martes, 26 de febrero de 2013

Postapocalipsis soviético 04: Chisinau

2 de septiembre de 2012. Día 3. Chisinau

CAPÍTULO CUARTO:
DESCONOCIDA CHISINAU


El revisor me volvió a despertar para devolverme los billetes, volví a caer dormido y Pandus me despertó un rato después. Llegábamos a Chisinau, la capital de Moldavia. Bajamos a los andenes y en un cajero de la estación sacamos lei, dinero moldavo.



Salimos de la estación hacia una enorme plaza poco transitada. No sé muy bien qué fue, pero enseguida tuve la sensación de estar en otro mundo. Cruzamos hasta la siguiente calle y cogimos uno de los minibuses que se iban agolpando junto al arcén. Con los macutos por medio, estorbando el paso y agarrándonos como podíamos, no teníamos ni puta idea de por dónde íbamos. Pero no nos fue demasiado mal y con ayuda de un lugareño sólo nos pasamos una parada de la del albergue.

La disposición de las calles en forma de cuadrícula facilitaban la orientación. Tomamos la calle Cosmonautilor y caminamos con las mochilas a cuestas hasta Pushkin. Las calles respiraban aroma soviético, de aceras grises levantadas por las raíces de los árboles y desgastados letreros en cirílico.

Seguimos las indicaciones del hostel que habíamos reservado, el Retro Moldova.  Era bastante díficil de localizar. Finalmente llegamos hasta una especie de patio ajardinado, encerrado entre varios edificios. En uno de aquellos portales se escondía el hostel. Nos estuvieron marcando en un mapa bares, pubs, supermercados y demás lugares de interés. Como aún era temprano, hicimos un check-in simbólico, dejando las mochilas sobre nuestras literas escogidas. Cogimos el plano y nos aventuramos por las tranquilas calles de Chisinau.




El centro de la capital no es muy grande y perfectamente puede verse lo principal en unas pocas horas. Quizás sea totalmente ignorada por el turismo, pero yo le encontraba un encanto especial. Sus calles anchas, con sus socavones a la sombra de grandes bloques grises, respiran ese aire, cuadriculado y desordenado a un tiempo que sólo ofrecen las ciudades soviéticas. La sobriedad de las rectas avenidas grises se compensaba con enormes zonas verdes, y la tranquilidad de las calles desiertas desaparecía en cualquiera de sus numerosos bares.

Moldavia es el país más pobre de Europa y casi todo el casco histórico de Chisinau fue destruido en la Segunda Guerra Mundial. La capital moldava nunca aparecerá en el top de itinerarios del este, pero me gustó y me alegro de haberla podido conocer. Todo país tiene algo que hace que merezca la pena su visita y yo lo encontré en Chisinau.

Empezamos nuestro recorrido a la ciudad buscando algún lugar donde poder desayunar. No era tarea fácil porque la mayoría de los sitios que encontrábamos eran garitos de cocktails y lingotazos varios, no aceptables todavía a aquella hora temprana. Al final preguntamos en uno de éstos y tras pasar un rato descifrando una carta repleta de bebidas alcohólicas, pedimos algún desayuno indeterminado. El inglés no nos servía de mucho por allí, así que no teníamos la menor idea de qué habíamos pedido hasta que nos trajeron un batido y unos sandwiches.

Tras descansar y hacer un breve repaso del alfabeto cirílico, salimos de nuevo a la calle y fuimos al parque Parcul Catedralei, con una neoclásica catedral ortodoxa en su centro y una bonita torre con campanas. Poco más adelante llegamos hasta un pequeño arco de triunfo, que se enfrenta a la gigantesca casa del Gobierno, de la que nos separaban unas desproporcionadas avenidas, por las que apenas circulaban unos pocos vehículos.




Cruzamos el mar de asfalto y llegamos a otro parque, el Stefan cel Mare Park, con una estatua dedicada al tal Stefan, un príncipe medieval moldavo. Como en Bucarest, nos llamó la atención la exagerada cantidad de bancos dispuestos, que formaban largas hileras a lo largo de las calles del parque. Unos pocos paseantes se relaban entre verde en aquella tranquila mañana de domingo.


Salimos por el otro extremo y anduvimos por una avenida de aceras descuidadas. Encontramos los grandes edificios del Parlamento y el Palacio Presidencial y pasamos junto a varias embajadas hasta llegar a la rusa, donde nos dimos la vuelta. Caminamos en sentido opuesto y llegamos hasta una calle comercial muy diferente de lo que habíamos visto hasta el momento. Abarrotada de gente y tiendas, aquella zona tenía un trajín que recordaba más a las ciudades europeas occidentales.



Decidimos buscar la estación de autobuses, ya que queríamos enterarnos de cómo podíamos ir hacia Transnistria al día siguiente. Transitamos entre calles de caos y confusión, resultantes de la mortal combinación de estación de minibuses y un mercado. Después de apuntarnos los horarios a Tiraspol, nos mezclamos en la algarabía del mercado. Allí compré una camiseta de manga larga para la próxima excursión a Chernobyl, que se requería para la visita y tenía miedo a cocerme con sudadera.



Salimos del caos y buscamos algún sitio para comer. Fuimos al lugar que nos recomendaron en el hostel, pero al entrar nos encontramos con la celebración de un bodorrio, por lo cerramos la puerta tras de nosotros asustados y decidimos proseguir con la búsqueda.

Nuestros pasos nos llevaron hasta el bar llamado Eli Pili. Pedimos la recomendación de la casa que resultaron ser unos deliciosos bocadillos gigantes, que regamos con buenas cervezas. Tras el sencillo y feliz banquete, volvimos al hostel a por un poco de descanso y una buena ducha.

Tras vaguear un poco, salimos a averiguar si el mítico ambiente nocturno de Chisinau era lo que prometía la guía. Cruzamos el parque Stefan mientras comenzaba a atardecer, sorprendidos de ver cómo los infinitos bancos ahora parecían casi escasos. Hordas de chisinauenses conectaban sus ordenadores portátiles a enchufes bajo los bancos, sospechamos que para acceder a alguna wifi pública.

Pasamos por un tranquilo barrio de calles abandonadas y casas viejas, en cuyos muros aún se distinguían los impactos de metralla. Más adelante, el paseo nos llevó a descubrir la genuina escultura del Ecce Homo restaurado que tan famoso había sido aquel verano. El parecido era asombroso y fotografiamos el hallazgo. Los ojos de mirada profunda del Ecce Homo moldavo vieron como nos perdimos en la distancia, en busca de un bar.



Lo encontramos en la zona de la universidad. Nos sentamos en unas concurridas terrazas y pedimos unas jarras de cerveza. Comenzaba la noche de un domingo, pero haciendo honor a su fama, la música y la gente no tenía visos de disminuir, sino todo lo contrario.



Cayeron varias pintas mientras la noche y el alcohol cubrían Chisinau. Dejamos el lugar y pasamos junto al teatro donde anunciaban el próximo concierto de unos heavys viejunos. Deambulamos por calles poco iluminadas que invitaban a roturas de tobillos hasta encontrar un supermercado 24 horas, sorprendentemente abarrotado para la hora que era.

Compramos pasta, un bote de salsa napolitana y unas botellas de agua. Llegamos al hostel y nos pusimos a hacer la cena haciendo honor a la tradición española de comer siempre los últimos. Me puse a cocinar la pasta en los hornillos de la cocina, no sin antes quemarme la mano en la miniexplosión de gas provocada al encenderlos. El olor a panceta y a salsa napolitana impregnó el ambiente. Cenamos degustando las aguas minerales “sin gas pero con sabor a gas”, intentando determinar cuál estaba menos mala.

Después de la entretenida noche a bordo del tren soviético y del intenso día recorriendo la capital moldava, necesitábamos dormir. En nuestra habitación ya estaban nuestras compañeras, un par de chicas alemanas que veían una peli en su ordenador. Morimos enseguida.

martes, 19 de febrero de 2013

Postapocalipsis soviético 03: Bucarest - Chisinau

1 de septiembre de 2012. Día 1, parte 2. Bucarest – Chisinau

CAPÍTULO TERCERO:
TREN SOVIÉTICO A CHISINAU


Cuando llegamos a la estación, rebuscamos en los bolsillos los leis rumanos que nos quedaban y los invertimos en cerveza. Nos sentamos en un bar frente a los andenes, donde en un rato esperaría nuestro tren.

El tiempo se pasó entre jarras, conversación y variopintos personajes como un viejo que se empeñó en intentar vendernos un reloj. Acercándose la hora de la partida, fuimos a la consigna a recuperar nuestras mochilas y nos dirigimos a los andenes. Admiramos algunos trenes modernos con paneles electrónicos y todo. Mas, como era previsible, no era el caso del nuestro.

Nos acercamos reticentes a nuesto andén, donde aguardaba un monstruo de metal azul de la era soviética. Tenía el aspecto de haber realizado aquel trayecto entre Rumanía y Moldavia en incontables ocasiones. Entramos en el vagón asignado y recorrimos la penumbra hasta encontrar nuestro compartimento. Dentro había cuatro literas, una gran alfombra estampada y una mesita adornada por un jarrón con un girasol de plástico, que le daba el toque hogareño.




Pronto llegaron los otros dos compañeros de compartimento, un simpático estudiante húngaro que chapurreaba el castellano y un señor rumano con quien era más difícil comunicarse.

El tren salió puntualmente y dejamos atrás la gran ciudad de Bucarest entre chirridos y un lento traqueteo. Pasados los suburbios, empezamos a recortar kilómetros hacia el este. Desde la ventanilla contemplábamos llanuras infinitas de campos dorados. De cuando en cuando asomábamos las cabezas por la ventana del pasillo para respirar un poco de aire, ya que el vagón  era un cocedero.

Anocheció sobre los campos de trigo y nos dedicamos entonces a armar nuestras literas. Cada uno tenía un set de colchón, mantas, sábanas y un trapo cuyo propósito era un misterio. Tras el despliegue, nos preparamos la cena, consistente básicamente en pan con un troncho de lonchas de salami. Trepamos cada cual a su nido. El húngaro estudiaba sus apuntes, el rumano roncaba y Pandus y yo escribíamos las primeras páginas de nuestros respectivos diarios.

Agotado, caí dormido un milisegundo después de apagar la luz. Unas horas después, a eso de las 4 de la mañana, nos despertaron bruscamente con el esperado passport control. Habíamos llegado a la frontera. Comenzaba el largo proceso de entrada a Moldavia.

Primero subió la policía de la frontera rumana, que se llevó nuestros pasaportes y puteó un poco al húngaro haciéndole abrir su mochila. Transcurrió más de una hora hasta que nos los devolvieron. El tren avanzó otro poco hasta la parte moldava, allí subió una policía mucho más apañada y modernizada con su portátil y un lector de pasaportes. Enseguida teníamos de nuevo los pasaportes en nuestro poder con los sellos moldavos estampados.

El siguiente personaje en hacer aparición fue un hombre que se presentó con escuetas palabras: “Hello. I'm the Doctor”. Tras esta presentación al más puro estilo Doctor Who, llegó el reconocimiento médico que consistió en preguntarnos “no problem?”. Negamos con la cabeza mostrando capacidad de raciocinio y así pasamos el test de infección zombie.

Con todos los trámites completados, era el momento de aprovechar para mear en el horripilante baño metálico del vagón. Pandus fue el primero en ir, pero el revisor lo sacó a empujones y a mí me impidió salir al pasillo. A continuación nos encerró en el compartimento. Mientras tanto, no cesaba el rechinar y los meneos de los vagones en la larga metamorfosis de adaptación al ancho de vías moldavo.

El tren salió al tiempo que amanecía. Intenté dormir otro rato.

lunes, 18 de febrero de 2013

Postapocalipsis soviético 02: Bucarest

1 de septiembre de 2012. Día 1, parte 1. Bucarest

CAPÍTULO SEGUNDO:
CAMINATA EN BUCAREST: LA BREVE ESTANCIA EN RUMANÍA


Los ladridos de los perros callejeros del barrio ayudaron a despertarnos para que no nos perdiéramos el desayuno. Somnolientos tras las escasas horas de sueño nos dirigimos a la cocina para ingerir viandas varias antes de hacer el checkout.

Cargamos con las mochilas y salimos del albergue sorteando a los perros salvajes apostados en las aceras a ambos lados de la calle. Las manadas de perros callejeros son una constante en Bucarest, pero pese a las historias de jaurías asesinas, la mayoría preferían echarse sobre el asfalto a tomar el sol. Tomamos una larga avenida hasta Unirii, una mastodóntica plaza con una fuente en medio. Allí desembocaban enormes avenidas de estilo soviético y flanqueadas por árboles, rodadas por el tráfico matutino.

Las gigantescas dimensiones de aquellas calles nos dificultaban la orientación con el plano. Tras unos paseos localizamos la boca del metro que nos interesaba para dirigirnos a la Gara de Nord. Nos peleamos con la máquina expendedora y compramos unos pases para todo el día por 6 lei cada uno. Además de ser barato, el metro estaba bastante bien, las estaciones eran amplias y los trenes rápidos.

En la estación de trenes compramos los billetes para el nocturno a Chisinau que cogeríamos más tarde. Dejamos los macutos grandes en consigna y fuimos a un supermercado cercano para aprovisionarnos de pan y salami para la cena, además de agua sin gas pero con sabor a con gas. Nos metimos de nuevo en el metro para regresar hasta Unirii, desde donde comenzamos a recorrer la ciudad.

Caminamos hasta la Catedral Patriarcal, una bonita iglesia ortodoxa en un promontorio elevado sobre la ciudad. Los muros cubiertos de frescos se conservaban bien. Dimos una vuelta por el lugar y bajamos por calles silenciosas hasta una gran avenida semidesierta que contemplaba enormes bloques soviéticos de viviendas. A lo lejos asomaba el Parlamento entre fuentes e hileras inacabables de árboles.




Nos acercamos hacia el palacio, que presume de ser el segundo edificio más grande del mundo por detrás del Pentágono. El Parlamento y el enorme bulevar que nos había llevado frente a éste, habían sido ideados por Ceaușescu tras un viaje por Pyonyang y Pekín. Con una de esas ansias faraónicas que suelen poseer a los dirigentes, a éste no se le ocurrió cosa mejor que desalojar 100.000 viviendas para demoler un barrio entero de edificios históricos y así llevar a cabo sus planes urbanísticos. La obra absorbió durante años el 20% del PIB del país, mientras el pueblo soportaba múltiples penurias.


Retomamos la pateada y tratamos de callejear para enlazar con el casco antiguo. Pero tras meternos en una zona de chabolas tomada por perros callejeros, decidimos buscar otra ruta más segura. Cruzamos el río hasta llegar al centro histórico, donde vimos unas cuantas iglesias ortodoxas y un monumento al amigable Vlad Tepes “el Empalador”, también conocido como Drácula.


El centro estaba muy animado y la gente disfrutaba del día de sol tomando refrigerios en las terrazas que llenaban las agradables calles peatonales. Deambulamos por aquellas bonitas y sencillas calles hasta detenernos en la terraza de un restaurante turco a comer y tomar unas merecidas jarras de cerveza local.



Tras llenar el estómago, continuamos nuestra ruta por la calle Victoriei hasta la plaza Revoluţiei. En su centro se alzaba un extraño monumento y en un extremo, el gran edificio del Comité Central del Partido Comunista. En diciembre de 1989, mientras la Revolución rumana llegaba a las calles de Bucarest, el dictador estalinista escapaba en helicóptero de la azotea de aquel edificio. Sería apresado y condenado a muerte tres días después.



Un poco más adelante, vimos un taxi volcado sobre un lateral en un espectacular accidente, enseguida empezaron a venir policías, bomberos y ambulancias. No parecía haber heridos de gravedad, pero era difícil no pensarlo viendo la posición del vehículo.



Buscamos refugio del sol en el parque Cișmigiu, absurdamente abarrotado de bancos y con animales varios en estanques y pajareras. Había cisnes, patos y pavos reales algo desplumados. Nos sentamos en el césped junto a la orilla de un lago navegado por barcas de remeros bastante ineptos. Contemplamos sonrientes esas rompedoras técnicas de navegación, que consistían en remar hacia popa y lastrar los remos envolviéndolos en algas. Le echamos un ojo a las guías y después de descansar un rato seguimos calle Victoriei arriba.



Otra larga caminata nos llevó entre edificios de embajadas y parques, donde la gente disfrutaba del sábado paseando, pedaleando y patinando. Terminamos bajo el Arco de Triunfo, inspirado en el parisino y que conmemoraba la reunificación de Rumanía en 1918. Bajamos a la plaza Charles de Gaulle para coger el metro desde allí. Las pocas horas dormidas y el cansancio hacían mella durante el sopor de la tarde. Pasé el breve viaje hacia la estación de tren en una lucha sin cuartel contra párpados cada vez más pesados.

domingo, 17 de febrero de 2013

Postapocalipsis soviético 01: Madrid - Bucarest

postapocalipsis soviético 
una aventura postnuclear por la europa de más al este


31 de agosto de 2012. Día 0. Madrid – Bucarest

CAPÍTULO PRIMERO:
TURBULENCIAS


En los asientos de cola las turbulencias se sentían más fuertes. Las inclemencias meteorológicas zarandeaban el avión rosado de Wizzair, que entre sacudidas atravesaba tormentas rumbo a Rumanía.

Así empezaba un viaje cuyos principales destinos serían Moldavia y Ucrania. Un itinerario alejado de típicos destinos turísticos que había ido forjándose a lo largo de los años, a medida que el mapa de Europa se achicaba. La idea de visitar Transnistria llevaba tiempo germinando en mi cabeza, desde que leí sobre este inusual destino en alguna parte de internet. El resto, como en los mejores viajes, fue surgiendo fruto del azar y de las ganas de conocer mundo.

El anterior viaje de aquel verano, por México con Ruth y mi hermana Belén, se había quedado en 2 semanas por motivos laborales. De unas vacaciones partidas surgió la idea de este otro viaje, largamente pensado y brevemente planeado. Pandus se animó al plan propuesto y entre escapadas de uno y otro fuimos planificando a trompicones un viaje enmarcado en la fugacidad del mismo.

Había llegado el momento y aquella relampagueante noche que daba paso a septiembre volábamos hacia nuestro primer destino, Bucarest, que sería nuestra puerta de entrada a Moldavia. El avión había salido con una hora de retraso. Esto unido a un duro día de trabajo, provocó que el sueño me venciera pronto. Tras engullir los bocatas que llevábamos para cenar, caí dormido mientras el avión nos mecía con turbulencias descoyuntadoras.

Desperté momentos antes de aterrizar. Pasaban las 3 de la mañana cuando tomamos tierra en la capital rumana. El viaje comenzaba con buen pie y nuestras mochilas eran las primeras en salir. En la sala de llegadas nos esperaba el conductor apalabrado con el albergue, que nos llevaría directamente al hostel que habíamos reservado. Vistas las horas intempestivas de nuestra llegada, no nos apetecía pasar la noche deambulando por las calles de Bucarest entre manadas de perros callejeros.

Sacamos leis en el cajero de la terminal y nos fuimos directos al coche. Circulamos por las calles desiertas de un Bucarest iluminado por farolas rodeadas de cables en marañas imposibles. Llegamos al Holiday hostel e hicimos el checkin más tardío de todos mis viajes.

Estábamos preocupados por molestar a los compañeros de habitación llegando más tarde de las 4 de la mañana, pero para nuestra sorpresa nos encontramos con que allí estaba todo dios despierto. Aquella noche había concierto de los Red Hot Chili Peppers y muchos inquilinos ebrios y emocionados habían llegado hacía poco. El único que estaba en su litera en nuestra habitación era un japonés rodeado de todos y cada uno de sus enseres, que dormitaba con el ordenador portátil en su cabeza.

Tomamos ejemplo pero prescindiendo de electricidad y nos echamos a dormir. Los siempre clásicos ronquidos de algún vecino de litera le ponían banda sonora a aquella primera noche en tierras del este. El viaje no había hecho más que comenzar.