domingo, 27 de noviembre de 2011

Arena en las botas, capítulo 30: Amman-Madrid


Noche del 27 de Julio y 28 de Julio de 2010. Día 19.

CAPÍTULO TRIGÉSIMO:
VUELTA A CASA

Pedimos un taxi para ir al aeropuerto. A eso de las 21:00 llegó el coche. Nos alegramos de reencontrarnos con una cara conocida. El conductor era el mismo que nos había llevado a orillas del mar Muerto y hasta Petra unos días antes.

Dejamos atrás la bulliciosa Amman para dirigirnos al aeropuerto internacional Queen Alia, que estaba bastante alejado de la ciudad. Los controles de seguridad de la terminal eran bastante excesivos y paranoicos. No nos dejaron pasar a los mostradores de facturación hasta poco antes de la salida del vuelo.

Después de ver desaparecer las mochilas en la cinta del check-in, tocaba pasar por el control de pasaportes. Ruth pasó enseguida, pero yo no lo tendría tan fácil. Un viaje no sería viaje sin mis tradicionales problemas aeroportuarios. Debía parecerme poco a mi foto del pasaporte, porque el policía se dedicaba a buscar las siete diferencias comparando minuciosamente mi cara con la de la documentación. Sus ojos entrecerrados y escrutadores reflejaban desconfianza.

Acto seguido, me hizo fotos con una webcam para pasar las imágenes por un comparador de jetas. El ordenador decidió que yo no era realmente yo. Tuve que enseñarle el dni español, pero como era exactamente la misma foto que la del pasaporte, seguíamos en las mismas.

Una frontera me separaba de Ruth y del regreso a casa. Por lo visto, tenía que empezar a hacerme a la idea de una nueva vida en Jordania. Pasó el tiempo y seguimos jugando a las siete diferencias, mientras yo trataba de recrear la misma expresión facial de la fotografía. Pero cada vez más gente guardaba cola a mis espaldas, así que finalmente el madero decidió concederme la libertad.

Un rato más tarde, y tras otro control de seguridad más, por fin embarcamos en el vuelo de airBaltic de regreso a Europa. Para España aún faltaba un poco más. Eran las 2 de la mañana y apenas comenzábamos la larga vuelta a casa.

Caí dormido antes de despegar y abrí los ojos minutos antes del aterrizaje en Riga, Letonia. Era un largo rodeo para llegar hasta Madrid, pero por precio y horarios era lo que nos convenía. En el exterior de la terminal, el agua caía a raudales. En apenas unas horas, habíamos pasado del abrasador sol de Oriente Próximo a la abundante lluvia de las repúblicas bálticas.

Teníamos 4 horas de espera hasta la conexión con Madrid y nos sentamos a esperar en un bar junto a los ventanales de la terminal. Desayunamos viendo la lluvia caer sobre las pistas del aeropuerto de Riga, y los aviones despegar y aterrizar.

A las 10 de la mañana, hora local, partíamos en el vuelo de regreso a Madrid. El viaje tocaba a su fin. Era hora de mirar nubes desde la ventanilla mientras recordábamos todo lo vivido en aquellas últimas semanas. Del reencuentro con los siempre sorprendentes contrastes de Estambul a la bulliciosa Amman. Del descenso por el travertino de Pammukkale a flotar en las aguas del mar Muerto. De la soledad de las Ciudades Muertas a la inmensidad del desierto del Wadi Rum. Del atemporal y concurrido zoco de Damasco a la soledad de las ciudades muertas. Del inexpugnable castillo del Crac de los Caballeros a las norias quejumbrosas de Hama. Del negro basalto del teatro de Bosra a las ruinas resplandecientes de Palmira. Del increíble paisaje natural de la Cappadocia a las majestuosas fachadas de Petra.

Una vez más, recordé por qué me gusta tanto viajar.



sábado, 5 de noviembre de 2011

Arena en las botas, capítulo 29: Amman

27 de Julio de 2010. Día 18.

CAPÍTULO VIGÉSIMO NOVENO:
LA CIUDADELA DE AMMAN

Apuramos la habitación hasta la hora del checkout forzoso. Recogimos todo y salimos a conocer la ciudad, dejando las mochilas grandes en el albergue.

No estábamos demasiado entusiasmados por recorrer la capital jordana. Después de maravillas como Petra, el mar Muerto o el Wadi Rum, sabíamos que Amman era un final agridulce para este gran viaje por Oriente Próximo. Pero era el último día y queríamos aprovecharlo para conocer un poco la ciudad.

El lugar de más interés era la Ciudadela. Intentamos coger un taxi que nos subiera hasta allí, pero los taxistas pasaban de nosotros, así que al final subimos a pata. Un señor muy amable nos indicó cómo ir, no era fácil orientarse en aquel entramado de callejas. De camino hacia las murallas pudimos contemplar el gran teatro romano, uno de los lugares más visitados de Amman. No sabemos si era la bajona pre-despedida del viaje, pero después de ver el impresionante teatro de Bosra, nos supo a poco.


Paramos en una tiendecita a comprar agua y algunas cosas para desayunar. Seguidamente continuamos la subida bajo el intenso sol jordano. Hordas de niños jugaban entre las callejuelas y se acercaban a saludarnos. Pasamos una pequeña mezquita con cúpula verde y llegamos al pie de las murallas, que rodeamos hasta alcanzar la entrada.

Las ruinas de la Ciudadela estaban en un estado bastante malo, pero lo más interesante del lugar era ver tantos períodos diferentes allí representados. Resultado de las numerosas culturas por las que había pasado aquella antiquísima fortaleza. Había restos desde el Neolítico hasta el período musulmán, pasando por griego, romano y bizantino. Pero como contaba, no queda gran cosa en pie.

Quizás lo que más me gustó fue contemplar la enorme ciudad desde aquella elevación. La moderna Amman llenaba las laderas de las colinas en torno a la Ciudadela, en un mar de casas y mezquitas.



Bajamos de nuevo hacia el centro. Nos encontramos con una tienda de narguiles y compramos uno pequeño que ahora adorna nuestro salón. Comimos en el restaurante junto al hostel y disfrutamos del último té entre el humo de los narguiles.

Ya no teníamos tiempo de mucho más, y pasamos el resto de la tarde en el albergue, esperando el momento de ir hacia el aeropuerto. Con las noticias de la BBC de fondo, nos dedicamos a escribir el diario (si no lo tuviera escrito previamente a ver cómo iba a escribir si no estos tochos inaguantables).

A Ruth le entró el síndrome Marty McFly y empezó a preocuparse porque según ella y su móvil era día 26 en lugar de 27 y nos íbamos a equivocar de día para coger el avión. Como en los mejores momentos de Regreso al Futuro, comprobó ansiosa la fecha en el periódico del día. ¿La habíamos liado parda con los husos horarios al estilo Phileas Fogg?

Arena en las botas, capítulo 28: Wadi Rum - Petra - Amman

26 de Julio de 2010. Día 17. Parte II.

CAPÍTULO VIGÉSIMO OCTAVO:
VUELTA A AMMAN

Caí dormido en cuanto me senté en el autobús. Íbamos de regreso a Petra, y desde allí a Amman. No tengo mucho que contar de este viaje. Estaba hecho mierda por mis desventuras a bordo del dromedario adolescente.

El hijo del conductor nos timó poco antes de llegar a Petra. Nos contó que el trayecto completo hasta Amman nos salía (oferta) a 13 dinares por persona. Un rato después, recogiendo las mochilas del hostel de Wadi Musa, nos enteramos de que eran 10 JOD, 5 por cada viaje. Los encargados del albergue se indignaron más que nosotros.

Luego, mientras esperábamos a que pasara el autobús para Ammán, secuestraron a Ruth para que votase el hostel en la web de HostelWorld. He de decir que eran unos brasas con el rating, así no me extraña que pese a ser un albergue bastante malillo haya sido votado como el mejor de Jordania. Afortunadamente los de Hostelworld ya se saben estas artimañas de los listillos y no te mandan el email para votar hasta varios días después de haber ido dormido en un hostel.

Escuchamos el claxon del bus, ya estaba en la puerta. Corrimos con nuestros bártulos y entramos en el vehículo. El viaje llevaría unas dos horas y media, no voy a contar más porque luego me salen párrafos tolkienianos que nadie se lee.

Tras esta elipsis temporal que hago porque quiero acabar este diario de una puta vez, llegamos al hotel. Comimos unos kebabs y pasamos la tarde en plan vago, demasiado cansados para hacer nada que no fuera disfrutar de la cama y el aire acondicionado. Casualmente echaban la película “Sahara” por la tele. Bastante grotesca, salía Penélope Cruz, persiguiendo un tren al galope en un camello. Después de mi experiencia de horas antes, me resultó curioso. No sabía que Pene Cruz hacía pelis de ciencia-ficción.

Por mi parte, tenía las piernas llenas de moratones por el maldito camello teenager. Vegeté hasta que salimos a cenar unas pizzas al sitio que habíamos descubierto cuando habíamos estado en Amman pocos días antes.

El viaje iba tocando a su fin. Un día más para conocer la capital jordana y volveríamos a casa.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Arena en las botas, capítulo 27: Wadi Rum

26 de Julio de 2010. Día 17. Parte I.

CAPÍTULO VIGÉSIMO SÉPTIMO:
EL DROMEDARIO ADOLESCENTE

La luz del amanecer nos encontró en el exterior de la tienda. Nada mejor que despertarse ante la inmensidad del desierto y las rojizas montañas del Wadi Rum.

Salimos de nuestros sacos para ir a desayunar. Recogimos nuestros pocos bártulos y nos pusimos los turbantes, preparándonos para la travesía en camello que nos llevaría de vuelta a la aldea de Rum.

Por delante, 12 kilómetros de marcha, que compartíamos con los dos franceses con quienes habíamos viajado la tarde anterior. Colgamos las mochilas de las monturas y nos subimos a nuestros respectivos dromedarios. Me tocó el más pequeño de éstos. “Qué gracioso, un dromedario adolescente”, dije yo en aquel entonces, todo risueño. Ignoraba el calvario que me aguardaba.

Partimos con el sol elevándose tras las montañas. Pronto dejamos atrás el campamento, disfrutando del maravilloso paisaje del desierto. Pero mi fascinación pronto dejó paso al sufrimiento. Al ser más pequeño, mi camello se bamboleaba más con sus cortos pasos. Por otro lado, las arenas del Wadi Rum son mucho más compactas que las de otros desiertos de dunas, por lo que el suelo amortiguaba poco el movimiento del dromedario. La experiencia distaba mucho de la que recordaba de Marruecos por el Erg Chebbi.



Con aquel movimiento poco tardé en traspasar las fronteras de la mera incomodidad. Con su carácter típicamente adolescente, el camello cabrón se quedaba empanado o comiendo cada planta que veía. La consecuencia de esto era que luego debía pegarse carreras para alcanzar al resto de nuestra pequeña caravana. Estos sprints espontáneos me hacían saltar en el asiento continuamente, para dolor de mis ingles, espalda y cojones, no necesariamente por ese orden.

Definitivamente dejé de disfrutar. Los trotes crujehuesos del dromedario no cesaban. El dolor iba en aumento, el calor iba en aumento, y sudaba bajo el turbante dudando si bajarme y hacer el resto del camino a pie. El paisaje dejó de importarme, sólo quería llegar.

Tras casi dos horas de marcha, ya se divisaba el pueblo de Rum a lo lejos. A mí me parecía que se alejaba como un espejismo, creía que nunca llegaría el momento de desmontar. Imaginé cómo debía sentirse Lawrence de Arabia recorriendo aquel desierto durante días. En mi caso, el dolor se había acelerado por el comportamiento atolondrado de mi camello en pubertad.

Llegué. Cubierto en sudor, lleno de dolores y moratones, pero llegué. Sobreviví al Wadi Rum a lomos del puto dromedario adolescente. Bajé del cuadrúpedo torturador, sintiéndome pequeño al volver a ver el mundo desde abajo. Pero sobre todo, me sentí feliz. La agonía había terminado.

martes, 1 de noviembre de 2011

Arena en las botas, capítulo 26: Wadi Rum

25 de Julio de 2010. Día 16. Parte II.

CAPÍTULO VIGÉSIMO SEXTO:
EL DESIERTO DE LAWRENCE

El jeep era bastante viejo, se calaba y tenía las lunas rotas, pero el conductor sabía llevarlo entre las dunas. Era un chaval de apenas 16 años, pero conducía como si llevase haciéndolo toda una vida.

Hicimos la primera parada junto a las ruinas de un antiguo templo nabateo. Allí devoramos los shawarmas que habíamos comprado antes de salir. El sol de mediodía caía implacable sobre el desierto, pero nos habíamos ocupado de protegernos bien. Las gorras no servían de mucho frente a aquel sol, y tampoco tapaban el cuello. Poco antes me había comprado un keffiyah, el pañuelo rojo y blanco que llevan los beduinos. En España llamamos a todo “palestino”, pero en realidad éstos serían únicamente de color blanco y negro.

Volvimos al coche y recorrimos unos cuantos kilómetros hasta el pie de unas montañas. Desde allí nos aventuramos a hacer un poco de trekking montaña arriba hasta llegar a un bonito manantial, un oasis en medio del calor infernal. En torno al agua que caía, crecían árboles y arbustos entre los que revoloteaban cientos de mariposas. Descansamos un rato en el paradisíaco lugar, antes de poner rumbo al llamado manantial de Lawrence. Al parecer, éste llevaba aquel nombre porque fue allí donde se detuvo Lawrence de Arabia para dar de beber a los camellos, en unos de sus viajes por el desierto con los rebeldes.




Nos detuvimos a tomar té en la tienda de unos beduinos, allí en medio de la nada. Nuevamente volvíamos a disfrutar de la increíble hospitalidad de los lugareños. Después de un rato de charla, seguimos viajando por aquel desierto. Unos meses atrás habíamos estado en el Sahara, y pensábamos, equivocadamente, que aquello no podía ser muy diferente. Pero el Wadi Rum tiene personalidad propia.

La diferencia que enseguida saltaba a la vista era la vegetación. Pequeñas plantas salpicaban la arena infinita de puntos verdes. Asimismo, el terreno era bastante sólido, si bien la arena lo cubría, no eran habituales las grandes dunas que siempre imaginamos en paisajes desérticos. Por otro lado, las arrugadas montañas rojizas que se alzaban en derredor, creaban un paisaje único y espectacular. Jordania seguía sorprendiéndonos.



Nuestro joven guía condujo después hasta lo que llamaban “el pequeño puente”. Un capricho de la geología, que había formado una pasarela natural de piedra suspendida sobre el vacío entre las rocas.

Subir arriba no era fácil, era más escalada que otra cosa. El chaval nos ayudaba indicándonos donde poner pies y manos, por su parte él trepaba como un mono. Ruth decidió no jugarse la vida y contemplarnos desde la seguridad de tierra firme. Pero no era sólo el hecho de escalar por las empinadas rocas hasta el puente. Las maravillosas vistas desde arriba hacia el desierto que nos rodeaba bien merecían el esfuerzo.


Bajamos de allí con mucho cuidado, como era de esperar el descenso era más complicado. Pero no contentos con la posibilidad de seguir viviendo, nos dirigimos hacia otro puente, similar al anterior pero aún más grande. Tras una ardua escalada, de nuevo me encaramé junto con los franceses sobre el precioso paisaje.

 
Fue entonces cuando hicieron aparición una vez más, como no podía ser de otra manera, los belgas, que llegaron en otro coche, conducido por un peculiar personaje en adelante conocido como “el Loco”. Nos los íbamos encontrando por todos los sitios desde Siria.

Fuimos entonces a una gran duna de arena, por la que nos dedicamos a saltar y tirarnos por la arena en un feliz regreso a la niñez. El Loco estaba fuera de sí e incitaba a la gente a hacer competiciones de saltos de longitud, que obviamente iban seguidos por una degustación de arena. Nos llevamos buena cantidad en la ropa y dentro de las botas.




La siguiente rareza natural que vimos fue la “cow rock”, una enorme piedra de forma caprichosa que estaba suspendida sobre unas patas. Si las habilidades de nuestro guía escalando nos habían sorprendido, el Loco lo superó revelando las mismas habilidades de Spiderman. Con los pies descalzos y su agilidad arácnida, trepó a la gigantesca piedra en un momento. El francés que iba con nosotros lo emuló, aunque luego no tenía huevos a bajarse y temimos bastante por su caída. Al final tuvieron que subir nuestro guía y Spiderman para rescatarle.


El sol empezaba a descender sobre las montañas rojizas, así que volvimos al coche y fuimos ya hacia el campamento donde pasaríamos la noche. Estaba bastante bien, con tiendas grandes y cómodas, que rodeaban un espacio con cojines sobre la arena donde reunirse con la gente. No estábamos mucha gente, unas 10 personas, de nacionalidades dispares. Tras tomar un tradicional té beduino de bienvenida, nos fuimos a ver la puesta de sol.

Nos alejamos un poco del campamento y nos sentamos sobre la arena a contemplar los colores continuamente cambiantes del Wadi Rum al atardecer. Un escarabajo grande de cojones se nos unió para el inolvidable momento. Pasamos los minutos embobados contemplando aquel paisaje. El sol se puso tras las montañas mientras la arena se coloreaba de un tono dorado-anaranjado que cambiaba a cada instante. Fue un atardecer de los que no se olvidan.



Con el sol bajo el horizonte, el ambiente empezó a refrescar. Regresamos al campamento, donde ya estaba lista la cena. Había arroz, patatas con carne, ensalada, pollo, humus... un buffet delicioso. Y más después de haber pasado el día comiendo, fundamentalmente, arena.


Nos sentamos en corro a socializar con los compañeros de campamento. La charla versó, como suele ser habitual, de viajes. El cielo se oscureció, pero una enorme luna llena iluminaba el desierto. Demasiada luz para poder contemplar el firmamento plagado de estrellas que sólo puede verse en lugares apartados como aquél. La luz de la luna bañaba las dunas, y el paisaje de arena se tornaba en extraño y sobrenatural.

Trajeron unos narguiles. La gente fumaba y entraba en letargo. Como exfumador, una calada podía ser mi perdición, así que me contenté con respirar el limpio aire del desierto.

Con el humo de los narguiles, la conversación fue decayendo y al cabo de un rato, empezamos a retirarnos a las tiendas. En el interior hacía demasiado calor, así que decidimos sacar los colchones al exterior y dormir al fresco. La temperatura descendía con el paso de las horas, pero dentro del saco éramos felices. Entre dunas y montañas, tumbados sobre la arena, caímos dormidos en el silencio del desierto.