domingo, 25 de noviembre de 2012

La ruta maya 11: Tulum - Playa del Carmen

31 de julio de 2012. Día 11. Tulum – Playa del Carmen

CAPÍTULO UNDÉCIMO:
PLAYA


Preparamos los macutos una vez más. Nos íbamos a Playa del Carmen, donde nos alojaríamos los últimos días en México. Nos despedimos de todo el mundo en el hostel, que nos trataban casi como si fuéramos de la familia. Iré allí sin duda si alguna vez vuelvo a Tulum.

Belén se fue a bucear al cenote Dos Ojos mientras Ruth y yo fuimos tirando hacia Playa, donde nos encontraríamos por la tarde. En colectivo el viaje duró cerca de una hora. Fuimos directos al pequeño hotel que habíamos reservado, llamado Hotel Colorado. Estaba bien situado y era muy barato. Íbamos con miedo respecto a los alojamientos en Playa del Carmen pero la verdad es que acertamos. Aún era temprano para hacer el check-in, así que dejamos las mochilas y nos fuimos calle abajo hacia la playa.

A primera vista la playa nos gustó menos que las de Tulum. Se veía más masificada y con mucho rollo turístico de barquitos y tumbonas. Pero cierto es que Tulum jugaba en otra liga y aun así, aquella playa de Playa, era excelente. Ante la escasez de palmeras, alquilamos una sombrilla para evitar chamuscamientos nuevos, o reincidir en los anteriores. Pasamos allí el resto de la mañana entre chapuzones varios y algo de snorkel, no hay mucho que contar y pretendo resumir.



Por la tarde nos dedicamos a pasear por la Quinta Avenida, que es lo que se suele hacer en Playa del Carmen, y es bastante lamentable. Fue en aquel momento cuando pudimos conocer mejor la ciudad y nos dimos cuenta de que mayormente era una puta mierda. Aquella calle turística era el mal. Franquicias de marcas internacionales, souvenirs con los precios en dólares americanos, cajeros automáticos en cada esquina, touroperadoras, discotecas y hoteles con pulsera. Era demasiado diferente de lo que habíamos visitado en México hasta entonces.

Nunca debimos habernos movido de Tulum. Pero el mal estaba hecho, así que intentamos mitigarlo con un paseo por la playa al atardecer. Nos sentamos junto a la orilla. El mar azul fue tornándose negro, con una luna llena arrancando destellos del agua en calma.

Nos regresamos, como dicen en México, al hotel. Allí nos esperaba ya Belén, que volvía flipada del cenote, nos estuvo contando sus aventuras submarinas y acto seguido cayó dormida en su cama. Un poco más tarde Ruth y yo salimos a cenar. Bastaba alejarse un poco de la Quinta Avenida para que los precios bajasen a la mitad, y en la calle 4 localizamos un restaurante italiano donde Ruth pudo hablar en su idioma favorito con sus semipaisanos.

Disfrutamos de unas ricas pizzas y terminamos la jornada brindando entre limoncellos y tequilas.


La ruta maya 10: Tulum - Akumal - Tulum

30 de julio de 2012. Día 10. Tulum – Akumal – Tulum

CAPÍTULO DÉCIMO:
NADAR CON TORTUGAS


Nos levantamos antes de las 8 para ir a visitar las ruinas de Tulum antes de que llegaran las hordas de turistas. Salimos a desayunar, plato de fruta variada hasta arriba, zumo de papaya y unos pancakes. Los desayunos eran otra de las grandes ventajas de aquel hostel.

Belén se fue directamente a Akumal a bucear y quedamos con ella un poco más tarde por allí. Ruth y yo nos fuimos caminando hacia las ruinas. Las quemaduras que me había hecho en la espalda un par de días antes en la playa causaban ahora estragos. El fuerte calor me hacía sudar más a cada momento, la camiseta se pegaba a la piel y el picor de espalda era insoportable.

Aguanté entre sufrimientos la caminata hasta entrar en el recinto. Seguimos un sendero muy frecuentado por iguanas, que salían de entre los árboles a tomar el sol. A pesar de nuestra previsión, habían llegado ya manadas de turistas organizados y madrugadores, por lo que decidimos hacer la visita en orden inverso al que veíamos hacer a las excursiones.

Caminamos junto a los acantilados, admirando las ruinas que miraban al mar desde aquel lugar privilegiado. Enormes iguanas campaban entre las ruinas. Seguimos la línea de la costa junto a las viejas construcciones mayas. Abajo rompían las olas, suaves en un mar en calma que devolvía los rayos del sol. Algunas pequeñas playas se dejaban ver allá abajo, pero nos contuvimos, ya que en cuanto termináramos nos iríamos directos a la playa. Traté de evadirme del picor de espalda que me atormentaba.





No aguantábamos mucho el calor que estaba haciendo, por lo que la visita fue bastante somera. Dejamos atrás mar, ruinas e iguanas y volvimos sobre nuestros pasos hacia la carretera. Joaquín, el barbudo hijo de Chelo, nos había estado asesorando sobre nuestra excursión a Akumal, y nos dijo que en la carretera frente al hostel podíamos parar algún colectivo hacia allá.

Tuvimos suerte y enseguida pasó la furgoneta esperada. Entramos para descubrir con sorpresa que había aire acondicionado. Nada que ver la zona de Riviera Maya con Chiapas, se nota donde hay turismo y dinero. La carretera también era bien distinta. A toda velocidad, nos dirigimos a Akumal bajo un cambio de temperatura extremo. Nuestras camisetas empapadas en sudor no tardaron en formar carámbanos de hielo por acción del aire acondicionado.

Nos bajamos unos 20 kilómetros más allá, en una parada junto a la carretera. Desde allí seguimos un sendero durante 10 minutos hasta alcanzar la bahía. Recorrimos la playa buscando la sombra de alguna palmera desocupada y me fui rápidamente al agua. El alivio para mi espalda quemada fue casi orgásmico. Nadamos un rato y después fuimos a buscar a Belén, que nos había mandado un sms para avisarnos de dónde estaba.

La playa de Akumal es conocida por ser lugar de desove de tortugas marinas, que frecuentan sus aguas. Mi hermana era la experta, así que sería la encargada de guiarnos en busca de las tortugas y demás fauna marina. Fui con ella en primer lugar, mientras Ruth se quedaba en la playa con las cosas.

Me puse las aletas y el equipo de snorkel que había alquilado en el albergue y seguí a Belén por el agua. No tuvimos que alejarnos mucho de la orilla para empezar a encontrarnos con bancos de peces de colores diversos. También vi una manta raya nadando en el fondo. Belén tenía una carcasa submarina para su cámara, por lo que podía ir sacando fotos bajo el agua, que ilustran este capítulo.
   
Era impresionante la cantidad de vida que había. Entre la orilla y el arrecife, el fondo estaba cubierto de algas y hierbas entre la que se movían pequeños peces. Y enseguida tuve oportunidad de ver la primera tortuga gigante. Allí mismo, sacando la cabeza para tomar aire y nadando junto a nosotros.

Seguimos alejándonos de la playa hacia mar adentro, donde pudimos ver muchas más de estas tortugas bajo el agua, aún más grandes que la anterior. La experiencia era increíble y nunca te cansabas de mirarlas. Había que tener cuidado de no acercarse demasiado si no querías perder alguna extremidad, pero por lo demás no nos hacían ni puto caso. Allí estaban, comiendo hierba del fondo y de cuando en cuando nadando hacia la superficie para respirar.



Envidié su resistencia, mis barbas impedían que sellara bien el tubo de snorkel y tenía que bucear a pulmón para no tragar agua salada. Nadamos entre tortugas hasta alcanzar el comienzo del arrecife, donde miles de peces llenaban el fondo de colores.

Nos agarramos a una boya para recuperar aliento antes de empezar el largo regreso hacia la orilla, que habíamos dejado bien lejos. Salimos del agua para encontrarnos a una Ruth cabreada porque nos habíamos estado como una hora y dejándola allí aburrida con las cosas. Pero ella fue la siguiente en hacer el tour marino con la incansable Belén y me tuvo que dar la razón, la experiencia de nadar con las tortugas era la hostia.

Esta vez me quedé yo custodiando nuestras pertenencias mientras ellas nadaban. Me senté bajo la palmera contemplando el mar moteado de grupos dispersos haciendo snorkel.

Comimos en un chiringuito que había junto a la entrada a la playa. Nos pusieron los habituales totopos infinitos y esta vez me pedí una hamburguesa gigante que dejaba a las de las cadenas de comida rápida en evidencia. Después de comer, íbamos ya de regreso a la carretera para parar un colectivo a Tulum cuando cambiamos de idea a mitad de camino y dimos la vuelta para poder disfrutar un rato ya de aquella playa que tanto nos había gustado. Al menos el paseo estúpido no fue en balde, aprovechamos para ir a un supermercado a por agua y aftersun para las quemaduras que me afligían.

Volvimos a la arena en busca de otra palmera que diera sombra, pero pronto dejó de ser necesaria. Una nube traicionera adelantó el atardecer. Aún así, dio tiempo a otro largo baño donde poder volver a ver las tortugas. A esas alturas de la tarde hacía más frío fuera que dentro del agua. Decidimos ir ya definitivamente a por el colectivo, pero un astuto taxista nos abordó en el camino. Nos llevaba a los tres por el mismo precio. Trato hecho y en poco rato estábamos de regreso en el albergue. Con las tortugas aún nadando en nuestras retinas, pasamos nuestra última noche en Tulum.

sábado, 24 de noviembre de 2012

La ruta maya 09: Tulum

29 de julio de 2012. Día 9. Tulum

CAPÍTULO NOVENO:
EL GRAN CENOTE


El día amaneció turbulento. No en el cielo, donde lucía un sol espléndido, sino en el estómago de Ruth, que había pasado una noche de perros.

Decidimos esperar a que mejorase un poco. Se quedó descansando en la cabaña mientras Belén y yo fuimos a desayunar antes de que se nos pasase la hora. Comimos un generoso plato de frutas con plátano, mango, sandía, papaya... Después otro plataco de tacos dorados con papas. Nos pusimos hasta el ojete mientras hablábamos con los habitantes de las cabañas vecinas, de Argentina, Colombia y Miami.

Nos quedamos por el hostel mientras Ruth se recuperaba. Belén encontró en su botiquín un sobre de suero para mezclar con el agua, que Ruth bebía a sorbitos con cara de asco. Más de espíritu que de cuerpo, acabó por mejorar un poco y se animó a que fuéramos a ver un cenote en plan tranquilo.

No estaba el panorama para pedalear a lo verano azul como en la jornada anterior, así que optamos por agarrar un taxi que nos apañaron desde el albergue. Nos fuimos hacia el Gran Cenote y quedamos con el taxista para que nos recogiera en tres horas.

Tomamos un sendero para bajar al lugar, previo pago de 100 pesos por cabeza. Un cenote es una especie de pozo con agua manantial, que surge en cavernas tras los derrumbes de techo de una o más cuevas. Abundan por esta zona de México, y el que habíamos elegido visitar era uno de los más grandes de la zona. Yo nunca había visto nada igual. Admiramos el cenote, con las aguas cristalinas moviendo reflejos azules bajo cuevas de estalactitas.



Enseguida nos metimos en las frescas aguas con las gafas de buceo. Snorkeleamos y buceamos bajo las cuevas. Era increíble la profundidad de algunas zonas, donde podíamos ver estalactitas gigantescas y buzos con linternas allá abajo, a muchos metros de profundidad. Aparte de las caprichosas formaciones geológicas, valía la pena contemplar la vida que llenaba el lugar, con multitud de peces y también pequeñas tortugas esquivas.

La paz y quietud del lugar sólo era perturbada por un niño asalvajado que se jugaba la cabeza tirándose desde lo alto. Ruth revivió por momentos con el frío baño. Estaba encantada con el sitio.

Salimos del agua y nos sentamos a la sombra sobre una plataforma de madera, mientras mirábamos entretenidos los quehaceres de las tortuguitas. Cuando nos dimos por satisfechos, dejamos el cenote y caminamos hasta un bar que habíamos visto a la entrada. Belén y yo comimos unas quesadillas y Ruth arroz blanco para su maltrecho estómago.

La tarde la pasamos vagueando en el albergue. Belén se fue a explorar y buscar bichos por los alrededores y Ruth y yo pasamos las horas en la cabaña o tumbados en las hamacas siendo observados por lagartijas y mariposas de un tamaño inquietante.

Más tarde jugamos a las cartas del Exploradores y yo intenté poner al día el diario. Nos dormimos pronto.

domingo, 18 de noviembre de 2012

La ruta maya 08: Tulum

28 de julio de 2012. Día 8. Tulum

CAPÍTULO OCTAVO:
VERANO AZUL TULUM


Despegamos los cuerpos entumecidos de los asientos del autobús. Tras infinitas horas de viaje habíamos llegado a Tulum, en Quintana Roo.

Sacamos nuestras mochilas y cruzamos la calle de la estación para ir a desayunar unos chilaquiles y licuados de frutas varias. Después agarramos un taxi hacia el albergue que habíamos reservado, que estaba un poco en medio de ninguna parte, a un lado de la carretera que lleva hasta Tulum pueblo. Se llamaba Posada Los Mapaches.

Llamamos a la puerta bajo un panal de avispas gigantes que vigilábamos con inquietud. En un momento apareció Chelo, la dueña. El recibimiento fue un poco como si acabáramos de salir de un apocalipsis nuclear. Rápidamente nos hizo quitarnos las mochilas para llevarlas a desinfectar. Temía que en nuestros macutos llevásemos un parásito devorador de colchones.

El lugar no era un hostel al uso, sino que más bien era un complejo de cabañas entre árboles. Como por la hora aún no podíamos hacer el check-in aprovechamos para tumbarnos un rato en unas hamacas. Luego nos dieron la llave de la cabaña y una bicicleta a cada uno, con sus respectivos chalecos y luces por si las usábamos de noche. También me hice con unas gafas y tubo para snorkelear. Chelo nos estuvo hablando sobre todo lo que podíamos ver y hacer en los alrededores y también nos dio un mapa con las playas y cenotes de la zona.

Tras dejar nuestro equipaje desparasitado en la cabaña, nos fuimos en las bicis en busca de la playa. Pedaleamos por un camino entre árboles y transitado por iguanas. Pasamos la entrada a las ruinas y seguimos por el camino hasta alcanzar la costa. Amarramos las bicis en el exterior de un pequeño complejo de cabañas, que cruzamos para llegar a la playa. La fina arena blanca estaba desierta, bañada por aguas color verde turquesa. La llaman Playa Paraíso y hace honor a su nombre.

Hicimos campamento a la sombra de una palmera. Las ruinas de un templo maya asomaban en el acantilado del fondo. Disfrutamos de las cálidas aguas y buceamos sobre el arrecife lleno de peces de colores. Belén se fue a bucear y Ruth y yo nos bebimos unas Coronas bien frías frente a la orilla.

Así pasamos la jornada, holgazaneando en la arena y bañándonos entre peces y algas arrastradas por la marea. Era el mejor descanso tras los días de selva y caminatas.

sábado, 10 de noviembre de 2012

La ruta maya 07: San Cristóbal de las Casas - San Juan Chamula - San Cristóbal de las Casas - Tulum

27 de julio de 2012. Día 7. San Cristóbal de las Casas – San Juan Chamula – San Cristóbal de las Casas – Tulum

CAPÍTULO SÉPTIMO:
EL TEMPLO BIZARRO


Últimas horas en Chiapas. Queríamos aprovechar para hacer una pequeña excursión al pueblo de San Juan Chamula, habitado por distintas etnias mayas que viven en la sierra de Chiapas. Esta población indígena está a unos 10 kilómetros de San Cristóbal, por lo que nos daba tiempo a visitarla y estar de vuelta por la tarde para el autobús a Tulum.

Recogimos todo y dejamos las mochilas en un cuarto almacén del hostel. Salimos a la calle y seguimos las indicaciones que nos habían dado para localizar la parada del colectivo, en la calle Honduras, a un par de cuadras del mercado. La calle estaba atestada de coches y furgonetas que salían hacia los pueblos de alrededores. Bajamos entre el caos de gente y vehículos hasta encontrar el transporte que buscábamos. Un pequeño cartel descolorido indicaba el lugar.

Nos apretamos en los asientos y llegamos al pueblo al cabo de algo más de media hora. Nos bajamos en la plaza central. De aquel punto partían las vías principales del pueblo, en las que se agolpaban un sinfín de puestos de artesanía en largas hileras. Pero el punto de principal interés, la iglesia, se alzaba en un extremo de la plaza. El clero fue expulsado de allí por los chamulas en el siglo XIX, de modo que allí practican sus propios ritos. Los gringos deben pagar una pequeña cantidad para poder acceder, así que nos acercamos a la pequeña oficina de turismo a por los boletos.



Antes de entrar nos advirtieron de la prohibición de hacer fotos en el interior. Los chamulas creen que fotografiándoles les robas el alma y al parecer se toman muy en serio los incumplimientos de dicha ley. No es para tomárselo a broma. Respetamos la norma y no sacamos las cámaras de su funda durante la visita al interior del templo, por lo que trataré de describirlo lo mejor que pueda.

Nada más franquear la puerta, todos los sentidos reciben el impacto. Los ojos tardan unos segundos en adaptarse a la opresiva oscuridad. El espacio es diáfano, sin bancos ni columnas. El suelo está cubierto por un manto de agujas de pino y del techo cuelgan unas telas oscurecidas por el humo. Apenas entra luz del exterior, tan sólo hay unas diminutas ventanas pegadas al techo. La estancia está iluminada por la luz de miles de velas, dispuestas en hileras junto a los santos que llegan a tapar por completo las paredes. Las velas están pegadas al suelo por su propia cera. Un intenso olor a humo, sudor, cera, incienso y humedad impregna el ambiente. Gente postrada sobre la alfombra de agujas de pino reza en voz alta, bebe, canta, fuma, toca música o le retuerce el pescuezo a su gallina para los sacrificios de sangre.

Los lugareños siguen con sus ritos ajenos a los visitantes. Encienden alguna vela y murmuran sus plegarias. Ante ellos en el suelo hay botellas de refresco. El espeso humo marea, y en conjunción con el continuo murmullo, ejerce un efecto hipnótico. En el altar del fondo del templo, la figura de san Juan Bautista ocupa un lugar más prominente que el propio Jesucristo. Los santos que se agolpan en las paredes llevan colgados un pequeño espejo, que enturbiados por el humo, reflejan la luz de las velas.

Todo se impregnaba de un halo de irrealidad. Nunca habíamos visto nada remotamente parecido y sin duda es uno de los lugares más extraños en los que jamás he estado. Colocados y con los ojos llorosos por el humo, salimos de nuevo al exterior. Un hombre se dedicaba a tirar petardos hacia arriba junto a la puerta de la iglesia. La mitad de éstos le explotaban en la mano, pero parecía estar en una especie de trance. Era otro mundo.

Tras la impactante visita, paseamos entre los puestos de artesanía indígena, llenos de distintas piezas de vestuario, adornos y también reproducciones del subcomandante Marcos y otras personalidades del EZLN.


Pasado mediodía, decidimos volver a San Cristóbal. En el colectivo coincidimos con un señor con sombrero vaquero, que había venido con nosotros en el viaje de ida. Comenzamos a charlar con él y la conversación fue por derroteros varios, incluyendo algún momento incómodo cuando insistía en preguntar sobre lo que ganábamos en España, lo que nos había costado el pasaje a México, y otras preguntas que por seguridad es mejor evadir. Luego se interesó por la compra de armas en España, cuando repusimos que era ilegal salvo para cazadores y otras personas con licencia, se quedó flasheado. Un minuto de reloj mirándonos fijamente, en silencio. En fin, aquello era mundo bizarro.

Una fuerte lluvia comenzó a caer cuando nos acercábamos a San Cristóbal. La lluvia velaba el paisaje mientras permanecíamos largo rato en un atasco incomprensible. Finalmente llegamos al parking de los colectivos y desde allí caminamos bajo la lluvia hasta el restaurante del los zapatistas donde habíamos comido el día anterior.

Como antesala a un viaje movido entre las curvas de la serranía de Chiapas, dejé a un lado por un día la cocina mexicana y me decanté por una milanesa de pollo. Ruth hizo lo propio y Belén pidió un plato de pasta.

Fuimos al albergue a por las mochilas. Entre tanto, Belén consiguió una caja con la que se lió a empaquetar las cosas que había comprado para enviarlas a su casa por correo. Cogimos los macutos y la caja de Belén y nos fuimos calle abajo. Como la estación quedaba lejos e íbamos tan cargados, paramos un taxi que por 30 pesos nos dejó en la estación de ADO.

En la estafeta de la estación Belén por fin pudo enviar sus trastos. Esperamos al autobús en la abarrotada estación. Unos grandes ventiladores oscilaban de lado a lado para intentar aliviar el calor que hacía en el edificio. Al poco tiempo descubrimos que compartíamos bus con el Aguador, el archienemigo de Ruth, que se sentó delante de ella justo igual que en la lancha. Si se dedicó a verterle encima o no los refrescos de manzana que regalaban al subir al autocar, nunca lo supe. Yo me calcé dos pastillas antipotas y caí dormido poco después de salir.

Dejábamos atrás Chiapas por la misma carretera de la muerte que había sufrido un par de días antes. Terminaba la primera etapa del viaje. La noche arropó al autobús mientras dormíamos recostados en los asientos. El autobús giró y saltó durante horas, siempre hacia el norte.

viernes, 9 de noviembre de 2012

La ruta maya 06: San Cristóbal de las Casas - Cañón del Sumidero - Chiapa de Corzo - San Cristóbal de las Casas

26 de julio de 2012. Día 6. San Cristóbal de las Casas – Cañón del Sumidero – Chiapa del Corzo – San Cristóbal de las Casas

CAPÍTULO SEXTO:
NAVEGANDO ENTRE COCODRILOS


Amanecimos con la fresca mañanera y el canto de los gallos. Así empezaba el día en aquel apartado barrio de San Cristóbal. Salimos al agradable patio de la posada y desayunamos algo de fruta y unas tostadas. En un rato llegó el colectivo que nos llevaría al Cañón del Sumidero. Habíamos contratado una excursión en el albergue el día anterior.

Ingerí las pastillacas mexicanas para el mareo, en previsión de otra carretera chiapaneca de curvas y baches. Cuando empezamos a subir por la sierra, yo ya caí sedado en brazos de Morfeo. Elipsis temporal. Desperté junto al agua del Cañón. Somnoliento, corrí entre la gente a ponernos los chalecos salvavidas. Sin duda útiles en caso de hundimiento para flotar hacia las fauces de los cocodrilos.

Nos montamos en la lancha y empezamos la travesía a lo largo de 42 kilómetros del cañón. Los altísimos acantilados se elevan hasta unos 1000 metros de altura sobre el río Grijalva y hacen de este lugar una de las más impresionantes formaciones naturales del continente americano. Navegamos a toda velocidad entre el gigantesco pasillo de acantilados, que me recordaba a algún fiordo noruego. Las aguas bajaban turbias y revueltas debido a la estación lluviosa.

No tardamos en ver el primer cocodrilo, contemplándonos impasible desde una roca, mientras la barca se acercaba para que pudiéramos apreciarlo mejor. Era un ejemplar enorme, impresionaba ver aquella dentadura amenazante a tan poca distancia. Vimos otros muchos cocodrilos durante el trayecto, aunque éste fue el que pudimos observar mejor. El resto nadaban por la superficie del agua junto a la barca, enseñando dientes a la espera de alguna presa incauta que echarse a la boca.






Continuamos el viaje entre las paredes rocosas, que de cuando en cuando formaban siluetas caprichosas. El río lo transitaban barcas de turistas y de trabajadores que recogían la basura arrastrada por las aguas. Y siempre los cocodrilos. Pero vimos muchos más animales, la zona era un auténtico paraíso natural. Los pelícanos nos sobrevolaban y en ocasiones se lanzaban a pescar algún pez a nuestro alrededor. Pasamos junto a una isla llena de zopilotes, buitres negros que pueden verse en todo el sur del continente. En los árboles sobre los acantilados pudimos ver las siluetas de los changuitos trepando. Habíamos escuchado sus acongojantes gritos, pero no habíamos podido ver los monos hasta ese momento. Nos hizo ilusión.








Al alcanzar una gigantesca presa, dimos la vuelta y recorrimos el río en sentido inverso. Disfrutamos una segunda vez del paseo, entre cocodrilos, buitres, pelícanos y cientos de mariposas que volaban a ras del agua. Un gringo americano con pocas luces iba metiendo las manos en las aguas turbias durante el trayecto. Además de arriesgarse a la posible pérdida de un miembro, iba salpicando a Ruth, que estaba justo detrás. Bautizándolo como el Aguador, Ruth dudaba si cortarle ella misma la mano o si se lo dejaba a los cocodrilos.

Regresamos al lugar de partida y agarramos la furgoneta, que hubo de esperar a que Belén terminara de regatear con un vendedor para agenciarse una hamaca. Recorrimos unos cuantos kilómetros hasta Chiapa del Corzo. De este pueblecito se dice que cuando llegaron los españoles, la tribu guerrera que lo habitaba se arrojó en masa hacia el Cañón del Sumidero, pues prefirieron servir de alimento a los cocodrilos que rendirse.

Teníamos un rato para pasear por el pueblo. Vimos la gran plaza con una fuente de ladrillo en el centro, conocida como la Pila. Desde allí fuimos hasta el templo de santo Domingo de Guzmán, en cuyas inmediaciones Belén se compró unos antojitos de papas enchiladas, a lo que siguió una nieve (helado) para hacer nuevamente esperar al colectivo. Cuando Belén apareció entre las miradas reprobadoras de los otros viajeros, volvimos a San Cristóbal de las Casas.




Era primera hora de la tarde y el hambre acuciaba. Tras dar unas pocas vueltas sin ponernos de acuerdo, encontramos un sitio llamado TierrAdentro. Era un restaurante situado en un patio cubierto, rodeado de tiendas de artesanía y libros. Lo llevaban simpatizantes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, por lo que las paredes se adornaban con consignas políticas y por la dignidad rebelde. Devoré una enchilada y curioseamos los libros y artículos de artesanía indígena.



Por la tarde-noche fuimos a ver una obra de teatro llamada Palenque Rojo. Representaba la vida en la ciudad por cuyas ruinas habíamos paseado recientemente y sus guerras con la ciudad-estado vecina Toniná. El vestuario, música y actuaciones fueron sobresalientes, pero los sonidos rítmicos de los tambores mayas me resultaron relajantes y di varios cabezazos para diversión de Ruth y Belén.

El día terminó en algún bar de la calle Real de Guadalupe, frente a unas quesadillas y unas cervezas. Yo me emocioné y me pedí una michelada. Esto es una bebida mexicana preparada a base de cerveza, jugo de limón, sal y tabasco. Mucho tabasco. No estaba preparado.

lunes, 5 de noviembre de 2012

La ruta maya 05: Palenque - San Cristóbal de las Casas

25 de julio de 2012. Día 5. Palenque – San Cristóbal de las Casas

CAPÍTULO QUINTO:
LA CARRETERA DE LA MUERTE


La mañana del día en que viajaríamos a San Cristóbal de las Casas, nos recibió con dos nuevos inquilinos. Una avispa y una cucharacha, ambos de tamaño mastodóntico se hicieron fuertes en la habitación y aceleraron el proceso de recomponer los macutos.

Aún no había salido el sol cuando salimos cargando con las mochilas. Dejamos atrás las cabañas de aquel trozo de selva y salimos a la carretera a agarrar el primer colectivo que pasara. Cuando llegamos a la estación, esperamos al camión (así llaman en México a los autobuses de toda la vida). Con algo de retraso, salimos hacia San Cristóbal. Yo aún no lo sabía, pero estaba a punto de embarcarme en el peor viaje de mi vida.

El suplicio comenzó minutos después de la partida. Nuestro autobús ascendió, giró y saltó por carreteras de montaña. De los bellos paisajes de Chiapas poco recuerdo. Tan sólo me vienen a la mente las curvas, los baches, acelerones y frenazos, y el vaivén de aquel viejo autobús. Intenté concentrarme en la película, una historia de pingüinos con Jim Carrey. Fue aún peor. Intenté volver a mirar las montañas. Todo dio vueltas mientras mi cara se tornaba amarilla. Mi concentración se centró en básicamente no echar la pota.

Pero mi aguante tuvo su límite, y lo contabilicé en tres horas. Pasamos lentamente por uno de los controles militares que llenan las carreteras del país. Deseé fervientemente que no subieran los militares. Había vislumbrado mi destino, y éste era vomitar encima de un militroncho mexicano. No creía que fuera buena idea correr hacia el baño ante un control militar.

Afortunadamente, el autobús continuó su marcha y pude abalanzarme, tropezando entre los asientos, para llegar al baño. Creo que es el momento de que el relato deje de ser pormenorizado. Baste decir que los baches me hicieron darme de hostias contra las paredes del baño mientras perdía la vida allí dentro.

Otros pasajeros del autobús, preocupados por mi salud, me hacían diversas recomendaciones para contener los vómitos, que incluían magufadas varias de acupuntura. Al final me decanté por la química y me tomé unas pastillacas que me dieron para los mareos. No me sirvieron de mucho.

Entre la neblina del sufrimiento, acogí con agrado la parada a mitad de trayecto, en un poblado chiapaneco llamado Ocosingo. Aproveché para comprar más pastillas para el mareo en el badulaque de la estación. Mientras tanto, Belén había desaparecido misteriosamente en busca de uno de sus tradicionales “antojitos”, perdiéndose por el pueblo. No apareció hasta que el autobús estuvo a punto de irse, haciéndonos sufrir a Ruth y a mí hasta el último minuto.

Las curvas tampoco escaseaban en el trayecto que quedaba hasta San Cristóbal de las Casas. Pasé otras horas infernales y por fin llegamos a nuestro destino, yo medio muriéndome y bajo un sol de justicia. Anduvimos largo rato hasta encontrar nuestro albergue, la Casa del Abuelito. En la habitación, caímos redondos tras descargar el peso. Dormité unos instantes hasta que recuperé las ganas de vivir y salimos a comer por ahí.

Encontramos un pequeño establecimiento en la calle Real de Guadalupe, donde ingerimos un menú con pasta por unos pocos pesos. Luego caminamos hasta el mercado de artesanía, situado junto a una modesta iglesia. Allí aprovechamos para hacer algunas compras para recuerdos y regalos.




Después fuimos a ver la catedral y seguimos por los vecinos templos de Santo Domingo y de la Caridad. En San Cristóbal hay muchísimas iglesias, y hay una razón. Debido a la alta densidad de población indígena, fue aquí donde la Iglesia vio mercado y centró así sus esfuerzos de prédica evangélica tras la colonización española.





Huímos de la iglesia de Santo Domingo, donde una monja aterradora casi nos deja atrapados. Deambulamos entre los puestos de artesanía que llenaban la plaza y volvimos al albergue al caer la noche. Pero confundimos un par de calles y acabamos perdidos por la ciudad. Tras andar varios kilómetros de más en balde, llegamos al hostel.

Belén fue la más lista y se durmió de inmediato, dejándonos a Ruth y a mí el marrón de hacer la colada. Sacamos bolsas con la ropa mojada y embarrada que nos traíamos de la selva y nos pusimos a ello. La tarea se prolongó hasta más allá de medianoche. Cenamos unos tacos que fui a comprar a un puestecillo cercano y nos fuimos a dormir.