domingo, 11 de septiembre de 2011

Arena en las botas, capítulo 22: Amman - Monte Nebo - Mar Muerto

23 de Julio de 2010. Día 14. Parte I.

CAPÍTULO VIGÉSIMO SEGUNDO:
FLOTANDO EN EL MAR MUERTO

En pie desde las 7 de la mañana. Nos esperaba un largo viaje en ruta hacia Petra. Finalmente no habíamos encontrado a nadie con quien compartir el viaje, así que tocaba pagar el viaje entero.

Dejamos el hotel reservado para la fecha en que volveríamos a Amman, unos días después. Conocimos al conductor y enseguida partimos hacia la cercana ciudad de Madaba, donde se asienta una de las principales comunidades cristianas de Jordania.

Nos detuvimos junto a la iglesia de san Jorge, un antiguo templo bizantino. Allí dentro había un importante mosaico que representa los principales enclaves bíblicos de Oriente Medio, pero no pudimos verlo porque estaban en medio de misa. Como no era plan de esperar a que terminasen, nos contentamos con ver la iglesia griega ortodoxa y contemplar la réplica que había en la taquilla. Teníamos muchas cosas por ver en el largo día que teníamos por delante.

La siguiente parada fue en el monte Nebo. En este lugar fue donde supuestamente el profeta Moisés divisó la Tierra Prometida por vez primera y donde se quedó a morir, a unos saludables 120 años de edad. Por ejemplo. No es que las magufadas bíblicas nos resultaran demasiado interesantes, pero nos lo habían ofrecido con la ruta, así que para allá que fuimos.

Tras pagar el acceso al monte pudimos contemplar diversos mosaicos. También había una basílica, pero no pudimos verla porque estaba en obras de restauración. Al menos las vistas sí merecían la pena, desde allí puede verse el mar Muerto, Jericó, el río Jordán y Jerusalén. Digo lo que nos contaron, porque nosotros no pudimos ver mucho. La calima dificultaba bastante divisar mucho más que los kilómetros de arena y desierto.



Bajamos del monte poco entusiasmados y continuamos el viaje entre numerosos controles militares hacia un destino mucho más atractivo, el mar Muerto.

Enclavado en el gran valle del Rift, el mar Muerto se encuentra en el punto más bajo de la Tierra, 408 metros por debajo del nivel del mar. Pero este mar no es mar, sino un gigantesco lago flanqueado por montañas. El mar Rojo se retiró del Wadi Araba hace unos 100.000 años y dejó estas aguas encerradas.

Pero si algo caracteriza al mar Muerto, es su extrema salinidad, unas 9 veces superior a la del agua del océano normal. Esto sólo es tolerado por vida microscópica, de ahí lo de mar muerto.

Desde tiempos inmemoriales este lugar ha atraído a visitantes en busca de las propiedades del lodo, algunos tan ilustres como Cleopatra o Herodes. También se cree que este lugar fue también cuna de ciudades bíblicas como Sodoma y Gomorra.

Hoy en día, numerosos resorts turísticos pueblan las orillas del mar Muerto, que cada vez van quedando más lejos. Esto es debido a la explotación de sus recursos minerales mediante la evaporación artificial de sus aguas, que hacen empequeñecer el mar a pasos agigantados. De hecho, la extensión se ha reducido a casi la mitad en los últimos 70 años.

Nos dejaron en una de las playas públicas, llamada Amman Beach. Puede parecer una mierda tener que pagar por pegarse un chapuzón, pero la ducha de después para quitarse la sal no tiene precio.


Nos pusimos el bañador y quedamos con el conductor para 2 horas más tarde. Rápidamente nos bajamos a la playa y nos zambullimos en las aguas del mar Muerto.

Era una sensación extrañísima estar tumbado sobre el agua y no sumergirte. El líquido parecía una sopa aceitosa y cálida, nada que ver con los habituales baños playeros. Intentar nadar o cambiar de postura sobre las aguas era tarea imposible por la gran flotabilidad, por lo que cualquier movimiento era siempre de lo más ortopédico y gilipollesco.


Nos dedicamos a flotar sobre las aceitosas aguas. El agua extremadamente salada descubría microheridas insospechadas y hacía picar todo el cuerpo. Meter la cabeza era, además de difícil, una temeridad y no lo recomiendo si quieres conservar la vista. Me entró un poco de agua en la boca y estuve paladeando sal durante horas.

Otros se dedicaban a revolcarse por el lodo curativo cual piara, en general todo el mundo era feliz en aquella orilla del mar Muerto.

Tras chapotear risueños cual guiris y hacernos las tradicionales fotos chorras, subimos a las piscinas que había ladera arriba. Había bastantes familias jordanas pasando allí el día. Lo de bañarse en el mar, es sólo cosa de guiris.

Nos quitamos las toneladas de sal en las duchas y nos metimos en la piscina. Nos impactó ver a algunas mujeres locales bañándose con toda la ropa, velo incluido. Tengo esa imagen grabada. Mierda de vida.

Tras relajarnos en la piscina, nos pusimos otra vez nuestras ropas polvorientas y continuamos el viaje hacia el sur del país.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Arena en las botas, capítulo 21: Bosra - Deraa - Ramtha - Amman


22 de Julio de 2010. Día 13. Parte II.

CAPÍTULO VIGÉSIMO PRIMERO:
LA FRONTERA JORDANA

Después de comer era momento de reanudar el viaje hacia Jordania. Cogimos las mochilas y esperamos con los belgas en un arcén a que pasara la furgoneta hacia Deraa, muy cerca de la frontera. Ya en la estación, negociamos entre el agobiante corrillo de taxistas que nos rodeó.

Conseguimos conductor para que nos llevara hasta Ramtha, la primera localidad jordana. Salimos de Deraa y a pocos kilómetros encontramos la frontera. Para salir del país había que pagar 500 syrian pounds por persona. Así que no es buena idea gastarse todo el dinero sirio antes de salir del país.

Con las 500 libras te dan una tarjetita que hay que rellenar para la seria policía siria. Nos sellaron los visados y salimos del país. Una vez en tierra de nadie, tocaba pasar la frontera a Jordania. Allí nos aguardaba una cola de coches que avanzaba a velocidades imperceptibles para el ojo humano. Lo que viene siendo que no avanzaba.

Sumidos en la eternidad de la espera, nos dispusimos a morir deshidratados. El calor nos obligó a salir del coche. En el exterior esperaban los locos. Un hombre se dedicaba a cruzar la frontera hacia uno y otro lado, cantando bajo el sol del desierto. En un momento se acercó a darnos besos de bienvenida o de despedida, no me quedó claro. Luego llegó un gordo corriendo con una gorra de la selección española y una chaqueta a modo de capa como Superman. Por no hablar de los salidos que esperaban agazapados y que rodearon a la belga un momento en que se separó del grupo.

Seguimos esperando, mientras éramos rodeados por las huestes de personajes. En un momento dado, llegó la policía jordana a preguntarnos si teníamos problemas. Les dijimos que no, más allá del brasumen tampoco sentíamos inseguridad, pero mandaron a cada cual a su coche a esperar. Volvimos al vehículo y el Superman gordo con la gorra de España se perdió corriendo en la lejanía.

Tras más de una hora esperando en la fila de coches, por fin pasamos a territorio jordano, donde nos sellaron los pasaportes y nos hicieron una foto con la webcam. Mientras los belgas se hacían el visado (nosotros ya lo traíamos desde España), fuimos a cambiar el dinero sirio que nos quedaba y algunos euros a dinares jordanos.

Por fin pasamos la frontera, pasando junto a los gigantescos carteles con la foto del rey Abdalá II. Como siempre, la megalomanía propia de los dictadores, era bien visible al instante de entrar en el país. Un momento después llegábamos a Ramtha, la primera ciudad que se encuentra al cruzar desde Siria.

Allí el taxista nos dejó en lo que parecía una pequeña terminal de autobuses y taxis. Nuestro plan era coger un autobús hacia Ammán, pero habíamos llegado demasiado tarde y no había más autobuses a aquella hora de la tarde. De modo que tuvimos que regatear para coger un taxi. Finalmente conseguimos que nos llevaran a los cuatro por 8 dinares.

Tras apenas una hora en Jordania, ya notábamos diferencias respecto a Siria. Mejores carreteras y casas, también más carteles de publicidad. Viniendo desde Siria, Jordania se veía casi un poco “occidentalizada”. No es que fuera tan diferente de su vecino del norte, pero tras una semana por Siria sí que empezábamos a notar el contraste, se notaba que en Jordania había más dinero y que estaba más abierta al turismo.

Más carretera y por fin llegamos a nuestro destino final de aquel largo día, la capital jordana, Ammán. Como de costumbre, nos dejaron en una carretera de los suburbios a tomar por culo del centro. Parece ser que hay disputas territoriales entre los taxistas, o simplemente es la astucia propia del gremio. Cogimos por 4 JOD otro taxi hacia el centro.

Nos bajamos en un hotel que nos habían recomendado, era el Palace Hotel. No les quedaban habitaciones dobles, aunque nos ofrecieron una de 3 para ponerle un colchón extra. Pero como cada uno tenía sus planes, le dijimos al de recepción que a ver si nos podía llamar al Farah, que habíamos visto que era más barato. Me dejó el teléfono y hablé con el otro hotel, les quedaba una habitación. Los belgas se quedaron y nosotros nos fuimos calle arriba hacia el Farah.

Llegamos al lugar indicado en el mapa. Entramos en el edificio, que no tenía muy buena pinta y me recordaba a las casas de yonkis que aparecen en Breaking Bad. Subimos unas sucias escaleras acojonados por el sitio donde nos íbamos a meter. Llegamos a una azotea llena de basura y escombros. Desde allí accedimos a lo que parecía una sastrería donde se despollaron de nosotros y ya nos indicaron donde estaba el hotel, nos habíamos equivocado de sitio.

Al ver el lugar, respiramos aliviados. Parecía que viviríamos una noche más. El viejecillo de recepción era bastante agradable y nos estuvo informando sobre cómo podíamos llegar al mar Muerto y respondió a nuestras preguntas para viajar por Jordania.

Nos pegamos unas reparadoras duchas, para descubrir con gran desazón que el agua se salía por un hueco de la pared y habíamos inundado la habitación. Tratamos de contener las fugas con toallas, aunque no logramos impedir que el agua llegara hasta el pasillo. No quedó más remedio que bajar a recepción y confesar “la he liao parda”. Subieron a ayudarnos y armados con fregonas, logramos detener la inundación.

Tras salvar la situación, salimos a cenar a un sitio que nos había recomendado el viejecillo de recepción. Era un antiguo restaurante llamado Jafra, parecía tener bastante éxito entre la gente local, estaba lleno de gente fumando de sus narguiles. Para variar de tanta dieta carnívora, nos tomamos unas pizzas.

Volvimos entre las ajetreadas calles de la noche de Ammán, llenas de gente y coches circulando a todas velocidad. La última etapa del viaje comenzaba. Jordania.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Arena en las botas, capítulo 20: Damasco - Bosra


22 de Julio de 2010. Día 13. Parte I.

CAPÍTULO VIGÉSIMO:
LA CIUDAD DEL OSCURO BASALTO

Nuestro último día en Siria empezó temprano. Aunque no es que lo de madrugar fuera excepción. Un desayuno rompeestómagos, probablemente envenenado por el vengativo viejo malvado de recepción, nos hizo despertar del todo.

A las 8:00 estábamos en el lugar acordado con los belgas, que llegaron a los pocos segundos. Paramos un taxi para que nos llevara a la remota estación de autobuses. Fallaron las negociaciones emprendidas por la belga para el precio del trayecto, pues el taxista aceptó la primera cantidad ofrecida sin regatear.

Nos dejó en la típica estación caótica. Localizamos allí un bus que iba hacia Bosra, o eso nos dijeron. Lo cierto es que nos tangaron porque el autobús no iba a Bosra sino a Deraa, a algunos kilómetros de ésta. El vehículo era cochambre sobre cuatro ruedas a medio inflar. Fue el autobús más antiguo y sucio en el que jamás he montado. No dábamos un duro porque aguantara el trayecto.

Tras varias intentonas del conductor, el desvencijado cacharro arrancó entre agonizantes chirridos. A velocidades propias de su edad, el autobús recorrió carretera hacia el sur del país. Sorprendentemente no hubo ninguna nueva avería durante el camino. Tras algo más de dos horas de viaje, llegamos a Deraa, desde donde cogimos un minibús hacia Bosra.

Nos bajamos junto al gran teatro y dejamos las mochilas en un restaurante de una plaza cercana. Nos separamos de los belgas para poder ver la ciudad a nuestro aire, quedando para después.

Entramos en el magnífico Teatro Romano, que data del siglo II. La arena del desierto cubrió la fortaleza de origen árabe que lo rodea, de ahí el excelente estado de conservación. Nos encaminamos por laberínticos corredores hasta llegar por casualidad a unas escaleras. Subimos por éstas.


La primera visión no pudo ser más espectacular. Entramos por la parte trasera y más elevada de las gradas, con la totalidad del teatro a nuestros pies. El negro basalto de las gradas contrastaba con el mármol blanco de las columnas del anfiteatro. No he visto un teatro romano más impresionante y mejor conservado que el de Bosra. 




Teníamos el monumento vacío para nosotros. Recorrimos las gradas y bajamos los peldaños desgastados, inmersos en la magia del lugar. Los ecos solitarios de nuestras voces probaban la increíble acústica del teatro. Con capacidad para más de 15.000 personas, la grandeza y extraña belleza del anfiteatro impresiona. Mereció mucho la pena visitar Bosra, más de lo que había imaginado. Pero aún no lo habíamos visto todo.




Tras empaparnos de la inolvidable vista, salimos del teatro para caminar hasta la vieja ciudad en ruinas. Los restos nabateos, romanos y bizantinos se entremezclaban diseminados en una amplia y abandonada explanada. La calle principal estaba flanqueada por altas columnas, algunas de éstas partidas y desmoronadas. En torno a la zona se alzaban algunas mezquitas.



 
El imperdonable abandono en que se encuentran los restos le confería al lugar un aire de tristeza. Recorrimos las ruinas en completa soledad. Un silencio rotundo nos rodeaba.

Y, súbitamente, cantó el Fary. Una mezquita vibró con el canto llamando a la oración desde los megáfonos. A pesar del idioma, la voz era inconfundible. Y es que, como se dice de otras grandes leyendas de la música, el Fary en realidad nunca murió. Vive en Bosra, agazapado tras los micros de las mezquitas, regalando al mundo árabe su talento.

Tras la sorprendente revelación, volvimos a la plaza donde habíamos quedado con los belgas. Nos sentamos en la terraza del restaurante donde nos estaban guardando las mochilas y pedimos unos shawarmas. Al rato los trajeron desde el otro extremo de la plaza, no tendrían en el restaurante y fueron a comprarlos a otro sitio. Esto es de lo más normal en la hospitalaria Siria, donde la forma de atender al cliente, de hacer negocios y en definitiva de ver la vida es totalmente distinta a la de occidente.

Al cabo de un rato, se sentaron en la mesa de al lado unas monjas italianas. Una de ellas empezó a darnos conversación, quedamos impactados al ver su mostacho, tenía más bigote que yo y no es coña. Parecía un hombre travestido en monja, pero tras la aparición sobrenatural del Fary, habíamos aprendido que cualquier cosa era posible en Bosra.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Arena en las botas, capítulo 19: Damasco

21 de Julio de 2010. Día 12.

CAPÍTULO DECIMONOVENO:
EL OTRO DAMASCO

Tras asegurar nuestra supervivencia con ingentes cantidades de crema solar, salimos a recorrer Damasco. Como el día anterior, cruzamos el zoco desde Al-Hamidiyya. Hicimos algunas compras y al llegar a las inmediaciones de la mezquita Omeya, hicimos un alto bajo la sombra de un árbol para dilucidar sobre nuestro futuro.

Decidimos que queríamos una cerveza y nos encaminamos hacia el barrio cristiano. La principal ventaja de éste era que en los bares de la zona sí venden alcohol. Entramos en el primero que vimos, junto a la iglesia de san Ananías y tomamos las añoradas bebidas energéticas.

Salimos de nuevo bajo el sol abrasador, aunque muchas callejuelas cubiertas por parras proporcionaban un agradable respiro del calor sirio. Nos perdimos entre las agradables y tranquilas calles del barrio y disfrutamos de otro Damasco distinto, aunque no tan espectacular como lo visto el día anterior.

Cuando se acabaron las parras y volvieron las aceras descubiertas y humeantes, decidimos entrar de nuevo en el zoco, donde bajo la sombra aún podíamos aferrarnos a la vida. Por casualidad, descubrimos un bonito caravasar con una gran fuente en el medio. No recuerdo el nombre ni cómo llegar, pero no estaba muy lejos de la calle Recta. No logro sacar más del diario en papel.



Luego fuimos a comer a un restaurante a pocos minutos de allí. Se llamaba Al Khawali, caro para Siria pero aún así estaba bien de precio. Comimos de puta madre, uno de los mejores sitios del viaje para llenar el estómago. Más tarde, caminamos por la calle Recta hasta las inmediaciones de Al-Hamidiyya.

Desde allí decidimos regresar al hotel. Hacía un calor extremo y no se podía estar por la calle a aquellas horas. De vuelta, entramos en la vieja estación de trenes de Hiyaz, cerrada desde 1916, cuando estalló la Rebelión árabe. El vestíbulo podía visitarse. En una de las paredes colgaba un enorme retrato del dictador y genocida Bassar al-Assad, omnipresente en toda Siria.

 

De vuelta en el hotel, nos quedamos descansando y escribiendo nuestras memorias en la sala común. No fue hasta caer la noche cuando nos atrevimos por fin a salir al caluroso exterior de nuevo. Nos sentamos en la terraza de un bar a cenar y en ese momento nos encontramos a los belgas con quienes habíamos viajado el día anterior. Igual que nosotros, ellos seguían el viaje hacia la frontera jordana en la mañana siguiente, así que quedamos con ellos para compartir taxi hasta la estación.

Volvimos al hotel a pegarnos una ducha y dejar todo preparado para el madrugón del día siguiente. Continuábamos el viaje hacia el sur.