sábado, 17 de marzo de 2012

I'll have another Guinness, please! Capítulo 11: Inverness - Isla de Skye


26 de julio de 2011. Día 11.

CAPÍTULO UNDÉCIMO:
LA ISLA DE SKYE

Grises nubarrones cubrían el cielo aquella mañana, pero evitamos el desánimo y bien temprano estábamos en la estación esperando al autobús que nos llevaría hacia la isla de Skye. Ya en el andén conocimos a unos gaditanos que hacían el mismo viaje que nosotros.

Dejamos atrás Inverness. A pocas millas nos encontramos con el lago Ness, tan famoso en todo el mundo debido sobre todo a la parafernalia montada en torno al supuesto monstruo Nessie. Magufadas aparte, el caso es que el paisaje es excepcional, aunque claro está, sólo es otro entre los bellos lagos escoceses.


Contemplamos las aguas calmas del lago Ness y a lo lejos las ruinas del castillo de Urquhart. Después de otra parada junto a un río rodeado de frondosos árboles, fuimos hasta el castillo de Eilean Donan, situado en una pequeña isla cerca de una orilla del lago Duich. El fuerte está muy bien conservado, es uno de esos castillos de película. No entramos porque no queríamos hartarnos de ver castillos por Escocia y teníamos poco dinero. En lugar de eso, disfrutamos del panorama dando una vuelta por los alrededores, junto a las orillas del lago.





Seguimos viajando hacia el norte del país, parando de cuando en cuando a observar el espectacular paisaje que nos rodeaba, bajo un cielo que se había despejado por completo. Cruzamos el puente sobre el mar hacia la isla de Skye. Al poco de llegar, paramos en un restaurante para comer un haggis y un fish & chips.

Me encantó Skye. Las altas y verdes montañas bañadas por cascadas me recordaban a Noruega. Los impresionantes paisajes incitaban a agarrar un kilt y una gaita y subirte en plan épico a la cima de una montaña azotada por el viento. Aquella zona era de lo más espectacular de Escocia y con aquel día soleado podíamos disfrutarlo en todo su esplendor.

La jodienda, como siempre, era tener que amoldarse a los horarios inflexibles de la puta excursión. Echamos en falta la libertad de ir por libre, parar donde nos diera la gana y el tiempo que nos diera la gana. Pero sin duda la excursión mereció la pena. Poco más que contar de la isla de Skye, las fotos lo dicen todo.




De regreso a Inverness, nos detuvimos en un pequeño pueblo pesquero. Dimos una vuelta por el muelle bajo las montañas que nos rodeaban, bañadas por aguas transparentes. Adormecidos por el monótono e infernal acento de Glasgow del conductor, llegamos a Inverness a eso de las 7 de la tarde.



Por la noche quedamos con los gaditanos que habíamos conocido durante el viaje. Fuimos de cervezas a un pub con música celta en directo. Fue la despedida de las Highlands antes de bajar de nuevo hacia el sur de Escocia.

lunes, 12 de marzo de 2012

I'll have another Guinness, please! Capítulo 10: Stirling - Inverness


25 de julio de 2011. Día 10.

CAPÍTULO DÉCIMO:
HACIA LAS HIGHLANDS

Tras la noche de despliegue de talento musical en la habitación, no habíamos podido dormir mucho, pero tuvimos que levantarnos temprano para continuar el viaje. Hicimos el checkout y fuimos a la estación. Seguíamos nuestro camino hacia el norte de Escocia.

Viajamos durante aproximadamente una hora hasta Perth, donde cambiamos de autobús. Otras tres horas que se hacían amenas contemplando los paisajes y pueblecitos por donde íbamos pasando. Así llegamos a Inverness, la capital de las Highlands. A Ruth le invadió el embajonamiento al descubrir que se trataba de una gran ciudad bastante industrial y no el pequeño pueblecito de montaña que había imaginado. Así era, y es que Inverness prácticamente sólo merece la pena por los lugares que pueden visitarse alrededor.

Desde la estación, caminamos en busca de nuestro hostel, que estaba pasando el castillo. Era el Inverness Student Backpackers. Nos registramos y nos preparamos una ensalada y unos bocadillos en la cocina.


Luego planeamos lo que íbamos a hacer por la zona. Ya estaba entrada la tarde, así que tendríamos que dejar las excursiones para el día siguiente. Investigamos lo que podíamos hacer y usamos el teléfono de recepción para reservar el autobús al lago Ness y a la isla de Skye.

Más tarde salimos a dar una vuelta por Inverness, que nos llevó por High Street y otras calles del centro de la ciudad hasta encontrarnos frente al río Ness. Recorrimos el paseo fluvial en un largo paseo que se prolongó hasta el atardecer. Luego fuimos a cenar un par de pizzas a un italiano donde Ruth tuvo oportunidad de practicar su idioma favorito.


Regresamos al hostel y entramos en la habitación entre penumbras. Ya había gente dormitando en las literas.

sábado, 10 de marzo de 2012

I'll have another Guinness, please! Capítulo 09: Stirling

24 de julio de 2011. Día 9.

CAPÍTULO NOVENO:
WILLIAM WALLACE, PEDOMAN Y OTROS HÉROES ESCOCESES

Los ronquidos perforaron nuestros tímpanos durante las horas nocturnas. Por ello, no fue temprano cuando por fin pudimos salir a la luz del día. Desayunamos rápidamente y salimos a ver Stirling.

Unas empinadas calles de adoquines llevaban hasta la entrada de la fortaleza. Costaba una pasta entrar (13£), aunque al menos incluía una audioguía que explicaba lo que había que ver del castillo con pelos y señales. La seguimos, entusiasmados al principio, luego cansados por el detallismo extremo y brasumen.

Vimos murallas, patios, edificios y estancias y recorrimos todos los rincones del enorme castillo que no voy a molestarme en describir por falta de tiempo y ganas. Busca en internet o en una guía si tienes interés.



Comimos en el pub donde habíamos estado la tarde anterior. Después nos fuimos a conocer la otra atracción imprescindible de Stirling: el monumento Wallace. Ya habíamos visto desde el castillo que el sitio en cuestión estaba a tomar por culo, así que buscamos en la Lonely Planet cómo llegar en bus. Según ésta, era la línea 62 y 63, también decía que andando se tardaba media hora. Ya digo que esto último es mentira.


Fuimos a la parada de autobús y preguntamos a una amable viejecita si estábamos esperando al bus correcto. Nos contestó afirmativamente y además nos dio un montón de información complementaria de la que no entendimos nada gracias al acento escocés.

Al poco tiempo llegó nuestro autobús, que nos llevó a las afueras de Stirling. Tras pasar por el alejado campus universitario, llegamos a la base de la montaña donde se asentaba la famosa torre. Nos avisaron que allí era donde teníamos que bajarnos. Desde allí aún distaba bastante, nos faltaba un buen trecho a pie.

Así que nos encaminamos por la campiña escocesa bajo la atenta mirada de caballos y otra fauna que pastaba. Llegamos al pequeño centro de visitantes y compramos los billetes para poder acceder a la torre. Desde allí subía un camino que serpenteaba por la ladera de la montaña. Los frondosos árboles tapaban el sol a lo largo del sendero y algunos conejos y ardillas se cruzaban en nuestro camino. Subimos hasta llegar al pie de la torre.

Este monumento gótico estaba construido en honor al popular héroe escocés William Wallace. Desde aquel emplazamiento privilegiado sobre la montaña rodeada de árboles, la torre domina todo el valle de Stirling.


Rodeamos la torre y después accedimos a ésta, subiendo por sus estrechas escaleras de caracol. En los sucesivos niveles de la torre se podían visitar diversas estancias. En la primera de ellas se encontraba la enorme espada de William Wallace, que había sido devuelta a Stirling cuando lo ajusticiaron. Además había un vídeo con presencia de holograma en 3D de Wallace encabronado mientras lo juzgaban.

En el resto de pisos de la torre había más material relacionado con Wallace y esculturas de prominentes héroes escoceses. Finalmente, llegamos a la parte superior de la torre, desde donde contemplamos las vistas de Stirling y los valles de alrededor. Ruth desafió una vez más a su vértigo.


Bajamos de nuevo las infinitas escaleras de caracol y nos tumbamos en el césped, bajo la torre y el cielo azul.

Para volver, decidimos ahorrarnos el dinero del autobús para unas cervezas en el pueblo. Empezamos el regreso a pie. Peto como no teníamos ni puta idea de por dónde ir, intentamos seguir el camino que había tomado el autobús y cruzamos el campus universitario.

Más adelante, pasamos un lago con patos, cisnes y otros bichos acuáticos y anfibios. Preguntamos a una señoras que se sentaban de picnic en la hierba por dónde tirar hacia el pueblo. Nos llamaron locos.

Seguimos por una carretera que cruzaba campos y pastos. Tras una larguísima caminata, entramos en el pueblo cruzando el puente de Stirling, donde tuvo lugar una de las más famosas batallas de William Wallace. Allí lograron en una ocasión detener el avance inglés pese a ser bien superados en número.

Tras el puente, ascendimos por un barrio apocalíptico lleno de basura y carros de supermercado en las puertas de las casas. Terminamos la marcha con unas merecidas pintas.

Luego fuimos a comprar cosas para cenar a un badulaque junto al hostel. Intentaron tangarnos y luego un borracho nos dio la brasa hasta que llegamos a la puerta del albergue. Con lo que habíamos comprado, preparamos pasta para cenar.

Dormir no iba a ser fácil tampoco aquella noche. Estábamos muchos en la habitación y los roncadores se habían hecho fuertes. Ruidos guturales hacían vibrar las literas.

Por otra parte, tuvimos el honor de compartir cuarto con el mítico Pedoman, un ser durmiente con la capacidad de tirarse unos pedos que rompían la barrera del sonido. Los cuescos se elevaban entre los ronquidos corales, en una espectacular sinfonía de sonidos corporales que nos mantuvo en vilo a lo largo de la noche musical.

sábado, 3 de marzo de 2012

I'll have another Guinness, please! Capítulo 08: Belfast - Stirling

23 de julio de 2011. Día 8.

CAPÍTULO OCTAVO:
LA ISLA DE AL LADO

Esta vez el madrugón era importante. A las 5:30 nos pusimos en pie, nos encasquetamos las mochilas y bajamos a hacer el checkout. Salimos a las calles desiertas de Belfast, tan sólo transitadas por ocasionales borrachos tambaleantes.

La estación aún estaba medio cerrada en aquella madrugada de domingo. Esperamos en un solitario andén al autobús que nos llevaría al puerto. Al poco rato, apareció una mujer de mediana edad, buscando el mismo autobús. Venía de Estonia y no hablaba una palabra de inglés, pero como pudo nos explicó que iba hasta Glasgow.

El problema era que no tenía los billetes y las taquillas aún estaban cerradas. Cuando llegó el autobús le hicimos de intérprete con el conductor, que no vendía billetes. Hubo momentos de discusión y desesperación, que finalmente resultaron en que la mujer se negaba a bajarse del autobús, con billete o sin él. Finalmente el conductor, sometido a torturas de cansinez, accedió a poner en marcha el autobús hacia el puerto.

Ya en el muelle, la acompañamos a comprar los billetes del barco. La cosa se complicaba, porque no tenía libras esterlinas y pretendía pagar con euros, moneda que evidentemente no aceptaban allí. Nos preguntamos cómo cojones había conseguido llegar hasta Belfast. Conseguir que llegara a su destino era todo un reto. No sé muy bien cómo pero al final consiguió los billetes hasta Stranraer y de allí a Glasgow por 4 euros.

Entramos en el ferry y nos sentamos con mucho sueño en las mesas de una cafetería, abarrotada por los hinchas de algún equipo local de camisetas azules. Mi desinterés por el deporte me impide dar más datos. Desayunaron con unas cervezacas mientras jugábamos al Pictionary con la estona, explicándole todo lo que tenía que hacer para llegar a Glasgow sana y salva con los billetes de tren que le habían vendido. Nos habló de su vida en Tallín y nos contó que iba a ver a su novio en Escocia.

Pasamos las 3 horas de trayecto charlando en un inglés rudimentario y haciendo alguna salida a la cubierta para contemplar el mar, desde donde divisábamos las costas de las dos islas, la que dejábamos atrás y la de aquélla adonde nos dirigíamos. Allá abajo, las aguas revueltas eran surcadas por inquietantes medusas con peluca.

Llegamos a Stranraer, donde nos despedimos de nuestra amiga. La verdad es que su nivel de empanamiento era supremo, pero no puedo evitar sonreír al recordar como se despedía toda emocionada, con lágrimas en los ojos y dándonos besos por haberla ayudado. La dejamos encaminándose hacia el tunel que daba a los trenes. Espero que llegase bien a su destino.

Nosotros seguíamos en autobús, el vehículo esperaba unos metros más allá. Nos metimos con los macutos en el nuevo transporte y salimos hacia Glasgow entre los agrestes paisajes de Escocia. No diferían mucho de los que veíamos en Irlanda, pero sí que eran visiblemente más montañosos. Cientos de ovejas llenaban los pastos de los valles mientras lucía el sol.

No tardamos mucho en lugar a la enorme y fea ciudad de Glasgow, donde apenas pasamos unos minutos, los necesarios para coger otro autobús de ruta hacia Stirling. Nos aventuramos en un viaje incierto, donde las millas hacia nuestro destino final se incrementaban o descendían según el cartel que veíamos, lo que nos hacia pensar que estábamos moviéndonos en círculos.

Creo que era el primer día del autobusero en aquella ruta, porque no paraba de perderse y consultar el mapa. El viaje sólo prosperaba gracias a un anciano erudito que era el único que conocía el camino de entre los pasajeros y que asumió labores de copiloto. Cuando el anciano erudito se bajó en su destino, supimos que estábamos perdidos.

Muchas vueltas y millas después, llegamos a Stirling. Eran las 15:00 y estábamos muertos de hambre. Fuimos directamente al hostel Willy Wallace, donde nos quedaríamos un par de noches. Estaba bastante bien, pequeño y muy acogedor. Tras el fantasmagórico albergue de Belfast, el cambio era bienvenido. Esta vez compartiríamos habitación.

Hicimos el check-in y se rallaron con los billetes de libras made in North Ireland. Pensábamos que estarían habituados a ver los billetes de la isla vecina, al fin y al cabo es la misma moneda, pero pronto descubriríamos que en UK las caras raras al ver aquellos billetes era la tónica habitual.

Fuimos a la cocina y nos preparamos algo de comer, poco elaborado, ya que consistió en unos sandwiches, snacks y esas mierdas. Después, un momento para revisar el correo, pegarnos una ducha y salir a dar la primera vuelta por Stirling.

Recorrimos las tranquilas calles mediavales de la Old Town, ascendiendo hasta el castillo y visitando el antiguo cementerio que lo circundaba, con cruces celtas y lápidas antiguas ideales para pelis chungas de terror.

A la vuelta, nos sentamos en un pub a disfrutar de unas buenas cervezas locales. Pensamos en quedarnos allí a cenar, pero al final nos centramos en el bebercio y se nos pasó la hora límite para pedir, que eran las 9 pm. Perdida la oportunidad, vagamos por las calles hasta encontrar lo último que quedaba abierto a aquellas horas: un buffet chino.

El local estaba casi desierto excepto por algunos comensales terminando su cena y una despedida de soltera raruna. El sitio era caro, pero lo amortizamos bien y nos pusimos hasta el ojete.

Llegamos al hostel lo suficientemente tarde como para que hubiera gente ya empiltrada en la habitación. Con las luces apagadas, anduve hasta la litera con precaución extrema para no hacerme otro estropicio en el pie. La noche transcurrió con normalidad, con ronquidos sobrehumanos y otros extraños ruidos de los que hablaré en el próximo capítulo.


viernes, 2 de marzo de 2012

I'll have another Guinness, please! Capítulo 07: Belfast


22 de julio de 2011. Día 7.

CAPÍTULO SÉPTIMO:
MUROS Y BALAS DE PLÁSTICO

Aquel día lo pasaríamos conociendo Belfast, y a primera hora de la mañana nos dirigimos al centro de la ciudad. Seguimos la larga avenida que llegaba hasta el edificio de la ópera y el City Hall. Tras merodear por la zona, nos fuimos hacia Belfast oeste, a mí parecer la parte más interesante de la ciudad.



Caminamos por Castle St. hasta donde su nombre cambiaba a Divis. Vimos a un hombre que boxeaba con un árbol y entonces nos perdimos. Tras un par o tres de vueltas infructuosas, llegamos al pie de la Divis Tower, fea donde las haya pero parte de la historia de Irlanda del Norte. Localizada a la entrada del barrio republicano de Falls y con vistas sobre el unionista Shankill, sus dos últimas plantas fueron ocupadas por el ejército como puesto de observación en la época más dura de enfrentamientos entre católicos y protestantes.

 

Al otro lado, comenzaba el muro que separaba ambas comunidades, irónicamente llamada Peace Wall. Aunque como parte del proceso de paz este muro tiene ya muchas de sus puertas abiertas, algunas de éstas permanecen cerradas durante la noche aun hoy en día.

Pocos metros más allá de esta calle encontramos la Solidarity Wall, repleta de murales donde los republicanos expresan su apoyo por diversas causas en el mundo. Recorrimos el perímetro de la colorida muralla de hormigón y seguimos nuestro camino por Connie Mill, donde se asienta un museo autogestionado de la reciente historia de Belfast.




Bajando por la misma avenida, llegamos hasta la sede del Sinn Féin, en un pequeño edificio de ladrillo rojo con un gran mural de Bobby Sands en un lateral. Seguimos andando bajo el sol, hasta encontrarnos frente al mural en memoria a las víctimas de las balas de plástico. Este tipo de arma fue comúnmente utilizada por los cuerpos de seguridad británicos para reprimir las protestas en los años 70 y 80. Las balas de goma o de plástico, son potencialmente mortales, y numerosos niños murieron por su uso indiscriminado durante esos años.



Pero las tristemente célebres armas no sólo no han quedado en el pasado, sino que se se siguen utilizando regularmente por la policía en Irlanda del Norte. Es más, poco después de nuestra estancia por tierras británicas el primer ministro Cameron autorizó por primera vez su uso para reprimir los disturbios en Inglaterra. En estos tiempos convulsos, esto abre la veda para que a medio plazo se extienda el uso de estas armas para reprimir las protestas crecientes de los pueblos frente a sus gobernantes.

Volvimos sobre nuestros pasos, pero la cuesta infernal bajo el sol pudo con nosotros y nos quedamos en una parada de autobús. En unos minutos regresamos al centro, parando cerca del City Hall.

Nuestros estómagos empezaban a protestar, y acudimos a la guía en busca de consejo. Resolvimos ir en busca del Morning Star, un pub que andaba en una calle no muy alejada de allí. Tras un breve paseo, encontramos el local, que nos había atraído con la promesa de “come todo lo que quieras por 5$”. La leyenda era cierta, y tras los habituales bebedores de cerveza de la barra, se apiñaban unas cuantas mesas junto a calderos humeantes. Pedimos un par de jarras y llenamos nuestros platos haciendo montículo. Creo que fue el día que mejor comimos de todo el viaje.

Con los estómagos llenos, seguimos la caminata hacia el río, divisando los astilleros de donde partió el Titanic. Estaban preparando museos e historias con vistas al centenario de su partida/hundimiento en 2012.

Descubrimos la escultura de sardina gigante que fascinó a Ruth y anduvimos por el paseo fluvial. Luego pasamos un rato en el césped del City Hall, junto al que andaban repartiendo muestras gratuitas de Sprite. Hordas de adolescentes embrutecidos por las altas dosis de azúcar sembraban el caos. Era divertido.


Luego intentamos entrar al Crown Pub, uno de los más famosos pubs de Belfast, pero estaba petado y desistimos. Tras pasar por un supermercado a por el avituallamiento para cenar y próximos días, volvimos al hostel. Recogimos nuestros enseres desperdigados por la celda habitación y dejamos preparadas las mochilas.

Cuando bajamos a cenar, nos encontramos con un grupo de españoles con quienes estuvimos intercambiando consejos de la zona. No tardamos mucho en retirarnos, madrugábamos indecentemente para cambiar de país y de isla.

Luego, cerraron los pubs de la calle y acudieron seres extraños a gritar bajo nuestra ventana. Sonidos ininteligibles desataron miedos primigenios y a lo lejos escuchamos la llamada de Cthulhu bajo el sello de R'lyeh. Lo que viene siendo que no pegamos ojo.