miércoles, 29 de junio de 2011

Arena en las botas, capítulo 16: Crac de los Caballeros - Homs - Palmira

19 de Julio de 2010. Día 10. Parte II.

CAPÍTULO DECIMOSEXTO:
CARRETERA A PALMIRA

Tratamos de negociar con los taxistas precios hasta Palmira o Homs, pero las cantidades que pedían nos acongojaron. De modo que decidimos esperar a que viniera alguna furgoneta que hiciera aquel trayecto.

Sentados en las escaleras de entrada, esperamos bajo el frescor del sol. Al cabo de un rato, apareció la furgoneta providencial. Volvimos a Homs, nuestro cruce de caminos. Para nuestra tranquilidad y sosiego, esta vez sí nos dejaron en la estación. Como de costumbre, al no entender los carteles en alfabeto árabe, no quedaba otra que dedicarse a preguntar por doquier, como pollo sin cabeza.

La táctica dio buenos resultados, como de costumbre, merced a la amabilidad siria. Enseguida nos llevaron corriendo a un bus que salía de inmediato hacia nuestro siguiente destino, Palmira.

Pasé casi la totalidad del trayecto durmiendo, pero tampoco hubo mucho que contar. Sencillamente, kilómetros y kilómetros de desierto, que entreveía tras cortinas que nos mantenían en la penumbra. Era necesario conservar el escaso frío de un débil pero agradecido aire acondicionado.

A media tarde, como un espejismo en medio de la inmensidad de arena, divisamos el gran yacimiento de Palmira. Como venía siendo costumbre, nos dejaron junto a una gasolinera, a tomar por culo del pueblo. Cogimos un taxi compartido con unos ingleses para llegar hasta allí.

Tras un par de vanos paseos hacia hoteles que ya estaban completos, encontramos habitación en uno llamado Al-Nakheel. Como todos, por fuera parecía un antro, pero el interior estaba bastante bien.

Salimos con el atardecer. Anduvimos por una pequeña carretera a medio asfaltar, acercándonos a las ruinas. La luz del ocaso confería al entorno esa aspecto sobrenatural que anticipa que estás ante uno de los grandes momentos de un viaje. Vimos las ruinas de cerca y entonces lo supimos.

Nos contuvimos para no empezar a recorrer el yacimiento. Estábamos muy cansados y yo apenas empezaba a recuperarme de mis penurias. Volveríamos pocas horas más tarde, a la salida del sol.

Fuimos a la terraza del hotel Zenobia, el más próximo al yacimiento. Las vistas hacia las ruinas eran espectaculares. Si le añadimos que además servían cerveza, el momento era aún más mágico. Se nos pasó por la cabeza quedarnos a cenar, se nos quitó de la cabeza en cuanto conocimos los precios. Cenaríamos más tarde junto a nuestro hotel, unas sabrosas y económicas brochetas de carne.

Permanecimos en la terraza, saboreando las cervezas mientras la luz desaparecía y el color de las ruinas se fundía con la arena del desierto.

martes, 28 de junio de 2011

Arena en las botas, capítulo 15: Hama - Homs - Crac de los Caballeros

19 de Julio de 2010. Día 10. Parte I.

CAPÍTULO DECIMOQUINTO:
EL CASTILLO CRUZADO

El shish-taouk envenenado me aseguró una noche de insomnio, sufrimiento y desazón.

Me sentía bastante débil, pero quería continuar el viaje. Aquel día queríamos ir al Crac de los Caballeros y luego a Palmira. Cogimos los macutos y pusimos rumbo a la estación de autobuses. Anduvimos por una larga avenida que se me antojaba interminable bajo el peso de la mochila.

Llevábamos un papel con las indicaciones para llegar escritas en árabe, que fue de mucha ayuda para ir preguntando por la calle. Así llegamos hasta una caótica estación de minibuses.

Antes de montar en ningún autobús, había que comprar la tarjetita correspondiente en una abarrotada garita. Desde el interior, un malhumorado señor repartía tarjetas, billetes y gritos a diestro y siniestro. La multitud se agolpaba frente a la diminuta taquilla y cualquier intento de cola era mera ficción. No quedaba otra que abrirse paso al modo habitual de empujones. Inmerso ya en el tumulto, se me enganchó la cremallera del monedero en el turbante de un hombre. Al moverse, con el kefiyah enganchado, empezó a desenvolverse el turbante de su cabeza.

Con los ojos desorbitados, avisamos al hombre y tratamos de desenganchar la tela. Tras unos instantes de forcejeo, por fin lo conseguimos. Afortunadamente, no se lo tomó a mal.

Tras difícil pugna, conseguí por fin comprar los billetes. Entramos en una furgoneta con destino a Homs. Como estaba petada, tuvimos que llevar los macutos sobre nuestras rodillas.

Tras unos 40 minutos de calores y sudores, llegamos a Homs. La parada donde nos dejaron estaba en un lado de una autopista, a las afueras. Sólo faltaba averiguar cómo llegar al Crac de los Caballeros. Preguntamos a unos chavales que habían venido en la misma furgoneta que nosotros. Nos mandaron a coger un autobús verde, al otro lado de la carretera.

Tras cruzar, preguntamos en una taquilla. Desde ésta, nos volvieron a mandar al otro lado, por donde nos aseguraron que pasaba el autobús hacia el famoso castillo. Cruzamos de nuevo. Minutos después apareció el ansiado autobús. Nos montamos no muy convencidos, porque tenía toda la pinta de bus urbano, pero nos habían asegurado con tanta convicción que era el que buscábamos, que no preguntamos más.

Deberíamos de haber hecho caso a nuestra primera intuición, porque lo único que conseguimos fue una extensa visita turística por toda la ciudad de Homs. La gente montaba y bajaba, el vehículo hacía su ruta y no veíamos futuro. Tratamos de preguntar a los otros pasajeros, pero nadie hablaba inglés. Al final, enseñando la grafía en árabe que venía en la guía, nos confirmaron que allí no era.

Una hora después, acabamos en el mismo punto donde habíamos empezado. Donde nos había dejado la furgoneta de Hama. No muy lejos de allí, había una pequeña estación de minibuses, y era la que buscábamos. Sólo faltaba localizar la furgoneta entre cientos de éstas, llegando y saliendo de la caótica estación. Nos juntamos con una pareja de alemanes que estaba buscando lo mismo.

Tras un rato indagando, encontramos una desvencijada furgoneta que iba hacia el Crac. Rellenamos una lista con nuestros nombres y dimos los pasaportes. Es muy común que te pidan los datos en todos los desplazamientos por Siria. Cosas de un régimen paranoico.

Tras llenarse el vehículo, salimos hacia nuestro destino. Compartimos asiento con un turco que estaba viajando por Siria con la idea de quedarse en Damasco a estudiar árabe. Además de inglés, hablaba italiano, por lo que Ruth fue feliz de poder hablar en su idioma favorito.

Entretenidos por la conversación, llegamos casi sin darnos cuenta al pie del castillos, tras recorrer los últimos kilómetros de un largo camino de aires polvorientos. Bajamos de la furgoneta, el conductor dijo que en unas tres horas pasaría por allí de nuevo para quien quisiera volver a Homs.

El Crac de los Caballeros es un enorme castillo cruzado, de 800 años de antigüedad. Definido por el mismo Lawrence de Arabia como “el mejor castillo del mundo” era sin duda espectacular. Uno de esos castillos gigantescos y sobrenaturales que imaginas en las novelas medievales.


Dejamos las mochilas a la entrada del castillo, los simpáticos encargados de la puerta se encargaban de vigilar los equipajes. Subimos por las murallas exteriores y recorrimos la fortaleza. Desgraciadamente, no estaba yo para apreciar los encantos de la arquitectura. Los efectos del veneno de la jornada anterior habían acabado con mis fuerzas, y el mareo que me acompañaba me impedía disfrutar del lugar como hubiera querido.

Deambulamos por el magnífico e inabarcable castillo, siempre intentando refugiarnos entre las sombras de los muros. No estuvimos mucho tiempo, no estaba en mi mejor día y jodí la visita.

Decidimos ir a un restaurante que había en el exterior, pero tardaron eones en atendernos. Finalmente decidimos salir de allí e intentar llegar a Palmyra.

lunes, 27 de junio de 2011

Arena en las botas, capítulo 14: Ciudades Muertas - Hama

18 de Julio de 2010. Día 9. Parte II.

CAPÍTULO DECIMOCUARTO:
LAS NORIAS QUEJUMBROSAS

 
Llegamos a Hama, en el corazón de Siria. El conductor detuvo el coche en el centro de la ciudad, junto a una de las avenidas principales. Pagamos y nos despedimos de éste y de Jin, con quien habíamos pasado una estupenda mañana. Mientras el coche se perdía en la transitada carretera hacia Aleppo, acarreamos las mochilas hasta el hotel más próximo.
 
El primer sitio donde buscamos alojamiento fue en el hotel Riad, uno de los más recomendados en las guías. Tratamos de regatear el precio entre éste y el Cairo Hotel, que estaba justo al lado. Salté entre ambas recepciones y al final nos hicieron mejor precio en el Cairo. Allí nos quedamos. El hotel estaba encima de un gimnasio con una foto gigante de un culturista hormonado asqueroso. A pesar de la falta de indicaciones, no sería fácil olvidar aquella horripilante puerta.
 
Tras liberarnos del peso de los macutos, fuimos a buscar algún sitio para comer. Caminamos hacia el río. Encontramos un restaurante junto a una de las míticas norias gigantes de Hama, que daba vueltas con su quejido chirriante e hipnótico.


La comida dejó bastante que desear. Ruth ingirió unos fingers de pollo con alpiste y yo un supuesto shish-taouk. Acababa de ser envenenado, pero entonces aún no lo sabía.
 
Mientras el mal se extendía por mi organismo, nos acercamos a la enorme noria cercana, girando con el suave descenso de las aguas del Orontes. Después nos fuimos dando un paseo por la orilla del río, en busca de las cuatro norias de Bechriyyat. Éstas son las más impresionantes de la ciudad. Dispuestas en dos pares, uno a cada orilla, giraban con un fuerte y eterno sonido quejumbroso.


Pero no eran las norias lo más impactante de Hama, sino la gente. Constantemente nos saludaban. La habitual afabilidad siria era aún más notoria en esta ciudad, vivo ejemplo de la hospitalidad árabe. Es lo que más recuerdo de allí; la gente parándose a saludar, los niños acercándose continuamente a decirte  las cuatro frases que sabían en inglés, las sonrisas sinceras.


Aparte de las norias, no había muchas más atracciones turísticas “al uso” en Hama. El motivo es que gran parte de la ciudad fue destruida durante la masacre de 1982, cuando el gobierno de Hafez al-Assad bombardeó la ciudad, en uno de los momentos más oscuros de la historia siria. Entonces, como ahora, se trataba de ahogar una rebelión popular. La historia se ha repetido en el año posterior a mi viaje. Cuando la ola de protestas de este convulso 2011 llegó a Siria, Bashar al-Assad, el hijo de aquel Assad que reprimió las protestas con sangre, sigue con la tradición familiar.
 
Poco queda ya de la esperanza de cambio que existía en Siria tras suceder Bashar a su padre, hace ya once años. En el momento que (re)escribo estas líneas, los tanques de la dictadura han vuelto a tomar Hama y otras ciudades sirias, y la población sigue muriendo, sólo por pedir la libertad que se les niega.

Regresamos al centro de la ciudad siguiendo el curso del río. Entramos en un parque a refugiarnos del calor bajo la sombra de los árboles. Familias enteras pasaban allí la tarde, como siempre saludando sin parar. Tampoco faltaban habituales miradas ultralascivas de más de un salido. Siendo Hama una de las ciudades más conservadoras de Siria, no fue el mejor día para llevar camiseta de tirantes, y Ruth lo pasó un poco mal.
 

Más avanzada la tarde, volvimos al hotel. Una sensación de cansancio me invadía todo el cuerpo. Tras descansar un rato salimos a buscar algún sitio para cenar. En recepción nos recomendaron un puesto callejero de falafel, en las traseras de la misma calle. Ponerse las botas se queda corto y es una expresión en desuso, creo. En verdad nos pusimos hasta el ojete. Puedo decir que aquel fue el mejor falafel que he probado.
 

La sensación de cansancio que llevaba arrastrando durante toda la tarde se intensificó de vuelta al hotel. Con un estremecimiento de terror, asumí la verdad. El mal del viajero, la cagalera, estaba conmigo.
 

No fue el falafel. Con los puestos callejeros no te equivocas. Fue el jodido restaurante turístico y su puta mierda de shish-taouk rancio. Lo supe en mis entrañas. 
 

Con la frente perlada en sudor, inauguré el botiquín para sacar un fortasec. Era sólo el principio de una noche muy larga.

domingo, 26 de junio de 2011

Arena en las botas, capítulo 13: Aleppo - Ciudades Muertas

18 de Julio de 2010. Día 9. Parte I.

CAPÍTULO DECIMOTERCERO:
LAS CIUDADES MUERTAS

De buena mañana, en torno a las 7:30, nos levantamos. Empacamos nuestras cosas y salimos al patio a desayunar. Allí nos juntamos con Jin, el chaval chino con quien compartiríamos coche hacia las Ciudades Muertas.

El recepcionista Richard Alpert, nos dio los últimos detalles. Como andaba por allí el dueño del hotel, nos dio un papelito con la dirección de la estación de autobuses, para justificar tanta charla por si éste nos preguntaba. Era la última de sus astutas artimañas antes de nuestra partida. Menudo personaje.

Le dijimos adiós y salimos del hotel cargados con los macutos, nosotros ya no regresábamos a Aleppo. Una vez más, nos encontramos frente a la carretera suicida de la torre del reloj. Lo de los pasos de peatones no se lleva y no había otra manera de pasar que confiando en la compasión de los veloces conductores. Hicimos acopio de valor y dimos un paso tras otro por el asfalto mortal, entre el enjambre de coches y motos que amenazaban nuestra existencia.

Un par de bloques más allá, nos saludó un señor desde un coche blanco. Era el nuestro, así que nos fuimos para allá y emprendimos el viaje. En primer lugar, nos dirigimos hacia el norte, cerca de la frontera con Turquía, para ver las ruinas de Qala'at Samaan, la Basílica de San Simeón.

La historia es interesante. Se trataba de un individuo llamado Simeón, que tras pasar años en un monasterio, esta vida no le parecía lo suficientemente ascética. Se retiró entonces a una cueva. Pero no encontró su ansiada soledad, ya que la gente empezó a peregrinar hacia allí para pedirle bendiciones varias. Como resultado, Simeón se indignó y erigió una columna de 3 metros de altura para vivir al margen de la gente.

Según se cuenta, a medida que se volvía más antisocial, Simeón levantó columnas más y más altas hasta llegar a los 18 metros de altura. Allá arriba, se ataba a una cadena para evitar caerse mientras dormía. Desde las alturas, se dedicaba básicamente a rezar y gritar para responder a las preguntas de las visitas. Sin embargo, se negaba a hablar a ninguna mujer, incluyendo a su madre.

Su leyenda creció y los visitantes venían cada vez de más lejos, como Gran Bretaña o Francia. Así fue extendiéndose una moda por Europa en la que diversos locos como él se mudaban a lo alto de una columna. Esta es pues, la historia de Simeón. Resumiento, un señor perturbado que se encaramó a una puta columna a desperdiciar su vida, y se hizo famoso por ello.

Volviendo al presente, o al pasado, 18 de julio de 2010, nos bajamos del coche. Crema de sol en mano, subimos a las ruinas de la basílica construida en honor a san Simeón. La construcción estaba increíblemente bien conservada. Tampoco estaban mal las vistas a los áridos paisajes de alrededor.

Caminamos entre los magníficos restos y llegamos hasta el querido hogar de san Simeón, su columna. Pero de ésta no quedaba más que la base, ya que los peregrinos la fueron destruyendo a medida que se llevaban pedacitos como souvenirs a lo largo de los siglos.

Caminamos entre piedras, subiéndonos por donde fue menester y haciéndonos un buen número de fotos. No fue hasta ese momento cuando fuimos conscientes del desmesurado tamaño de cabeza de Jin, que dificultaba los encuadres. Joder, es la cabeza más gigantesca que he visto en mi vida.



Volvimos al coche contentos tras la visita. No conocía este lugar antes de llegar a Siria y fue un gran descubrimiento. Tomamos carretera entonces hacia el sur, para recorrer las misteriosas Ciudades Muertas. Éstas son un gran número de poblaciones fantasma, cuya causa de abandono ha sido siempre un gran misterio para historiadores y arqueólogos.

La primera que conocimos fue Jerada. Bajamos del coche y paseamos entre las sobrecogedoras ruinas bizantinas. Impresionaba deambular entre todas aquellas casas abandonadas. Sin embargo, Jerada no estaba del todo muerta. Tras el poblado, había un par de casas donde habitaban familias. Algunas de las ruinas las utilizaban para guardar animales. De entre algunas de éstas salieron unos niños a saludarnos, mirándonos alucinados.


Rodeamos el emplazamiento de regreso al coche y viajamos unos cuantos kilómetros hasta otra de las Ciudades Muertas, Ruweiha. Ésta era bastante más grande que la anterior, según decían era la gemela de Jerada, pero no es que se pareciera mucho. Caminamos por el yacimiento, aunque no pudimos recorrerlo en toda su extensión porque unos perros salvajes bastante amenazadores nos lo impidieron. La guía ya avisaba de los perros salvajes por la zona, nos habíamos reído leyéndolo, pero no eran exageraciones, no.


Había un pequeño equipo de arqueólogos trabajando en algunas de las ruinas. Estuvimos hablando un rato con el jefe de la excavación, y nos explicó qué era lo que estaban haciendo y algunas curiosidades sobre las Ciudades Muertas.

Resolvimos volver al coche cuando los perros salvajes comenzaron a acercarse. Pero no era el único peligro, para ser ciudades muertas había una fauna excesivamente viva. Nuestra siguiente amenaza resultaron ser unas cabras asesinas que nos cortaban el paso con miradas desafiantes, para diversión de los niños que pastoreaban.

Volvimos a la seguridad del coche y recorrimos algunos polvorientos kilómetros más. Así llegamos a Serjilla, sin duda la más interesante de las Ciudades Muertas. Tenía una gran cantidad de edificios en pie, la gran mayoría en estado casi perfecto. Ésta era la única de las Ciudades Muertas que estaba más organizada de cara al visitante, con carteles indicando lo que ibas viendo. La ciudad disponía de hamman, albergue, iglesias y un buen número de casas. Recorrimos en completa soledad la ciudad abandonada, exhaustos por el sol implacable. La combinación mortal de calor, desierto e ir a ver piedras.




Terminamos nuestra breve estancia en Serjilla tomándonos unos refrescos con el conductor y el vigilante del lugar. Aún teníamos previsto visitar Al-Bara, pero todos nos pusimos de acuerdo en que estábamos saturados de ruinas y arqueología para el resto del día. Así que decidimos ir directamente hacia Hama, nuestro siguiente destino en Siria.

viernes, 24 de junio de 2011

Arena en las botas, capítulo 12: Aleppo


17 de Julio de 2010. Día 8.

CAPÍTULO DUODÉCIMO:
EL ZOCO MÁS AUTÉNTICO

La clásica ausencia de persianas hizo del sol nuestro despertador. Salimos al patio en busca del desayuno. Éste consistía en un huevo cocido, un quesito y poco más, pero nuestras tripas lo agradecieron igualmente.

Cogimos las mochilas de asalto y bien pertrechados de botellas de agua, nos fuimos a explorar Aleppo. Bajamos por una amplia y ajetreada avenida hasta llegar a la ciudad vieja. Entramos por la famosa Bab Antakya, la puerta oeste de la antigua ciudad amurallada.

Así entramos de lleno en el inmenso y frenético zoco de Aleppo. Caminamos entre tiendas y ajetreo y nos desviamos subiendo unas escaleras para visitar la pequeña y sobrecogedora mezquita al-Qaiqan (mezquita de los Cuervos), con sus dos oscuras columnas de basalto a la entrada.

Descendimos los desgastados peldaños para vernos de nuevo inmersos en el concurrido zoco. Era hipnótico. Y es que, a diferencia de mercados como el de Marrakech o el Gran Bazar de Estambul, éste resultaba infinitamente más auténtico. La afluencia de turistas es mucho menor, y la mayoría de los compradores eran gente de Aleppo. Se notaba también en los vendedores, que no eran tan cansinos con los guiris como es habitual en el mundo árabe. Salvo de tiendas de jabones, ropa o aceite de oliva, pasaban bastante de los extranjeros.

Era como retroceder en el tiempo. La realidad y la crudeza del zoco de Aleppo fue una de las cosas que más me fascinó de la ciudad y una de las primeras cosas que me enamoraron de Siria. El laberíntico mercado se extiende por un sinfín de callejuelas y pasadizos, eterno y atemporal. Vendedores acarreando sus mercancías, niños picando enormes bloques de hielo, el nauseabundo olor de la carne colgada en las carnicerías y miles de personas vagando entre las tiendas en sus conversaciones y quehaceres cotidianos. No es algo “bonito” de ver, pero sí es algo que no te puedes perder.


Tras perdernos en el laberinto, llegamos hasta una tienda de sombreros donde nos invitaron a entrar para refugiarnos del calor. No compramos nada, pero estuvimos un rato charlando con el vendedor. Nos indicó cómo llegar a la Gran Mezquita. Caminamos bajo el fuerte sol, rodeando el zoco. No estaba lejos de allí. A Ruth le hicieron ponerse el áspero poncho capa-jedi asquerosa con que acostumbran a cubrir a las mujeres.

Como siempre, tuvimos que descalzarnos en la entrada. Las plantas de los pies quemaban al contacto con el mármol ardiente del patio. Pasamos junto al alminar, torcido como consecuencia de un terremoto y pasamos un rato visitando la impresionante mezquita, construida durante la época de los Omeyas.


Salimos con ojos asombrados y pies calientes. Paramos un rato a descansar a la sombra y nos dedicamos a contemplar el ir y venir de la gente de Aleppo. Es una de las ciudades más conservadoras de Siria y se hacía evidente en el vestuario de las mujeres. Los niqāb que tan sólo dejan al descubierto los ojos eran de uso habitual. Una tortura que va mucho más allá de soportar las altas temperaturas, sino que también conlleva la pérdida de toda identidad individual. No pudimos sino cagarnos nuevamente en los sinsentidos de las religiones llevadas a extremos enfermizos. En este aspecto, a Siria le queda aún mucho camino que recorrer.


Volvimos al zoco y nos paramos a comprar jabones. Tras el clásico rato de regateos, amagos y conversación, continuamos nuestro camino entre el ajetreo del mercado, parando en ocasiones ante los caravasares más llamativos. Finalmente llegamos a la Ciudadela. La impresionante fortificación se alzaba dominando toda la ciudad.




Había que pagar entrada, el cartel marcaba 150 libras sirias para extranjeros, 15 para los sirios. Aunque la realidad era que los únicos que pagábamos éramos los guiris. Cruzamos el puente de escaleras hasta entrar en la inexpugnable fortaleza. Y recorrimos los baluartes bajo el fuerte sol.


Estaban rodando una película militar, así que estaba todo repleto de soldados de coña con uniformes que les quedaban grandes. En ciertos tramos, nos hacían esperar en silencio mientras rodaban alguna escena. Según parecía, los protagonistas se encontraban en apuros, pero defendían estoicamente y se acababan sobreponiendo a los desorganizados invasores. Perdón por los spoilers.

Deambulamos libremente por las altas murallas y fuertes. Al cabo de un rato, subimos a una torre que ofrecía unas vertiginosas vistas de Aleppo. La infinidad de tejados amarillentos, cúpulas y alminares se extendía ante nuestros ojos. Sentíamos un nosequé de que contemplábamos siglos de historia, o igual sólo eran mareos por la insolación. Fuese lo que fuese, estábamos impresionados. No en vano, la milenaria ciudad compite con Damasco por ser la ciudad más antigua ininterrumpidamente habitada del mundo.


Cuando bajamos de la Ciudadela nos sentamos en una cafetería a reponernos de la fritura de cerebro tomando unos refrescos. Luego nos fuimos en busca de algún bar, pero a los pocos metros nos abandonaron las fuerzas y sólo llegamos hasta el adyacente al anterior.

Tras un resucitador shish-taouk, y unos inquietantes helados multicolor, nos refugiamos bajo la sombra del zoco para regresar hasta el hotel y evitar las horas de más calor. Nos echamos una siesta y una partida al Exploradores.

De repente, llamaron a la puerta de la habitación. Resultaron ser dos españolas. El recepcionista astuto les había mandado a hablar con nosotros por si queríamos compartir coche para ver las Ciudades Muertas. Finalmente, no nos pusimos de acuerdo, ya que nosotros queríamos terminar en Hama y ellas volver a Aleppo.

Luego, el recepcionista nos habló de un chino que también se alojaba en el hotel, que podría estar interesado en compartir coche. Mientras se lo pensaba, estuvimos un ratillo hablando con las españolas, que nos dieron algunos consejos de otros lugares de Siria donde habían estado ya.

Al cabo de un rato, nos fuimos a negociar de nuevo con el recepcionista. Su astucia y su cara nos recordaban a Richard Alpert el personaje lostiano. ¿Lo recuerdas? No importa, supongo que esta comparación va a envejecer muy mal en estas páginas. Sin duda, su significado se verá sepultado en las arenas del tiempo, acompañada del recuerdo de una serie tramposa y más bien mediocre.

Después de uno de mis clásicos incidos, que ni viene a cuento ni aporta nada al relato, continúo con esta crónica. Las arduas negociaciones se prolongaron a lo largo de casi toda la tarde. Finalmente acordamos 1.500 cada uno, terminando en Hama. Nuestro acompañante, Jin, volvería a Aleppo desde allí con el conductor.

Richard nos confirmó los detalles entre susurros y un alto secretismo, porque según él, el manager no podía enterarse de sus chanchullos. Nos encontraríamos un par de bloques más allá del hotel con el conductor de nuestro coche. Llevaría una foto del recepcionista y un pashmina blanco atado a la antena para que lo reconociéramos.

¿Turbio? Un tanto. En realidad, nos parecía que todo era un paripé para que no comparásemos otras ofertas. En realidad, así funcionan muchas cosas en Siria, donde el mercado negro domina la economía y los regateos es la forma habitual de hacer negocios.

Con la caída del sol, nos fuimos a dar una vuelta por la ciudad nueva de Aleppo. Caminamos hasta unos cines. Era curioso ver los carteles, que siempre incidían en las escenas más tórridas, e incluían una recopilación de fotogramas de morreos y tocamientos. La cartelera comprendía casi exclusivamente comedias de cine sirio y películas americanas de tías buenas, y también alguna que otra de acción (subgénero “hostiazos”).

Fue curioso de ver. Luego seguimos las indicaciones del mapa hasta encontrar un banco con cajero (éstos eran casi imposibles de ver en Aleppo). Sacamos algo de pasta para no quemar los euros en cambios de moneda. Después nos aventuramos por una amplia avenida peatonal. Aquella parte parecía completamente distinta, otra ciudad. Eran calles comerciales repletas de tiendas de ropa de marca y electrodomésticos, todo mucho más moderno que lo visto en el resto de Aleppo.

Anduvimos un rato por allí y terminamos yendo a cenar donde la noche anterior. Nos había gustado y era barato, apuesta segura. Una familia de locales que celebraba un cumpleaños en la mesa de al lado nos invitó a un pedazo de tarta. Tan sólo una muestra de la inolvidable hospitalidad siria. Una gente que apenas empezábamos a conocer y que ya adorábamos. La simpatía de sus habitantes, es sin duda de lo mejor de Siria. Ningún pueblo se merece la represión y la crueldad de sus gobernantes, pero el pueblo sirio, menos que ninguno.

lunes, 13 de junio de 2011

Arena en las botas, capítulo 11: Aleppo


16 de Julio de 2010. Día 7. Parte II.

CAPÍTULO UNDÉCIMO:
EL HOTEL ROSA DE RECEPCIONISTA ASTUTO

Pocos kilómetros hasta Aleppo. Tras un larguísimo día de viajes, estábamos a punto de llegar a la vieja ciudad siria. Y lo hacíamos al uso del país, a toda velocidad y temiendo por nuestra vida en cada adelantamiento.

Pasamos junto a pequeños bosques, repletos de familias haciendo picnic. Idílica imagen, si no estuviera todo lleno de basura por todas partes.

Desde la carretera, ya empezábamos a habituarnos a los carteles con el omnipresente rostro de Bashar Al Assad, el dictador sirio. Ha pasado casi un año en el momento que transcribo estas líneas, y en estos momentos el régimen de Al Assad masacra a la población siria, que reclama libertad. Mucho ha cambiado en los países árabes, en el mundo, en estos últimos meses. No obstante, trataré de ceñirme a la crónica del viaje y a lo que anoté en mi diario en su día.

A semejante y temeraria velocidad, no tardamos mucho en llegar a Aleppo. Nos llevó algo así como una hora desde que cruzamos la frontera. La milenaria ciudad apareció ante nuestros ojos, desordenada, caótica e inabarcable.

Llegamos hasta lo que parecía ser una estación de autobuses. Aquí llegaba el timo-intento. El tío pretendía que cogiéramos un taxi desde allí hasta el hotel donde le habíamos dicho que nos dejara. Debía de estar compinchado con un taxista que apareció súbitamente, dando golpes en la ventanilla. Le dijimos que no pagábamos hasta que nos llevase. Se encabronó medianamente, pero al final nos acabó llevando ante la mirada triste de su amigo el taxista.

Bajamos con los macutos junto al hotel Hanadi, que habíamos visto que recomendaban en la guía. Esperando que tuvieran sitio, entramos a preguntar. Nos atendió un recepcionista con cara de astuto. Nos enseñó la habitación, que hacía honor a lo que habíamos leído. Parecía la casa soñada de Barbie, con todas las paredes y mobiliario en tono rosa chillón. Pero tenía baño y lo más importante, ventilador en el techo.

Nos pidió 1.500 libras por noche, nos pareció más caro y tratamos de regatear. Entonces nos condujo por unos pasadizos hasta otro punto del edificio donde había otro hotel. Abrió una puerta desvencijada y aparecimos en lo que parecía el salón de una casa, con un señor y un viejo viendo la tele en zapatillas. Era bastante más barato, pero cutre de cojones y decidimos volver con el recepcionista astuto del hotel rosa.

Al final accedió a rebajarnos el precio a 1.200 syrian pounds y aceptamos. Cambiamos algunos euros y las liras que nos habían sobrado de Turquía y descansamos un rato en nuestra horriblemente rosa habitación.

Un poco más tarde salimos a buscar algún sitio para cenar. El recepcionista nos había aconsejado un restaurante llamado Al-Kommeh, estaba muy cerca del hotel, poco más allá de la torre del reloj. Subimos varias plantas y llegamos hasta una gran terraza llena de plantas y un buen número de mesas.

Estábamos muertos de hambre tras todo el día de viaje y sin apenas haber probado bocado. Cenamos unos ricos y generosos platos de kebab y para terminar bebimos unos tés. Después nos invitaron a unos vasitos de café muy fuerte, al estilo turco.

Con los estómagos llenos, volvimos al hotel. Hora de dormir y reponer fuerzas para la nueva etapa del viaje que comenzaba. Tiempo de conocer Siria.
 

lunes, 6 de junio de 2011

Arena en las botas, capítulo 10: Göreme - Nevsehir - Adana - Antakya - Aleppo


16 de Julio de 2010. Día 7. Parte I.

CAPÍTULO DÉCIMO:
FRONTERA CON SIRIA

Tocaba madrugar, y a eso de las 6:30 los pitidos del despertador resonaron en la cueva. Acabamos de rehacer los macutos y salimos a la terraza a desayunar. Estábamos fuera del horario, pero la familia de Yasin no quiso que nos fuéramos de viaje sin comer nada antes. La verdad es que nos cuidaron de puta madre y el albergue estaba genial.

Nuestra idea era llegar a Aleppo, Siria para aquella misma noche. Era mucha distancia y las conexiones no eran fáciles, pero lo íbamos a intentar. De modo que poco más tarde de las 8, cogimos un minibús con destino Nevşehir. Dejamos atrás las enormes chimeneas horadadas de Göreme y tras una media hora de serpentear entre montañas y valles, llegamos a la moderna estación de la población más grande de Cappadocia.

Mientras esperábamos a nuestro autobús, se me acercaron dos cazatalentos de los que venden excursiones. Como les dije que ya nos marchábamos, desistieron de la publicidad. Pero sí entablamos conversación y me contaron que eran estudiantes de Turismo y que lo que de verdad les gustaba era hacer de guía y no andar dando la brasa a la gente. Luego me estuvieron preguntando algunas cosillas de español, ya que querían aprender el idioma. Cuando llegó un autobús cargado de turistas, nos despedimos apresuradamente y volvieron al curro.

Unos minutos después, salió nuestro bus con dirección a Adana, hacia el sureste de Turquía. Pisando huevos, a pesar de las autopistas cojonudas que nos encontrábamos. ¿Cortesía del autobusero para disfrutar de las estupendas vistas desde la carretera?

Esta parte de Turquía era muy diferente de la que ya conocíamos. Altas montañas, mucha vegetación y riachuelos junto a la carretera. Todo precioso, pero mientras tanto la velocidad tendía a 0 y las ganas de mear a .

Los minutos se hacían interminables a las velocidades relativistas del vehículo, y la visión de arroyos y riachuelos no ayudaba. De modo que una hora después, recibí con gran alegría la noticia de que íbamos a parar en un área de servicio. Minutos después, el autobús aparcaba junto a unos lavacoches con mangueras atadas a palos de escoba.

Meé feliz y exitosamente. Al cabo de 20 minutos, continuamos el viaje. El autobusero debía de haberse tomado unos cuantos tés, se le veía bastante más espabilado. La velocidad aumentó e inesperadamente, recuperamos el tiempo perdido. Al final, llegamos a Adana sobre la hora prevista, a las 13:15. Nuevamente, llegué meándome. No sé qué me ocurría aquella mañana. Serían los tés o los nervios por el inminente cambio de país.

Mas quiso el destino cruel que no pudiera vaciar mi maltrecha vejiga. Enseguida nos estresaron para meternos en otro autobús hacia Antakya, nuestro destino final en Turquía para poder cruzar la frontera hacia Siria.

No teníamos billete y pagamos a uno de los autobuseros ya de camino. Luego nos empezaron a hablar en turco y no entendíamos un carajo. Por suerte uno de los viajeros era profesor de inglés y nos hizo de intérprete. Así nos enteramos de que Antakya había dos estaciones, y este autobús iba a la nueva. A nosotros nos venía mejor la antigua estación, porque era el mejor sitio para coger taxis con destino a Aleppo.

Al llegar a la estación de Antakya, nos metimos a toda prisa en un dolmuş-camioneta. Como no había sitio suficiente para todos, me ofrecí a sentarme en la parte de atrás sobre mi mochila. Si hubiera conocido de antemano el camino de cabras por el que íbamos a circular me lo hubiera pensado dos veces. Mis vértebras crujieron y compactaron a medida que la furgoneta avanzaba saltando por accidentados caminos.

Unos minutos y cientos de baches después, llegamos a la estación vieja. Allí ya nos esperaba un tío con su coche, debía de ser el cuñado del autobusero. Negociamos el precio con ayuda de nuestro amigo el profesor de inglés. Creo que conseguimos un buen trato, que sellamos con un apretón de manos en 100 liras al llegar a Aleppo. No nos dio tiempo a buscar gente para compartir el vehículo, pero como teníamos prisa por cruzar a Siria antes de que anocheciera, salimos sin mucho tardar. Eso sí, previo paso por una gasolinera para mear, si llego a hacer otro viaje más de empalme es posible que ahora no lo estuviera contando.

El profesor de inglés nos hizo el favor de quedarse en el coche con las mochilas mientras tanto. Nos despedimos, a Ruth le dio la mano y a mí dos besos. Hay cosas en estos países que son tan WTF.

Pasadas las 16:00, salimos de Antakya con dirección a Aleppo. Tardamos cerca de una hora en llegar a la frontera de salida de Turquía. Tras cascarnos el sello de correspondiente en el visado, comenzaba lo complicado. Antes de la frontera siria, estaba el edificio donde se tramitaban los visados. Ya traíamos el visado desde España, pero eso no nos libraba de los trámites.

Entramos en el desangelado edificio y nos dedicamos a rellenar unas tarjetas verdes que había que entregar junto con el pasaporte, donde te preguntaban vida, obra y milagros. Con la mitad ya rellena, apareció el conductor como un torbellino, nos quitó las tarjetas de las manos porque según él “con lo que habíamos puesto ya valía”, las metió en los pasaportes y le tiró los papeles a un madero de dentro de las taquillas.

Como no nos hacía ni puta gracia entregar papeles del visado a medias en un país como Siria, metí la mano bajo el cristal y cogí de nuevo los pasaportes para acabar de rellenarlos. Aquello era un puto caos, sólo había dos taquillas abiertas y la supuesta fila era un tumulto de gente enfurecida que increpaba a los guardias y entre sí. Un bigotudo policía bastante hijo de puta, mientras tanto se dedicaba a reírse de las fotos y nombres de los pasaportes, así como de sus respectivos dueños.

Seguí el modus operandi de los autóctonos y me abrí paso como pude entre la gente hasta depositar de nuevo los pasaportes bajo la jeta del policía. Entonces, una tía histérica perdió los nervios y empezó a gritarle al policía del bigote. Evidentemente, sólo engendró más nerviosismo y violencia en la gente que esperaba.

Afortunadamente, nuestros pasaportes cambiaron entonces de manos hacia un policía un poco más competente. Tras el rebuscamiento de malignos sellos estadounidenses o israelitas en nuestra documentación, así como un breve interrogatorio, recuperamos por fin nuestros pasaportes y la libertad.

Afuera nos reunimos de nuevo con el conductor, que aguardaba con su pasaporte de sellos sobrepuestos, no había hueco para uno más, de tanto cruzar entre los dos países.

Volvimos al coche. Un poco más adelante, inspeccionaron los bajos y el maletero. Parecía que ya se acababa, pero no. Un control más. Y vimos cómo nuestro conductor entregaba con disimulo un paquetito al policía, cuando éste le devolvía los pasaportes.
¡Siria! Por fin. El cambio era palpable. En las desgastadas carreteras, en la pobreza de las aldeas y en el temerario estilo de conducción. El estilo turco nos pareció impecable a partir de ese momento. Jamás había visto nada igual.

La capacidad de adaptación de nuestro conductor fue sorprendente. En un instante, se transformó y pasó a tocar el claxon cada pocos segundos y a adelantar temerariamente, sin levantar el pie del acelerador. Eso de la prudencia, se quedó al otro lado de la frontera.

Nos acercábamos a Aleppo.

Desde la ventanilla, contemplamos el árido paisaje sirio, las motos, la gente.

domingo, 5 de junio de 2011

Arena en las botas, capítulo 09: Cappadocia

15 de Julio de 2010. Día 6.

CAPÍTULO NOVENO:
LAS CHIMENEAS DE HADAS

El despertador nos trajo de vuelta a eso de las 8:00. Salimos de la cueva, nos esperaban unas ricas tortillas con queso y tomate para desayunar.

A las 9:30 pasó por la puerta del hostel una furgoneta a recogernos, para hacer la excursión que habíamos cogido el día anterior. Normalmente no soy amigo de estas cosas, pero no teníamos más remedio si queríamos recorrer más Capadocia que Göreme. Es en esos momentos cuando echo en falta el carnet de conducir. Puto carnet.

En cualquier caso, pasar por el aro de la excursión iba a merecer la pena, dados los paisajes que íbamos a contemplar. Por suerte no íbamos muchos, dos parejas de turcos, un coreano, nosotros dos y la guía, que hablaba inglés.

Empezamos el recorrido por Uçhisar, a pocos kilómetros de Göreme. El lugar es conocido por la peculiar estructura de roca en lo alto de un promontorio, visible desde cualquier punto de los alrededores. La cresta en forma de dos picos triangulares, está cercada por otros dos más pequeños que semejan torreones. Un sinfín de aberturas en la roca se comunican con escaleras, túneles y corredores.


Mientras dábamos una vuelta por la zona, nos juntamos con el coreano, llamado Sun, con quien hicimos buenas migas para el resto del viaje. Volvimos a la furgoneta para dirigirnos al Göreme Open Air Museum. Como su propio nombre sugerirá a los lectores más despiertos y ilustrados, éste se encuentra en los alrededores de Göreme y al aire libre.

Este museo consiste en un extenso conjunto de iglesias bizantinas excavadas en la roca. El interior de éstas está decorado con frescos, como es lógico, en diverso estado de conservación. En su mayoría representaba escenas de la vida de Jesucristo y la lucha de la religión cristiana contra el paganismo. Como ahora, aquéllos eran tiempos difíciles en que los magufos guerreaban entre sí por la supremacía de su creencia particular.

La guía nos explicó muy bien el arte del lugar, pero poco ha quedado en mis notas que pueda trasladar a estas páginas, dada mi nula capacidad para entender las artes pictóricas. Luego, algunos entraron en la Karanlik Kilise (iglesia Oscura), llamada así por la ausencia de ventanas. Como nos parecía un timo tener que pagar las 8 liras extras que costaba entrar, nos quedamos fuera charlando con Sun sobre la sinrazón de las religiones.

La siguiente parada fue Çavusin, un poblado griego abandonado. Caminamos entre las viejas casas excavadas en la falda de la colina. La subida era pronunciada y la vegetación irrumpía entre las ruinas, contribuyendo al progresivo derrumbe de las construcciones más antiguas. Mientras tanto, el sol abrasador de mediodía quemaba nuestra jodida piel.


Volvimos entonces hacia Göreme, donde degustamos viandas varias de la zona en el restaurante de un hotel. La comida estaba incluida en la excursión, para jolgorio de nuestros estómagos. Nos refrescamos con unas cervezas y volvimos a la carretera.

La visita de después me sobró bastante. Fuimos a Avanos, un pueblo famoso por su cerámica, elaborada con la arcilla del río Kızılırmak, que divide la población en dos. El paripé consistió en una demostración de alfarería a la antigua usanza, en una de las tiendas locales. Como era previsible, al finalizar nos llevaron a la tienda. La exquisitez de la artesanía era indudable. Pero simple y llanamente, nos importó un cojón.

Esperando a que terminaran de contarla, deambulamos por el taller como si de un campo de minas se tratase. Cuencos, platos y recipientes de diversos tamaños aguardaban amenazantes en precarias baldas. Todo ello minuciosamente dispuesto en posiciones estratégicamente situadas para fomentar el derribo.

No compramos nada, y felizmente, no rompimos nada tampoco. Descubrimos entonces que mis pies rivalizaban en su tonalidad rojiza con las arcillas del Kızılırmak. El sol de Pamukkale había hecho estragos en las zonas sin crema. Ahora pagaba las consecuencias. La forma de una invisible chancla mostraba el antes y el después, y un escozor continuo me recordaba mi imprudencia. La guía de la excursión se estuvo descojonando un buen rato a mi costa.



Fue más interesante el siguiente destino, el valle de Paşabağı. Allí encontramos un nutrido grupo de chimeneas de hadas. Estas formaciones geológicas son columnas naturales de origen volcánico. Debido a la diferente dureza de los distintos estratos que la forman, la erosión consigue que adquieran esas curiosas formas. Guías y libros insisten en decir que tienen forma de gigantescos hongos. Pero todos sabemos que si a algo se parecen es a penes gigantes.



Aunque las estructuras fálicas eran las predominantes, también había en este valle otras curiosas formas, como la de un conejo, el animal.

Después fuimos hasta otro de los emplazamientos más espectaculares de Cappadocia, el valle de Devrent. Las chimeneas de hadas se extendían en todas direcciones, en este extraño paisaje lunar tan característico de esta zona de Turquía. Contemplamos las tonalidades rosadas de las formaciones rocosas bajo la luz de la tarde y volvimos a la furgoneta.

Entonces la guía nos informó de que nos dirigíamos hacia una fábrica de vino, para gran alborozo de Ruth, que empezó a gritar “¡vino, vino!” agitando los brazos. Tan sincero entusiasmo provocó el sonrojo de la guía, sorprendida por la buena acogida de la siguiente visita.

Para terminar con la excursión, visitamos en los alrededores de Ürgüp otro de los lugares más fotografiados de Cappadocia. Un grupo de tres enormes chimeneas muy espectacular. Estaban rodando una película cuando llegamos allí y pasamos por debajo de la cámara grúa para contemplar el increíble y caprichoso paisaje. Una gran imagen para terminar la visita.


Tras la ingesta de alcohol y ver últimas chimeneas, fuimos de vuelta a Göreme. Tras bajar de la furgoneta nos despedimos de todos entre efusivos abrazos e intercambio de emails y regresamos caminando al albergue. El resto de la tarde lo pasamos jugando a las cartas en la terraza del hostel y escribiendo el diario.

Terminamos el día cenando unos clásicos bocadillos de pan de molde aplastado con atún. Luego nos fuimos a dar una vuelta por Göreme. Última noche en Cappadocia. La inolvidable Cappadocia.