lunes, 22 de agosto de 2011

Arena en las botas, capítulo 18: Damasco


20 de Julio de 2010. Día 11. Parte II.

CAPÍTULO DECIMOCTAVO:
LA CIUDAD MÁS ANTIGUA

Tras algo más de dos horas de viaje, llegamos a Damasco. La ciudad ininterrumpidamente habitada más antigua del mundo.

Para variar, nos dejaron en una estación de los suburbios. Tuvimos que coger otro taxi para salir de allí, que compartimos nuevamente con los belgas. Nos paramos en la parte nueva del centro de Damasco, en la zona de Al-Merjeh, no muy lejos de las murallas de la Ciudad Vieja.

Fuimos a un hotel supuestamente barato, que habíamos visto en la guía. Nos enseñaron la habitación. Bien, pero nos espantó el precio, unos 45 € por noche. Intentamos regatear, pero no hubo manera de que nos bajaran ni un puto euro. Un viejo cabrón bastante borde dinamitaba cualquier intento de negociación.

Salimos a la calle de nuevo para ver si encontrábamos algún sitio más barato. Fuimos a preguntar a varios hoteles, pero o estaban llenos o eran aún más caros. Después de dar vueltas sin rumbo, cargados y sudando bajo el sol sirio, volvimos cabizbajos al Sultan Hotel. El viejo cabrón sonreía de medio lado.


Fuimos a comer unos shawarmas a un bar con mesas de plástico en la puerta. Luego fuimos al hotel y preguntamos en recepción dónde podíamos hacer la colada, aprovechando que no estaba el viejo cabrón. No estaba, parecía no estar, hasta que asomó la cabeza de debajo del mostrador. Sí hacían colada, pero cobraban por prenda, aunque insistimos en que no queríamos que plancharan nada. Le dije al viejo cabrón que ni se les ocurriera contar un calcetín como prenda.

Felices por haber anticipado la siguiente jugada del taimado anciano, subimos a la habitación a descansar un rato. A eso de las 19:00, cuando el intenso calor daba un respiro, salimos a dar el primer paseo por Damasco.

Caminamos a lo largo de una ancha avenida hasta llegar al zoco Al-Hamidiyya. Como todo gran zoco que se precie, el de Damasco bullía con la actividad de la gente. Anduvimos lentamente entre la multitud y los puestos de ropa y artesanía, empapándonos de la diversidad de colores del mercado.


Así llegamos al pie de la majestuosa mezquita Omeya. No teníamos pensado visitarla hasta el día siguiente, pero ver el impresionante edificio iluminado al atardecer hizo que no pudiéramos resistir la tentación de entrar.

Tras pagar la entrada para turistas infieles, a Ruth le encasquetaron la habitual chilaba jedi áspera. Entramos en el espectacular patio de mármol rodeado de pórticos. Esta mezquita es una de las más antiguas y grandes del mundo, y una de las más importantes del Islam.



Permanecimos un rato en el precioso y concurrido patio antes de visitar el interior de la mezquita. Muchos acudían a rezar y contemplamos sus rituales en silencio. Después paseamos de nuevo por el patio con los pies descalzos. Las losas aún desprendían calor, a pesar de que ya hacía rato que había anochecido. Contemplamos las columnas, los arcos, los mosaicos, la exquisita arquitectura del monumento. Sólo por esto, Damasco ya merece la pena. Aunque por supuesto, había mucho más.


Salimos de nuevo a las calles de la ciudad vieja. El aroma de los narguiles impregnaba el aire y se mezclaba con el olor de la comida de los puestos cercanos. Compramos unos shawarmas y cenamos sentados en un peldaño de unas escaleras cercanas de la mezquita.

Volviendo hacia el hotel, nos encontramos con un grupo de voluntarios informando sobre el genocidio en la Franja de Gaza y recogiendo donaciones para la población civil. Estaba muy reciente el ataque a la flotilla de la Libertad, que viajaba con ayuda humanitaria y el ambiente estaba especialmente caldeado en los países por los que viajamos. Desgraciadamente, en Oriente Medio, esto es el pan de cada día.

Charlamos un poco con ellos y les compré un pañuelo palestino. Seguimos andando hacia el zoco y entonces nos encontramos con el turco que habíamos conocido en el viaje desde Homs hacia el Crac de los Caballeros. Ya estaba en Damasco para quedarse.

Regresamos entre el aún animadísimo zoco hasta llegar al hotel, cansados tras el largo día. Nos sentamos en un sofá de las zonas comunes mientras esperábamos a que nos dieran la colada. Entretanto, el viejo cabrón se dedicaba a hostigar a otros huéspedes desde su poltrona de recepción.

Poco después, dormíamos. El murmullo amortiguado de las llamadas al rezo de las mezquitas se colaba por el ventanal.

domingo, 21 de agosto de 2011

Arena en las botas, capítulo 17: Palmira - Damasco

20 de Julio de 2010. Día 11. Parte I.

CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO:
EL REINO DE ZENOBIA

El despertador sonó a las 5:00.

Despuntaba el amanecer cuando salimos del hotel. Nos dirigimos camino abajo, dirección a las ruinas, mientras el horizonte comenzaba a clarear.

Nos habían aconsejado bien, y el madrugón había merecido la pena. La luz del sol que apenas empezaba a asomar, arrancaba colores espectaculares a las ruinas, cambiantes minuto a minuto.



Bajo la agradable temperatura de la recién estrenada mañana, empezamos a pasear por el espléndido yacimiento. Disfrutamos del lugar en casi absoluta soledad y vagamos entre las ruinas, apenas deterioradas y extendiéndose a lo largo de kilómetros.


Palmira fue una próspera población, que situada en la ruta de la seda, creció con el comercio de caravanas durante el siglo I d.C., cuando Siria se convirtió en provincia romana. Pero su período de mayor esplendor, lo vivió bajo el mando de Zenobia, la viuda de un gobernador romano que la convirtió en capital del efímero Imperio de Palmira. Plantando cara al todopoderoso Imperio Romano, Zenobia estableció un breve reinado, bajo el que la ciudad-estado creció y aumentó su área de influencia, cubriéndose de riquezas y de nuevos edificios.

El tiempo y la guerra acabaron llevando a Palmira al olvido, que permaneció sepultada en el desierto hasta comienzos del siglo XX. Hoy, es uno de los lugares de visita imprescindible en Siria, pero el gran desconocimiento del país como destino turístico, permite aún disfrutar del lugar en egoísta soledad. Las hordas destructivas de las putas touroperadoras aún son bastante ajenas al maravilloso lugar.




Recorrimos las milenarias ruinas y paseamos por la impresionante columnata. Pasamos bajo el arco de Triunfo, poco más allá estaba el enorme Templo de Bel. Aún no se podía visitar, pero encajando temerariamente la cabeza entre algunas grietas conseguimos ver algo.

Era imposible cansarse de vagar por el yacimiento, pero al cabo de las horas, cuando el sol empezó a quemar, decidimos retirarnos. Emprendimos el camino de vuelta. Unos perros amenazadores y polvorientos corrieron hacia nosotros desde los confines del desierto. Nos cortaron el paso para nuestra congoja, pero al final resultaron ser pacíficos.

Tras cruzarnos con unos más amigables dromedarios, volvimos al hotel a dormir una horita más. Luego bajamos a desayunar y desde recepción nos pidieron un taxi hacia la “estación”, una cafetería a tomar por culo del desierto, demasiado alejada para ir andando. Compartimos el taxi con una pareja de belgas, que querían coger el mismo autobús hacia Damasco.

Llegamos a aquel lugar remoto y esperamos un autobús que no llegaba nunca, bajo un sol cada vez más abrasador. Los billetes se compraban en el interior de la vieja cafetería. Allí mismo rellenamos los papeles de costumbre en todo trayecto por Siria. Nombre, edad, profesión, padres y un sinfín de datos absurdos para tranquilidad del régimen.

Con casi una hora de retraso, apareció el autobús hacia Damasco. Eran las 11:30. Nosotros y los belgas éramos los únicos guiris. Bajo la sorprendida mirada de los simpáticos locales, viajamos entre kilómetros y kilómetros de desierto. En la tele del bus echaban un programa bizarro de militares. Aprovechamos para dormir.