domingo, 2 de diciembre de 2012

La ruta maya 14: Playa del Carmen - Cancún - Madrid

3 de agosto de 2012. Día 14. Playa del Carmen – Cancún – Madrid

EPÍLOGO:
LA VUELTA


Una vez más, había llegado el momento. Hacer las mochilas por última vez y emprender el regreso a casa. La aventura mexicana tocaba a su fin, al menos para Ruth y para mí. Mi hermana Belén se quedaba en México, con su buceo, sus bichos y su vida.

Pasamos la mañana en la playa, tomándonos las últimas Sol al sol mientras contemplábamos el mar en calma, repasábamos los momentos estelares del viaje y charlábamos de nada y de todo. Tocaba viajar a Cancún, el punto de inicio de nuestro periplo, para desde allí agarrar un avión que nos devolviese a un país al que teníamos pocas ganas de volver.

Nos despedimos de Belén en la estación de autobuses. Costaba hacerse a la idea de estar otra vez meses sin vernos tras aquellas dos semanas viajando juntos. De la selva chiapaneca a las playas de Yucatán. Eran muchos los momentos, muchas las anécdotas que he intentado plasmar en las páginas de este diario, que ahora termina. La última página es melancólica, siempre lo es.

Tras la espera en el aeropuerto de Cancún, volamos en la noche por cielos relampagueantes. Las tormentas tropicales hacían temblar el avión y los fogonazos iluminaban Cuba, allí abajo, mientras el avión se desviaba para escapar de las turbulencias.

Recordé México mientras el siguiente viaje se iba colando en mi cabeza. El verano aún no había acabado y aún quedaban más viajes por delante.

Ésta fue la historia del último.

La ruta maya 13: Playa del Carmen – Cozumel - Playa del Carmen

2 de agosto de 2012. Día 13. Playa del Carmen – Cozumel – Playa del Carmen

CAPÍTULO DECIMOTERCERO:
VUELTA A COZUMEL EN TARTANA


A medida que nos acercábamos al embarcadero, los cazatalentos eran más agresivos. Queríamos visitar Cozumel por nuestra cuenta, así que escapamos como pudimos del asedio y alcanzamos el ferry. Tras unos 40 minutos de navegación, pusimos pie en la pequeña isla frente a las costas de Playa del Carmen.

Enseguida localizamos un sitio donde alquilar un coche para dar la vuelta a la isla. Belén sería la encargada de conducirlo, al ser la única con carnet. El sustantivo coche le venía grande a aquella cosa que nos entregaron. Una especie de jeep descapotable, con más años que el cagar. No tenía matrícula ni cinturones de seguridad. Según palabras textuales de los de la agencia de alquiler, “no hacen falta si vas a menos de 50”.

Nos dieron algunas indicaciones de cómo recorrer la isla, la gasolina necesaria y demás datos prácticos de supervivencia y enseguida nos entregamos al caos circulatorio de San Miguel de Cozumel, con coches y peatones abalanzándose hacia nosotros. Salimos del pueblo y paramos a repostar en la gasolinera, para continuar por la vieja carretera, llena de socavones, que daba la vuelta a la isla.

Tomamos un camino hacia una playa que nos había recomendado el de la agencia. Nos encontramos con un restaurante que daba a una playa privada, pero ya nos estaban pidiendo consumiciones para poder utilizarla, así que salimos de allí pocos minutos después. Seguimos la carretera a lo desconocido hasta llegar frente al arrecife del Palancar. Aparcamos la tartana junto a una laguna. Unos carteles advertían de la presencia de cocodrilos, por lo que nos dimos prisa en ir hacia la playa.

Nos metimos en aquellas aguas cristalinas y poco profundas. Había que alejarse un buen trecho de la orilla para que empezase a cubrir. Nos equipamos con las gafas de snorkel para contemplar la multitud de peces de colores que habitaban aquellas aguas. Era fácil entender por qué Cozumel se considera un paraíso para el buceo, aunque al estar aún lejos del arrecife, nosotros tan sólo estábamos viendo una pequeña muestra.



Los bancos de peces te rodeaban en cuanto te quedabas inmóvil, quizás con demasiada confianza que en el caso de Belén se tornó en agresividad, cuando uno de éstos le mordió inesperadamente. Comimos en un pequeño chiringuito junto a la playa, antes de continuar el viaje en nuestro poco fiable vehículo. El indicador de gasolina marcaba cero. Debía estar estropeado, porque habíamos llenado el depósito con la cantidad que nos habían recomendado. O eso, o estábamos a punto de quedarnos tirados. Desde aquel instante, viajamos con esa incertidumbre.

Seguimos dando la vuelta a la isla, divisando bonitas calas y orillas rocosas, con el sol sobre nuestras cabezas, el viento en nuestras caras y las avispas en nuestras pieles. Belén fue víctima del segundo ataque por fauna autóctona del día. Detuvimos el vehículo tras la picadura, para encontrarnos a la avispa sanguinaria arrastrándose por la tapicería del asiento con las tripas fuera. El aguijón estaba clavado en la pierna de Belén.

Nos habíamos detenido junto a las playas de Chen Río, en el extremo este de la isla. Nos pegamos un baño con precauciones, pues dominaba un fuerte oleaje y había que tener cuidado con las corrientes traicioneras.

Volvimos al coche, que era rodeado por gran número de zopilotes como en Los Pájaros de Hitchcock. Ante el riesgo del tercer ataque animal a nuestra conductora, salimos de allí. Ya se nos iba agotando el tiempo para coger el último ferry de vuelta a Playa, así que volvimos a San Miguel por la carretera que atravesaba la isla, partiéndola en dos.

Una vez de vuelta en San Miguel de Cozumel, devolvimos el coche en la agencia, donde nos quisieron timar con el tema de la gasolina. Después fuimos a tomarnos algo mientras esperábamos al barco que nos llevaría de regreso a Playa del Carmen. El sol empezaba su descenso sobre aguas de colores siempre cambiantes.

Por la noche fuimos a cenar al ya conocido restaurante de los semipaisanos de Ruth. A esta cena invitaba mi madre, y así desde el lejano Badajoz allende los mares, era también partícipe de esta pequeña reunión familiar. Regamos las pizzas con cerveza y seguimos con unos generosos postres italianos. Para terminar, nos invitaron a unos tequilas. Brindamos igual que aquella primera noche recién llegados a Cancún, hacía ya dos semanas. Se cerraba el círculo.

La ruta maya 12: Playa del Carmen – Chichén Itzá – Ik Kil – Valladolid – Playa del Carmen

1 de agosto de 2012. Día 12. Playa del Carmen – Chichén Itzá – Ik Kil – Valladolid – Playa del Carmen

CAPÍTULO DUODÉCIMO:
LA CHUCHI VISITA CHICHÉN ITZÁ


Poco antes de las 8 de la mañana, Ruth y yo esperábamos al autobús donde nos habían indicado. Por falta de tiempo, no nos había quedado otra que recurrir a una excursión organizada para llegar hasta Chichén Itzá. Belén prescindía otra vez de ruinas mayas y se quedó en Playa para bucear por allí.

El autobús salió enseguida por la carretera a Tulum, recogiendo a su paso más gente de resorts varios. Así tuvimos oportunidad de ver un poco más de cerca algunos de estos lujosos complejos, que solían caracterizarse por su exagerada ostentación y nulo respeto por el medio ambiente.

Tras unas 3 horas de camino, llegamos a Chichén Itzá, que como no podía ser de otra manera, estaba atestado de visitantes. Fuimos con nuestro rebaño a que el guía nos proporcionase las entradas y accedimos al lugar. Tras pasar por un camino rodeado de árboles, nos hallamos ante una gran explanada. Frente a nosotros nos recibía, imponente, la enorme pirámide de Kukulkán.

Quizás el impacto no fue tan grande como esperábamos tras haber pasado por las ruinas de Palenque, pero no por ello dejamos de impresionarnos ante el tamaño y perfección de la gigantesca construcción. El templo de Kukulkán data del siglo XII y es uno de los grandes exponentes de los conocimientos de arquitectura y astronomía de la antigua civilización maya. Sintiéndonos pequeños, admiramos el lugar. En torno a la pirámide, otros edificios se extendían, relucientes bajo el caluroso sol de mediodía. La ciudad de Chichén Itzá.




En este momento conviene presentar a un nuevo personaje. La Chuchi. El nombre no se lo he puesto yo, era como la llamaba el tonto del marido. Pero paso a presentarla. La Chuchi era una pija española de manual, que había surgido de las tinieblas de un resort de pulsera. Rubia teñida con pareo a juego y collar de hierros mayas que hubieran sido la envidia del mismo Pakal. Cómo soportaba el calor de los hierros mayas en la pechera bajo el sol tropical, no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que no hacía falta que se cubriera la cabeza, pues no había nada que proteger en su interior.

Mientras se embadurnaba de repelente a pesar de la total ausencia de mosquitos en ese momento, la Chuchi hacía gala del mejor humor involuntario con continuos comentarios, a cuál más estúpido. Se sucedieron así ocurrentes bromas sobre genocidios al pueblo indígena, o preguntas al guía del estilo “para qué sirve un templo”. El guía se tomaba unos segundos en responderle, atónito, mientras analizaba si aquello se trataba de una broma. Porque la sed de conocimientos de la Chuchi era inagotable. Y no es de extrañar, porque no tenía ninguno.

Los hierros mayas de la valenciana a estas alturas estaban incandescentes. Esto desembocó en quejas y resoplidos de la Chuchi hacia el tonto de su marido, a quien envió a comprar unas telas con bordados al puesto de artesanía de una anciana, para secarse el sudor. Chuchi, hija de puta, por lo menos no lo hagas delante de la mujer, que habrá pasado horas tejiendo para verte hacer eso.

Vimos el inquietante muro de las calaveras, las ruinas del recinto de juego de pelota y el templo de las mil columnas. Caminamos entre las ruinas, haciendo fotografías e intentando asimilar lo que el guía nos contaba sobre aquellos vestigios mayas. Pero Ruth y yo no podíamos parar de descojonarnos cada vez que la Chuchi abría la boca. Esto tan sólo acarreó consecuencias funestas, ya que ésta se creció y los chistacos crecieron en número, alimentando así una espiral de la muerte que nos obligó a tenernos que rezagar de la excursión para tranquilizarnos.




Tras un largo paseo, terminamos frente al majestuoso edificio del observatorio, desde cuya torre nos observaba un zopilote. Había muchísimo que ver en Chichén Itzá. Costaba creer que esta ciudad hubiera sido abandonada, pero el declive maya llegó antes que los españoles, y cuando éstos vieron este lugar con sus propios ojos, ya estaba cubierto por la selva.



Compramos algún recuerdo en los puestos de artesanía y nos fuimos hacia el autobús, que nos llevó a continuación a un buffet libre para comer, mientras bailarines giraban al son de música tradicional con botellas y bandejas sobre la cabeza.

Tras la comida, nos llevaron a un cenote, Ik Kil. Ya nos olíamos algo raro al ver un parking lleno de autobuses, tiendas de regalos y caminos asfaltados, pero no esperábamos tal masificación. El cenote en sí era espectacular, con aquel profundo cráter al que caían enredaderas y pequeñas cascadas. Pero estaba a rebosar de gente, que se agolpaba para salir del agua como lemmings o tenía que hacer cola para pegarse un chapuzón. Se nos quitaron las ganas de bañarnos.



La siguiente y última parada de la excursión fue la pequeña ciudad de Valladolid, de la que no pudimos ver mucho más que su iglesia y agradable plaza. No tuvimos mucho tiempo, pero nos causó buena impresión.



Concluida la visita, el autobusero hubo de esperar a los Chuchis por enésima vez y finalmente partimos de regreso a Playa del Carmen, donde llegamos cuando la noche ya había caído. Nos reunimos con Belén en el hotel y nos fuimos los tres a cenar a una pizzería. Nos pusimos al día de nuestras respectivas andanzas y planeamos la visita del día siguiente a Cozumel. Faltaba tan sólo un día más para volver a casa, pero aún no queríamos pensar en ello.