martes, 26 de marzo de 2013

Postapocalipsis soviético 06: Tiraspol - Odessa

3 de septiembre de 2012. Día 4, parte 2. Tiraspol – Odessa

CAPÍTULO SEXTO:
LA PRIMERA NOCHE EN UCRANIA


Salimos del limbo de Transnistria y pasamos la frontera ucraniana. El autobús sin aire acondicionado se recalentaba al sol mientras nos cocíamos en su interior. Entre bache y bache, recorrimos kilómetros entre inmesas extensiones de cultivos.

Llegamos a Odessa a media tarde. Bajamos del bus asturiano, tratando de ubicarnos. Como la estación de autobuses estaba fuera de lo que abarcaba nuestro plano de la Lonely Planet, no teníamos ni puta idea de donde estábamos. Sacamos moneda ucraniana (hryvnias) de un cajero de la estación y salimos al nuevo mundo exterior, entre el acoso de cazatalentos varios ofreciendo taxis o alojamiento.

Observamos los minibuses que pasaban por si alguno coincidía con el número que llevábamos anotado. Se llaman marshrutkas, aunque en nuestro ucraniano fluido se traducía como matruskas. En unos minutos la fortuna nos sonrió al divisar uno que se supone dejaba cerca del hostel que habíamos reservado.

Entramos en la matruska y súbitamente el mundo se oscureció. No sabíamos si por la mugre de los cristales, la claraboya cerrada, o porque en estos lares oscurecía así de repentinamente. El caso es que no veíamos un carajo mientras tratábamos de localizar nuestra posición en el mapa. Preguntamos al autobusero, que nos pegó una voz en las cercanías de la calle Troyitska, para que bajáramos. Saliendo a trompicones entre la gente y con los macutos en brazos, alcanzamos la calle. Pandus emprendió el vuelo al salir y a punto estuvo de darse un hostiazo épico, pero mantuvo el equilibrio con artes mágicas.

Caminamos hasta la calle Troyitska hasta localizar el albergue, de nombre Anthony's, que se ocultaba en un patio. El hostel parecía comprender varios pisos del mismo edificio y era también vivienda de una familia. Subimos detrás de unos huéspedes, preguntando por la recepción, pero nadie tenía ni idea y nos tocó volver a bajar y llamar al telefonillo.

Volvimos a subir y apareció Antonia, la dueña de la casa, una señora muy simpática que enseguida nos enseñó la habitación. Era el salón de su casa, una estancia grande con las literas rodeando las paredes. La habitación era para 8, pero sólo la habitábamos nosotros y un gato gordaco hiperactivo llamado Borshka.

Soltamos los macutos y salimos a dar una vuelta de reconocimiento por la ciudad. Ya había anochecido. Calles oscuras y de suerte incierta nos daban la bienvenida a una Odessa difícil de conocer en aquel primer momento. Seguimos las aceras tenuemente iluminadas hasta Derybasivska, la principal arteria comercial de la ciudad. El panorama cambiaba de repente y luz, bares, carruajes, lujo y bizarrismo nos golpearon las retinas.


Dimos una vuelta por la zona, buscando un supermercado donde conseguir algo para cenar. La gente paseaba arriba y abajo por la avenida adoquinada. Caminamos deslumbrados por las luces de tiendas y bares y sobre todo por la belleza sin par de las ucranianas que nos cruzábamos.

Encontramos un colmado donde compramos algunas viandas para desayunar al día siguiente. Para cenar, al final optamos por dirigirnos a un puesto callejero que habíamos visto junto al hostel. Pasamos un instante intentando desentrañar los misterios culinarios que describía un cartel con letras cirílicas. Al final, lo más fácil fue señalar lo que comían al lado dos ucranianos y preguntar.

Se trataba de una especie de durum petado de falafel, carne, verduras y patatas, que el perfeccionista propietario elaboraba con mimo. Cualquier kebab de suelo español era mierda comparada con aquella maravilla gastronómica de a kilo. Compramos un par de tronchos. Sólo faltaba la bebida, para lo que nos acercamos a un kiosko con varias neveras en el exterior, que había en plena calle Oleksandrivsky, cerca de allí.

Viendo las neveras en la calle y que nadie nos venía a atender, entendimos que tendríamos que coger lo que quisiéramos e ir al kiosko a pagar. Tiré de la puerta para abrir. Estaba cerrada. Una oronda anciana asomó de entre las sombras vociferándome. Me pareció que indicaba que tirara más fuerte. Eso hice. La puerta seguía cerrada y la vieja incrementó sus voces, corriendo hacia nosotros entre ásperas palabras rusas. Nos quedamos mirándonos los tres durante un tenso instante sin entender nada hasta que la señora malhumorada desbloqueó la puerta con un control remoto.

Pagamos y cuando ya nos íbamos, estando a unos metros del kiosko nos pegó otra voz. Qué habremos hecho ahora, pensamos. Esta vez, con una nueva voz armoniosa simplemente nos indicó algo como “se abre así”, haciendo el gesto de girar el tapón de la botella. Desconcertados por aquellos drásticos cambios de humor, le agradecimos el consejo y fuimos al albergue.

Subimos la cena a la cocina, y acabamos a duras penas con los tronchos durum. Luego salimos de nuevo, dirigiendo nuestros pasos al centro, a la avenida Derybasivska. Nos sentamos en la terraza de un pub irlandés, pedimos varias cervezas y dejamos pasar el tiempo mientras observábamos el ajetreo de la calle central.



Luego se nos ofreció un espectáculo un tanto extraño, cuando ocupantes individuales de mesas contiguas, intentaban ligar al mismo tiempo con una bella ucraniana de aire intelectual que se sentaba sola subrayabando cosas en un folio. Asistimos embelesados a una curiosa conversación a varias bandas entre los 3 cuarentones solitarios y la ucraniana subrayadora. A uno de ellos le pudo la presión y se inmoló con su frase de estratega definitiva “I need a wife”. Finalmente, apareció el novio de la susodicha y se terminó el show para todos.

Pasaba la medianoche cuando regresamos al hostel. Terminaba aquel larguísimo día en el que habíamos pasado de la austera capital moldava al surrealismo de Transnistria, para acabar entre el lujo, contrastes y excentricidad de Odessa, en Ucrania. 3 países en un día, aunque no estaba claro lo del segundo.

sábado, 23 de marzo de 2013

Postapocalipsis soviético 05: Transnistria

3 de septiembre de 2012. Día 4, parte 1. Chisinau – Tiraspol

CAPÍTULO QUINTO:
TRANSNISTRIA: UN DÍA EN EL PAÍS INEXISTENTE


Amanecimos un poco antes de las 8. Tocaba desayunar pronto y prepararse para una larga jornada de viaje. También sería el día en que visitaríamos un agujero negro en el mapa del mundo. Transnistria, la última reminiscencia de la Unión Soviética, era nuestro siguiente destino.

Cargamos con las mochilas y nos fuimos hacia la estación de autobuses, desde donde salían transportes hacia Tiraspol, la capital de la autodeclarada república de Transnistria. Esta región proclamó su independencia de Moldavia en 1990, a lo que siguió una cruenta guerra civil. Desde entonces, Transnistria no ha sido reconocida por Moldavia ni por la ONU, pero tiene su propias leyes, policía y ejército, que controla sus fronteras. El territorio se sitúa al este de Moldavia, entre el río Dniéster y la frontera ucraniana.

Entramos en el pequeño minibús, que arrancó minutos después. Nos pasaron unos papeles que teníamos que rellenar antes de pasar la frontera con Transnistria, similares a las típicas tarjetas de visado de entrada a un país. Mientras dejábamos atrás Chisinau, tratamos de rellenar los impresos, tarea harto difícil debido a los saltos sobre los baches de la deteriorada carretera. Aprovechamos las paradas en los semáforos para completar nuestros datos en el papel con letra medianamente legible.


Salimos de Chisinau pasando junto a su pequeño aeropuerto, el único de Moldavia y que sólo opera vuelos internacionales. Transitamos por viejas carreteras pasando junto a pueblos pequeños y extensiones interminables de cultivos. Tras unas 2 horas de viaje, nos acercamos a los límites transnistrios, a 80 kilómetros de Chisinau.

Multitud de militares se hicieron visibles en cuanto llegamos a la frontera de este territorio fantasma. Al lado de la carretera, asomaba un tanque camuflado. El autobus se detuvo y entró un policia a recoger todos los pasaportes. En un instante, volvió a subir para pedir que algunos pasajeros bajaran. Como era previsible, nos tocó a Pandus y a mí, los únicos foráneos del autobús.

Bajamos del autobús y nos acercamos a la caseta “de aduanas” para hacer los trámites de entrada al territorio. Habíamos leído en internet bastantes historias de terror sobre la exigencia de sobornos en la frontera transnistria y nos acercamos reluctantes, con nuestros papeles cumplimentados en mano.

Tras un mostrador se sentaba una policía, que daba la espalda a una gran bandera transnistria con la hoz y el martillo cubriendo la pared. El resto de la estancia se adornaba con unos paneles cubiertos por un sinfín de documentos en cirílico y un par de retratos robot. Tras unos minutos de espera, apareció el primer policía con nuestros pasaportes, que entregamos junto con la hojita del pseudo-visado. La guardia fronteriza la examinó y nos devolvió la mitad del folio con sello soviético. Debíamos guardar como oro en paño este papel, ya que nos lo exigirían  a la salida de Transnistria junto con el pasaporte. De perder alguno de éstos, podríamos quedarnos atrapados en tierra de nadie. En caso de permanecer en el país más de 24 horas, además es necesario ir a registrarse a una comisaría de policía, pero en nuestro caso partiríamos aquella misma tarde hacia Ucrania.



En el autobús, los pacientes pasajeros moldavos y transnistrios esperaban a que los guiris termináramos los trámites. Nos dejaron volver a éste, no sin antes sacar nuestros macutos del maletero para una rápida inspección. Hasta el momento, el temido paso de la frontera transnistria no nos había dado ningún problema.

Nos pusimos en marcha de nuevo, pasando las barreras metálicas y entrando en el país imaginario. Primero nos adentramos en la ciudad de Bender. Desde la ventanilla pudimos echar un breve vistazo al gran puente que une la ciudad con Tiraspol y la fortaleza turca, que no puede visitarse por estar siendo utilizada por el ejército como lugar de entrenamiento. Banderines con el emblema de Transnistria colgaban de cada una de las farolas.



Las carreteras eran tranquilas, poco transitadas por coches. Como en los territorios al oeste del Dniéster, los autobuses y trolebuses eran el medio de transporte imperante. Junto a la carretera, algún memorial y ocasionales frontispicios de propaganda soviética. Recorrimos aquellos pocos kilómetros que nos separaban de Tiraspol en silencio, mirando al exterior intentando asimilar dónde estábamos. Transnistria, no nos lo creíamos.

El autobús había ido parando durante el recorrido y en aquel momento del viaje Pandus, un autóctono y yo éramos los últimos en llegar al destino final, junto a la estación de trenes de Tiraspol. A pocos metros del edificio, sacamos las mochilas del maletero. Pocos segundos bastaron para atraer la atención de dos policías que nos llamaban asomándose desde una puerta de la estación para un “passport control”.



Justo cuando creíamos haber escapado de los legendarios guardias corruptos de la frontera, daba comienzo la primera tocada de huevos de las autoridades trasnistrias. Fuimos al interior de la estación, donde miraron y remiraron nuestros pasaportes durante un tenso silencio. Escrutamos el rostro del guardia cabecilla, que fruncía el ceño bajo su enorme gorra adornada con emblema transnistrio y la hoz y el martillo. Intentábamos prever su estrategia de intimidación. Ahí llegaba. El policía empezó a quejarse de la ausencia de sello de salida de Moldavia, a preguntarnos dónde estaba y cómo habíamos cruzado la frontera. Evidentemente, no hay sello de salida moldavo porque Moldavia no reconoce a Trasnistria como país.

Evidentemente, no puedes decirle a los guardias eso, simplemente insistimos en que no hay sello de salida de Moldavia, “I don't know why”. Tras un rato de darle vueltas, el policía se enrocó repitiendo “big problem” y que teníamos que pagar. Ante nuestra negativa, se aferró a que no habíamos rellenado el papel de registro de estancia en el país. Nosotros, que nos habíamos informado, así se lo hicimos saber. No hay que rellenarlo si no vas a estar más de 24 horas en el país.

El rifirrafe se eternizó, con alguna voz más alta que otra hasta que se cansaron. Tras un intercambio de miradas ceñudas entre los guardias, nos soltaron los pasaportes con un agrio “good luck!”. En ese momento, recuperamos la documentación y la libertad. Aunque en el momento no eres muy consciente de las implicaciones de tu situación, lo cierto es que te encuentras retenido y sin pasaporte en un país no reconocido por la ONU.

No obstante, creo que el asunto se ha suavizado en los últimos años. La policía corrupta está ahí, pero basta con mantenerse firme y no venirse abajo frente a los intentos de intimidación. Nosotros no entramos a negociar, simplemente le hicimos ver que estábamos informados de aquella situación y acabaron por cansarse. No vivimos una de esas leyendas negras de internet, en las que la gente recuperaba su libertad con fajos de euros o botellas de alcohol.

Cuando nos dejaron marchar, fuimos a cambiar dinero moldavo por rublos transnistrios, la moneda local. Ni que decir tiene que sin ninguna validez en el resto del planeta. A continuación nos metimos en el vestíbulo de la estación. En la pared de la estancia desierta, se mostraban los horarios de los distintos transportes a Odessa, adonde nos iríamos por la tarde. Compramos los billetes en la ventanilla que estaba abierta.

Vimos entonces unas taquillas de monedas, donde quisimos guardar nuestras mochilas. Éstas eran bastante pequeñas, por lo que recurrimos a la fuerza bruta, empujando los macutos para hacerlos entrar en el pequeño espacio. Enseguida nos empezó a gritar la mujer de la taquilla con gestos de qué carajo hacéis. Salió del cubículo y nos guió hasta otra sala, donde otra simpática empleada nos llevó hasta un almacén donde dejamos los mochilones. Tras asegurar la puerta con candado, salimos con nuestras mochilas de asalto.

No hubo duda con la dirección a seguir desde la estación, ya que sólo había una posible, la avenida Lenin. Ésta dejaba a un lado un solitario parque, de vegetación salvaje y bancos desvencijados. Bordeamos algunos montones de escombros diseminados y nos encontramos con lo que parecía ser un búnker abandonado. Salimos del parque Kirov y caminamos por viejas aceras invadidas por los árboles, bien por las ramas sin podar, bien por las raíces que levantaban el suelo.






Seguimos andando hasta cortar las perpendiculares calles Sovietskaya y Karl Marx. La temática comunista en los nombres de las calles era una constante. No nos cruzamos con muchos transeúntes y los pocos que encontrábamos nos miraban con curiosidad.

Bajamos hasta alcanzar la avenida 25 de octubre, eje principal de la ciudad. En esta ancha y extensa avenida se agrupan los pocos puntos de interés de la capital. La simbología soviética estaba presente a menudo, entremezclándose sin pudor con comercios de corte capitalista. A nuestro paso encontramos también buen número de simbología nacionalista, con las banderas transnistrias y emblemas de la ciudad de Tiraspol, que mostraban al río Dniéster entre un racimo de uvas que simboliza la agricultura y una rueda dentada representando la industria. El escudo del país es utópico y grandilocuente, al antiguo estilo soviético. Muestra un sol naciente sobre el Dniéster, rodeado por espigas de trigo y un racimo de uvas. En el centro del escudo, la hoz y el martillo y la estrella roja.



Recorrimos la calle, como siempre, parándonos con cada cosa que nos llamaba la atención. Pasamos junto a una iglesia ortodoxa y finalmente llegamos a la enorme plaza de la Constitución. En un extremo de ésta se levantaban unas gradas y un escenario, junto a un gran cartel con la bandera de Transnistria. Bajo el escudo, el cartel rezaba “1990-2012”. Justo el día anterior, 2 de septiembre, se conmemoraba la independencia de la región. Nos imaginamos que un gran desfile militar habría tenido lugar. En ese momento unos cuantos operarios desmantelaban el tinglado.


Deambulamos por el lugar, bajo la atenta mirada de una seria guardia transnistria que hacía la ronda. Enseguida nos percatamos de que nos venía siguiendo sin mucho disimulo. Tras unos minutos de silenciosa persecución, se cansó y nos dejó a nuestro aire.


Pasamos junto a unos cines donde para nuestra sorpresa proyectaban pelis yankis y bastante actuales, como era el caso de The Avengers, estrenada hacía bien poco. Y es que ni siquiera aquel apartado rincón estalinista, fruto de la desintegración soviética escapaba ya a la globalización.

Por la ancha avenida circulaban unos pocos coches y algún que otro trolebús. Cruzamos al otro lado, donde se asentaba una pequeña iglesia, de espaldas al río. Junto a ésta, en un punto elevado, se situaba un reluciente tanque de la Unión Soviética. Poco más allá se encuentra el llamado Cementerio de los Héroes. Un memorial recuerda a sus mártires de la guerra civil. Junto a una llama eterna, los nombres de los caídos del lado transnistrio estaban grabados en mármol negro.

Al final de la avenida se alza el mastodóntico palacio presidencial, desde donde se gobierna aquel pequeño imperio al margen de Moldavia. Una enorme estatua de Lenin, se yergue  delante de sus puertas, como un testigo anacrónico de aquel último reducto de la URSS.


Nos desviamos del recto asfalto hasta orillas del Dniéster, donde alquilaban unos cochecitos para los niños. Desde allí, se divisaba una pequeña playa donde los autóctonos se refrescaban en las aguas del río.

Proseguimos la caminata y llegamos frente a la pequeña embajada de las repúblicas de Ossetia del Sur y Abjasia. Ambas independizadas de facto de territorio georgiano y que al igual que Transnistria, no son reconocidas internacionalmente. Estos dos territorios de soberanía discutida, así como la República de Nagorno Karabaj, son los únicos que reconocen a Trasnistria como país y que mantienen relaciones diplomáticas con ella.

Estas zonas de conflicto, surgidas del colapso de la URSS, se reconocen mutuamente, pero como la mayoría de la comunidad internacional las rechaza, es como si no existieran. A pesar de ello, Trasnistria cuenta con su propio gobierno, leyes, ejército, policía, sistema postal y moneda.  Pero conviene recordar que allí los extranjeros no tienen ninguna protección diplomática. La página del Ministerio de Asuntos Exteriores en España, desaconseja su visita por considerarla zona de alto riesgo.


Nos asomamos a la puerta entreabierta de la peculiar embajada, pero bajo las banderas y placas sólo vimos algo parecido a un almacén del bar de al lado.

Llegó el momento de hacer un alto para descansar y llenar los estómagos. Paramos a comer en una pizzería de una cadena moldava. Y es que pese a la simbogía en las instalaciones trasnistrias, el país cuenta con una economía mixta y parece que el capitalismo encuentra formas más fáciles de cruzar la frontera. En cuanto a la principal actividad económica del país, no es otra que el tráfico de armas. Al parecer mucha de las fábricas de Tiraspol se dedican a su producción. Estábamos un lugar en el que los kalashnikov se compran y se venden como caramelos.

Llegó el fast-food transnistrio mientras a muchos kilómetros de allí, la momia de Lenin se revolvía en su mausoleo de Moscú. Hicimos recuento de los rublos transnistrios que nos quedaban y nos pedimos unas cervezas. A continuación tuvo lugar el momento monguer del día cuando vimos que los botellines estaban cerrados y llamamos a la camarera para que los abriera. Se abrían girando el tapón. Aún se debe estar descojonando de nosotros.

Recorrimos la avenida 25 de octubre ahora a la inversa, cociéndonos bajo el sol. Llegamos así a la Casa de los Soviets, un descomunal edificio custodiado por un no mucho más pequeño busto de Lenin. Desde allí retornamos a la estación, pasando por el camino al lado de la destilería de brandy Kvint. Antaño orgullo nacional moldavo, ahora en manos transnistrias. Es uno de los productos más exportados de allí. Aparte de las armas, supongo.


Llegamos a la estación y la señora de antes nos llevó a recuperar las mochilas y pagamos una pequeña cantidad en rublos transnistrios. Los pocos billetes que nos sobraron los conservaríamos como recuerdo, ya que por otra parte fuera de aquellas fronteras tenían la misma validez que los del Monopoly.

En el exterior del edificio, nos sentamos en un precario banco con puntas salientes amenazantes. Esperamos al autobús, que hizo aparición estelar un rato después. WTF épico. Dejar Trasnistria en un autobús español de los 80, con la leyenda “Principado de Asturias”, era algo que no podíamos imaginar jamás.


El bus venía lleno de Chisinau, buscamos sitio al fondo, junto a los otros 3 únicos extranjeros que dejaban Tiraspol. El vehículo recorrió unos pocos kilómetros hasta llegar a la frontera con Ucrania. Faltaba la última liada de las autoridades transnistrianas. Igual que a la llegada, subió un policía a recoger pasaportes. Enseguida volvió a por los pringados de turno, los 5 guiris del fondo.

Bajamos a la garita donde esperaba un guardia veterano de gesto adusto. Hojeó los pasaportes con descuido, buscando el sello que sabía que no encontraría. El de salida de Moldavia. Con bastante mala hostia, nos explicó en rudimentario inglés el gran problema que suponía y nos exigió dinero para salir. Aguantamos el chaparrón hasta que se dio por vencido, gritándonos “go!”. Supongo que una de las cosas positivas de cruzar la frontera en transporte público es que el tiempo que te pueden retener se limita bastante, ya que tienen a un autobús entero esperando.

Nos devolvieron los pasaportes y volvimos al autobús que nos llevaría hasta Ucrania. Pasamos el último control militar de la frontera y dejamos atrás Transnistria, el país inexistente. Uno de los lugares más extraños que he tenido oportunidad de conocer.