lunes, 30 de enero de 2012

I'll have another Guinness, please! Capítulo 05: Galway - Belfast

20 de julio de 2011. Día 5.

CAPÍTULO QUINTO:
EL ALBERGUE FANTASMAGÓRICO

Lo más silenciosamente que nos permitieron las putas bolsas de plástico, terminamos de recoger nuestras mochilas y salimos de la habitación. Las alemanas aún dormían. Hicimos el checkout y nos encaminamos hacia la estación de autobuses. Nuestro siguiente destino era Belfast, pero absurdamente, la vía más rápida era volviendo a Dublín.

A las 9:30 salió el autobús. Tres horas de carretera entre prados de vacas felices y llegamos a la parada del aeropuerto de Dublín. Entramos en el aeropuerto a hacer uso de los baños y volvimos a la parada a esperar el bus para Irlanda del Norte. Mientras nos alimentábamos de patatas y galletas, Ruth se dedicó a escrutarme los cabellos en busca de canas, que por lo visto me he dejado desde que me corté las melenas.

A las 13:20 apareció el bus hacia Belfast, que iba a rebosar de gente pero nos tocó junto al pasajero más ilustre sin duda. No sé que era peor, si el aroma a sobaco maloliente o que chasqueara la lengua cada veinte segundos aproximadamente. Así dos horas. Estrés. Normal que ahora peine canas.

Estábamos en Belfast. Salimos por la puerta principal de la estación a una larga avenida de asfalto rojo. La seguimos hasta encontrar el hostel de la Youth. De camino sacamos libras en un cajero, a partir de aquí nos olvidábamos de los euros.

Hicimos el check-in y deambulamos por el hostel, que era bastante grande. Las zonas comunes estaban muy bien, aunque la habitación se parecía más a una celda y era bastante espartana. Tan sólo tenía un par de literas y una pequeña taquilla metálica del año en que el Titanic salió de Belfast.

Soltamos los macutos y nos fuimos a comer a un Kentucky Rata Frita que había junto al hostel. Lo que quedaba de tarde lo empleamos en planificarnos un poco para los días siguientes por Irlanda del Norte. Nos informamos de cómo ir a la Calzada de los Gigantes, nuevamente la opción más barata era un jodido tour. Al menos colamos descuento para estudiante y nos salió a 20 pounds por cabeza.

También investigamos los ferries hacia Escocia, adonde iríamos unos días después. Descubrimos desolados que el puerto estaba a tomar por culo, y sin transporte público que llegase hasta allí. En el albergue nos dijeron que preguntáramos en la estación, ya que al parecer había billetes combinados que incluían ferries y autobuses. Nos acercamos hasta allí y en Información nos atendió un viejo hijoputa que en lugar de informar te echaba la bronca por preguntar. Pero confirmamos la existencia de aquellos billetes en internet y tras increpar al viejo decidimos volver a la mañana siguiente, cuando estuvieran abiertas las taquillas.

Para cuando volvimos al hostel a cenar, ya nos habían cerrado las zonas comunes. Pasaban cinco minutos de las 22:00, pero el ambiente era de oscuridad, tristeza y desolación. Apenas vimos a un par de personas vagar por los pasillos en silencio y decidí que probablemente nos hallábamos en el albergue más aburrido de cuantos he conocido.

Todas las puertas estaban cerradas. Bajo las luces tenues de la recepción, nos preparamos unos sandwiches de paté sin alma, como aquel albergue de Belfast.

sábado, 28 de enero de 2012

I'll have another Guinness, please! Capítulo 04: Galway - Cliffs of Moher



19 de julio de 2011. Día 4.

CAPÍTULO CUARTO:
ACANTILADOS VERTIGINOSOS

Los rocosos paisajes de The Burren empezaron a rodearnos a medida que nos alejábamos de Galway. El autobusero contaba mil y una anécdotas de los pueblecitos por los que pasábamos. Ante las dificultades para ir a los Cliffs of Moher en transporte público, habíamos optado por un tour de una de las compañías de la ciudad.

La primera parada fue en Dunguiare castle, un pequeño castillo a orillas de una bonita bahía cubierta de algas. El cielo estaba nublado como de costumbre, aunque con algunos claros y nubes altas, que permitían disfrutar del verde del país. Seguimos por Ballyalban fairy fort. El conductor nos contó algunas historias sobre la mitología del lugar, pero no pillé demasiado. Nos pusimos en marcha de nuevo, pasando junto a una serie de antiquísimas tumbas a un lado de la carretera. A media mañana paramos en uno de los lugares más interesantes del recorrido, el dolmen de Poulnabrone, del período Neolítico.





No quiero explayarme demasiado porque me he prometido que a diferencia de otros diarios, en éste iba a resumir. Las fotos me ahorrarán soporíferas descripciones tolkienianas y puedo pasar directamente al mediodía, cuando paramos en la pequeña localidad de Doolin. El autobusero nos recomendó un pub para comer, mientras bromeaba sobre las magníficas pintas de Guinness que servían y todas las que se iba a beber. Aunque no me quedó tan claro eso de que fuera broma, al fin y al cabo estábamos en Irlanda.

Nosotros sí seguimos su consejo y nos pedimos unas pintas, pero hicimos la tres catorce y las sacamos a hurtadillas del pub para bebérnoslas en unas mesas de picnic de las inmediaciones. Así pudimos ahorrarnos los caros menús del pub y nos medio alimentamos a base de unas patatuelas, frutos secos y nutritivo zumo de cebada quemada.





El cielo comenzaba a despejarse y por primera vez en cuatro días sentimos cálidos rayos de sol en nuestras frescas jetas. Cundió el ejemplo y empezó a acudir gente a las mesas. No sabemos qué fue primero, si el huevo o la gallina, porque no habíamos preguntado si podíamos sacar las bebidas del pub por si acaso era que no. El caso es que vimos pintas de Guinness crecer como setas en manos y mesas en derredor.

Tras los momentos de asueto y felices por el clima prometedor, volvimos al bus para ir por fin a los Cliffs, que ya se divisaban a lo lejos. Llegamos en unos minutos y nos dejaron a un lado de la carretera. Tomamos un sendero ascendente, luchando contra el fuerte viento del Atlántico. Nos acercamos al borde de los acantilados, asegurado con un pequeño muro que impide acercarse demasiado al filo. Lucía el sol, y el paisaje era espectacular. Del agua emergían acantilados de más de 200 metros de altura, cortados abrupta y verticalmente en una vertiginosa caída hacia el mar, con olas furiosas rompiendo en su base.





Caminamos a lo largo del sendero, admirando las inolvidables vistas. Es uno de los paisajes más impactantes que he tenido oportunidad de conocer. Y tuve la suerte de poder verlos en un día como aquel. Si te pilla en un día con niebla o nubes bajas, es probable no ver un carajo, como nos pasó en Noruega en el Nordkapp. Y es jodida la sensación de haberte encaramado al fin del mundo para no poder verlo. Afortunadamente, esta vez no fue el caso.

Llegamos al final del camino empedrado. Un muro con señales de advertencia separaba de otro acantilado sin amurallar. Salté y me aventuré un poco por aquel camino de Más-allá-del-muro. El tiempo acompañaba pero el camino imponía respeto. Un traspiés y un golpe de viento pueden mandarte a casa por vía marítima.

Agradecí poder andar por el acantilado en estado natural, contemplar el abismo y admirar la naturaleza caprichosa de este lugar intemporal, que te hace olvidar por un instante que vives en un planeta cada día más jodido.





Tras un tiempo que nos pareció muy escaso (y que me volvió a recordar que tengo que sacarme el carnet de conducir para poder llegar por mi cuenta a estos sitios) volvimos al autobús. Emprendimos el viaje de regreso entre el incansable parloteo del conductor hasta llegar a Black Head, donde paramos unos minutos a disfrutar de las vistas al mar y del aire limpio que en las ciudades ya no recordamos.




Tocaba regresar a Galway, y tras intentar visualizar la roca con supuesta forma de cabeza de leprechaun dormitamos hasta llegar a la estación, a eso de las 19:00. Pasamos por el supermercado y de vuelta al hostel conocimos a nuestras nuevas compañeras de habitación, dos alemanas con las que estuvimos charlando un rato.

Preparamos una pseudocena en la cocina del hostel, que se encargaron de jodernos la familia de españoles conocida como Los Garrulis, con la fan del puto aceite de oliva y el cabeza de familia Gañán. Cuando acabamos de cenar escapamos a través del patio secreto del albergue.

Y luego, me jodí el pie. Encaramado como estaba en mi nido de la litera de arriba, bajé con precipitación por exigencias de mi vejiga. Apoyé mal el pie y lo torcí sobrehumanamente al tiempo que escuché un sonoro “crac”. Tras quedarme tirado en el suelo, evalué daños. Parecía que aún podía andar, pero me tomé un ibuprofeno para prevenir la inflamación y me acosté con el dolorido pie palpitante asomando al fresco aire irlandés por debajo del edredón.

domingo, 22 de enero de 2012

I'll have another Guinness, please! Capítulo 03: Dublín - Galway


18 de julio de 2011. Día 3.

CAPÍTULO TERCERO:
EL INVIERNO DE GALWAY

El despertador sonaba extrañamente alto aquella mañana. A lo mejor se debía a que no era el despertador. Era la alarma de incendios del edificio.

Salimos al pasillo, cubierto por una neblina. De las plantas inferiores venía un fuerte olor a chamusquina. Empezamos a bajar cuando la alarma paró y todo volvió a la normalidad. A alguien se la habían ido de las manos las tostadas.

Eran las 7:30 de la mañana. Recogimos todo, bajamos a desayunar e hicimos el checkout. No llovía, mas un fuerte viento azotaba nuestras jetas descubiertas. Caminamos hacia la parada de Gobus entre las prisas de los dublineses, que corrían hacia sus puestos de trabajo en un lunes que no envidiábamos.

Unos instantes después, viajábamos entre verdes paisajes salpicados de vacas. Tras 3 horas de trayecto llegamos a nuestro segundo destino, la ciudad de Galway, en el oeste de Irlanda. Fuimos a la oficina de turismo y de allí al albergue, el Sleepzone. Mientras esperábamos para hacer el check-in, planificamos un poco los siguientes días del itinerario.

Salimos a pasear, empezando por Eyre Square y recorriendo las calles del centro de la ciudad. Las coloridas casas de vías peatonales contrastaban con el gris uniforme de Dublín y las concurridas calles le daban a Galway un aire mucho más alegre. El aire no era sólo alegre sino también invernal, sorprendentemente frío para esa estación del año. Nos refugiamos en un pub llamado The King's Head para comer. En compañía de unas Guinness, engullimos un estofado de cordero, patatas y verdura típico irlandés. Después pasamos por un supermercado donde compramos viandas para la cena.




Por la tarde la temperatura parecía haber descendido aún más. Un fuerte viento helado traspasaba nuestras ropas hasta los huesos y las orejas pasaban el punto de congelación a medida que bajábamos por las bonitas calles de Galway.

Llegamos al Spanish Arch, desde donde tomamos un largo paseo a lo largo del río que nos llevó frente a la catedral. Entramos a echar una ojeada, pero sobre todo a resguardarnos del frío. Cuando volvimos a salir, no teníamos cojones a seguir paseando.

Volvimos al hostel. Aún no había llegado nadie más a nuestra habitación y bajamos a las zonas comunes a leer un rato. Todo bien hasta que hizo aparición una familia de españoles con altas cotas de garrulismo patrio. De ésas que se dedican a quejarse por nimiedades y a comparar absolutamente todo con España “porque como en España en ningún sitio”. Nunca escuché a nadie hablar con tanta pasión del jodido aceite de oliva.

A primera vista las zonas comunes parecían grandes, pero luego vimos que no era así. Aquel hostel tenía muchísimas habitaciones y con tanta gente era difícil ponerse a cocinar. Conseguimos un hueco entre las hordas de estudiantes franceses y cocinamos unos noodles. Con eso y unos sandwiches nos apañamos y subimos a la habitación, que ya estaba al completo. Un par de chicas dormitaban ya en sus literas. Nosotros hicimos lo propio.

lunes, 16 de enero de 2012

I'll have another Guinness, please! Capítulo 02: Dublín


17 de julio de 2011. Día 2.

CAPÍTULO SEGUNDO:
LLUVIA Y PUBS EN DUBLÍN

La clásica ausencia de persianas hizo que despertara antes de lo que hubiera querido, pero por otra parte evitó que nos saltáramos el desayuno, que era hasta las 10. Bajamos al concurrido loft salón-cocina-comedor-recepción del hostel, cuyas paredes estaban decoradas con pinturas de Chomsky.

Acabamos de desayunar y salimos a recorrer Dublín. El cielo estaba teñido de gris y una fina y eterna lluvia caía sobre la ciudad. Empezamos por la calle O'Connell, donde conseguimos un mapa en la oficina de turismo. Anduvimos hasta la estación de autobuses para preguntar por los billetes a Galway, donde iríamos el día siguiente. En las taquillas nos atendió un replicante de sexo indefinido, que delegó en un compañero suyo, una máquina dispensadora de billetes.

Mientras mirábamos precios y horarios, una chica nos advirtió de que había otras opciones más baratas en el mundo exterior. Siguiendo su consejo, nos fuimos a localizar la parada de Gobus.ie. Habiéndola encontrado, retomamos nuestra ruta por la capital irlandesa.

Nos acercamos al Trinity College, la famosa universidad de Dublín. Paseamos por el campus entre los edificios y los campos de rugby. Pasamos de largo del edificio del Book of Kells, no queríamos pagar ni esperar cola.



De allí caminamos por Dame St. hacia el City Hall y el pequeño castillo junto a éste. Nos cruzamos con montones de grupos de españoles por las calles, muchos chavales apuntados a los típicos cursos de verano. Así llegamos hasta la St. Patrick Cathedral.

No había mucho más que ver en Dublín y la ciudad no nos decía mucho por el momento. Después de entrar en una librería donde mis ansias frikis me hicieron derribar una montaña de libros de A Dance with Dragons, nos decantamos por hacer turismo del bueno e irnos directamente hacia los pubs de Temple Bar.

Entramos en el Grogan's Castle, uno de los pubs míticos dublineses. Tras un par de pintas, decidimos no seguir con el bebercio de vacío y nos fuimos a comer mierdas de fast-food. Volvíamos dirección al albergue cuando pasamos junto a un bar cuya música y ruido provenientes del interior nos atrajo con promesas de jolgorio. Como es sana costumbre en los pubs irlandeses, había música en directo. Las jarras de cerveza se alzaban por los aires y el engorilamiento del personal estaba en su apogeo, coreando canciones con voces de uruk-hai, abrazos de exaltación de amistad y buenas hostias palmeando las espaldas. Esto era el auténtico espíritu de la ciudad y no los grises edificios de sus calles.



Tras unas cuantas pintas, fuimos al hostel, donde caímos presas del sueño alcohólico para despertar un par de horas más tarde. Después de cenar los restos de los embutidos que habían impregnado mi mochila con intensos olores de la tierra, salimos de nuevo. Acabamos en un pub donde tocaban versiones de rock de ayer y hoy. Asistimos a similar panorama que por la tarde y nos unimos a la embriaguez general hasta altas horas de la noche.

Fue el único día completo que pasamos en Dublín, pero creo que nos quedamos con la mejor parte.

sábado, 14 de enero de 2012

I'll have another Guinness, please! Capítulo 01: Madrid-Dublín

I'll have another Guinness, please!
periplo por Irlanda, Gran Bretaña y demás


16 de julio de 2011. Día 1.

CAPÍTULO PRIMERO:
LA PRIMERA GUINNESS

La aeronave de Ryanair dejó abajo Madrid entre un alarmante ruido chatarrero de los motores. Titubeante, el avión atravesó las últimas turbulencias al traspasar la cúpula de mierda difusa que suele rodear la ciudad del oso y el madroño.

Los indicadores de los cinturones de seguridad se apagaron, el cacharro se estabilizó y empezó el carrusel de ofertas de la por todos amada compañía aérea. Todo marchaba bien, al parecer. Nos íbamos a Irlanda.


A eso de las 21:00, hora local, aterrizamos en el aeropuerto de Dublín. Una fina llovizna, tan característica del país, salpicó las ventanillas mientras el avión se aproximaba a la terminal. Minutos después, recogíamos nuestras mojadas mochilas de la cinta de equipajes. Al sacar el chubasquero y la funda impermeable noté un intenso olor a chorizo emanando del interior de mi mochila.

Salimos de la terminal y nos dirigimos a las paradas de autobús del exterior mientras anochecía. Cogimos un autobús hacia el centro de Dublín y nos bajamos en la calle O'Connell. Estábamos bajo la Spire, el altísimo monumento en forma de aguja que se alza sobre la avenida.

Caminando bajo la lluvia y esperando a semáforos rojos eternos, tratamos de localizar nuestro albergue, el Abigails Hostel. Estaba muy cerca de allí. Subimos a la habitación a dejar nuestras cosas y sacar los víveres que llevábamos desde España para cenar. Entonces descubrí para mi pesar que mi olfato no había fallado, los paquetes de embutido habían petado y la grasilla combinada de salami, chorizo y salchichón goteaba de envoltorios diversos. Sólo por milagro u otras artes mágicas el fluido charcuteril no había traspasado la segunda capa de bolsa que separaba los alimentos de toda mi ropa y pertenencias.


A pesar de todo, Ruth se pringó sus pantalones recién lavados mientras preparábamos los bocadillos. Premio. Subimos a la habitación a lavar los pantalones afectados y a proceder al aislamiento de todos los paquetes y plásticos contaminados por el grasiento líquido. Tras la ejecución de las medidas de contingencia, salimos a inaugurar el viaje tomando unas pintas en el pub más cercano. Tocaban música en directo y el local estaba abarrotado de gente que se refugiaba de la lluvia pinta en mano. Pedimos un par de Guinness. El viaje acababa de empezar.