domingo, 30 de octubre de 2011

Arena en las botas, capítulo 25: Petra - Wadi Rum


25 de Julio de 2010. Día 16. Parte I.

CAPÍTULO VIGÉSIMO QUINTO:
EL WADI RUM SE HACE ESPERAR

Tras el intenso día en Petra, tocaba un nuevo madrugón. El último viaje hacia el sur, antes de dirigirnos de nuevo a Ammán para coger el vuelo de regreso. Aún nos quedaban las maravillas del desierto del Wadi Rum.

Nos despertamos poco más tarde de las 6:00. Enseguida bajamos a recepción, donde dejábamos los macutos grandes hasta el día siguiente. Cogimos las mochilas de asalto con lo imprescindible para pasar un par de días en el desierto y salimos a comprar unas cuantas botellas de agua. Volvimos a la puerta del hostel, por la que en pocos minutos pasaría un autobús con dirección al Wadi Rum.

Así, entre alguna cabezada que otra, llegamos al cabo de unas dos horas al centro de visitantes, donde tuvimos que pagar los obligados 5 dinares por entrar en la reserva natural. Rechazamos las ofertas de tours de los cazatalentos, ya que desde el hostel nos habían puesto en contacto con el dueño de un campamento concreto que nos salía a mejor precio.

Tras la breve parada en el centro de visitantes, el autobús fue dispersando a sus ocupantes por distintos lugares de los poblados colindantes. A nosotros nos dejó en casa de Mohammad, en la pequeña aldea de Rum. Apenas unas cuantas casas dispersas comprendían el pueblo, rodeado por kilómetros y kilómetros de arena inabarcable y montañas rojizas.

Apenas eran las 9 de la mañana. Nuestro anfitrión nos invitó a entrar a su casa, donde nos sentamos sobre una alfombra a la sombra para tomar un té y entablar negociaciones. Nos hizo un descuentillo sobre el precio que nos habían dicho en el hostel, pagaríamos 30 JOD, aunque enseguida nos engatusó también con una travesía en dromedario para el día siguiente, por la que pagaríamos 20 más.

Teníamos que esperar a que llegaran otras dos personas con las que compartiríamos el coche. Mientras esperábamos, nos entretuvimos mirando los camellos que tenían en las traseras de la casa. Había una cría de éstos muy pequeña, pero en cuanto nos acercábamos empezaba a berrear apocalípticamente. Debía de asustarse, así que dejamos en paz a los dromedarios y volvimos al sopor de la espera en la alfombra.


Nos dedicamos a comer higos mientras Mohammad roncaba al lado echándose la siesta sobre una colchoneta. A nuestro alrededor siempre correteaba alguno de los nueve críos que tenía el personaje. El sol en ascenso fue recortando nuestra sombra y las horas pasaban sin que nadie apareciera.

Finalmente nos acabamos mosqueando y Mohammad cogió su móvil y empezó a hacer llamadas. Nos dijo que estaban a punto de llegar los otros dos con los que compartíamos la ansiada escapada por el desierto, y nos pidió disculpas por la espera.

Por fin llegaron, más vale tarde que nunca. Era una pareja de franceses, bastante majos. Nos presentamos todos y conversamos brevemente antes de ponernos en marcha. El desierto de Wadi Rum nos esperaba.

domingo, 16 de octubre de 2011

Arena en las botas, capítulo 24: Petra


24 de Julio de 2010. Día 15.

CAPÍTULO VIGÉSIMO CUARTO:
PETRA

Nos levantamos a las 5 de la mañana, momentos antes de la salida del sol. Era el gran día del viaje, el día que conoceríamos Petra.

Preparamos las mochilas de asalto, con comida para pasar la jornada y agua en cantidad. Salimos en silencio del hostel, intentando no despertar a la recepcionista que dormía junto al mostrador de la entrada. Descendimos la empinada carretera principal de Wadi Musa mientras comenzaba a amanecer, hasta llegar al centro de visitantes situado a la entrada del complejo arqueológico de Petra.

Compramos pases para un día, que costaban 33 dinares cada uno. Pasando pocos minutos de las 6:00, cruzábamos la puerta de entrada al recinto. Ésta daba a un camino de tierra por el que anduvimos hacia Bab Al Siq y las raras estructuras cúbicas conocidas por los beduinos como bloques Djinn, la morada de los espíritus que custodiaban la entrada a Petra. Pronto vimos la primera gran muestra arqueológica de lo que nos esperaba poco después. Un impresionante edificio nabateo excavado en la roca, la tumba del Obelisco.

Pasando el monumento, nos adentramos en el Siq. El serpenteante desfiladero por sí sólo ya merecía la visita. Las formaciones geológicas que encerraban la senda eran espectaculares, las formas y colores de las rocas cambiando tras cada recodo. Recorrimos la garganta en solitario, acompañados únicamente por los trinos de los pájaros más madrugadores.


El camino del Siq es mágico. Nuestros pasos acompañaban los acelerados latidos del corazón. Sabíamos que tras cada quiebro en la garganta, podía llegar el momento de encontrarse de pronto frente al edificio del Tesoro. La garganta comprende kilómetro y medio de longitud, y creo que nadie podría olvidar el momento de recorrer ese camino por vez primera. Fue uno de los momentos más impresionantes de mi vida viajera, si no el que más.


Llegamos solos. El Tesoro, Al-Khazneh, se alzaba frente a nosotros, imponente e inmune al paso de los siglos. La preciosa fachada excavada en la roca corta la respiración. Y es que el emplazamiento, tras la garganta del Siq, parece minuciosamente escogido para dejar sin aliento al visitante.

Ver el Tesoro sobrepasó todas mis expectativas. Da igual haberlo visto mil veces en fotos, lo que encontré al final del Siq superó todo lo que había imaginado antes.

Cuando, allá por mi tierna infancia, vi por primera vez 'Indiana Jones y la última cruzada', no sólo se convirtió en una de mis películas favoritas de siempre, sino que además supe por primera vez de la existencia de aquel lugar. Había soñado mil veces con estar allí.

Dedicamos mucho tiempo a admirar el monumento y a echar algo así como un centenar de fotos. Ruth aguantó mis nerviosismos por fotografiar compulsivamente el lugar en aquel momento único, minutos antes de que empezara a llegar la gente.

Entre tanto, conocimos a un par de turcos, que nos dieron algunos consejos útiles para visitar algunos de los sitios de Petra.

Nos acercamos a la enorme fachada, de más de 40 metros de altura. Tras la puerta en su base, no estaban las trampas que guardaban el paso hasta el Grial, sino una pequeña habitación vacía, que probablemente servía de tumba. La construcción data del siglo I a.C., y fue erigida por un rey nabateo. El privilegiado emplazamiento ha logrado que se conserve casi intacta.

No podíamos dejar de mirar aquella atractiva fachada, nos parecía estar en el escenario de una película. Bueno, en realidad es el escenario de una película, pero me refiero a que era demasiado impresionante para asimilarlo sin más.

Finalmente logramos despegar nuestros ojos de allí. Por muy impresionante que pudiera ser aquello, Petra es mucho más que el Tesoro. Muchísimo más, aunque entonces ignoraba cuánto.

Seguimos caminando hacia la calle de las Fachadas, filas de tumbas nabateas excavadas en la roca, que impresionaban por sus intrincados diseños y esculturas. Nuevamente nos sorprendimos tanto por los monumentos escondidos como por los colores cambiantes de algunas de las rocas adonde pudimos encaramarnos. Al final del camino nos esperaba el Teatro, que a pesar de su aspecto romano había sido construido por los nabateos en el siglo I d.C. También había sido excavado en roca sólida, parece que se les daba bien.




A continuación se alzaban las enormes Tumbas Reales. Primero la magnífica tumba de la Urna, seguida por las tumbas de la Seda y la Corintia, éstas dos mucho más erosionadas. La última tumba era la de Palacio, para mi gusto la más bonita de todas.




Al pasar las tumbas, algo escondida, se encontraba el inicio de una escalera que trepaba a la montaña. Era difícil localizarla si no sabías de antemano por donde buscar. Sabíamos que allí comenzaba la ruta hasta un mirador que se alzaba por encima del edificio del Tesoro. Un sinfín de peldaños guiaban hacia las alturas, serpenteando hacia el quinto coño entre las cumbres.


Comenzamos la escalada. Las sombras se desvanecían a medida que el sol se elevaba sobre nuestras calientes cabezas. Nos embadurnamos en crema solar. La subida no era fácil. Los escalones medianamente reformados de abajo, dieron paso a otros mucho más viejos y erosionados, como no podía ser de otra manera, excavados directamente en la roca. En la práctica, se trataba de caminos empinados de piedra, con dificultad modo cabra.

Tras un recodo, nos encontramos con espectaculares vistas justo sobre el Teatro. Continuamos esforzándonos en la subida. Tras algo más de una hora de caminata, llegamos a una cisterna nabatea. Eran alrededor de las 10:00 y el intenso calor nos ponía a prueba. Desde allí, el camino era aún más difícil. No había nada señalizado, salvo pequeños montículos de piedras a lo largo del camino, pero en ocasiones demasiado dispersos y confusos. 

 
Descendimos por un río seco hasta llegar a un pequeño barranco. Poco más adelante terminaba el sendero abruptamente, y las rocas daban paso a un precipicio. A Ruth le pudo el vértigo y no pudo acercarse. Esperó con cara de terror tras unas rocas mientras me acercaba cuidadosamente hacia el “mirador”. Arrastrándome sobre las piedras, me senté sobre el borde del barranco.

Allí, a unos 200 metros por debajo, estaba el Tesoro. Podía ver perfectamente la fachada, capturando los rayos del sol y rodeada por personas del tamaño de hormigas. Me sentí un privilegiado por poder contemplar aquella imagen. La difícil subida se veía recompensada con creces y supe entonces que estaba ante una de las vistas más espectaculares que vería en mi vida.



Pocos instantes después apareció uno de los turcos, que se jugó la vida para que le sacara unas fotos temerarias. Paradójicamente, mientras tanto me hablaba de los turistas que pierden la vida al año por acciones similares. Le prometí enviar la foto a su familia si se despeñaba.

Volví con Ruth y contemplé con ella el Tesoro desde otro punto algo más seguro. Emprendimos el regreso por el mismo y dificultoso lugar, atentos al camino porque no era difícil perderse. Desarrollamos una curiosa habilidad para reconocer piedras raras y arbustos resecos para orientarnos en el camino de vuelta. Tras un arduo aunque rápido descenso, bajamos de las montañas.

El sol implacable hacia mella en nuestros resecos cráneos y decidimos que era el mejor momento para hacer un alto. Nos refugiamos bajo la sombra de un hueco en las rocas y nos preparamos unos bocadillos, que devoramos junto con unas patatuelas excesivamente saladas para racionar el consumo de agua.

Después de reponer fuerzas, continuamos con la visita. Entonces nos encontramos con los belgas, con quienes ya habíamos coincidido en más de una ocasión desde Siria. Les hablamos de la ruta secreta hacia el mirador de la muerte y seguimos con nuestro camino.

Nos detuvimos un momento frente al puesto de una beduina, que vendía piezas de artesanía. Compramos un collar hecho con huesos de camello para Ruth y la mujer nos invitó a tomar un té. Nos sentamos sobre la manta, cubierta del sol por un improvisado toldo de tela. La mujer recogió ramitas de alrededor con las que preparó un fuego para la tetera.

Charlamos mientras sorbíamos el té. Nos estuvo hablando de cómo vivían allí, y uno de sus hijos pequeños nos enseñó un librito de postales de Petra, que al final le compramos. Se portaron muy bien con nosotros, compartiendo lo poco que tenían. Fue el mejor té que probé en Oriente Medio.

Nos despedimos y anduvimos hacia la calle Columnada, que conducía al centro de la ciudad de Petra. Como nos habíamos salido del camino principal para ir al mirador sobre el tesoro, seguimos un sendero un poco rebuscado. Al final había un puente colgante que no le hizo ninguna gracia a Ruth, pese a la insistencia de un viejo beduino con un sorprendente parecido a Barragán, que insistía en que no había peligro alguno en cruzarlo.

Al final dimos un gran rodeo por polvorientos caminos frecuentados por cabras hasta cruzar un río seco y volver a la senda principal, ante el nada sutil descojone del Barragán beduino.

Cruzamos la pavimentada calle Columnada. Las altas y esbeltas columnas blancas flanqueaban el camino hacia el Gran Templo. Contemplamos otras espectaculares ruinas, que respiraban la historia de siglos. Poco más allá, nos aguardaba Qasr al-Bint. Éste era el único edificio independiente en Petra que ha sobrevivido a siglos de terremotos e inundaciones.



Los conductores de burros nos asediaron para subirnos al Monasterio, el brasumen era considerable y les dijimos el clásico “luego si eso”. Pocos metros más allá había un vestigio de civilización, de civilización moderna me refiero, en forma de un restaurante con algunas mesas y sombrillas. Nos sentamos allí a tomar unos refrescos y aprovechamos para comprar una botella de agua. Nuestras reservas se estaban agotando peligrosamente.

Salvo alguna excepción como ésta y los humildes puestos de beduinos, Petra no tiene exceso de chiringuitos invasivos, lo cual es de agradecer. En Europa esto sería Disneylandia. En Jordania, la ciudad se conserva prácticamente sin invadir.

Mientras disfrutábamos del descanso, avistamos al mítico peneburro, un mitológico animal de cinco piernas que arrastraba su aparato erecto por el suelo mientras dirigía miradas de superioridad al resto de burros del aparcamiento.

Terminamos el refresco y nos pusimos en marcha de nuevo. Nos dirigimos a la explanada donde aguardaban los burros de penes medios y cogimos cada uno un burro-taxi con el que pretendíamos llegar al Monasterio, arriba en la montaña. A bordo de éstos, continuamos por el sendero hasta el comienzo de las escaleras talladas en la roca, seguidos por el propietario de los animales.

Pronto descubrí que mi burro era un poco lerdo y no se enteraba del camino ni de nada. Feliz de la vida, se iba por libre a trotar y a enseñarme mundo, hasta que el guía corría tras él para llevarlo por el camino bueno. Cuando empezó a estrecharse el sendero y circulábamos al borde de barrancos, me pregunté hasta qué punto podía seguir confiando mi vida a aquel bicho. A pesar de todo, me recordé a mí mismo los burros recorrerían aquel camino varias veces todos los días y que se podía confiar en la experiencia de los animales.

Pocos metros más allá, nos cruzamos con unas españolas bastante gilipollas, que insinuaron, bueno, aseguraron, que probablemente nos íbamos a despeñar. Esto fue lo justo para el vértigo de Ruth, que prefirió bajarse del burro y seguir caminando a sufrir de estrés por las peripecias de los animales al borde de los barrancos. En cualquier caso, los precipicios era para verlos, tampoco andaba yo muy convencido.

Ruth descendió de su transporte y el guía corrió tras mi burro libertario que ya iba bastantes metros más arriba, trotando sin control y derrapando en cada quiebro. Pagamos al guía y desde allí seguimos a pie entre barrancos y vistas espectaculares a las bonitas formaciones rocosas de aquellas montañas.

En un punto nos desviamos para poder ver la tumba del león. Seguimos subiendo entre ocasionales invitaciones para tomar el té de las beduinas apostadas en los senderos más anchos. Nos adelantaban burro-taxis desenfrenados mientras subíamos lentamente bajo el fuerte sol de la tarde. El camino parecía no terminar nunca.

Agotados, llegamos al Monasterio, que contemplamos boquiabiertos, como horas antes mirábamos el Tesoro. Menos prolijo en detalles, pero más grande que el Tesoro, el Monasterio es uno de esos lugares imprescindibles entre los imprescindibles de Petra.


Como ocurría con el Tesoro, las promesas de aventuras a lo Indiana Jones se quedaban en la puerta, ya que no había gran cosa en el interior del edificio. Frente al impresionante monumento, en el interior de una cueva había montado un discreto bar. Con el suelo cubierto por cojines, era el sitio perfecto para beber un refresco con la vista del Monasterio allí detrás.


Tras descansar un rato, me dirigí a un promontorio cercano, mientras Ruth me esperaba en la cueva. Según había leído, allí había un mirador que prometía las mejores vistas de Petra. Desde allí se atisbaban las montañas de Israel y los Territorios Palestinos. Tras saciarme de la estupenda vista, bajé de nuevo a la cueva.


Un rato después volvíamos a bajar, esta vez con una temperatura algo más benévola. El sol caía de lado y y regalaba sombras entre los desfiladeros por los que descendíamos. Nos volvimos a cruzar con los belgas, que subían entonces al Monasterio.

A esas alturas de la tarde estábamos bastante destrozados. Decidimos volver hacia el Tesoro, hasta donde había una larga caminata. De modo que tras bajar del Monasterio, volvimos por la calle de las Columnas, pasamos por las Tumbas Reales, el Teatro y resto de monumentos que habíamos visto por la mañana. El atardecer confería una extraña luz rosada a las ruinas.



Y finalmente, llegamos de nuevo al Tesoro. En ese momento había muchos más turistas deambulando por el lugar, habíamos tenido suerte de haberlo visto como lo habíamos visto al amanecer, aunque la suerte la habíamos buscado. Bajo la impresionante fachada también aguardaban algunos camellos y calesas, esperando a los agotados turistas para sacarle unos dinares por el regreso a Wadi Musa.

Sin embargo, pese a todo el ajetreo reinante alrededor, no restaba un ápice de atractivo al Tesoro, de belleza inmutable allí excavado en la roca. Permanecimos allí parados unos minutos más. Era nuestra despedida de Petra, nuestra despedida de un día que sabíamos que íbamos a recordar siempre.

Emprendimos el camino de regreso por la garganta del Siq. Inevitable no echar los últimos vistazos atrás, para ver desaparecer la fachada del Tesoro tras las altas rocas anaranjadas del desfiladero.

Volvimos con piernas doloridas a Wadi Musa, donde celebramos nuestra gran experiencia en Petra con unas merecidas cervezas en el Cave Bar. Fue un día de grandes momentos, con imágenes que se graban a fuego en la retina y en la memoria. Siempre querré volver a Petra.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Arena en las botas, capítulo 23: Mar Muerto - Viva - Dana - Wadi Musa

23 de Julio de 2010. Día 14. Parte II.

CAPÍTULO VIGÉSIMO TERCERO:
LA AVISPA MALÉVOLA Y VIAJE A WADI MUSA

Ascendimos entre montañas altas y escarpadas en nuestro camino hacia el sur. Paramos en Viva, un espectacular mirador sobre el desierto del Wadi Araba. Allí, al borde del abismo fui brutalmente hostigado por una avispa gigante y muy furiosa. El agresivo insecto me guiaba hacia el precipicio, mientras yo luchaba contra mi muerte corriendo en círculos entre las risas de Ruth y del chófer.

Al final tuve que buscar una toalla en el maletero para espantar a mi malévolo insecto perseguidor. Luego paramos en una tienda donde compramos snacks y mierdas varias para comer algo.

La última parada fue en la reserva natural de Dana, también con grandes vistas. Como el taxista no nos dejaba comer dentro del coche, aprovechamos la parada para engullir patatas a puñados.


Desde allí ya viajamos hacia nuestro destino final, Petra. O más concretamente, Wadi Musa, la ciudad que se ha formado alrededor de Petra. Aquí habíamos sido previsores y habíamos reservado, en el Petra Gate Hostel. El albergue no era gran cosa, bastante simplón y sucio, me sorprendió que estuviera en el ranking de albergues de Jordania en el número 1.

Descansamos un rato y después nos fuimos a dar una vuelta por Wadi Musa. Entramos en un badulaque jordano a comprar algo de comida para la excursión a Petra de la jornada siguiente. Después, por ver dónde estaba la entrada, fuimos dando un paseo hasta el centro de visitantes. Estaba al final de una pronunciada cuesta abajo. Llegamos al cabo de 20 minutos. Allí confirmamos precios y horarios y conseguimos unos mapas.

Desde allí fuimos al cercano Cave Bar, el único sitio donde servían alcohol en la ciudad. Se echaban de menos las cervezas por tierras árabes. Disfrutamos de un par de éstas en la terraza mientras planeábamos la visita a Petra del día siguiente.


Cuando comenzó a atardecer, regresamos por la empinada cuesta. Cenamos en una terraza y regresamos pronto al hostel para dormirnos temprano. El siguiente día sería intenso y queríamos estar en las mejores condiciones para recorrer Petra.