lunes, 6 de febrero de 2012

I'll have another Guinness, please! Capítulo 06: Belfast - La Calzada de los Gigantes


21 de julio de 2011. Día 6.

CAPÍTULO SEXTO:
LA CALZADA DE LOS GIGANTES

El autobús no salía hasta una hora más tarde, pero a las 8:00 ya estábamos en la estación porque teníamos las ansias de comprar ya los billetes para Escocia.

Pero de momento, continuábamos nuestro periplo por Irlanda del Norte. Después de un desayuno frugal, localizamos nuestro autobús. Salimos de Belfast rumbo a las regiones más septentrionales de la isla.

La primera parada fue en Carrickfergus castle, un pequeño castillo a pocas millas de la ciudad. Tras unos minutos allí, seguimos viajando entre los espectaculares paisajes de Irlanda, más atractivos aún si cabe en esta zona de la isla. Pasamos junto a algunos de los sets de rodaje de la serie Game of Thrones. Siempre me gustó Invernalia.



A mediodía paramos en uno de los lugares más interesantes de la zona, Carrick-a-Rede Rope Bridge. Una breve caminata por un sendero que discurre sobre unos acantilados lleva hasta un estrecho puente colgante fabricado con cuerdas, que cruza a un pequeño islote. En origen construido por pescadores de la zona, hoy en día se ha convertido en uno de los lugares más visitados de Irlanda del Norte. Y es que si bien el hecho de cruzar el tambaleante puente es para la mayoría reclamo suficiente para venir, lo que realmente hace al lugar único son las vistas de la salvaje costa y acantilados.




A Ruth le pudo el vértigo en el último momento y crucé solo. El viento hacía balancearse el puente y mientras lo cruzas puedes ver las olas romper contra las rocas, a 30 metros bajo tus pies. Puede impresionar, pero la verdad es que es bastante seguro.

Crucé al islote y me senté sobre la hierba a contemplar el paisaje. El viento y las olas chocando contra los acantilados ahogaban el resto de sonidos. Centenares de gaviotas sobrevolaban la costa, en busca de alguna captura. Y más allá de las aguas, se divisaba la costa de Escocia.

Entonces escuché a Ruth llamarme. No podía creerlo, pero allí estaba, con una sonrisa radiante, gritando que había cruzado. Para quien la conozca, sabe que esto es toda una proeza para alguien con tanto vértigo como ella. De modo que, contra todo pronóstico, disfrutamos del paisaje juntos.

Deshicimos el camino recorrido, ahora bajo el sol. De vuelta al autobús, que ahora nos llevaba hacia uno de los motivos por los que habíamos querido encaramarnos a Irlanda del Norte: la Calzada de los Gigantes.

Nos bajamos junto al nuevo centro de visitantes que están construyendo, e ingerimos unas hamburguesacas en el restaurante del hotel junto a éste. Nos atragantamos con las prisas de bajar a las rocas cuanto antes.

Un camino descendía serpenteando hasta la base de los acantilados. Allí se encontraba el fenómeno natural conocido como la Calzada de los Gigantes. Miles de enormes hexágonos de roca se agolpan en la bahía, formando uno de los paisajes más extraños del planeta. Las columnas de basalto se asemejan a gigantescas baldosas, y de ahí el nombre del lugar.



Caminamos y trepamos sobre las caprichosas rocas. Hacía años que quería conocer este lugar, y era una excusa perfecta para volver a Irlanda. Cumplió con creces mis expectativas y sólo lamento no haber podido pasar más tiempo allí por los ajustados horarios de la puta excursión.

Recorrimos el lugar de columna en columna, hasta que simplemente dejamos la cámara a un lado y nos sentamos frente al mar.


Reticentes, volvimos a coger el autobús de vuelta. Hizo una parada más antes de volver a Belfast, en la destilería de whiskey Bushmills. Esta visita me sobró totalmente, después de privarnos de más tiempo en la Calzada de los Gigantes y ni siquiera nos invitaron a una degustación.


Ya en el hostel de Belfast, metimos la ropa maloliente en la lavadora mientras jugábamos a las cartas. Poco más tarde nos apagaron las luces, dejándonos solos, aburridos y estupefactos en una recepción desierta, oscura y fantasmal.