a la vista. Lo de las ucranianas es impresionante.

Dejamos los macutos en la habitación de los equipajes y buscamos algún lugar para desayunar. Entramos en la primera cafetería que vimos, que resultó ser el lugar más chic de la zona. La imaginé llena de modernos con sus Mac encima de la mesa, pero era media mañana y estaba bien tranquila.

Con los estómagos llenos de chocolate de Lviv, decidimos ir caminando hacia el centro de Kiev, a la maydan Nezalezhnosti. De allí saldría nuestro tour a Chernobyl de la jornada siguiente, así que de paso calcularíamos cuánto íbamos a tardar.

Por el camino tratamos de cambiar nuestros rebeldes leis moldavos, preguntando en los bancos que veíamos. En ninguno querían nuestro sucio dinero, seguíamos sorprendiéndonos de aquel desprecio a la moneda de sus vecinos. Al final pudimos cambiar en un pequeño kiosko de cambio de divisas, en un subterráneo bajo Nezalezhnosti. Nos hicieron un cambio de mierda pero nos conformamos, tampoco podíamos elegir.

Cambiamos a grivnas mientras nos grababan unos reporteros de la tele ucraniana. Imaginamos un reportaje tipo “dos guiris consiguen cambiar leis moldavos en Ucrania”. Salimos al mundo exterior de nuevo. En la superficie de maydan Nezalezhnosti nos hayamos bajo el asedio de personajes diversos con disfraces de dibujos animados o peluches. Es la moda de las capitales ahora. Como los de la puerta del Sol, esos que se pegan entre ellos.

Escapamos de los peluches y contemplamos la gran plaza a nuestro alrededor. Centro neurálgico de la capital ucraniana, es lugar de quedadas, celebraciones y manifestaciones. Nos sentamos un momento a leer los consejos de la Lonely Planet y decidimos seguir una ruta a pie que recomendaban.



Caminamos hasta la plaza Ivana Franka, para después subir al gran edificio Presidencial, junto al que vimos la llamativa fachada de la casa de las Quimeras. Terminamos en un barrio de mansiones aristocráticas varias, por el que nos perdimos hasta alcanzar el Parlamento. Acto seguido, nos metimos por los gigantescos parques de la ciudad.

A buen paso, llegamos hasta el estadio Dynamo y cruzamos un puente algo precario sobre una carretera, cuyas barandillas estaban llenas de candados y lazos a lo romántico. Unas palomas raras nos recibieron tras cruzar el puente. Pandus se puso a hacer una foto al bicho, momento en el que apareció de la nada la dueña a pedirnos dinero por la foto. El pájaro no era cosa del otro mundo, y borramos la foto antes de seguir nuestro camino.


Nos internamos más y más por el extenso parque, hasta encontrarnos bajo la gran parábola de metal que conmemora la unificación de Rusia y Ucrania de 1654. Junto al enorme monstruo metálico de claro estilo soviético se tenían bonitas vistas del río Dnipro a los pies de la colina. Una tirolina se perdía desde lo alto hasta la otra orilla, a lo largo de más de 500 metros. Esto le daba el récord de la tirolina más larga de Europa.





Gente temeraria se tiraba al vacío y cruzaba sobre el río en apenas unos segundos. Para volver de la otra playa, ya sería otra historia. Salimos del parque junto al edificio de la Filarmónica y llegamos hasta el monasterio de St. Michael de camino al hostel. Como la mayoría de las iglesias ucranianas, con las enormes cúpulas doradas brillando al sol.


De vuelta en la calle Andriyivsky, hicimos parada en una pizzería para comer. Fuimos al hostel, donde ya podíamos hacer el check-in. Subimos las mochilas a la habitación y ocupamos nuestras literas. Pandus subió de un salto a la suya, provocando el hundimiento de ésta en una espectacular acrobacia de crujidos y tablas voladoras.

Después de que Pandus se desincrustara de la litera de abajo, evaluamos daños y reconstruimos el mueble. Descansamos un rato y a media tarde salimos a dar otra vuelta por la inabarcable ciudad de Kiev. Subimos por Andriyivsky uzviz, animada por numerosos puestos de souvenirs, pero la mañoría estaban cerrando ya. Compramos unos clásicos imanes para la nevera y decidimos dejar la adquisición de regalos para otro día.

Subimos a la bonita iglesia de St. Andrew, con su situación privilegiada sobre el barrio y sus calles adoquinadas. A continuación fuimos a ver la catedral de Santa Sofía y la Ópera. Vimos Zoloti Vorota, una construcción de madera que había sido restaurada hacía poco y que nos supuso una gran decepción. En palabras de Pandus “el puto fuerte de Playmobil”. Tras una buena caminata llegamos a la Universidad, con edificios pintados de colores chillones por orden del zar Nicolás, en respuesta a protestas estudiantiles.







Al final de la larga avenida llegamos hasta los pies de la última estatua de Lenin que queda en pie en todo Kiev. Bajo ésta se encontraba una caseta del partido comunista, en campaña para las próximas elecciones generales.

Bajo la reprobadora mirada de Lenin, entramos en el centro comercial frente a la plaza. Compramos viandas varias para hacernos la cena y nos perdimos entre el entramado de túneles bajo la ciudad para llegar hasta el metro. Era importante acordarse de que los accesos al metro siempre están abiertos, pero si te olvidas de introducir el token antes de pasar, las mandíbulas corta piernas te lo hacen recordar, cerrándose con violencia a tu paso.


Bajamos a las profundidades del planeta Tierra y cogimos el metro hasta regresar al albergue, donde el chef Pandus cocinó unos huevos y unas salchichas para cenar. Después nos quedamos escribiendo un rato en la habitación, donde teníamos nueva compañera, una rusa de Siberia, con la que estuvimos hablando un rato.




Nos dormimos pronto, el día siguiente sería intenso. Nos esperaba el apocalipsis de Chernobyl.

miércoles, 10 de abril de 2013

Postapocalipsis soviético 08: Odessa - Kiev

4 de septiembre de 2012. Día 5, parte 2. Odessa – Kiev

CAPÍTULO OCTAVO:
NOCTURNO A KIEV


Nuestro tren a Kiev no salía hasta las 0:50, pero no podíamos dejar el equipaje en el hostel hasta tan tarde. Nos despedimos de Antonia, la simpática dueña del hostel, para dirigirnos hacia la estación de trenes.

Cargamos con los macutos y caminamos entre sombras hasta llegar a las inmediaciones de la estación. Aún eran poco más de las 20:00, por lo que decidimos esperar en el único establecimiento de la zona que sabíamos que no cerraría hasta tarde, un McDonalds.

Pedimos unos refrescos y nos aposentamos en una mesa a escribir los diarios. Transcurrieron las horas y más tarde aprovechamos para cenar. Apuramos hasta casi medianoche, la hora del cierre.

Fuimos hacia la estación, donde ya aguardaba nuestro tren en el andén. Nos metimos en el compartimento para ir preparando las literas donde íbamos a pernoctar. Al poco llegaron un par de señoras que dormían en las literas de abajo. Al vernos extender los sacos de dormir nos preguntaban preocupadas si no queríamos sábanas. Pues no señora, somos así de husmias, que no hemos pagado por las sábanas porque los billetes eran 2 euros más caros.

Llegó la hora de la partida y el tren abandonó la estación, mientras todo el pasaje se disponía a dormir. Esta vez no cruzaríamos ninguna frontera durante la noche, así que no habría controles cansinos de pasaportes que interrumpieran el sueño. Las señoras colgaron vestidos varios en perchas junto a nuestros pies, que habían pasado el día pateando la ciudad tras sumergirse en las verdes aguas del mar Negro. Imagino que se acordarían de nosotros cuando fueran a utilizarlos.

Una completa oscuridad envolvió al tren mientras dejaba atrás los suburbios de Odessa. El traqueteo nos meció mientras recortábamos kilómetros hacia el interior de Ucrania.




martes, 9 de abril de 2013

Postapocalipsis soviético 07: Odessa

4 de septiembre de 2012. Día 5, parte 1. Odessa

CAPÍTULO SÉPTIMO:
A ORILLAS DEL MAR NEGRO


Amanecimos antes de lo que teníamos pensado, ya que la señora Antonia no dejó de dar vueltas por la casa desde bien temprano.



Teníamos que pasarnos por la estación de trenes a por nuestros billetes a Kiev, que habíamos reservado desde España por internet. De modo que empezamos a caminar hacia el sur de la ciudad. En el paseo vimos algunas iglesias ortodoxas, cuyas fachadas merecían detenerse unos minutos. Llegamos al enorme mercado, donde podía encontrarse absolutamente de todo. El ajetreo de las hordas de compradores y los gritos y quehaceres de los vendedores era hipnótico.


Nos adentramos en el caos, en busca de una sudadera para Pandus, que había perdido la suya en el polvoriento portaequipajes del bus transnistrio. Estamos seguros de que aquella sudadera de S.A. estará realizando el trayecto entre Chisinau y Tiraspol por toda la eternidad.

No encontramos sudaderas pero terminamos por llegar a las cercanías de la estación de trenes de Odessa. El imponente edificio de aires rusos merecía la visita, aunque la nuestra pronto se tornaría en calvario. Efectivamente, nadie hablaba inglés y nada estaba en inglés. Entre carteles en ruso y ucraniano, nos movimos hasta ponernos en la cola de lo que parecía ser la taquilla de billetes anticipados.



Media hora de espera y cuando sólo quedaban 2 personas por delante, nos cierran la taquilla en las narices. Aprendimos así a interpretar los extraños intervalos horarios de los carteles junto a cada taquilla. Los textos cirílicos que no habíamos logrado descifrar indicaban los diferentes descansos, y comprendimos el patrón en las colas migratorias.

Entre la enorme afluencia, el poco personal, los descansos y las ceñudas funcionarias, lo que pensábamos iba a ser un simple trámite, pasó a ser un periplo digno de Asterix y las Doce Pruebas. Pasamos por la taquilla internacional, donde curiosamente tampoco nadie hablaba inglés. Finalmente elegimos otra taquilla, donde tampoco conseguimos los billetes pero sí un papelito con el número 9. Era el de la taquilla definitiva, la de los billetes por internet.

Las probabilidades estaban en nuestra contra. Era la hora del descanso y aún faltaban 45 minutos para que abrieran de nuevo. Decidimos huir de la burocracia soviética mientras tanto y darnos una vuelta por los alrededores de la estación. Vimos una de las clásicos puestos cisterna de K'vas o Cvas, una cerveza suave que se toma como refresco, y decidimos probarlo. Nos atendió una bellísima ucraniana que bien podría estar vendiendo ambrosía.



Nos sentamos en un banco con dos vasos gigantes de K'vas. La bebida no estaba tan buena como la vendedora, pero ayudaba a aliviar el calor. Volvimos a la estación de tren y a la taquilla prometida, frente a la que ya se alineaba un buen número de personas. Finalmente conseguimos canjear los billetes y abandonamos la estación, tras haber perdido allí casi toda la mañana.

Anduvimos mucho tiempo por largas calles, atravesamos bosques y rodamos por cuestas de pendiente extrema hasta llegar a la playa de Otrada, en la costa del mar Negro. Caminamos por un espigón mar adentro y pusimos nuestros doloridos pies en remojo. El mar Negro no era negro sino más bien verde. Estaba cubierto de algas.



Descansamos mientras la clase de un colegio daba sus lecciones de natación. Sacamos los pies a secar al sol, nos pusimos el calzado y recorrimos una suerte de paseo marítimo. Pasamos por algunos bares y chiringuitos, pero estando ya a finales del verano estaba todo de capa caída. Nos sentamos bajo la sombra de uno a degustar unos hot dogs a la ucraniana. Era de lo poco que conseguíamos descifrar del menú, con pan de durum y ensalada. Habíamos acertado, eran buenos y contundentes, y los bajamos con unas cervezas.

Después de comer seguimos nuestra ruta cruzando el parque Sevchenko. Desde éste se veía el enorme puerto donde miles de containers y montañas de chatarra se agolpaban formando un extraño mosaico de colores. Más allá se divisaban los extensos astilleros.


Cuando abandonamos el camino bajo los árboles el sol hacía mella, era un día muy caluroso. Sudamos por calles infinitas hasta llegar al pie de la estatua de un enorme bebé musculado, muy inquietante.


Delante se encontraba la interminable escalera Potemkin, conocida en todo el mundo por formar parte de una de las escenas más famosas de la historia del cine, en la película soviética El acorazado Potemkin. En la secuencia, los cosacos disparaban contra el pueblo en rebelión, que apoyaba a los marineros sublevados. La inmortal escena, con el carrito de bebé corriendo escaleras abajo sería homenajeado décadas más tarde por un buen número de películas, como la de Los intocables de Elliot Ness.


Subimos los 192 escalones tostándonos bajo un sol abrasador. Llegamos sofocados arriba. Contemplando la escalera por la que seguían trepando escaladores extenuados, hicimos un alto para descansar, mientras un extraño ucraniano nos daba conversación.

Seguimos caminando por el centro de Odessa e intentamos buscar algún banco donde cambiar los leis moldavos que nos habían sobrado. No hubo suerte. A pesar de compartir frontera, era asombrosamente difícil cambiar aquella moneda en Ucrania. Nos encontramos con unos extraños carteles de la serie de la BBC Sherlock, de propósito desconocido. Los caminos del frikismo son inescrutables.




Terminamos en las calles y plazas de la zona de Derybasivska, que ahora podíamos ver a la luz del día. Compramos comida y agua para aprovisionarnos de cara al tren nocturno de después. Descubrimos el “Passazh”, un bonito pasaje de estilo neorenacentista.




Detuvimos nuestros pasos para beber unas cervezas en una terraza. Los bares de Derybasivska iban poco a poco ganando clientela a medida que avanzaba la tarde y se iba llenando de la beautiful people de Odessa.


Varias pivos después, mientras caía el sol, volvimos al albergue a por nuestras mochilas.