domingo, 20 de marzo de 2011

Arena en las botas, capítulo 07: Nevşehir - Göreme


14 de Julio de 2010. Día 5. Parte I.

CAPÍTULO SÉPTIMO:
EN MEDIO DE NINGUNA PARTE

Dormíamos, ajenos al pasar del tiempo y los kilómetros. El autobús seguía su ruta bajo la noche estrellada turca.

La voz del autobusero rompió el silencio, hasta entonces únicamente perturbado por el monótono ruido amortiguado del motor. Eran las 5 de la madrugada. Nos despertaban para avisarnos de que era nuestra parada. Mirando con esfuerzo a través de las legañas, no vimos la estación de autobuses. Porque no había estación de autobuses. Nos dejaban tirados en medio de ninguna parte, al lado de una carretera en las afueras de Nevşehir.


Empezamos a protestar en idiomas conocidos y por conocer, pero nadie nos entendía. No sin oponer resistencia, no nos quedó otra que bajar del autobús. Aún era noche cerrada.

Permanecimos de pie en el arcén, con las mochilas junto a nuestros pies. Soplaba una suave brisa, arrastrando polvo y hojas secas por la carretera. Un grillo cantaba. Seguimos con la mirada el autobús, contemplando cómo nos dejaba atrás y se perdía en la noche.

De la oscuridad emergió un hombre, acarreando una maleta. Había bajado del mismo autobús y tratamos de comunicarnos con él, pero no hablaba nada de inglés. Mediante señas y algunas palabras en turco averiguamos que la estación de autobuses estaba bastante lejos de allí. Gracias, Beydağı Turizm.

El hombre nos indicó una dirección por donde era posible que pasaran dolmuş hacia la estación de autobuses. Fue cuanto pudimos entender y nos despedimos agradeciéndole más la buena voluntad que la ayuda.

Bienvenidos a Nevşehir. La creciente claridad revelaba una grande y fea ciudad industrial. No teníamos mapa y nos orientamos como pudimos entre calles desiertas. Comenzaba a salir el sol. Nos encaminamos por calles de desolación hasta una solitaria parada de autobús. Soltamos las mochilas, sólo quedaba esperar.

Transcurrió cerca de una hora y por allí no pasaban dolmuş ni venía nadie. Debatíamos si reanudar la marcha, reanudar la búsqueda de la legendaria otogar de Nevşehir, cuando los frenos de una furgoneta chirriaron frente a nosotros. El conductor nos preguntó si necesitábamos ayuda y le dijimos que queríamos llegar a la estación. Entre precarias y titubeantes palabras turcas, nos hicimos entender y se ofreció a llevarnos. No nos hacía mucha gracia recurrir al autostop, pero no teníamos más alternativas que confiar.

Nos acomodamos con los macutos entre fardos de paja. La furgoneta se encaminó fuera de la población, hacia caminos solitarios, caminos de tierra, baches y campo, que nos sugerían secuestro o muerte. Contra todo pronóstico, al final del camino se alzaba una enorme y moderna estación de autobuses.

No nos pidió nada a cambio y nos arrepentimos de haber desconfiado, pero no había sido una noche fácil y el taciturno y rudo conductor no ayudaba a calmar la inquietud que nos asoló en Nevşehir. Nos despedimos agradeciéndole la ayuda, estábamos de nuevo en la senda de la civilización.

A la entrada del edificio, cruzamos unos arcos detectores de metales que evidentemente empezaron a pitar con agudos tonos apocalípticos. Pronto descubrimos que más que para seguridad, debían servir para alertar a los de las agencias de viajes, pues no tardó en acercársenos un astuto comerciante. Su misión era la de endosarnos alojamiento y circuito. Siguiendo los consejos de la guía, que ya avisaba de estos tangues, le dijimos que ya teníamos todo contratado.

Sí que nos gestionó los billetes del bus hacia Adana, que cogeríamos dos días después. Su buena comisión se llevaría, pero por 30 liras turcas cada uno no nos pareció caro. Tocaba esperar un rato a que apareciera algún autobús hacia Göreme, nuestro destino en Cappadocia. Nos sentamos a esperar. Tras rechazar de nuevo los sospechosos tours que el taimado vendedor nos iba ofreciendo sucesivamente, llegó el momento de viajar de nuevo.

Dejamos atrás Nevşehir y comenzamos a contemplar los paisajes únicos en el mundo de la Cappadocia. Las chimeneas de hadas comenzaron a dominar el entorno. Las curiosas formaciones geológicas que le han dado fama a este lugar llenaban el desigual y abrupto horizonte.

El autobús se adentró entre montañas. Una última curva dejó por fin verlo. Nunca olvidaré la sensación al contemplar por primera vez el pueblo de Göreme, abajo en el valle, con sus casas excavadas en la roca y decenas de globos llenando el cielo. Ahora sí, estábamos en la Cappadocia.

La foto no es mía, es de deepgoswami

martes, 8 de marzo de 2011

Arena en las botas, capítulo 06: Pamukkale, parte II

13 de Julio de 2010. Día 4. Parte II.

CAPÍTULO SEXTO:
CON DESTINO INCIERTO

Terminamos de descender las bellas, níveas e hirientes colinas de Pamukkale. Los pies volvieron agradecidos a las chanclas y nos aproximamos al pueblo, buscando refugio del sol abrasador.

Nos arrastramos deshidratados por las tranquilas calles del pueblecito. Encontramos un pequeño bar con una terraza sombreada. Nos sentamos a comer unos pides. Esto es una especie de pizza a la turca, con carne picada especiada. En compañía de unas cervezas Efes bien frías, volvimos a la vida.

Una vez hubimos descansado y reconfortado los estómagos, entramos en un cibercafé, para controlar lo que habíamos ido sacando de cajero ya que en Estambul se nos había ido un poco de las manos el presupuesto. Una vez controlados los dineros, compramos un par de botellas de agua y nos dirigimos calle abajo. Nos habían dicho en el bar que por allí pasaban los dolmuş de vuelta hacia Denizli.

Tras una corta espera, apareció una de aquellas características furgonetas blancas. Nuestro viaje tenía que continuar. En Denizli nos esperaban las mochilas y un nuevo autobús nocturno.

Nos sentamos en un banco bajo la sombra, a esperar la hora de salida. Después del habitual baile de andenes, encontramos nuestro autobús, de la compañía Beydağı Turizm. Dejo el nombre bien claro para desaconsejarla totalmente. El porqué será revelado en el próximo episodio.

Comprimimos los macutos en el ajustado maletero y subimos al bus. Al principio creímos que podíamos sentarnos los dos juntos. Tras 5 minutos pensando que igual no se respetaban las plazas asignadas, acudió raudo el autobusero a imponer orden. Nos mandó a cada uno para un sitio. Y como está mal visto que desconocidos de diferente sexo se sienten juntos, no podíamos hacer trueques de asientos con nuestros respectivos acompañantes. La puta separación de sexos. De modo que me pusieron un maromo al lado y a Ruth le tocó con una señora que le tenía manía.

Éramos los únicos guiris en el autobús y nadie hablaba inglés. No sabíamos a qué hora llegaríamos. Y lo cierto es que tampoco sabíamos con seguridad adónde íbamos. Fueron momentos confusos.

A las 19:30 arrancó el autobús. Nuestro destino, incierto. Nos dieron unos helados, que chuperreteamos felices en la ignorancia, mientras cogíamos carretera rumbo al interior del país.

domingo, 6 de marzo de 2011

Arena en las botas, capítulo 05: Pamukkale

13 de Julio de 2010. Día 4. Parte I.

CAPÍTULO QUINTO:
EL CASTILLO DE ALGODÓN HIRIENTE

Seguíamos viajando cuando llegó el amanecer. Nos encontrábamos en el suroeste de Turquía.

El autobús se detuvo en Selçuk, donde bajaron gran parte de los pasajeros. No muy lejos de allí se alzan las espectaculares ruinas romanas de Éfeso, uno de los lugares imprescindibles del país. Pusimos caras de rememorar y el espacio en torno a nosotros comenzó a difuminarse. Demos paso a a un flashback en el que se suceden imágenes en blanco y negro de tres años atrás. Estamos en Éfeso, caminando por la vía Arcadia y admirando la Biblioteca de Celso.

Termina el flashback de 2007, pido disculpas por tan zafio recurso. Son autorreferencias a obras previas, cosas de autores modernos, por lo visto. Volviendo al relato que nos ocupa, el caso es que estamos a 13 de Julio de 2010, son las 8 de la mañana y los kilómetros se siguen sucediendo con destino a Pamukkale.

El viaje continuó por Aydin y llegamos a una ciudad llamada Nazilli, donde nos hicieron cambiar de autobús. Es habitual que te vendan billetes para un destino y que luego resulte que el autobús no llega hasta allí. Nos juntamos con unos australianos que iban al mismo sitio y nos aseguramos de no bajarnos hasta confirmar que no nos harían pagar nada extra. Una vez aclarado todo, fuimos al otro bus y recorrimos el último trayecto hasta Denizli. Era mediodía cuando llegamos por fin, casi catorce horas después de salir de la otogar de Estambul.

Nos alegró ver la estación de Denizli. En contraposición al caos de la de Estambul, ésta era amplia y moderna, mejor organizada. Parecía que las cosas iban a resultar más sencillas.

Lo primero era garantizarse el transporte de salida. Un encargado de la estación nos indicó dónde conseguir billetes hacia la Cappadocia. Temíamos que no quedaran plazas libres, ya que queríamos continuar el viaje aquella misma noche. Nuestras sospechas no andaban desencaminadas, sólo quedaban 2 plazas y en asientos separados.

Compramos los billetes y fuimos a dejar las mochilas en la consigna. Ahora sí, era el momento de coger un dolmuş hacia Pamukkale. Un dolmuş es una especie de furgoneta, a medio camino entre taxi y autobús, que suele utilizarse en Turquía para pequeños trayectos.

En el interior del abarrotado dolmuş ya estaba la pareja de australianos con los que habíamos compartido viaje hasta Denizli. Enseguida salimos a la carretera y al cabo de media hora llegamos a la pequeña población de Pamukkale. Tras las casas del pueblo, se alzaba la montaña coronada por las blancas y llamativas formaciones calcáreas.

El dolmuş se detuvo brevemente para dejar allí a los australianos. Emprendió entonces el ascenso por una sinuosa y estrecha carretera, dejándonos frente a la entrada norte del recinto. Entraríamos por la zona donde se asientan las ruinas de Hierápolis, una antigua ciudad balneario romana que creció al amparo de las aguas termales, donde acudían nobles de todo el Imperio para sanar sus dolencias.

Pasaba ya una hora del mediodía. El sol ardía implacable en lo más alto, sin duda era el momento ideal para ver ruinas. Nos pertrechamos con gorras, gafas de sol e ingentes pegotes de crema solar y nos dispusimos a ver piedras calientes.

El yacimiento era bastante extenso, pero no era menester detenerse demasiado debido a las condiciones térmicas adversas. Así que caminamos entre las cálidas ruinas. No se veía ni un alma. Faltaban los buitres volando en círculos sobre nuestras cabezas, pero hacia demasiado calor para que aquel lugar albergara vida alguna.



Caminamos entre las tumbas de las necrópolis bajo el sol abrasador. Llegamos al bien conservado Ágora y divisamos el Gran Teatro. No nos demoramos mucho más, estábamos deseando llegar a las piscinas de travertino y seguimos caminando, pisando sobre siglos de historia con pies cansados y chanclas polvorientas.




Tras un recodo en el camino, por fin lo vimos de cerca. En medio del árido paisaje, blancas terrazas de roca caliza descienden en cascada por la ladera. La deslumbrante roca parecía nieve. Las terrazas de travertino son llenadas por el agua que escapa entre las rocas, creando la que es sin duda una de las maravillas naturales del mundo. Pamukkale significa “castillo de algodón”.



Las aguas termales de la zona, ricas en minerales, son las que han originado este fenómeno. La precipitación de carbonato de calcio a lo largo del tiempo ha ido formando estos depósitos calcáreos, que como una cascada congelada, llenan la ladera de capas blancas de piedra caliza y travertino.

No tardamos en llegar al borde del travertino, donde un vigilante en pantalón corto y gafas de sol de tipo duro de los 70, nos avisó de que nos teníamos que descalzar. Poco tardaríamos en comprender que la bonita metáfora del algodón se quedaba en eso, en metáfora.

Caminamos en torno al borde. Unas pasarelas de madera recorrían el perímetro superior, brindando bonitas vistas del conjunto. El agua caía sobre las níveas terrazas que cruzaban la montaña como una gran cicatriz blanca. Pero no todo es tan idílico y aún no he comentado la pega: la aglomeración humana. Cientos de turistas recorrían las blancas terrazas como en una fila de hormigas, empañando la belleza del lugar. Supongo que ha perdido con los años. La masificación ha hecho estragos, pero aún así creo que sigue mereciendo mucho la pena.

Fuimos al extremo más alejado para admirar el entorno con más tranquilidad. No tardamos en meter los pies en remojo en algunas de las terrazas. Sin embargo, la aparente arbitrariedad de los guardias, que dejaba estar en unas terrazas pero que con otras te echaba la bronca, nos tenía desconcertados.




No menos desconcertados nos dejó descubrir a una imitadora de Paris Hilton, que posaba para su fotógrafa y madre con bikini de leotardo y poses de seducción. Entre captura y captura, impartía órdenes a su esclavizada progenitora, que le preparaba un book que el mundo jamás debiera conocer.

Sólo había una manera de llegar al pueblo y era bajando por el travertino. Chanclas en mano, decidimos emprender el descenso. Por el castillo de algodón. De algodón suave como blancas cuchillas.


Imperceptibles a simple vista, los guijarros y protuberancias de la roca convertían la bajada en una dura prueba para los pies. Los ocasionales resbalones no contribuían a aliviar los sutiles pero continuos micropinchazos. Sí, amigo lector, las rocas de algodones desollaban las plantas de los pies. Es el precio de Pamukkale, es la historia tras la historia, es la verdad de la que nadie habla.


Era de agradecer el agua que corría sobre las rocas, refrescando los doloridos pies. Mas poco imaginaba yo el intenso churruscamiento al que estaban siendo sometidos los míos, a los que había olvidado aplicar crema. Entonces aún no lo sabía, pero me iba a llevar un souvenir de Pamukkale. Pies rojos. Pies rojos como el fuego del averno.