domingo, 28 de octubre de 2012

La ruta maya 04: Palenque

24 de julio de 2012. Día 4. Palenque

CAPÍTULO CUARTO:
EXPLORANDO LA SELVA CHIAPANECA


El cansancio pudo al sonido de las chicharras y a los rugidos de los monos aulladores. Dormimos de un tirón y amanecimos con los primeros rayos del sol entrando en la habitación. Éramos tres la noche anterior, fuimos cuatro en la mañana que comenzaba. El nuevo huésped de la cabaña era una gigantesca araña que campaba a sus anchas por el plato de ducha.

Belén, la amiga de los bichos, se aventuró a resolver la crisis y con ayuda de una jarra de plástico y un folleto devolvió la araña a la selva. Tomamos un desayuno contundente a base de tostadas con mantequilla, tortitas, huevos revueltos y beicon. Enseguida fuimos a reunirnos con el guía que habíamos contratado para la incursión a la selva. Se llamaba Jorge y llevaba la tira de años haciendo de guía, primero bajo el agua y después recorriendo diversas selvas mexicanas. Enseguida nos empezó a contar anécdotas que inspiraban miedo y fiabilidad al mismo tiempo.

Salimos del Panchán y pasamos como el día anterior a la zona declarada parque natural. Caminamos un buen trecho a un lado de la carretera, mientras Jorge nos contaba sus aventuras y nosotros las nuestras. Pasado un recodo, un par de kilómetros antes de llegar al complejo arqueológico de Palenque, nos desviamos por un sendero hacia el interior de la selva.

En segundos perdíamos rastro del sol y de la civilización, bajo los frondosos árboles y rodeados de espesa vegetación. Caminamos hasta que los sonidos de pájaros e insectos nos envolvían por completo. Los rugidos de los saraguatos ya se escuchaban a lo lejos.




Anduvimos siempre hacia lo profundo de la selva mientras Jorge nos ilustraba sobre diversas plantas medicinales y nos alertaba sobre la vegetación traicionera con pinchos peligrosos. También nos enseñó frutos y setas comestibles. Mención especial a la llamada “lengua de vaca” porque a algunas personas se les hincha la lengua al comerla. Mientras lo explicaba, mi hermana se ponía las botas. «¡Belén, deja ya de comer lengua de vaca!», gritamos.

Tras un buen rato andando, encontramos un riachuelo que arrastraba el agua desde el interior de la selva. Nos descalzamos y empezamos a ascender por éste. El agua rara vez cubría más arriba de las rodillas. Nuestros pies, poco acostumbrados a tales andaduras, no tardaron en doler al pisar los guijarros sobre las rocas. Había que evitar también las pequeñas arañas que se metían entre los pies, aunque Jorge nos aseguró que esas no eran de las venenosas y “que ya nos avisaría”. Otros seres que mostraban predilección por nuestros pies eran los pececillos que acudían a hacer limpieza cutánea.

Encontramos conchas de crustáceos en distintos estados de fosilización mientras no dejábamos de ascender por el arroyo, piedra tras piedra y paso tras paso. La marcha era más dura de lo que habíamos imaginado y por ello también más interesante. Los rugidos de los monos cada vez se intensificaban más, sabíamos que estaban sobre nuestras cabezas pero aparte de alguna rama moverse, no conseguíamos ver mucho. Y teníamos que hacer un esfuerzo para creer que realmente eran monos porque la verdad es que sonaban como jaguares o dinosaurios, y no estábamos seguros de uno de los dos.

Dejémonos de rodeos, los monos acojonaban. Los saraguatos tienen una especie de caja de resonancia que amplifica los aullidos, y los hace parecer cualquier cosa menos monos. Los intensos rugidos sobre nuestras cabezas, allí, en medio de la selva, es uno de los recuerdos más vívidos que tengo del viaje.

Seguimos trepando por el riachuelo hasta llegar junto a una pequeña cueva. Jorge y Belén se metieron a rastras a explorar mientras yo me quedaba con Ruth entre rugidos de monos y arañas peludas. Nos sentamos sobre el tronco de un árbol caído hasta que los exploradores emergieron de otra cueva a unos 20 metros de allí, trayendo barro que luego nos restregamos por las jetas por sus efectos claramente beneficiosos.

Entre el barro de la cara y las ropas, y los pies cubiertos de rozaduras y bichos, perdimos el último vestigio de civilización que nos quedaba y terminamos de ascender por el arroyo, tomando otro camino para el que nos volvimos a calzar las botas. Los rugidos de los monos quedaron atrás, pero encontramos nuevos e interesantes bichos. Destacaba una araña de colores intensos (ésta sí era venenosa) que encontramos pendiendo sobre nuestras cabezas. Se ocultaba en la hoja de un árbol a la espera de que algún insecto incauto cayera en su red, que luego devoraba con presteza.


Jorge nos confesó que se había desorientado y que no sabía donde estábamos... fue una broma. Pero había que ver la cara de terror de Ruth, que pese a su miedo a los bichos estaba allí en medio de la selva dándolo todo, “contra su voluntad”, según sus palabras textuales.

Continuamos por el mismo sendero, saltando algún obstáculo ocasional en forma de árboles caídos o arroyos. El camino era agotador y en ocasiones bastante difícil. Agarrarse de lianas ayudaba y había que cuidarse de sujetarse a las plantas con pinchos. Vimos árboles engullidos por plantas parásitas, que rodeaban los troncos asfixiándoles. También plantas de cacao, otras medicinales y también venenosas.

Más adelante nos encontramos con restos de construcciones mayas, edificaciones semiderruidas y sepultadas por la selva. Las raíces arrasaban con los muros de piedra y el lodo de siglos enterraba las construcciones. Había un sinfín de estos restos, conocidos por los indígenas pero aún no explorados por los arqueólogos. A Jorge se le notaba cierto resquemor al hablar de esos expertos que luego llegan allí para excavar y se llevan todo el mérito del descubrimiento.

A pesar del paso del tiempo, muchas de aquellas ruinas aún se tenían en pie. El lodo se había ido depositando hasta unos dos metros por encima de lo que había en tiempos de los mayas. Jorge nos señaló un pequeño templo enterrado y lo seguí bajando por un terreno desnivelado. Se podía entrar en el pequeño edificio a través de un agujero abierto en su parte superior. Me acerqué despacio por la cuesta embarrada y perdí pie al pisar una roca suelta. Conseguí agarrarme a una liana que colgaba de los altos árboles y quiso el destino que emulara por accidente a Indiana Jones. Un sueño cumplido de la infancia. Colgado de la liana, atravesé el trecho que me separaba del templo y conseguí deslizarme en el pequeño habitáculo casi sin rasguños.





Caí en el interior mientras un par de murciélagos levantaban el vuelo desde las viejas paredes. Tras el cinematográfico momento, me aseguré de que estaba entero mientras mis ojos se acostumbraban a la oscuridad. Pero apenas podía verse nada, ya era poca la luz que dejaban pasar los árboles y allí dentro recurrimos al uso de linterna. Pudimos ver perfectamente el marco de una puerta que debía llevar a otra sección del edificio, pero estaba tapiada por tierra y rocas.

Dejamos atrás las rocas y murciélagos y trepamos para salir del templo hasta reunirnos de nuevo con Ruth y Belén. La ruta continuó entre una impresionante cantidad de edificios mayas semiocultos por la vegetación.

Terminamos llegando al pie de una impresionante cascada. El agua caía con fuerza desde lo alto. Nos quitamos las botas de nuevo, atándolas a las mochilas y trepamos como monillos entre las rocas. Llegamos a media altura de la cascada y bajo ésta nos bañamos, con cuidado de no resbalar hacia el precipicio y partirnos las cabezas. Nos quitamos el barro bajo el incesante chorro de agua helada y así pusimos el broche de oro a una jornada inolvidable.

Desde la cascada, bajamos de nuevo hacia el camino y lo seguimos durante un buen rato hasta encontrar la carretera de las ruinas de Palenque. Habíamos sobrevivido a la selva, como decía Jorge, “quién sabe cómo”. Es evidente que sin él una muerte temprana habría sido bastante probable.

Contentos, pero agotados tras la espectacular caminata, agarramos un colectivo de vuelta a la selva colonizada del Panchán. Nos despedimos de Jorge y nos fuimos directamente a comer a un restaurante que había montado bajo unas palapas. Íbamos petados de barro, pero el hambre era prioridad y nos dimos una merecida comilona con cervezas. Allí probé por primera vez los tacos dorados con su correspondiente chile para ponerlo picoso.

Después, una ducha y a morirnos. Belén ya definitivamente por aquel día. Ruth y yo aún nos animamos a salir al atardecer. La lluvia caía y los mosquitos del atardecer mordían. Fuimos al mismo sitio de horas antes, llamado Don Muchos, que al ser el único restaurante de aquella pequeña colonia selvática que era el Panchán, congregaba a los huéspedes de todas las cabañas del lugar.

Sobre un pequeño escenario, un grupo tocaba canciones mexicanas de ayer, hoy y siempre. Nos sentamos en una mesita bajo una nube de mosquitos que me hizo lamentar no haberme echado el repelente. Pero confié en los efectos de la vitamina B que nos obligaba a ingerir Belén para ahuyentar a los mosquitos.

Nos tomamos unas pizzas mientras la música seguía y algunos se animaban a bailar, de forma sorprendentemente profesional. Disfrutamos de la cena, brindamos con cervezas sucesivas y finalmente volvimos a casa a dormir. Los ruidos de chicharras y los aullidos de los monos eran de nuevo la banda sonora. Me encantaba quedarme dormido con aquellos ruidos de la selva.

martes, 9 de octubre de 2012

La ruta maya 03: Palenque

23 de julio de 2012. Día 3. Palenque

CAPÍTULO TERCERO:
RUINAS ENTRE LA SELVA


El autobús nocturno hizo entrada en la estación de Palenque cerca de las 7 de la mañana. La hora era demasiado indecente para ir a dejar los macutos al alojamiento, así que en lugar de eso los arrastramos hasta una taquería cercana. Allí dimos cuenta de unas quesadillas con unos zumos.

Después esperamos a un colectivo para que nos llevara hasta la zona conocida como El Panchán, donde hay algunos pequeños complejos de cabañas en medio de la selva. Entramos en la abarrotada y animada furgoneta y salimos de la ciudad por una carretera de baches, entre pintadas del EZLN y espesa vegetación. Nos bajamos donde nos indicó el conductor y seguimos un camino que se internaba en lo desconocido del bosque. Pronto dejamos atrás cualquier recuerdo de asfalto y nos encontramos bajo un techo de frondosos árboles, rodeados de ruidos de insectos autóctonos varios.



Llegamos hasta las cabañas de Margarita y Ed, donde había reservado por teléfono Belén unos días antes. Con sus dotes negociadoras, nos había conseguido una ganga. Aún no se podía entrar en nuestra choza, así que le dejamos los macutos a Margarita y aprovechamos para rellenar botellas y cantimploras con agua potable del bidón.

Volvimos a la carretera y nos dirigimos a pie hacia la entrada de la reserva natural. Allí nos recibieron unos soldados armados y el señor taquillero, ya que había que pagar una pequeña cantidad destinada a la conservación del entorno. Fue pocos metros más allá cuando se nos unió un nuevo acompañante. Un perro salvaje, que al no echarlo de primeras se sintió amado y nos siguió hasta el infinito.



Cometimos el error de hacer caso a la Lonely Planet, y pensando que las ruinas estaban cerca, anduvimos kilómetros y kilómetros a un lado de la carretera. Ascendimos bajo un sol que también ascendía y calentaba con fuerza. La humedad de la selva nos hacía sudar como cerdos, pero cuanto más subíamos más atractivas eran las vistas de la selva. Así que bebíamos agua y continuábamos. Algún que otro colectivo nos pitaba al pasar, pero los rechazamos por pensar que estábamos a punto de llegar. Brasas, el perro salvaje perseguidor, no desfallecía y nos seguía acompañando en nuestro periplo.

Sabíamos que íbamos a tener un problema al llegar con el perro a la entrada de las ruinas, así que cuando éste se entretuvo con otros excursionistas, le dimos esquinazo vilmente. Nos habría seguido hasta el fin del mundo, pero no podíamos hacernos cargo de él y Brasas se perdió en la lejanía.

En la entrada del complejo, compramos los tickets para acceder y pagamos un guía local para que nos enseñara el lugar. A mí no me hacía mucha gracia hacer la visita guiada, pero la verdad es que pudimos aprender mucho de la arqueología y de la historia de aquella antigua ciudad maya. Cruzamos la maleza y accedimos a la vieja ciudad de Palenque. Aunque sus ruinas se extienden a lo largo de más de 15 km2, sólo se ha excavado una pequeña parte central. Pero basta para quitar el aliento. Me impactó muchísimo encontrarme de repente frente al templo de las Inscripciones, surgiendo inmenso entre la jungla.



Trepamos por las altas escalinatas del palacio. Desde allá arriba podían admirarse gran parte de los edificios circundantes y los relieves que aún podían verse. Visitamos el patio de los Cautivos, donde mantenían a los prisioneros de las guerras hasta que los sacrificaban en un altar cercano con cuchillos de obsidiana. El guía nos iba hablando de las costumbres de los antiguos habitantes del lugar y de Pakal, uno de los principales soberanos de Palenque, que llevó la ciudad a sus más altas cotas de esplendor. Bajo el enorme templo de las Inscripciones se encontró su tumba.



Fuimos hasta el conocido como Grupo de las Cruces, donde el hijo de Pakal continuó expandiendo la obra de su padre. En torno a una amplia plaza, se alzan tres grandes templos. Ruth decidió quedarse disfrutando de la vista desde abajo y Belén y yo subimos al más alto de éstos, el templo de la Cruz. El ascenso mereció la pena, toda la ciudad podía verse desde allí.









Como postre a la interesante ruta, el guía nos llevó un poco por la selva que rodea las ruinas. La abundante vegetación esconde muchísimos templos aún no excavados por los arqueólogos y pudimos ver algunos de éstos, tapados y destruidos por lodo y raíces. Pero esto no sería más que una pequeñísima muestra de lo que viviríamos en la jornada siguiente, cuando nos internaríamos en la selva de verdad.






Enseguida estábamos de vuelta a la civilización y aparecimos junto a los puestecillos de artesanía de la entrada. Había un pequeño restaurante, y nos sentamos a comer bajo la palapa que protegía del sol. Después de reponer fuerzas con unas enchiladas, dimos una vuelta entre los puestos y agarramos un colectivo de vuelta al Panchán.

Mientras nos tirábamos a descansar en nuestra cabaña, comenzó una fuerte tormenta que nos impediría salir durante el resto de la tarde. El agua caía a raudales y acojonados por la violencia de la lluvia, pasamos la tarde simplemente charlando. Al atardecer cenamos de nuestros víveres y nos fuimos a acostar pronto. Caímos dormidos entre el sonido de las chicharras y los rugidos de los monos aulladores que resonaban en la selva.