viernes, 27 de diciembre de 2013

Crónicas Niponas 12: Kyoto

27 de julio de 2013. Día 5. Parte III. Kyoto (京都市). Kawaramachi (河原町).

CAPÍTULO DUODÉCIMO:
LLEGADA A KYOTO


Viajamos hacia Nagoya. En la estación de esta ciudad sólo permanecimos unos minutos para realizar el transbordo al shinkansen a Kyoto. Como de costumbre, el viaje en el tren bala se nos pasó en un suspiro.

Llegamos a Kyoto al anochecer. En la concurrida estación, nos peleamos con las máquinas de los billetes del metro. Las pantallas, a diferencia de las de Tokyo, no eran táctiles y los botones no tenían traducción al inglés. Tuvimos que hacer uso del clásico cacharrófono para pedir asistencia. Un empleado de la estación vino corriendo, no hacía falta la urgencia pero en Japón son así. Con su ayuda, sacamos nuestros billetes a la estación de Shijō.

Salimos del metro al mundo exterior un poco desorientados. Tratamos de ir al hostel Khaosan. No era nada fácil de encontrar y nos perdimos un par de veces.

Por fin encontramos nuestra nueva morada. Hicimos el check-in y salimos de nuevo a la calle para ir al supermercado que había al lado a comprarnos cosas para cenar. Compramos unos platos preparados y unas cervezas. Cenamos en el comedor sala común. Era bastante grande y contaba con mesas, tele y sofas sobre el suelo de tatami. Curioseé la librería de manga, donde tenían la colección completa de los tomos de Death Note.

Mientras cenábamos, conocimos a un catalán llamado Jordi. Estuvimos hablando con él un buen rato e intercambiando consejos sobre Japón y Kyoto. Bueno, realmente fue más recibir consejos que intercambiar, ya que era la segunda vez de Jordi por tierras niponas.

Al hacerse tarde, nos fuimos a pegar unas duchas y nos retiramos a la habitación. Aprovechamos el wi-fi para ir preparando la visita a Kyoto y nos fuimos a dormir.

Crónicas Niponas 11: Takayama

27 de julio de 2013. Día 5. Parte II. Takayama (高山市).

CAPÍTULO UNDÉCIMO:
UN PASEO POR TAKAYAMA


De vuelta de Shirakawa-go, aún nos quedaba tiempo para visitar decentemente la ciudad de Takayama, situada entre las montañas de los Alpes Japoneses. Dedicamos el resto de la mañana a pasear por las agradables calles entre las casas de madera tradicionales. Éstas albergaban restaurantes, tiendas e infinidad de destilerías de sake, producto típico de la región.









Siendo sábado, las calles principales estaban bastante llenas de turistas japoneses, que compraban cargamentos de sake y comían unas brochetas que vendían en unos puestos callejeros. Tomamos ejemplo en la comida, aunque para resguardarnos del intenso calor nos metimos en un izakaya y así también degustar unas cervezas bien frías.

Después dimos un paseo junto al río, junto a sus apacibles orillas algunas parejitas hacían picnic y se daban algún arrumaco que otro aprovechando lo tranquilo del lugar, cosa bastante rara para los japos de hacer en público.

Cuando se acercó la hora de nuestra marcha, volvimos al hostel a por las mochilas y nos despedimos de los simpáticos dueños del hostel antes de irnos a la estación de trenes.

Crónicas Niponas 10: Shirakawa-go

27 de julio de 2013. Día 5. Parte I. Shirakawa-go (白川郷).

CAPÍTULO DÉCIMO:

SHIRAKAWA-GO

Nos levantamos pronto para nuestra ansiada excursión a Shirakawa-go. El cielo era azul y nosotros felices. Recogimos los macutos para hacer el checkout, aunque nos dejaron guardarlos en el hostel hasta que nos fuéramos a Kyoto por la tarde. Rápidamente compramos unos zumos y dulces para desayunar en el Family Mart de enfrente de la estación. Entonces nos fuimos corriendo al autobús que ya esperaba por las inmediaciones.

La simpática guía era una joven llamada Ayumi. Durante el trayecto, nos fue contando curiosidades de la zona de Hida y más concretamente de Shirakawa-go. Hacia allí viajábamos entre los impresionantes paisajes de los Alpes Japoneses. El viaje en carretera es precioso.

Al cabo de una hora, bajamos del bus en un mirador sobre el valle donde se asentaba el pueblo. Con el día despejado, las vistas eran espectaculares. Los colores verdes del valle enmarcaban las casas con tejados de paja entre arrozales. Nos hicimos unas fotos en la cima con Sarubobo, un supuesto bebé mono rojo que es el amuleto de la región.


A continuación, nos soltaron en el pueblo ya a nuestro libre albedrío. Cruzamos el puente suspendido sobre el río y empezamos a deambular por el idílico emplazamiento. Todas las casas son de estilo tradicional Gassho-zukuri. El nombre viene de Éstas se caracterizan por tener gruesos tejados de paja en ángulo muy cerrado para soportar el peso de la nieve en el crudo invierno. Además de esto, todas miran en la misma dirección, de tal modo que los rayos del sol incidan el mayor tiempo posible sobre el tejado. La uniforme distribución también obedece a la circulación de corrientes de aire, que al parecer era beneficioso para la cría de gusanos de seda, industria a la que antaño se dedicaban allí.

Paseamos entre campos de arroz y las casas de madera y paja rodeadas de flores. El lugar había superado todas nuestras expectativas, fue uno de los top del viaje por Japón. Y pensar que lo habíamos dejado fuera del itinerario... Andando por allí pensé que habría sido imperdonable que nos lo hubiésemos perdido.









Estuvimos unas dos horas caminando por el lugar, admirando las casas y paisaje y disfrutando del aire puro que se respiraba. Volvimos al autobús muy contentos tras la visita y Ayumi nos ofreció té helado. Después dormitamos un poco de vuelta a Takayama.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Crónicas Niponas 09: Takayama


26 de julio de 2013. Día 4. Parte II. Takayama (高山市).

CAPÍTULO NOVENO:
CAMINO A LOS ALPES JAPONESES


El sueño me venció al poco de salir de Matsumoto. Un rato después desperté a otro sueño al emerger entre mis legañas los increíbles paisajes por los que estábamos viajando.

La estrecha carretera ya se internaba en los Alpes Japoneses. Entre túnel y túnel aparecían altas montañas cubiertas de bosques, alzándose sobre verdes valles bañados por cascadas. No volví a dormir ni a despegar la vista de la ventanilla.

Llegamos a Takayama al caer la noche, a eso de las 19:30. Entramos en la estación de trenes para reservar los asientos del siguiente viaje y nos fuimos a buscar el hostel que habíamos reservado, “Guesthouse Tomaru”. La simpatiquísima dueña, Aki, nos enseñó el coqueto albergue y nos llevó a nuestra habitación. Tenía suelo de tatami, puertas correderas y futones, todo de estilo tradicional japonés.

Nos explicó mil cosas de Takayama, qué hacer, qué visitar, dónde comer... mientras marcaba el plano con un bolígrafo. Me extrañó que no nos dijera nada del museo folclórico de las casas de Hida. Nos dijo que todo era una reproducción y que mejor nos recomendaba ir a Shirakawa-go.  Nosotros lo habíamos quitado del itinerario con mucho dolor por falta de tiempo. Pero cuando Aki nos descubrió que podíamos ir y volver a la mañana siguiente en un bus, no hubo mucho que pensar.

Después Aki incluso nos acompañó a un izakaya recomendación suya para cenar. Si es que son tan majísimos que estoy convencido de que después de visitar Japón, nunca nadie más me parecerá simpático en la vida. Es así.

Como el bar estaba lleno de gente, decidimos ir a dar una vuelta por Takayama y volver más tarde. Nos aventuramos por las semidesiertas y frescas calles, pero todo estaba muy oscuro y apenas pudimos ver nada.

Paseamos por la ciudad desierta mientras notas de un shamisen (guitarra japonesa) salían de una vieja casa de madera con ventanas iluminadas.
  
Absortos en el paseo y la conversación, no caímos en la cuenta de la hora y se nos fue de las manos. Eran casi las 21:00 y no nos iban a dejar entrar en ningún sitio para cenar. Ya no estábamos en Tokyo. Al final probamos de nuevo en el izakaya Syusai, donde antes nos había llevado Aki. Era el único que seguía abierto.

Allí probé la famosa ternera de Hida, la región en la que estábamos. Según decían no tenía nada que envidiar a la más conocida carne de Kobe. La servían al estilo sashimi, es decir, prácticamente cruda. La acompañé con sake del lugar y saboreé la que probablemente es la mejor ternera que he probado y probaré jamás.

Ruth probó otra especialidad de Hida con la misma carne cocinada sobre una hoja con salsa de miso dulce. Delicioso también. Cayeron varias cervezas y sakes y regresamos al hostel medio pedo.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Crónicas Niponas 08: Matsumoto

26 de julio de 2013. Día 4. Parte I. Matsumoto (松本市).

CAPÍTULO OCTAVO:
EL CASTILLO SAMURÁI


Aquella mañana dejábamos Tokyo, aunque habíamos guardado unos días al final del viaje para despedirnos de la capital. Cargamos con las mochilas y caminamos hasta Ueno para coger la Yamanote hacia Shinjuku. Con los macutos a cuestas, temíamos por la aglomeración de la hora punta, pero por suerte era aún demasiado temprano y no habían llegado las hordas de salarymen.

Llegamos a la extremadamente grande y complicada estación de Shinjuku. Preguntando, nos abrimos paso hasta el andén de nuestro tren Azusa Express. Viajamos hasta Matsumoto con toda velocidad y felicidad, como acostumbraban los trenes nipones. En el viaje nos dedicamos a reírnos con los inventos bizarros japos de un catálogo de venta por correo. Llegamos al cabo de unas tres horas y nada más llegar buscamos unas taquillas para guardar las mochilas.






Las encontramos en una sala de espera y nos pusimos manos a la obra. El tamaño de la taquilla era bastante justo. Después de un rato tratando de encajar las mochilas y empujando la puerta desafiando las leyes de la física, advertimos al señor que nos contemplaba impertérrito, señalando las taquillas de al lado. Eran las grandes.

Nos reímos por nuestros vanos esfuerzos, pero nos reímos demasiado pronto, pues las dimensiones de la taquilla tampoco cumplían. Repetimos las maniobras de compresión de equipaje por fuerza bruta. La puerta cerró.

Salimos de la estación de trenes y nos dirigimos a la vecina estación de autobuses para comprar los billetes de más tarde a Takayama, donde pensábamos llegar al terminar el día. Según habíamos leído, sólo hacían descuentos para el JR East Pass, pero nos lo hicieron igual para el JR Pass estándar. Pillamos billetes para el último autobús, a las 17 horas.

Marchamos dirección al castillo, que estaba a un paseo de unos 20 minutos. Lucía un sol radiante en un cielo por fin despejado. Ya notaba la sensación barbacoa en mi piel y recordé el bote de crema solar, aún sin utilizar, guardado a buen recaudo en la mochila que había dejado en la taquilla.

Los calores y sudores merecieron la pena cuando al fin nos hallamos frente al impresionante castillo, rodeado por el enorme foso. Era nuestro primer castillo japonés. En el itinerario original habíamos incluido Himeji, pero cuando nos enteramos de que estaba en obras de restauración se cayó de la lista y entró Matsumoto, otro de los más importantes de Japón.

La imagen de la fortaleza se reflejaba en las aguas, ondulantes cuando pasaba algún pez gigante bajo la superficie. Las fotos al borde del foso quedan preciosas, pero no reflejan la tensión por los peces que asomaban sus fauces en busca de alguna extremidad.

Rodeamos por completo la imponente fortaleza y cruzamos el acceso hacia ésta. Entramos en el castillo y realizamos la visita por el interior, visitando sus austeras estancias de madera y subiendo de planta en planta por empinadas y estrechas escaleras que hicieron las delicias de Ruth. Dentro del castillo, además de diversos paneles explicando su historia, podía verse una exposición de armaduras samuráis y armas de fuego de diferentes épocas.



Salimos del castillo y llegamos a pie hasta una galería de tiendas junto al río. Vagabundeamos entre tiendas varias y continuamos acercándonos hasta la estación. Paramos a comer en una especie de cafetería bohemia con estanterías y libros. Matamos el tiempo al frescor del aire acondicionado y nos movimos de nuevo para ir a coger nuestro autobús.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Crónicas Niponas 07: Tokyo. Shibuya

25 de julio de 2013. Día 3. Parte II. Tokyo (東京都). Shibuya (渋谷区).

CAPÍTULO SÉPTIMO:
EL CRUCE DE SHIBUYA


Nos bajamos en la estación central de Tokyo y recorrimos una vez más sus ultratransitados pasillos. Cambiamos a la línea Yamanote y nos fuimos para Shibuya, el barrio que queríamos visitar en aquellas últimas horas en Tokyo, hasta que volviéramos a la ciudad al final del viaje.

En la estación de Shibuya fuimos a Información para preguntar por un cajero de Citibank, que sabíamos que funcionaba con nuestras tarjetas porque era en el que habíamos sacado en el aeropuerto. La chica que nos atendió no sólo nos dijo donde encontrar el banco, sino que nos imprimió un mapa y nos apuntó sobre éste las transcripciones de los nombres en rōmaji (caracteres latinos).

Desde los ventanales de la estación podíamos ver el famoso cruce de Shibuya, el paso de peatones más famoso del mundo. Grabé un vídeo de la locura de hormigas humanas cuando los semáforos pasaban al verde.




Bajamos a la calle para buscar el punto de quedadas clásico de Shibuya, la estatua de Hachikō. Éste era un perro que pertenecía a un profesor que vivía por la zona. Cada tarde, el fiel Hachikō iba a la estación de Shibuya a esperar a que su dueño regresara de trabajar. Cuando años después el profesor falleció, Hachikō continuó acudiendo a su cita a la estación, todos los días hasta su muerte, 11 años después.


Saludamos a la entrañable mascota y fuimos a cruzar la abarrotada intersección. Nos detuvimos a esperar junto a la calzada iluminada por las luces de neón y pantallas gigantes que me recordaban al Times Square neoyorquino. Una milésima de segundo después de que los semáforos pasaran al verde, se desataba la locura sincronizada de cientos de personas cruzando al unísono en todas direcciones.

Nos adentramos en el caos y repetimos varias veces la jugada para grabar unos vídeos. Después, nos perdimos entre los jóvenes tokyotas que llenaban las calles de aquel barrio, vestidos a la última moda. Contemplar la multitud ir y venir entre bares y escaparates era absorbente.

Buscamos el banco que nos habían indicado en la estación. Por fin conseguimos sacar yenes y nos relajamos un poco con el tema de las tarjetas. Acto seguido, deambulamos por las coloridas e iluminadas calles hasta encontrar un sitio para cenar.

Encontramos un restaurante y atraídos por las fotos de comida en la puerta, bajamos al subsuelo (en Tokyo los establecimientos raras veces están a pie de calle). Era un izakaya, que es el típico bar japonés donde se va a comer y tomar cervezas. Cenamos sushi (nigiris y makis). Delicioso.



Tras terminar de cenar, dimos otro paseo entre luces y jóvenes borrachos antes de coger el tren a Ueno.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Crónicas Niponas 06: Nikko

25 de julio de 2013. Día 3. Parte I. Nikko (日光市).

CAPÍTULO SEXTO:
EL SANTUARIO ENTRE LA NIEBLA


Aquella mañana nos despertamos mucho más tarde de lo previsto, pero la cura de sueño era justa y necesaria. El día lo íbamos a dedicar a Nikko, así que nos preparamos y fuimos a la estación de Ueno. Desde allí cogíamos un Shinkansen (tren bala) hacia Utsonomiya.

Era nuestro primer Shinkansen y cual guiris emocionados nos dedicamos a hacer un millón de fotos y vídeos a los estilizados trenes que pasaban por la estación. La puntualidad era asombrosa. Los trenes llegaban y partían en el minuto exacto. Como todo en Japón, el orden es brutal. En los andenes, había marcados en el suelo unos carriles con el número y tipo del vagón, donde la gente se iba situando a esperar. Efectivamente, cuando el tren se detenía, las puertas de los vagones coincidían exactamente con los caminitos donde esperaban los civilizados nipones.

Llegó nuestro tren y salimos puntualmente de Ueno. Recorrimos kilómetros y kilómetros de la gigantesca urbe tokyota. La ciudad no tenía fin y la miríada de edificios se extendía hasta perderse en la neblina de la polución.

Mucho tiempo después, dejamos atrás los suburbios de la capital nipona. El gris y el neón dejaron paso al verde de los paisajes del norte, que cruzábamos a toda velocidad. En la estación de Utsonomiya, cambiamos al mucho más pausado tren local de la Nikko line. Sus vías se perdían entre bosques frondosos hasta llegar a la turística población de Nikko.



Nada más salir de la estación, comenzó a llover. Nos encaminamos calle arriba, dirección a los templos, mientras buscábamos algún cajero automático. En Ueno, no habíamos conseguido sacar dinero en ningún banco. Encontramos varios cajeros, y todos nos rechazaban las tarjetas. Apenas nos quedaban unos pocos yenes en los bolsillos y nos empezamos a preocupar. Finalmente encontramos un banco donde procedimos a cambiar los euros de emergencia que llevábamos desde España.

Dejamos el acuciante problema monetario para nuestros yoes del futuro y nos pusimos de nuevo los impermeables para seguir caminando hacia el complejo de los templos bajo la llovizna. Se levantó una densa niebla, que no nos permitía ver más allá de unos metros y amortiguaba los sonidos de la ya de por sí silenciosa ciudad.

Así llegamos hasta el Shinkyō, el puente rojo sagrado, la primera de las preciosas imágenes que nos llevaríamos de Nikko. La niebla envolvía el puente solitario, rodeado de montañas boscosas y con el río Daiya-gawa pasando bajo éste. El puente es peatonal y había que pagar para acceder a él. Pero no merecía la pena, puesto que a pocos metros en paralelo había otro puente desde donde se tenía una vista estupenda del Shinkyō y el privilegiado entorno.


Cruzamos y subimos por una cuesta empedrada junto a un arroyo, que llevaba directamente al complejo de santuarios sintoístas y templos budistas. Pilares de la tradición japonesa, Sintoísmo y Budismo son las dos religiones mayoritarias del país, donde coexisten desde hace muchos siglos. No son incompatibles entre sí y por ello muchos japoneses practican ambas creencias. El Sintoísmo adora a los dioses Kami, relacionados con la naturaleza. Tiene que ver con fenómenos meteorológicos como la lluvia y conceptos como la fertilidad y la misericordia. El Budismo, a diferencia de la anterior, se ocupa de aspectos más mundanos. Más que una religión, es una filosofía o forma de vida, que trata de eliminar la insatisfacción, los miedos y el sufrimiento a través de la meditación.

Tampoco me quiero poner pesado hablando aquí de religión, pero ya que una gran parte del viaje la invertimos en visitar templos y santuarios, quería ponerme un poco en contexto.

Caminamos hacia el interior del complejo, rodeados por tupidos bosques y la espesa niebla, con paisajes que parecían sacados de una peli de Miyazaki. Nos acercamos al enorme torii de piedra que da acceso al santuario sintoísta de Tōshō-gū. La visión de aquellos primeros edificios del santuario, majestuosos y situados a diferentes alturas, quitaba el aliento. El ambiente lluvioso no desmerecía en absoluto al lugar, sino que le acompañaba a la perfección. No puedo imaginarlo de otra manera.


Los muros cubiertos por el musgo y los monumentos funerarios emergiendo entre la niebla le daban un aspecto de misterio al santuario, a pesar de la cantidad de gente que visitaba el lugar. Al ser día de diario, fundamentalmente excursiones de escolares.

Tras pasar el torii de piedra nos encontramos de frente con los almacenes sagrados, cuyas fachadas se adornan con unos relieves de elefantes un poco bizarros. Ello se debe a que el artista que los esculpió en realidad nunca había visto uno de verdad, así que se lo curró de oídas como le vino saliendo un poco del miembro.

Frente a los almacenes estaba el edificio de los establos, con el famoso relieve de los tres monos sabios del budismo, con uno tapándose las orejas, otro la boca y el tercero los ojos. Es una de las estatuas más famosas de Japón, en parte por su origen misterioso.


A escasos metros se alzaba una imponente pagoda de cinco pisos, junto a una fuente como la que puede encontrarse en la entrada de cualquier santuario sintoísta. Sobre ésta se hallan cucharones dispuestos en hilera para realizar el ritual de purificación. Éste tiene varios pasos. El primero es coger el cucharón con la mano derecha y verterlo sobre la izquierda. A continuación se repite el proceso con la otra mano. Finalmente se vuelve a llenar el cucharón en la mano derecha, se recoge el agua con la izquierda para llevarla a la boca y se escupe en el suelo junto a la fuente.


Tras otro torii y un tramo de escaleras vimos unas torres y nos descalzamos para entrar en una sala con una pintura de un dragón en el techo. Un monje golpeaba dos tubos de madera en distintos puntos de la sala. Sonaban... como dos tubos de madera chocando entre sí. La gracia estaba en que luego se situaba en el punto exacto bajo el hocico del dragón y el sonido reverberaba, que con imaginación, se asemejaba a un rugido. Venga, aceptamos dragón.

En otro de los templos, asistimos a una ceremonia sintoísta, gongs y reverencias incluidas.   Decenas de escolares japoneses escuchaban atentos, libreta bajo el brazo, donde iban rellenando disciplinadamente sus deberes.

Admiramos la puerta Yomeimon, una de las cosas más jodidamente perfectas que he visto en mi vida. La decoración de la fachada era increíblemente intrincada y detallada. Las reproducciones de animales y dragones eran impresionantes. En realidad, nunca terminas de admirar cada rincón de este santuario. Siempre había leído de lo imprescindible que era visitar Nikko en un viaje por Japón. Ahora veía el porqué.





Subimos unas largas y resbaladizas escaleras bajo altos árboles, hacia la tumba de Ieyasu, donde se encontraba un viejo árbol que era considerado sagrado. Las pasamos putas para subir, no quiero imaginar cómo se las apañaban los turistas de chanclas y sandalias. Bueno, no tengo que imaginarlo porque lo vi. Era divertido.

Tras casi dos horas recorriendo el impresionante santuario, nos marchamos porque ya íbamos con la hora pegada para coger el tren de vuelta. Había muchos más templos que visitar en Nikko, pero por desgracia los otros importantes estaban cerrados por restauración. De todas formas el complejo es tan grande que no podrían visitarse todos los templos ni en un día ni en una semana. Dimos una vuelta apresurada por algunos de éstos y volvimos hacia la estación, bajo la lluvia eterna que ya calaba bajo el impermeable.

Nos fuimos de Nikko con algunas de las imágenes más bonitas de Japón en las retinas y en la tarjeta de memoria. También me llevé el rugido del dragón, que ahora salía de mi estómago. No nos había dado tiempo a comer y pasaban las 4 de la tarde.

Viajamos en el tren de vuelta a Utsonomiya, donde en el escaso tiempo de transbordo pillamos rápidamente unos rollitos de carne y verduras y una bolsa de patatas de sabores extraños. Nuevamente cogimos el Shinkansen, merendando vorazmente de vuelta a Tokyo.

domingo, 20 de octubre de 2013

Crónicas Niponas 05: Tokyo. Roppongi

24 de julio de 2013. Día 2. Parte III. Tokyo (東京都). Roppongi (六本木).

CAPÍTULO QUINTO:
SHONEN JUMP Y LA TOKYO TOWER


En la enorme estación central de Tokyo, cada día descubríamos una cosa nueva. Aquella tarde, fue en las galerías comerciales que hay en uno de los niveles de la estación. Entre un sinfín de tiendas de dulces y golosinas, no podían faltar también las tiendas de frikadas y animes. En particular fuimos a ver la tienda de la Shonen Jump, la más famosa revista semanal de manga. Desde los años 70, en la Jump se publican algunas de las series más populares en Japón y en todo el mundo.

Allí había mangas y merchandising de todo tipo de Dragon Ball, Bleach, Naruto y como no podía ser de otra manera, el popular manganime de Eiichiro Oda. Miles de chismes y alimentos de Luffy y Chopper llenaban los estantes. No pude salir sin comprarme un par de artículos frikis a la par que inútiles como fueron la baraja de póker de One Piece y una lata de dulces con los personajes de One Piece que ahora uso de lapicero.






Pasamos el rato refugiados de la lluvia curioseando entre las tiendas de la estación y fuimos de nuevo a los andenes para ir en la Yamanote line a la estación de Hamamatsuchō, en el distrito de Roppongi.

Una vez allí fuimos a una farmacia a comprar una crema, ya que Ruth se había hecho unas rozaduras. Hacernos entender en una farmacia fue toda una odisea, como los dependientes hablaban cero inglés y nosotros cero japonés hubo que recurrir una vez más a la mímica y a señalar cosas en los libros ilustrados que nos iban sacando.

A lo lejos se veía la torre de Tokyo, iluminada en rojo y velada por el agua de la lluviosa noche. La Tokyo tower toma como modelo a la torre Eiffel, aunque es un poco más alta que la parisina. Caminamos cruzando el recinto de un templo solitario hasta llegar al pie de la torre.


El barrio se veía con bastante vida nocturna, con muchos bares y karaokes. Desde la calle podían verse algunas de las salas privadas donde los nipones cantan y beben hasta morir. El ambientillo de bares y clubs tenía buena pinta, pero empapados y cansados como estábamos, no podíamos con la vida. Decidimos irnos a dormir a nuestro pequeño hogar tokyota, así que dimos media vuelta y cogimos el tren a Ueno para volver al hostel.


sábado, 19 de octubre de 2013

Crónicas Niponas 04: Yokohama

24 de julio de 2013. Día 2. Parte II. Yokohama (横浜市).

CAPÍTULO CUARTO:
EL PUERTO DEL FUTURO


Desde Kamakura, fuimos de nuevo en la JR Yokosuka Line en dirección a Tokyo para llegar a Yokohama. Desde la estación, cogimos el metro directamente hacia Minato Mirai, literalmente “el puerto del futuro”. Es un distrito de rascacielos, centros comerciales y un parque de atracciones con una gigantesca noria.

Según lo que teníamos entendido, aquella zona suele estar bastante animada. Pero el cielo plomizo y la lluvia incesante no le daban el mejor de los aspectos. La ciudad futurista se teñía de gris y recordaba más a una distopía cyberpunk, que al amoroso lugar de citas que se puede ver en muchos animes.

Levantamos las cabezas regadas por la lluvia para admirar el rascacielos Landmark tower, el más alto del país y fuimos a dar una vuelta por la zona. La lluvia no nos dejaba disfrutar de la visita, así que fue un apresurado paseo con la noria del parque Cosmo World como telón de fondo.





Para refugiarnos del diluvio, entramos en un par de centros comerciales. Allí dentro se concentraba toda la gente que no habíamos visto en la calle. El consumismo japonés se ponía de manifiesto en las concurridas tiendas. Realmente lo más interesante de nuestra visita a Yokohama fue esto, ya que por urgencias gastrointestinales, descubrimos por primera vez los míticos retretes nipones del futuro. Asiento con calefacción, efluvios de desodorante incorporado, hilo musical con diferentes melodías para concentrarse y botones con lo que activar los chorros limpia ojetes. Toda una pieza de ingeniería al servicio de las cagadas más futuristas. Algo así sólo podía existir en Japón.



Visitamos una azucarada tienda de Hello Kitty y luego Ruth se maravilló un rato con la de Snoopy. Ella es muy fan del perro este, afición que descubrimos compartía con las japonesas, que compraban merchandising a kilos entre sonrisas de felicidad.

Visto el tiempo inclemente del exterior, decidimos dar por concluida nuestra visita a Yokohama y cogimos un ascensor transparente hacia el subsuelo. Nos montamos en el metro de vuelta a la estación de Yokohama para enlazar con el tren a Tokyo.

viernes, 18 de octubre de 2013

Crónicas Niponas 03: Kamakura

24 de julio de 2013. Día 2. Parte I. Kamakura (鎌倉市).

CAPÍTULO TERCERO:
LOS TEMPLOS DE KAMAKURA Y EL BUDA GIGANTE


La luz nos sacó del sueño temprano y tomamos un desayuno frugal antes de irnos a Kamakura, la primera de las varias excursiones que realizaríamos desde Tokyo. Preparamos las mochilas de asalto para pasar todo el día por ahí y nos fuimos hacia la estación de Ueno.

No habíamos caído en la cuenta del reloj y conocimos de primera mano los horrores de la hora punta. Los andenes estaban abarrotados de los salary-man dirigiéndose hacia sus oficinas. Es curioso ver cómo casi todos iban vestidos igual, con pantalones oscuros y camisas blancas. Entramos en el tren de la Yamanote line temiendo por nuestra vida, pero los japoneses son muy organizados y lograban lo imposible metiéndose a centenares en los vagones. Entraban de culo y todos mirando en la misma dirección, para molestar lo menos posible. No tengo dudas de que con la mitad de gente en el metro de Madrid habría habido disturbios y muertes a navajazos.

Pese a la aglomeración, no llegamos a ver a los míticos empujadores, que parece que se reservan para situaciones más extremas. En las pantallas sobre las puertas bailaban anuncios de frikadas y videojuegos, mientras los pasajeros se mecían con los trompicones del vagón como un bosque de bambú. Otros dormitaban incluso de pie, con la cabeza hacia abajo y despertando mágicamente en su parada.

En Tokyo Central los empleados de la estación dirigían el tráfico humano por distintos pasillos según el sentido en que caminaban. Aquí el orden no es sólo tradición, es supervivencia. Buscamos el andén de los trenes a Kamakura, la JR Yokosuka Line. Llegamos justo cuando uno entraba en la estación. El mismo tren contaba con distintos tipos de vagones, unos petadísimos y otros con asientos vacíos. Probamos suerte en el de los asientos, el “green car”, de donde evidentemente nos vinieron a echar muy pronto, por no estar cubiertos por el JR Pass. Eso sí, entre mil disculpas y amabilidad extrema, aunque las disculpas las debíamos nosotros.

Volvimos a los vagones petados, aunque ya habíamos pasado las peores estaciones de Tokyo y pronto se fue vaciando. Llegamos a Kamakura al cabo de una hora.

Preguntamos en la oficina de información turística de la estación. Una mujer nos dio un plano en el que venían marcados los templos principales y el Daibutsu, el gran Buda. En aquel momento no lo supimos, pero en el mapa los puntos cardinales estaban al revés, lo que poco después provocaría no pocas desorientaciones.

Pero en este país cualquiera a quien preguntes se desvive por ayudarte, así que a pesar de los puntos cardinales díscolos y los kanjis indescifrables, no nos supuso mucho problema movernos por la ciudad. Una joven familia nos indicó por dónde ir hacia los puntos de interés.

Caminamos por la calzada un barrio residencial cercano a la costa, pisando sobre las inquietantes señales de rutas de evacuación en caso de tsunami. Así llegamos al pie de una montaña boscosa, que ascendimos hasta llegar al templo budista de Hase-dera. Entre cuidados jardines y estanques con nenúfares y cascadas, se subía al precioso templo, que destacaba aún más en el privilegiado emplazamiento.

 


Pese a ser uno de los sitios más visitados de la región de Kantō, en aquella primera hora pudimos disfrutarlo casi en solitario. Recorrimos el lugar entre las miles de pequeñas estatuas de Jizo, que son muy graciosas hasta que te enteras de que las llevan allí las mujeres que han perdido a sus hijos por un aborto o a edad temprana.



Llegamos a los aledaños del templo principal, donde había estatuas a deidades budistas como Kannon. Desde allí disfrutábamos de las vistas al mar, rodeado de las montañas boscosas. Abajo, las casas de Kamakura se agolpaban en torno a la costa.






El cielo cubierto de nubes amenazaba lluvia más pronto que tarde, por lo que no nos demoramos más en Hase-dera y nos dirigimos hacia el Daibutsu, a unos 10 minutos a pie. De camino visitamos una tienda de katanas. El dueño tras el mostrador nos llamaba mientras desenvainaba una espada decapitadora de samuráis. Sabíamos que queríamos una, pero fuimos fuertes y huimos.

Entramos en el templo de Kōtoku-in, totalmente impresionados por la estatua gigante de Buda que se erguía meditando frente a nosotros. La impresionante escultura de bronce mide más de 13 metros y pesa unas 93 toneladas. Permanecimos un rato admirando la estatua entre riadas de visitantes japoneses.




Abandonamos el recinto y nos dimos otra larga caminata entre tranquilos barrios de casitas hasta llegar de nuevo a la estación de JR. Tomamos una tranquila calle comercial con hilo musical y compramos unas manzanas, antes de dirigirnos hacia Tsurugaoka Hachiman-gū, un santuario sintoísta.

Los estanques cubiertos de flores de loto enmarcaban una amplia explanada. Avanzando por ésta, se llegaba hasta unas altas escaleras, que subían hacia el gran templo que dominaba el complejo. Sin duda uno de los lugares imprescindibles de ver en Kamakura. Estaba muy concurrido y la gente no dejaba de acercarse al templo a echar donativos. Muchos, luego anudaban el papelito con la suerte a unas cuerdas dispuestas junto al templo. Empezó a llover y sacamos los chubasqueros, aunque a ratos nos los teníamos que quitar. Hacía demasiado calor para la capa extra de plástico.





Volvimos sobre nuestros pasos buscando algún sitio para comer. Una amable anciana que enseñaba un menú en la calle nos guió a un pequeño restaurante, donde pedimos sendos platos de oyakodon, un contundente y delicioso arroz con huevo y pollo. Ruth aprovechaba para seguir practicando su japonés, aunque confundía Konnichiwa con Arigato, así que siempre iba saludando a todo el mundo múltiples veces, nos echábamos unas buenas risas.

Después de comer regresamos a la estación. Aún quedaba mucho día por delante y pensábamos sacar todo el partido a Japón y al JR Pass. Siguiente parada: Yokohama.