domingo, 2 de diciembre de 2012

La ruta maya 14: Playa del Carmen - Cancún - Madrid

3 de agosto de 2012. Día 14. Playa del Carmen – Cancún – Madrid

EPÍLOGO:
LA VUELTA


Una vez más, había llegado el momento. Hacer las mochilas por última vez y emprender el regreso a casa. La aventura mexicana tocaba a su fin, al menos para Ruth y para mí. Mi hermana Belén se quedaba en México, con su buceo, sus bichos y su vida.

Pasamos la mañana en la playa, tomándonos las últimas Sol al sol mientras contemplábamos el mar en calma, repasábamos los momentos estelares del viaje y charlábamos de nada y de todo. Tocaba viajar a Cancún, el punto de inicio de nuestro periplo, para desde allí agarrar un avión que nos devolviese a un país al que teníamos pocas ganas de volver.

Nos despedimos de Belén en la estación de autobuses. Costaba hacerse a la idea de estar otra vez meses sin vernos tras aquellas dos semanas viajando juntos. De la selva chiapaneca a las playas de Yucatán. Eran muchos los momentos, muchas las anécdotas que he intentado plasmar en las páginas de este diario, que ahora termina. La última página es melancólica, siempre lo es.

Tras la espera en el aeropuerto de Cancún, volamos en la noche por cielos relampagueantes. Las tormentas tropicales hacían temblar el avión y los fogonazos iluminaban Cuba, allí abajo, mientras el avión se desviaba para escapar de las turbulencias.

Recordé México mientras el siguiente viaje se iba colando en mi cabeza. El verano aún no había acabado y aún quedaban más viajes por delante.

Ésta fue la historia del último.

La ruta maya 13: Playa del Carmen – Cozumel - Playa del Carmen

2 de agosto de 2012. Día 13. Playa del Carmen – Cozumel – Playa del Carmen

CAPÍTULO DECIMOTERCERO:
VUELTA A COZUMEL EN TARTANA


A medida que nos acercábamos al embarcadero, los cazatalentos eran más agresivos. Queríamos visitar Cozumel por nuestra cuenta, así que escapamos como pudimos del asedio y alcanzamos el ferry. Tras unos 40 minutos de navegación, pusimos pie en la pequeña isla frente a las costas de Playa del Carmen.

Enseguida localizamos un sitio donde alquilar un coche para dar la vuelta a la isla. Belén sería la encargada de conducirlo, al ser la única con carnet. El sustantivo coche le venía grande a aquella cosa que nos entregaron. Una especie de jeep descapotable, con más años que el cagar. No tenía matrícula ni cinturones de seguridad. Según palabras textuales de los de la agencia de alquiler, “no hacen falta si vas a menos de 50”.

Nos dieron algunas indicaciones de cómo recorrer la isla, la gasolina necesaria y demás datos prácticos de supervivencia y enseguida nos entregamos al caos circulatorio de San Miguel de Cozumel, con coches y peatones abalanzándose hacia nosotros. Salimos del pueblo y paramos a repostar en la gasolinera, para continuar por la vieja carretera, llena de socavones, que daba la vuelta a la isla.

Tomamos un camino hacia una playa que nos había recomendado el de la agencia. Nos encontramos con un restaurante que daba a una playa privada, pero ya nos estaban pidiendo consumiciones para poder utilizarla, así que salimos de allí pocos minutos después. Seguimos la carretera a lo desconocido hasta llegar frente al arrecife del Palancar. Aparcamos la tartana junto a una laguna. Unos carteles advertían de la presencia de cocodrilos, por lo que nos dimos prisa en ir hacia la playa.

Nos metimos en aquellas aguas cristalinas y poco profundas. Había que alejarse un buen trecho de la orilla para que empezase a cubrir. Nos equipamos con las gafas de snorkel para contemplar la multitud de peces de colores que habitaban aquellas aguas. Era fácil entender por qué Cozumel se considera un paraíso para el buceo, aunque al estar aún lejos del arrecife, nosotros tan sólo estábamos viendo una pequeña muestra.



Los bancos de peces te rodeaban en cuanto te quedabas inmóvil, quizás con demasiada confianza que en el caso de Belén se tornó en agresividad, cuando uno de éstos le mordió inesperadamente. Comimos en un pequeño chiringuito junto a la playa, antes de continuar el viaje en nuestro poco fiable vehículo. El indicador de gasolina marcaba cero. Debía estar estropeado, porque habíamos llenado el depósito con la cantidad que nos habían recomendado. O eso, o estábamos a punto de quedarnos tirados. Desde aquel instante, viajamos con esa incertidumbre.

Seguimos dando la vuelta a la isla, divisando bonitas calas y orillas rocosas, con el sol sobre nuestras cabezas, el viento en nuestras caras y las avispas en nuestras pieles. Belén fue víctima del segundo ataque por fauna autóctona del día. Detuvimos el vehículo tras la picadura, para encontrarnos a la avispa sanguinaria arrastrándose por la tapicería del asiento con las tripas fuera. El aguijón estaba clavado en la pierna de Belén.

Nos habíamos detenido junto a las playas de Chen Río, en el extremo este de la isla. Nos pegamos un baño con precauciones, pues dominaba un fuerte oleaje y había que tener cuidado con las corrientes traicioneras.

Volvimos al coche, que era rodeado por gran número de zopilotes como en Los Pájaros de Hitchcock. Ante el riesgo del tercer ataque animal a nuestra conductora, salimos de allí. Ya se nos iba agotando el tiempo para coger el último ferry de vuelta a Playa, así que volvimos a San Miguel por la carretera que atravesaba la isla, partiéndola en dos.

Una vez de vuelta en San Miguel de Cozumel, devolvimos el coche en la agencia, donde nos quisieron timar con el tema de la gasolina. Después fuimos a tomarnos algo mientras esperábamos al barco que nos llevaría de regreso a Playa del Carmen. El sol empezaba su descenso sobre aguas de colores siempre cambiantes.

Por la noche fuimos a cenar al ya conocido restaurante de los semipaisanos de Ruth. A esta cena invitaba mi madre, y así desde el lejano Badajoz allende los mares, era también partícipe de esta pequeña reunión familiar. Regamos las pizzas con cerveza y seguimos con unos generosos postres italianos. Para terminar, nos invitaron a unos tequilas. Brindamos igual que aquella primera noche recién llegados a Cancún, hacía ya dos semanas. Se cerraba el círculo.

La ruta maya 12: Playa del Carmen – Chichén Itzá – Ik Kil – Valladolid – Playa del Carmen

1 de agosto de 2012. Día 12. Playa del Carmen – Chichén Itzá – Ik Kil – Valladolid – Playa del Carmen

CAPÍTULO DUODÉCIMO:
LA CHUCHI VISITA CHICHÉN ITZÁ


Poco antes de las 8 de la mañana, Ruth y yo esperábamos al autobús donde nos habían indicado. Por falta de tiempo, no nos había quedado otra que recurrir a una excursión organizada para llegar hasta Chichén Itzá. Belén prescindía otra vez de ruinas mayas y se quedó en Playa para bucear por allí.

El autobús salió enseguida por la carretera a Tulum, recogiendo a su paso más gente de resorts varios. Así tuvimos oportunidad de ver un poco más de cerca algunos de estos lujosos complejos, que solían caracterizarse por su exagerada ostentación y nulo respeto por el medio ambiente.

Tras unas 3 horas de camino, llegamos a Chichén Itzá, que como no podía ser de otra manera, estaba atestado de visitantes. Fuimos con nuestro rebaño a que el guía nos proporcionase las entradas y accedimos al lugar. Tras pasar por un camino rodeado de árboles, nos hallamos ante una gran explanada. Frente a nosotros nos recibía, imponente, la enorme pirámide de Kukulkán.

Quizás el impacto no fue tan grande como esperábamos tras haber pasado por las ruinas de Palenque, pero no por ello dejamos de impresionarnos ante el tamaño y perfección de la gigantesca construcción. El templo de Kukulkán data del siglo XII y es uno de los grandes exponentes de los conocimientos de arquitectura y astronomía de la antigua civilización maya. Sintiéndonos pequeños, admiramos el lugar. En torno a la pirámide, otros edificios se extendían, relucientes bajo el caluroso sol de mediodía. La ciudad de Chichén Itzá.




En este momento conviene presentar a un nuevo personaje. La Chuchi. El nombre no se lo he puesto yo, era como la llamaba el tonto del marido. Pero paso a presentarla. La Chuchi era una pija española de manual, que había surgido de las tinieblas de un resort de pulsera. Rubia teñida con pareo a juego y collar de hierros mayas que hubieran sido la envidia del mismo Pakal. Cómo soportaba el calor de los hierros mayas en la pechera bajo el sol tropical, no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que no hacía falta que se cubriera la cabeza, pues no había nada que proteger en su interior.

Mientras se embadurnaba de repelente a pesar de la total ausencia de mosquitos en ese momento, la Chuchi hacía gala del mejor humor involuntario con continuos comentarios, a cuál más estúpido. Se sucedieron así ocurrentes bromas sobre genocidios al pueblo indígena, o preguntas al guía del estilo “para qué sirve un templo”. El guía se tomaba unos segundos en responderle, atónito, mientras analizaba si aquello se trataba de una broma. Porque la sed de conocimientos de la Chuchi era inagotable. Y no es de extrañar, porque no tenía ninguno.

Los hierros mayas de la valenciana a estas alturas estaban incandescentes. Esto desembocó en quejas y resoplidos de la Chuchi hacia el tonto de su marido, a quien envió a comprar unas telas con bordados al puesto de artesanía de una anciana, para secarse el sudor. Chuchi, hija de puta, por lo menos no lo hagas delante de la mujer, que habrá pasado horas tejiendo para verte hacer eso.

Vimos el inquietante muro de las calaveras, las ruinas del recinto de juego de pelota y el templo de las mil columnas. Caminamos entre las ruinas, haciendo fotografías e intentando asimilar lo que el guía nos contaba sobre aquellos vestigios mayas. Pero Ruth y yo no podíamos parar de descojonarnos cada vez que la Chuchi abría la boca. Esto tan sólo acarreó consecuencias funestas, ya que ésta se creció y los chistacos crecieron en número, alimentando así una espiral de la muerte que nos obligó a tenernos que rezagar de la excursión para tranquilizarnos.




Tras un largo paseo, terminamos frente al majestuoso edificio del observatorio, desde cuya torre nos observaba un zopilote. Había muchísimo que ver en Chichén Itzá. Costaba creer que esta ciudad hubiera sido abandonada, pero el declive maya llegó antes que los españoles, y cuando éstos vieron este lugar con sus propios ojos, ya estaba cubierto por la selva.



Compramos algún recuerdo en los puestos de artesanía y nos fuimos hacia el autobús, que nos llevó a continuación a un buffet libre para comer, mientras bailarines giraban al son de música tradicional con botellas y bandejas sobre la cabeza.

Tras la comida, nos llevaron a un cenote, Ik Kil. Ya nos olíamos algo raro al ver un parking lleno de autobuses, tiendas de regalos y caminos asfaltados, pero no esperábamos tal masificación. El cenote en sí era espectacular, con aquel profundo cráter al que caían enredaderas y pequeñas cascadas. Pero estaba a rebosar de gente, que se agolpaba para salir del agua como lemmings o tenía que hacer cola para pegarse un chapuzón. Se nos quitaron las ganas de bañarnos.



La siguiente y última parada de la excursión fue la pequeña ciudad de Valladolid, de la que no pudimos ver mucho más que su iglesia y agradable plaza. No tuvimos mucho tiempo, pero nos causó buena impresión.



Concluida la visita, el autobusero hubo de esperar a los Chuchis por enésima vez y finalmente partimos de regreso a Playa del Carmen, donde llegamos cuando la noche ya había caído. Nos reunimos con Belén en el hotel y nos fuimos los tres a cenar a una pizzería. Nos pusimos al día de nuestras respectivas andanzas y planeamos la visita del día siguiente a Cozumel. Faltaba tan sólo un día más para volver a casa, pero aún no queríamos pensar en ello.

domingo, 25 de noviembre de 2012

La ruta maya 11: Tulum - Playa del Carmen

31 de julio de 2012. Día 11. Tulum – Playa del Carmen

CAPÍTULO UNDÉCIMO:
PLAYA


Preparamos los macutos una vez más. Nos íbamos a Playa del Carmen, donde nos alojaríamos los últimos días en México. Nos despedimos de todo el mundo en el hostel, que nos trataban casi como si fuéramos de la familia. Iré allí sin duda si alguna vez vuelvo a Tulum.

Belén se fue a bucear al cenote Dos Ojos mientras Ruth y yo fuimos tirando hacia Playa, donde nos encontraríamos por la tarde. En colectivo el viaje duró cerca de una hora. Fuimos directos al pequeño hotel que habíamos reservado, llamado Hotel Colorado. Estaba bien situado y era muy barato. Íbamos con miedo respecto a los alojamientos en Playa del Carmen pero la verdad es que acertamos. Aún era temprano para hacer el check-in, así que dejamos las mochilas y nos fuimos calle abajo hacia la playa.

A primera vista la playa nos gustó menos que las de Tulum. Se veía más masificada y con mucho rollo turístico de barquitos y tumbonas. Pero cierto es que Tulum jugaba en otra liga y aun así, aquella playa de Playa, era excelente. Ante la escasez de palmeras, alquilamos una sombrilla para evitar chamuscamientos nuevos, o reincidir en los anteriores. Pasamos allí el resto de la mañana entre chapuzones varios y algo de snorkel, no hay mucho que contar y pretendo resumir.



Por la tarde nos dedicamos a pasear por la Quinta Avenida, que es lo que se suele hacer en Playa del Carmen, y es bastante lamentable. Fue en aquel momento cuando pudimos conocer mejor la ciudad y nos dimos cuenta de que mayormente era una puta mierda. Aquella calle turística era el mal. Franquicias de marcas internacionales, souvenirs con los precios en dólares americanos, cajeros automáticos en cada esquina, touroperadoras, discotecas y hoteles con pulsera. Era demasiado diferente de lo que habíamos visitado en México hasta entonces.

Nunca debimos habernos movido de Tulum. Pero el mal estaba hecho, así que intentamos mitigarlo con un paseo por la playa al atardecer. Nos sentamos junto a la orilla. El mar azul fue tornándose negro, con una luna llena arrancando destellos del agua en calma.

Nos regresamos, como dicen en México, al hotel. Allí nos esperaba ya Belén, que volvía flipada del cenote, nos estuvo contando sus aventuras submarinas y acto seguido cayó dormida en su cama. Un poco más tarde Ruth y yo salimos a cenar. Bastaba alejarse un poco de la Quinta Avenida para que los precios bajasen a la mitad, y en la calle 4 localizamos un restaurante italiano donde Ruth pudo hablar en su idioma favorito con sus semipaisanos.

Disfrutamos de unas ricas pizzas y terminamos la jornada brindando entre limoncellos y tequilas.


La ruta maya 10: Tulum - Akumal - Tulum

30 de julio de 2012. Día 10. Tulum – Akumal – Tulum

CAPÍTULO DÉCIMO:
NADAR CON TORTUGAS


Nos levantamos antes de las 8 para ir a visitar las ruinas de Tulum antes de que llegaran las hordas de turistas. Salimos a desayunar, plato de fruta variada hasta arriba, zumo de papaya y unos pancakes. Los desayunos eran otra de las grandes ventajas de aquel hostel.

Belén se fue directamente a Akumal a bucear y quedamos con ella un poco más tarde por allí. Ruth y yo nos fuimos caminando hacia las ruinas. Las quemaduras que me había hecho en la espalda un par de días antes en la playa causaban ahora estragos. El fuerte calor me hacía sudar más a cada momento, la camiseta se pegaba a la piel y el picor de espalda era insoportable.

Aguanté entre sufrimientos la caminata hasta entrar en el recinto. Seguimos un sendero muy frecuentado por iguanas, que salían de entre los árboles a tomar el sol. A pesar de nuestra previsión, habían llegado ya manadas de turistas organizados y madrugadores, por lo que decidimos hacer la visita en orden inverso al que veíamos hacer a las excursiones.

Caminamos junto a los acantilados, admirando las ruinas que miraban al mar desde aquel lugar privilegiado. Enormes iguanas campaban entre las ruinas. Seguimos la línea de la costa junto a las viejas construcciones mayas. Abajo rompían las olas, suaves en un mar en calma que devolvía los rayos del sol. Algunas pequeñas playas se dejaban ver allá abajo, pero nos contuvimos, ya que en cuanto termináramos nos iríamos directos a la playa. Traté de evadirme del picor de espalda que me atormentaba.





No aguantábamos mucho el calor que estaba haciendo, por lo que la visita fue bastante somera. Dejamos atrás mar, ruinas e iguanas y volvimos sobre nuestros pasos hacia la carretera. Joaquín, el barbudo hijo de Chelo, nos había estado asesorando sobre nuestra excursión a Akumal, y nos dijo que en la carretera frente al hostel podíamos parar algún colectivo hacia allá.

Tuvimos suerte y enseguida pasó la furgoneta esperada. Entramos para descubrir con sorpresa que había aire acondicionado. Nada que ver la zona de Riviera Maya con Chiapas, se nota donde hay turismo y dinero. La carretera también era bien distinta. A toda velocidad, nos dirigimos a Akumal bajo un cambio de temperatura extremo. Nuestras camisetas empapadas en sudor no tardaron en formar carámbanos de hielo por acción del aire acondicionado.

Nos bajamos unos 20 kilómetros más allá, en una parada junto a la carretera. Desde allí seguimos un sendero durante 10 minutos hasta alcanzar la bahía. Recorrimos la playa buscando la sombra de alguna palmera desocupada y me fui rápidamente al agua. El alivio para mi espalda quemada fue casi orgásmico. Nadamos un rato y después fuimos a buscar a Belén, que nos había mandado un sms para avisarnos de dónde estaba.

La playa de Akumal es conocida por ser lugar de desove de tortugas marinas, que frecuentan sus aguas. Mi hermana era la experta, así que sería la encargada de guiarnos en busca de las tortugas y demás fauna marina. Fui con ella en primer lugar, mientras Ruth se quedaba en la playa con las cosas.

Me puse las aletas y el equipo de snorkel que había alquilado en el albergue y seguí a Belén por el agua. No tuvimos que alejarnos mucho de la orilla para empezar a encontrarnos con bancos de peces de colores diversos. También vi una manta raya nadando en el fondo. Belén tenía una carcasa submarina para su cámara, por lo que podía ir sacando fotos bajo el agua, que ilustran este capítulo.
   
Era impresionante la cantidad de vida que había. Entre la orilla y el arrecife, el fondo estaba cubierto de algas y hierbas entre la que se movían pequeños peces. Y enseguida tuve oportunidad de ver la primera tortuga gigante. Allí mismo, sacando la cabeza para tomar aire y nadando junto a nosotros.

Seguimos alejándonos de la playa hacia mar adentro, donde pudimos ver muchas más de estas tortugas bajo el agua, aún más grandes que la anterior. La experiencia era increíble y nunca te cansabas de mirarlas. Había que tener cuidado de no acercarse demasiado si no querías perder alguna extremidad, pero por lo demás no nos hacían ni puto caso. Allí estaban, comiendo hierba del fondo y de cuando en cuando nadando hacia la superficie para respirar.



Envidié su resistencia, mis barbas impedían que sellara bien el tubo de snorkel y tenía que bucear a pulmón para no tragar agua salada. Nadamos entre tortugas hasta alcanzar el comienzo del arrecife, donde miles de peces llenaban el fondo de colores.

Nos agarramos a una boya para recuperar aliento antes de empezar el largo regreso hacia la orilla, que habíamos dejado bien lejos. Salimos del agua para encontrarnos a una Ruth cabreada porque nos habíamos estado como una hora y dejándola allí aburrida con las cosas. Pero ella fue la siguiente en hacer el tour marino con la incansable Belén y me tuvo que dar la razón, la experiencia de nadar con las tortugas era la hostia.

Esta vez me quedé yo custodiando nuestras pertenencias mientras ellas nadaban. Me senté bajo la palmera contemplando el mar moteado de grupos dispersos haciendo snorkel.

Comimos en un chiringuito que había junto a la entrada a la playa. Nos pusieron los habituales totopos infinitos y esta vez me pedí una hamburguesa gigante que dejaba a las de las cadenas de comida rápida en evidencia. Después de comer, íbamos ya de regreso a la carretera para parar un colectivo a Tulum cuando cambiamos de idea a mitad de camino y dimos la vuelta para poder disfrutar un rato ya de aquella playa que tanto nos había gustado. Al menos el paseo estúpido no fue en balde, aprovechamos para ir a un supermercado a por agua y aftersun para las quemaduras que me afligían.

Volvimos a la arena en busca de otra palmera que diera sombra, pero pronto dejó de ser necesaria. Una nube traicionera adelantó el atardecer. Aún así, dio tiempo a otro largo baño donde poder volver a ver las tortugas. A esas alturas de la tarde hacía más frío fuera que dentro del agua. Decidimos ir ya definitivamente a por el colectivo, pero un astuto taxista nos abordó en el camino. Nos llevaba a los tres por el mismo precio. Trato hecho y en poco rato estábamos de regreso en el albergue. Con las tortugas aún nadando en nuestras retinas, pasamos nuestra última noche en Tulum.

sábado, 24 de noviembre de 2012

La ruta maya 09: Tulum

29 de julio de 2012. Día 9. Tulum

CAPÍTULO NOVENO:
EL GRAN CENOTE


El día amaneció turbulento. No en el cielo, donde lucía un sol espléndido, sino en el estómago de Ruth, que había pasado una noche de perros.

Decidimos esperar a que mejorase un poco. Se quedó descansando en la cabaña mientras Belén y yo fuimos a desayunar antes de que se nos pasase la hora. Comimos un generoso plato de frutas con plátano, mango, sandía, papaya... Después otro plataco de tacos dorados con papas. Nos pusimos hasta el ojete mientras hablábamos con los habitantes de las cabañas vecinas, de Argentina, Colombia y Miami.

Nos quedamos por el hostel mientras Ruth se recuperaba. Belén encontró en su botiquín un sobre de suero para mezclar con el agua, que Ruth bebía a sorbitos con cara de asco. Más de espíritu que de cuerpo, acabó por mejorar un poco y se animó a que fuéramos a ver un cenote en plan tranquilo.

No estaba el panorama para pedalear a lo verano azul como en la jornada anterior, así que optamos por agarrar un taxi que nos apañaron desde el albergue. Nos fuimos hacia el Gran Cenote y quedamos con el taxista para que nos recogiera en tres horas.

Tomamos un sendero para bajar al lugar, previo pago de 100 pesos por cabeza. Un cenote es una especie de pozo con agua manantial, que surge en cavernas tras los derrumbes de techo de una o más cuevas. Abundan por esta zona de México, y el que habíamos elegido visitar era uno de los más grandes de la zona. Yo nunca había visto nada igual. Admiramos el cenote, con las aguas cristalinas moviendo reflejos azules bajo cuevas de estalactitas.



Enseguida nos metimos en las frescas aguas con las gafas de buceo. Snorkeleamos y buceamos bajo las cuevas. Era increíble la profundidad de algunas zonas, donde podíamos ver estalactitas gigantescas y buzos con linternas allá abajo, a muchos metros de profundidad. Aparte de las caprichosas formaciones geológicas, valía la pena contemplar la vida que llenaba el lugar, con multitud de peces y también pequeñas tortugas esquivas.

La paz y quietud del lugar sólo era perturbada por un niño asalvajado que se jugaba la cabeza tirándose desde lo alto. Ruth revivió por momentos con el frío baño. Estaba encantada con el sitio.

Salimos del agua y nos sentamos a la sombra sobre una plataforma de madera, mientras mirábamos entretenidos los quehaceres de las tortuguitas. Cuando nos dimos por satisfechos, dejamos el cenote y caminamos hasta un bar que habíamos visto a la entrada. Belén y yo comimos unas quesadillas y Ruth arroz blanco para su maltrecho estómago.

La tarde la pasamos vagueando en el albergue. Belén se fue a explorar y buscar bichos por los alrededores y Ruth y yo pasamos las horas en la cabaña o tumbados en las hamacas siendo observados por lagartijas y mariposas de un tamaño inquietante.

Más tarde jugamos a las cartas del Exploradores y yo intenté poner al día el diario. Nos dormimos pronto.

domingo, 18 de noviembre de 2012

La ruta maya 08: Tulum

28 de julio de 2012. Día 8. Tulum

CAPÍTULO OCTAVO:
VERANO AZUL TULUM


Despegamos los cuerpos entumecidos de los asientos del autobús. Tras infinitas horas de viaje habíamos llegado a Tulum, en Quintana Roo.

Sacamos nuestras mochilas y cruzamos la calle de la estación para ir a desayunar unos chilaquiles y licuados de frutas varias. Después agarramos un taxi hacia el albergue que habíamos reservado, que estaba un poco en medio de ninguna parte, a un lado de la carretera que lleva hasta Tulum pueblo. Se llamaba Posada Los Mapaches.

Llamamos a la puerta bajo un panal de avispas gigantes que vigilábamos con inquietud. En un momento apareció Chelo, la dueña. El recibimiento fue un poco como si acabáramos de salir de un apocalipsis nuclear. Rápidamente nos hizo quitarnos las mochilas para llevarlas a desinfectar. Temía que en nuestros macutos llevásemos un parásito devorador de colchones.

El lugar no era un hostel al uso, sino que más bien era un complejo de cabañas entre árboles. Como por la hora aún no podíamos hacer el check-in aprovechamos para tumbarnos un rato en unas hamacas. Luego nos dieron la llave de la cabaña y una bicicleta a cada uno, con sus respectivos chalecos y luces por si las usábamos de noche. También me hice con unas gafas y tubo para snorkelear. Chelo nos estuvo hablando sobre todo lo que podíamos ver y hacer en los alrededores y también nos dio un mapa con las playas y cenotes de la zona.

Tras dejar nuestro equipaje desparasitado en la cabaña, nos fuimos en las bicis en busca de la playa. Pedaleamos por un camino entre árboles y transitado por iguanas. Pasamos la entrada a las ruinas y seguimos por el camino hasta alcanzar la costa. Amarramos las bicis en el exterior de un pequeño complejo de cabañas, que cruzamos para llegar a la playa. La fina arena blanca estaba desierta, bañada por aguas color verde turquesa. La llaman Playa Paraíso y hace honor a su nombre.

Hicimos campamento a la sombra de una palmera. Las ruinas de un templo maya asomaban en el acantilado del fondo. Disfrutamos de las cálidas aguas y buceamos sobre el arrecife lleno de peces de colores. Belén se fue a bucear y Ruth y yo nos bebimos unas Coronas bien frías frente a la orilla.

Así pasamos la jornada, holgazaneando en la arena y bañándonos entre peces y algas arrastradas por la marea. Era el mejor descanso tras los días de selva y caminatas.

sábado, 10 de noviembre de 2012

La ruta maya 07: San Cristóbal de las Casas - San Juan Chamula - San Cristóbal de las Casas - Tulum

27 de julio de 2012. Día 7. San Cristóbal de las Casas – San Juan Chamula – San Cristóbal de las Casas – Tulum

CAPÍTULO SÉPTIMO:
EL TEMPLO BIZARRO


Últimas horas en Chiapas. Queríamos aprovechar para hacer una pequeña excursión al pueblo de San Juan Chamula, habitado por distintas etnias mayas que viven en la sierra de Chiapas. Esta población indígena está a unos 10 kilómetros de San Cristóbal, por lo que nos daba tiempo a visitarla y estar de vuelta por la tarde para el autobús a Tulum.

Recogimos todo y dejamos las mochilas en un cuarto almacén del hostel. Salimos a la calle y seguimos las indicaciones que nos habían dado para localizar la parada del colectivo, en la calle Honduras, a un par de cuadras del mercado. La calle estaba atestada de coches y furgonetas que salían hacia los pueblos de alrededores. Bajamos entre el caos de gente y vehículos hasta encontrar el transporte que buscábamos. Un pequeño cartel descolorido indicaba el lugar.

Nos apretamos en los asientos y llegamos al pueblo al cabo de algo más de media hora. Nos bajamos en la plaza central. De aquel punto partían las vías principales del pueblo, en las que se agolpaban un sinfín de puestos de artesanía en largas hileras. Pero el punto de principal interés, la iglesia, se alzaba en un extremo de la plaza. El clero fue expulsado de allí por los chamulas en el siglo XIX, de modo que allí practican sus propios ritos. Los gringos deben pagar una pequeña cantidad para poder acceder, así que nos acercamos a la pequeña oficina de turismo a por los boletos.



Antes de entrar nos advirtieron de la prohibición de hacer fotos en el interior. Los chamulas creen que fotografiándoles les robas el alma y al parecer se toman muy en serio los incumplimientos de dicha ley. No es para tomárselo a broma. Respetamos la norma y no sacamos las cámaras de su funda durante la visita al interior del templo, por lo que trataré de describirlo lo mejor que pueda.

Nada más franquear la puerta, todos los sentidos reciben el impacto. Los ojos tardan unos segundos en adaptarse a la opresiva oscuridad. El espacio es diáfano, sin bancos ni columnas. El suelo está cubierto por un manto de agujas de pino y del techo cuelgan unas telas oscurecidas por el humo. Apenas entra luz del exterior, tan sólo hay unas diminutas ventanas pegadas al techo. La estancia está iluminada por la luz de miles de velas, dispuestas en hileras junto a los santos que llegan a tapar por completo las paredes. Las velas están pegadas al suelo por su propia cera. Un intenso olor a humo, sudor, cera, incienso y humedad impregna el ambiente. Gente postrada sobre la alfombra de agujas de pino reza en voz alta, bebe, canta, fuma, toca música o le retuerce el pescuezo a su gallina para los sacrificios de sangre.

Los lugareños siguen con sus ritos ajenos a los visitantes. Encienden alguna vela y murmuran sus plegarias. Ante ellos en el suelo hay botellas de refresco. El espeso humo marea, y en conjunción con el continuo murmullo, ejerce un efecto hipnótico. En el altar del fondo del templo, la figura de san Juan Bautista ocupa un lugar más prominente que el propio Jesucristo. Los santos que se agolpan en las paredes llevan colgados un pequeño espejo, que enturbiados por el humo, reflejan la luz de las velas.

Todo se impregnaba de un halo de irrealidad. Nunca habíamos visto nada remotamente parecido y sin duda es uno de los lugares más extraños en los que jamás he estado. Colocados y con los ojos llorosos por el humo, salimos de nuevo al exterior. Un hombre se dedicaba a tirar petardos hacia arriba junto a la puerta de la iglesia. La mitad de éstos le explotaban en la mano, pero parecía estar en una especie de trance. Era otro mundo.

Tras la impactante visita, paseamos entre los puestos de artesanía indígena, llenos de distintas piezas de vestuario, adornos y también reproducciones del subcomandante Marcos y otras personalidades del EZLN.


Pasado mediodía, decidimos volver a San Cristóbal. En el colectivo coincidimos con un señor con sombrero vaquero, que había venido con nosotros en el viaje de ida. Comenzamos a charlar con él y la conversación fue por derroteros varios, incluyendo algún momento incómodo cuando insistía en preguntar sobre lo que ganábamos en España, lo que nos había costado el pasaje a México, y otras preguntas que por seguridad es mejor evadir. Luego se interesó por la compra de armas en España, cuando repusimos que era ilegal salvo para cazadores y otras personas con licencia, se quedó flasheado. Un minuto de reloj mirándonos fijamente, en silencio. En fin, aquello era mundo bizarro.

Una fuerte lluvia comenzó a caer cuando nos acercábamos a San Cristóbal. La lluvia velaba el paisaje mientras permanecíamos largo rato en un atasco incomprensible. Finalmente llegamos al parking de los colectivos y desde allí caminamos bajo la lluvia hasta el restaurante del los zapatistas donde habíamos comido el día anterior.

Como antesala a un viaje movido entre las curvas de la serranía de Chiapas, dejé a un lado por un día la cocina mexicana y me decanté por una milanesa de pollo. Ruth hizo lo propio y Belén pidió un plato de pasta.

Fuimos al albergue a por las mochilas. Entre tanto, Belén consiguió una caja con la que se lió a empaquetar las cosas que había comprado para enviarlas a su casa por correo. Cogimos los macutos y la caja de Belén y nos fuimos calle abajo. Como la estación quedaba lejos e íbamos tan cargados, paramos un taxi que por 30 pesos nos dejó en la estación de ADO.

En la estafeta de la estación Belén por fin pudo enviar sus trastos. Esperamos al autobús en la abarrotada estación. Unos grandes ventiladores oscilaban de lado a lado para intentar aliviar el calor que hacía en el edificio. Al poco tiempo descubrimos que compartíamos bus con el Aguador, el archienemigo de Ruth, que se sentó delante de ella justo igual que en la lancha. Si se dedicó a verterle encima o no los refrescos de manzana que regalaban al subir al autocar, nunca lo supe. Yo me calcé dos pastillas antipotas y caí dormido poco después de salir.

Dejábamos atrás Chiapas por la misma carretera de la muerte que había sufrido un par de días antes. Terminaba la primera etapa del viaje. La noche arropó al autobús mientras dormíamos recostados en los asientos. El autobús giró y saltó durante horas, siempre hacia el norte.

viernes, 9 de noviembre de 2012

La ruta maya 06: San Cristóbal de las Casas - Cañón del Sumidero - Chiapa de Corzo - San Cristóbal de las Casas

26 de julio de 2012. Día 6. San Cristóbal de las Casas – Cañón del Sumidero – Chiapa del Corzo – San Cristóbal de las Casas

CAPÍTULO SEXTO:
NAVEGANDO ENTRE COCODRILOS


Amanecimos con la fresca mañanera y el canto de los gallos. Así empezaba el día en aquel apartado barrio de San Cristóbal. Salimos al agradable patio de la posada y desayunamos algo de fruta y unas tostadas. En un rato llegó el colectivo que nos llevaría al Cañón del Sumidero. Habíamos contratado una excursión en el albergue el día anterior.

Ingerí las pastillacas mexicanas para el mareo, en previsión de otra carretera chiapaneca de curvas y baches. Cuando empezamos a subir por la sierra, yo ya caí sedado en brazos de Morfeo. Elipsis temporal. Desperté junto al agua del Cañón. Somnoliento, corrí entre la gente a ponernos los chalecos salvavidas. Sin duda útiles en caso de hundimiento para flotar hacia las fauces de los cocodrilos.

Nos montamos en la lancha y empezamos la travesía a lo largo de 42 kilómetros del cañón. Los altísimos acantilados se elevan hasta unos 1000 metros de altura sobre el río Grijalva y hacen de este lugar una de las más impresionantes formaciones naturales del continente americano. Navegamos a toda velocidad entre el gigantesco pasillo de acantilados, que me recordaba a algún fiordo noruego. Las aguas bajaban turbias y revueltas debido a la estación lluviosa.

No tardamos en ver el primer cocodrilo, contemplándonos impasible desde una roca, mientras la barca se acercaba para que pudiéramos apreciarlo mejor. Era un ejemplar enorme, impresionaba ver aquella dentadura amenazante a tan poca distancia. Vimos otros muchos cocodrilos durante el trayecto, aunque éste fue el que pudimos observar mejor. El resto nadaban por la superficie del agua junto a la barca, enseñando dientes a la espera de alguna presa incauta que echarse a la boca.






Continuamos el viaje entre las paredes rocosas, que de cuando en cuando formaban siluetas caprichosas. El río lo transitaban barcas de turistas y de trabajadores que recogían la basura arrastrada por las aguas. Y siempre los cocodrilos. Pero vimos muchos más animales, la zona era un auténtico paraíso natural. Los pelícanos nos sobrevolaban y en ocasiones se lanzaban a pescar algún pez a nuestro alrededor. Pasamos junto a una isla llena de zopilotes, buitres negros que pueden verse en todo el sur del continente. En los árboles sobre los acantilados pudimos ver las siluetas de los changuitos trepando. Habíamos escuchado sus acongojantes gritos, pero no habíamos podido ver los monos hasta ese momento. Nos hizo ilusión.








Al alcanzar una gigantesca presa, dimos la vuelta y recorrimos el río en sentido inverso. Disfrutamos una segunda vez del paseo, entre cocodrilos, buitres, pelícanos y cientos de mariposas que volaban a ras del agua. Un gringo americano con pocas luces iba metiendo las manos en las aguas turbias durante el trayecto. Además de arriesgarse a la posible pérdida de un miembro, iba salpicando a Ruth, que estaba justo detrás. Bautizándolo como el Aguador, Ruth dudaba si cortarle ella misma la mano o si se lo dejaba a los cocodrilos.

Regresamos al lugar de partida y agarramos la furgoneta, que hubo de esperar a que Belén terminara de regatear con un vendedor para agenciarse una hamaca. Recorrimos unos cuantos kilómetros hasta Chiapa del Corzo. De este pueblecito se dice que cuando llegaron los españoles, la tribu guerrera que lo habitaba se arrojó en masa hacia el Cañón del Sumidero, pues prefirieron servir de alimento a los cocodrilos que rendirse.

Teníamos un rato para pasear por el pueblo. Vimos la gran plaza con una fuente de ladrillo en el centro, conocida como la Pila. Desde allí fuimos hasta el templo de santo Domingo de Guzmán, en cuyas inmediaciones Belén se compró unos antojitos de papas enchiladas, a lo que siguió una nieve (helado) para hacer nuevamente esperar al colectivo. Cuando Belén apareció entre las miradas reprobadoras de los otros viajeros, volvimos a San Cristóbal de las Casas.




Era primera hora de la tarde y el hambre acuciaba. Tras dar unas pocas vueltas sin ponernos de acuerdo, encontramos un sitio llamado TierrAdentro. Era un restaurante situado en un patio cubierto, rodeado de tiendas de artesanía y libros. Lo llevaban simpatizantes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, por lo que las paredes se adornaban con consignas políticas y por la dignidad rebelde. Devoré una enchilada y curioseamos los libros y artículos de artesanía indígena.



Por la tarde-noche fuimos a ver una obra de teatro llamada Palenque Rojo. Representaba la vida en la ciudad por cuyas ruinas habíamos paseado recientemente y sus guerras con la ciudad-estado vecina Toniná. El vestuario, música y actuaciones fueron sobresalientes, pero los sonidos rítmicos de los tambores mayas me resultaron relajantes y di varios cabezazos para diversión de Ruth y Belén.

El día terminó en algún bar de la calle Real de Guadalupe, frente a unas quesadillas y unas cervezas. Yo me emocioné y me pedí una michelada. Esto es una bebida mexicana preparada a base de cerveza, jugo de limón, sal y tabasco. Mucho tabasco. No estaba preparado.

lunes, 5 de noviembre de 2012

La ruta maya 05: Palenque - San Cristóbal de las Casas

25 de julio de 2012. Día 5. Palenque – San Cristóbal de las Casas

CAPÍTULO QUINTO:
LA CARRETERA DE LA MUERTE


La mañana del día en que viajaríamos a San Cristóbal de las Casas, nos recibió con dos nuevos inquilinos. Una avispa y una cucharacha, ambos de tamaño mastodóntico se hicieron fuertes en la habitación y aceleraron el proceso de recomponer los macutos.

Aún no había salido el sol cuando salimos cargando con las mochilas. Dejamos atrás las cabañas de aquel trozo de selva y salimos a la carretera a agarrar el primer colectivo que pasara. Cuando llegamos a la estación, esperamos al camión (así llaman en México a los autobuses de toda la vida). Con algo de retraso, salimos hacia San Cristóbal. Yo aún no lo sabía, pero estaba a punto de embarcarme en el peor viaje de mi vida.

El suplicio comenzó minutos después de la partida. Nuestro autobús ascendió, giró y saltó por carreteras de montaña. De los bellos paisajes de Chiapas poco recuerdo. Tan sólo me vienen a la mente las curvas, los baches, acelerones y frenazos, y el vaivén de aquel viejo autobús. Intenté concentrarme en la película, una historia de pingüinos con Jim Carrey. Fue aún peor. Intenté volver a mirar las montañas. Todo dio vueltas mientras mi cara se tornaba amarilla. Mi concentración se centró en básicamente no echar la pota.

Pero mi aguante tuvo su límite, y lo contabilicé en tres horas. Pasamos lentamente por uno de los controles militares que llenan las carreteras del país. Deseé fervientemente que no subieran los militares. Había vislumbrado mi destino, y éste era vomitar encima de un militroncho mexicano. No creía que fuera buena idea correr hacia el baño ante un control militar.

Afortunadamente, el autobús continuó su marcha y pude abalanzarme, tropezando entre los asientos, para llegar al baño. Creo que es el momento de que el relato deje de ser pormenorizado. Baste decir que los baches me hicieron darme de hostias contra las paredes del baño mientras perdía la vida allí dentro.

Otros pasajeros del autobús, preocupados por mi salud, me hacían diversas recomendaciones para contener los vómitos, que incluían magufadas varias de acupuntura. Al final me decanté por la química y me tomé unas pastillacas que me dieron para los mareos. No me sirvieron de mucho.

Entre la neblina del sufrimiento, acogí con agrado la parada a mitad de trayecto, en un poblado chiapaneco llamado Ocosingo. Aproveché para comprar más pastillas para el mareo en el badulaque de la estación. Mientras tanto, Belén había desaparecido misteriosamente en busca de uno de sus tradicionales “antojitos”, perdiéndose por el pueblo. No apareció hasta que el autobús estuvo a punto de irse, haciéndonos sufrir a Ruth y a mí hasta el último minuto.

Las curvas tampoco escaseaban en el trayecto que quedaba hasta San Cristóbal de las Casas. Pasé otras horas infernales y por fin llegamos a nuestro destino, yo medio muriéndome y bajo un sol de justicia. Anduvimos largo rato hasta encontrar nuestro albergue, la Casa del Abuelito. En la habitación, caímos redondos tras descargar el peso. Dormité unos instantes hasta que recuperé las ganas de vivir y salimos a comer por ahí.

Encontramos un pequeño establecimiento en la calle Real de Guadalupe, donde ingerimos un menú con pasta por unos pocos pesos. Luego caminamos hasta el mercado de artesanía, situado junto a una modesta iglesia. Allí aprovechamos para hacer algunas compras para recuerdos y regalos.




Después fuimos a ver la catedral y seguimos por los vecinos templos de Santo Domingo y de la Caridad. En San Cristóbal hay muchísimas iglesias, y hay una razón. Debido a la alta densidad de población indígena, fue aquí donde la Iglesia vio mercado y centró así sus esfuerzos de prédica evangélica tras la colonización española.





Huímos de la iglesia de Santo Domingo, donde una monja aterradora casi nos deja atrapados. Deambulamos entre los puestos de artesanía que llenaban la plaza y volvimos al albergue al caer la noche. Pero confundimos un par de calles y acabamos perdidos por la ciudad. Tras andar varios kilómetros de más en balde, llegamos al hostel.

Belén fue la más lista y se durmió de inmediato, dejándonos a Ruth y a mí el marrón de hacer la colada. Sacamos bolsas con la ropa mojada y embarrada que nos traíamos de la selva y nos pusimos a ello. La tarea se prolongó hasta más allá de medianoche. Cenamos unos tacos que fui a comprar a un puestecillo cercano y nos fuimos a dormir.

domingo, 28 de octubre de 2012

La ruta maya 04: Palenque

24 de julio de 2012. Día 4. Palenque

CAPÍTULO CUARTO:
EXPLORANDO LA SELVA CHIAPANECA


El cansancio pudo al sonido de las chicharras y a los rugidos de los monos aulladores. Dormimos de un tirón y amanecimos con los primeros rayos del sol entrando en la habitación. Éramos tres la noche anterior, fuimos cuatro en la mañana que comenzaba. El nuevo huésped de la cabaña era una gigantesca araña que campaba a sus anchas por el plato de ducha.

Belén, la amiga de los bichos, se aventuró a resolver la crisis y con ayuda de una jarra de plástico y un folleto devolvió la araña a la selva. Tomamos un desayuno contundente a base de tostadas con mantequilla, tortitas, huevos revueltos y beicon. Enseguida fuimos a reunirnos con el guía que habíamos contratado para la incursión a la selva. Se llamaba Jorge y llevaba la tira de años haciendo de guía, primero bajo el agua y después recorriendo diversas selvas mexicanas. Enseguida nos empezó a contar anécdotas que inspiraban miedo y fiabilidad al mismo tiempo.

Salimos del Panchán y pasamos como el día anterior a la zona declarada parque natural. Caminamos un buen trecho a un lado de la carretera, mientras Jorge nos contaba sus aventuras y nosotros las nuestras. Pasado un recodo, un par de kilómetros antes de llegar al complejo arqueológico de Palenque, nos desviamos por un sendero hacia el interior de la selva.

En segundos perdíamos rastro del sol y de la civilización, bajo los frondosos árboles y rodeados de espesa vegetación. Caminamos hasta que los sonidos de pájaros e insectos nos envolvían por completo. Los rugidos de los saraguatos ya se escuchaban a lo lejos.




Anduvimos siempre hacia lo profundo de la selva mientras Jorge nos ilustraba sobre diversas plantas medicinales y nos alertaba sobre la vegetación traicionera con pinchos peligrosos. También nos enseñó frutos y setas comestibles. Mención especial a la llamada “lengua de vaca” porque a algunas personas se les hincha la lengua al comerla. Mientras lo explicaba, mi hermana se ponía las botas. «¡Belén, deja ya de comer lengua de vaca!», gritamos.

Tras un buen rato andando, encontramos un riachuelo que arrastraba el agua desde el interior de la selva. Nos descalzamos y empezamos a ascender por éste. El agua rara vez cubría más arriba de las rodillas. Nuestros pies, poco acostumbrados a tales andaduras, no tardaron en doler al pisar los guijarros sobre las rocas. Había que evitar también las pequeñas arañas que se metían entre los pies, aunque Jorge nos aseguró que esas no eran de las venenosas y “que ya nos avisaría”. Otros seres que mostraban predilección por nuestros pies eran los pececillos que acudían a hacer limpieza cutánea.

Encontramos conchas de crustáceos en distintos estados de fosilización mientras no dejábamos de ascender por el arroyo, piedra tras piedra y paso tras paso. La marcha era más dura de lo que habíamos imaginado y por ello también más interesante. Los rugidos de los monos cada vez se intensificaban más, sabíamos que estaban sobre nuestras cabezas pero aparte de alguna rama moverse, no conseguíamos ver mucho. Y teníamos que hacer un esfuerzo para creer que realmente eran monos porque la verdad es que sonaban como jaguares o dinosaurios, y no estábamos seguros de uno de los dos.

Dejémonos de rodeos, los monos acojonaban. Los saraguatos tienen una especie de caja de resonancia que amplifica los aullidos, y los hace parecer cualquier cosa menos monos. Los intensos rugidos sobre nuestras cabezas, allí, en medio de la selva, es uno de los recuerdos más vívidos que tengo del viaje.

Seguimos trepando por el riachuelo hasta llegar junto a una pequeña cueva. Jorge y Belén se metieron a rastras a explorar mientras yo me quedaba con Ruth entre rugidos de monos y arañas peludas. Nos sentamos sobre el tronco de un árbol caído hasta que los exploradores emergieron de otra cueva a unos 20 metros de allí, trayendo barro que luego nos restregamos por las jetas por sus efectos claramente beneficiosos.

Entre el barro de la cara y las ropas, y los pies cubiertos de rozaduras y bichos, perdimos el último vestigio de civilización que nos quedaba y terminamos de ascender por el arroyo, tomando otro camino para el que nos volvimos a calzar las botas. Los rugidos de los monos quedaron atrás, pero encontramos nuevos e interesantes bichos. Destacaba una araña de colores intensos (ésta sí era venenosa) que encontramos pendiendo sobre nuestras cabezas. Se ocultaba en la hoja de un árbol a la espera de que algún insecto incauto cayera en su red, que luego devoraba con presteza.


Jorge nos confesó que se había desorientado y que no sabía donde estábamos... fue una broma. Pero había que ver la cara de terror de Ruth, que pese a su miedo a los bichos estaba allí en medio de la selva dándolo todo, “contra su voluntad”, según sus palabras textuales.

Continuamos por el mismo sendero, saltando algún obstáculo ocasional en forma de árboles caídos o arroyos. El camino era agotador y en ocasiones bastante difícil. Agarrarse de lianas ayudaba y había que cuidarse de sujetarse a las plantas con pinchos. Vimos árboles engullidos por plantas parásitas, que rodeaban los troncos asfixiándoles. También plantas de cacao, otras medicinales y también venenosas.

Más adelante nos encontramos con restos de construcciones mayas, edificaciones semiderruidas y sepultadas por la selva. Las raíces arrasaban con los muros de piedra y el lodo de siglos enterraba las construcciones. Había un sinfín de estos restos, conocidos por los indígenas pero aún no explorados por los arqueólogos. A Jorge se le notaba cierto resquemor al hablar de esos expertos que luego llegan allí para excavar y se llevan todo el mérito del descubrimiento.

A pesar del paso del tiempo, muchas de aquellas ruinas aún se tenían en pie. El lodo se había ido depositando hasta unos dos metros por encima de lo que había en tiempos de los mayas. Jorge nos señaló un pequeño templo enterrado y lo seguí bajando por un terreno desnivelado. Se podía entrar en el pequeño edificio a través de un agujero abierto en su parte superior. Me acerqué despacio por la cuesta embarrada y perdí pie al pisar una roca suelta. Conseguí agarrarme a una liana que colgaba de los altos árboles y quiso el destino que emulara por accidente a Indiana Jones. Un sueño cumplido de la infancia. Colgado de la liana, atravesé el trecho que me separaba del templo y conseguí deslizarme en el pequeño habitáculo casi sin rasguños.





Caí en el interior mientras un par de murciélagos levantaban el vuelo desde las viejas paredes. Tras el cinematográfico momento, me aseguré de que estaba entero mientras mis ojos se acostumbraban a la oscuridad. Pero apenas podía verse nada, ya era poca la luz que dejaban pasar los árboles y allí dentro recurrimos al uso de linterna. Pudimos ver perfectamente el marco de una puerta que debía llevar a otra sección del edificio, pero estaba tapiada por tierra y rocas.

Dejamos atrás las rocas y murciélagos y trepamos para salir del templo hasta reunirnos de nuevo con Ruth y Belén. La ruta continuó entre una impresionante cantidad de edificios mayas semiocultos por la vegetación.

Terminamos llegando al pie de una impresionante cascada. El agua caía con fuerza desde lo alto. Nos quitamos las botas de nuevo, atándolas a las mochilas y trepamos como monillos entre las rocas. Llegamos a media altura de la cascada y bajo ésta nos bañamos, con cuidado de no resbalar hacia el precipicio y partirnos las cabezas. Nos quitamos el barro bajo el incesante chorro de agua helada y así pusimos el broche de oro a una jornada inolvidable.

Desde la cascada, bajamos de nuevo hacia el camino y lo seguimos durante un buen rato hasta encontrar la carretera de las ruinas de Palenque. Habíamos sobrevivido a la selva, como decía Jorge, “quién sabe cómo”. Es evidente que sin él una muerte temprana habría sido bastante probable.

Contentos, pero agotados tras la espectacular caminata, agarramos un colectivo de vuelta a la selva colonizada del Panchán. Nos despedimos de Jorge y nos fuimos directamente a comer a un restaurante que había montado bajo unas palapas. Íbamos petados de barro, pero el hambre era prioridad y nos dimos una merecida comilona con cervezas. Allí probé por primera vez los tacos dorados con su correspondiente chile para ponerlo picoso.

Después, una ducha y a morirnos. Belén ya definitivamente por aquel día. Ruth y yo aún nos animamos a salir al atardecer. La lluvia caía y los mosquitos del atardecer mordían. Fuimos al mismo sitio de horas antes, llamado Don Muchos, que al ser el único restaurante de aquella pequeña colonia selvática que era el Panchán, congregaba a los huéspedes de todas las cabañas del lugar.

Sobre un pequeño escenario, un grupo tocaba canciones mexicanas de ayer, hoy y siempre. Nos sentamos en una mesita bajo una nube de mosquitos que me hizo lamentar no haberme echado el repelente. Pero confié en los efectos de la vitamina B que nos obligaba a ingerir Belén para ahuyentar a los mosquitos.

Nos tomamos unas pizzas mientras la música seguía y algunos se animaban a bailar, de forma sorprendentemente profesional. Disfrutamos de la cena, brindamos con cervezas sucesivas y finalmente volvimos a casa a dormir. Los ruidos de chicharras y los aullidos de los monos eran de nuevo la banda sonora. Me encantaba quedarme dormido con aquellos ruidos de la selva.

martes, 9 de octubre de 2012

La ruta maya 03: Palenque

23 de julio de 2012. Día 3. Palenque

CAPÍTULO TERCERO:
RUINAS ENTRE LA SELVA


El autobús nocturno hizo entrada en la estación de Palenque cerca de las 7 de la mañana. La hora era demasiado indecente para ir a dejar los macutos al alojamiento, así que en lugar de eso los arrastramos hasta una taquería cercana. Allí dimos cuenta de unas quesadillas con unos zumos.

Después esperamos a un colectivo para que nos llevara hasta la zona conocida como El Panchán, donde hay algunos pequeños complejos de cabañas en medio de la selva. Entramos en la abarrotada y animada furgoneta y salimos de la ciudad por una carretera de baches, entre pintadas del EZLN y espesa vegetación. Nos bajamos donde nos indicó el conductor y seguimos un camino que se internaba en lo desconocido del bosque. Pronto dejamos atrás cualquier recuerdo de asfalto y nos encontramos bajo un techo de frondosos árboles, rodeados de ruidos de insectos autóctonos varios.



Llegamos hasta las cabañas de Margarita y Ed, donde había reservado por teléfono Belén unos días antes. Con sus dotes negociadoras, nos había conseguido una ganga. Aún no se podía entrar en nuestra choza, así que le dejamos los macutos a Margarita y aprovechamos para rellenar botellas y cantimploras con agua potable del bidón.

Volvimos a la carretera y nos dirigimos a pie hacia la entrada de la reserva natural. Allí nos recibieron unos soldados armados y el señor taquillero, ya que había que pagar una pequeña cantidad destinada a la conservación del entorno. Fue pocos metros más allá cuando se nos unió un nuevo acompañante. Un perro salvaje, que al no echarlo de primeras se sintió amado y nos siguió hasta el infinito.



Cometimos el error de hacer caso a la Lonely Planet, y pensando que las ruinas estaban cerca, anduvimos kilómetros y kilómetros a un lado de la carretera. Ascendimos bajo un sol que también ascendía y calentaba con fuerza. La humedad de la selva nos hacía sudar como cerdos, pero cuanto más subíamos más atractivas eran las vistas de la selva. Así que bebíamos agua y continuábamos. Algún que otro colectivo nos pitaba al pasar, pero los rechazamos por pensar que estábamos a punto de llegar. Brasas, el perro salvaje perseguidor, no desfallecía y nos seguía acompañando en nuestro periplo.

Sabíamos que íbamos a tener un problema al llegar con el perro a la entrada de las ruinas, así que cuando éste se entretuvo con otros excursionistas, le dimos esquinazo vilmente. Nos habría seguido hasta el fin del mundo, pero no podíamos hacernos cargo de él y Brasas se perdió en la lejanía.

En la entrada del complejo, compramos los tickets para acceder y pagamos un guía local para que nos enseñara el lugar. A mí no me hacía mucha gracia hacer la visita guiada, pero la verdad es que pudimos aprender mucho de la arqueología y de la historia de aquella antigua ciudad maya. Cruzamos la maleza y accedimos a la vieja ciudad de Palenque. Aunque sus ruinas se extienden a lo largo de más de 15 km2, sólo se ha excavado una pequeña parte central. Pero basta para quitar el aliento. Me impactó muchísimo encontrarme de repente frente al templo de las Inscripciones, surgiendo inmenso entre la jungla.



Trepamos por las altas escalinatas del palacio. Desde allá arriba podían admirarse gran parte de los edificios circundantes y los relieves que aún podían verse. Visitamos el patio de los Cautivos, donde mantenían a los prisioneros de las guerras hasta que los sacrificaban en un altar cercano con cuchillos de obsidiana. El guía nos iba hablando de las costumbres de los antiguos habitantes del lugar y de Pakal, uno de los principales soberanos de Palenque, que llevó la ciudad a sus más altas cotas de esplendor. Bajo el enorme templo de las Inscripciones se encontró su tumba.



Fuimos hasta el conocido como Grupo de las Cruces, donde el hijo de Pakal continuó expandiendo la obra de su padre. En torno a una amplia plaza, se alzan tres grandes templos. Ruth decidió quedarse disfrutando de la vista desde abajo y Belén y yo subimos al más alto de éstos, el templo de la Cruz. El ascenso mereció la pena, toda la ciudad podía verse desde allí.









Como postre a la interesante ruta, el guía nos llevó un poco por la selva que rodea las ruinas. La abundante vegetación esconde muchísimos templos aún no excavados por los arqueólogos y pudimos ver algunos de éstos, tapados y destruidos por lodo y raíces. Pero esto no sería más que una pequeñísima muestra de lo que viviríamos en la jornada siguiente, cuando nos internaríamos en la selva de verdad.






Enseguida estábamos de vuelta a la civilización y aparecimos junto a los puestecillos de artesanía de la entrada. Había un pequeño restaurante, y nos sentamos a comer bajo la palapa que protegía del sol. Después de reponer fuerzas con unas enchiladas, dimos una vuelta entre los puestos y agarramos un colectivo de vuelta al Panchán.

Mientras nos tirábamos a descansar en nuestra cabaña, comenzó una fuerte tormenta que nos impediría salir durante el resto de la tarde. El agua caía a raudales y acojonados por la violencia de la lluvia, pasamos la tarde simplemente charlando. Al atardecer cenamos de nuestros víveres y nos fuimos a acostar pronto. Caímos dormidos entre el sonido de las chicharras y los rugidos de los monos aulladores que resonaban en la selva.

domingo, 23 de septiembre de 2012

La ruta maya 02: Cancún - Isla Mujeres - Cancún - Palenque

22 de julio de 2012. Día 2. Cancún – Isla Mujeres – Cancún – Palenque

CAPÍTULO SEGUNDO:
LA ISLA PIRATA


El amable pájaro que chillaba junto a la puerta de la habitación nos hizo madrugar en nuestra primera mañana en México. Salimos del refugio de aire acondicionado al húmedo calor que ya apretaba a aquella hora de la mañana y nos sentamos en el patio a desayunar. El desayuno era abundante, para empezar un plato de papaya, guayaba, plátano y melón con cereales y yogur. Y a continuación, lo que llamaban “tostada”, que no se trataba de pan untado sino de una tortilla con huevos revueltos y picadillo de cebolla, tomate y chile.



Tras el contundente desayuno, sacamos los macutos de la habitación para hacer el check-out. Nuestra estancia en Cancún sería breve, ya que aquella misma noche viajaríamos hacia Chiapas. Dejamos los mochilones en el hostel y nos fuimos con lo justo para pasar el día por ahí. Agarramos un taxi por 25 pesos para ir a Puerto Juárez. Cancún y su famosa zona hotelera nos interesaban bien poco y pronto huíamos de la masificación y los putos resorts con pulsera para dirigirnos en ferry a Isla Mujeres.


En la cubierta superior del ferry, nos torramos al sol mientras un músico tocaba temas de Carlos Santana. En 20 minutos llegamos al puerto de Isla Mujeres. Situada frente a la costa de Cancún, la estrecha isla debe su nombre a historias de épocas pasadas. Según cuentan, los piratas la usaban de refugio y mientras se dedicaban a saquear por la zona, dejaban allí a salvo a sus amantes.



En cuanto pisamos el atracadero, caminamos directamente hacia la playa Norte, según nos habían dicho, una de las mejores de la isla. No sabemos si de la isla, pero lo que sí supimos al llegar es que era una de las mejores que habíamos visto nunca. El lugar impresionaba a primera vista, incluso a un antiplayero como yo. Se trataba de la idílica playa caribeña, con finísima arena blanca, palmeras y aguas azules, templadas y poco profundas.





La poquísima gente era otro punto a su favor. La tranquilidad reinaba en el lugar y el paisaje hacía quedar muy lejos el trabajo y los problemas del otro lado del charco. Extendimos nuestras toallas y bártulos a la sombra de unas palmeras y nos dedicamos simplemente a disfrutar de la playa, combatiendo el calor con frecuentes baños. Ruth se dedicó a tostarse al sol mientras Belén se embutía en sus chismes de buceo.

Siendo domingo, no sólo gringos y lunamieleros disfrutaban de la playa, también familias locales disfrutaban del día comiendo y bebiendo a la sombra de las palmeras. Tras unas horas de playa, decidimos unánimemente ir a tomar unas cervezas a uno de los chiringuitos que había a lo largo de la costa. Probé una Negra Modelo mientras contemplaba el mar y las iguanas que campaban a sus anchas por la zona. El momento sólo era empañado por el chundachunda proveniente de uno de los altavoces del garito.

En previsión del viaje en autobús que nos tocaba a la noche, pagamos 10 pesos para poder usar las “regaderas” propiedad del bar y nos quitamos la sal de encima con una ducha rápida. Nos cambiamos de ropa y fuimos en busca de algún sitio para comer. Junto al mercado municipal, encontramos unas terrazas al aire libre donde se podía comer barato. Nos sentamos en una mesa a la sombra y ai viento de un ventilador. Pedimos unos totopos para compartir y yo me decanté por una enchilada con mole.

En cuanto terminamos de comer, nos fuimos al puerto para regresar a Puerto Juárez. Esta vez no hicimos el guiri y fuimos en la zona cubierta del ferry, con aire acondicionado. Mi blanquecina piel ya notaba el picor de las quemaduras del sol, a pesar de haberme embadurnado de crema por la mañana. Al llegar, negociamos un taxi y volvimos al albergue a por nuestras cosas. Belén iba cargada de historias de buceo y una tienda de campaña tras su estancia en la selva, e ignorábamos cómo podía desplazarse con aquel peso que se negaba a compartir.

Anduvimos hacia la estación de autobuses, y al cruzar la plaza de las Palapas nos encontramos con una manifestación de #yosoy132, un movimiento que lucha por una mayor democracia en el país y al que podríamos llamar el 15M mexicano. Asistimos a la lectura de un manifiesto y sacamos algunas fotos, pero en cuanto vimos a la policía armada no nos demoramos mucho más. En teoría nuestro visado impedía la participación en  cualquier manifestación de carácter político. De otro modo, nos arriesgábamos a que nos metieran en un avión de vuelta a España. Así que pese a nuestra simpatía por aquel movimiento, seguimos nuestro camino.



Compramos agua y nos metimos en la estación a esperar el bus de ADO GL hacia Chiapas. A pesar de las escasas 2 semanas que permaneceríamos en el país, queríamos aprovechar para hacer mucho más que el típico viaje a Riviera Maya.

A las 17:45 llegó nuestro autobús, que nos recibió con una temperatura más propia de otras latitudes y un refresco de bienvenida. Íbamos a pasar unas 13 horas allí, pero por suerte los asientos eran bastante reclinables y sería una ayuda para dormir. En la tele pasaron algunas películas a cual peor, y me fui durmiendo en cada una de éstas. Cenamos pan de molde untado en patés y unas barritas de cereales.

El viaje a Palenque continuó mientras la noche nos arropaba. Los baches, las selvas y algún control militar ocasional se sucedían mientras seguíamos haciendo kilómetros hacia el sur.