domingo, 27 de febrero de 2011

Arena en las botas, capítulo 04: Estambul - Pamukkale


12 de Julio de 2010. Día 3. Parte II.

CAPÍTULO CUARTO:
LA NOCHE DEL PRIMER PASO

La montaña de equipajes colapsaba, los macutos y sacos de dormir desperdigándose en derredor. Tras la cinematográfica frenada, el conductor del autobús se apeó para organizar el asunto, señalando su reloj entre grandes aspavientos.

Mochilas y personas entramos en el autocar en frenética sucesión. Nos dirigíamos a la estación central de Estambul, donde tomaríamos diversos autobuses nocturnos, hacia diferentes destinos de Turquía. El vehículo no parecía ser lo suficientemente pequeño para las estrechas calles de Sultanahmet, pero el hábil autobusero no temía a las leyes de la Física, de modo que lo imposible no era un problema. El autobús serpenteó a toda velocidad por las callejuelas del barrio, mientras en el interior nos agarrábamos a los asientos y apretábamos los dientes.

Salimos a calzadas más amplias que mitigaron los vaivenes. Era un buen trecho hasta la estación y aproveché para echar una cabezada. Llegamos al cabo de una hora. Entonces, el caos.

La otogar de Estambul es probablemente la estación más grande en la que nunca he estado. Era sencillamente abrumadora. Los andenes de diversas compañías se extendían a cientos en apretado espacio, y una marea de gente circulaba entre los autobuses cargando con voluminosas maletas. Cuando nos bajamos del minibús fue una locura enterarse de algo.


Resultó que lo que creíamos que era nuestro billete, era tan sólo una reserva. Así que tuvimos que ir a cambiarlo a las taquillas de Aydin, la compañía. Nos metimos entre la muchedumbre que se agolpaba frente al mostrador y luchamos por llegar hasta uno de los taquilleros. Conseguimos nuestros billetes y nos indicaron que mientras esperábamos, podíamos dejar los mochilones en un cuartucho-almacén.

Dejamos las mochilas y subimos por unas escaleras inciertas tras las que apareció una cafetería. Aquello era un remanso de paz en comparación con el infierno de los andenes. Nos sentamos en una mesita a comer frutos secos mientras veíamos en la tele la edición turca de Survivor.

A eso de las 22:00, apareció un señor a decirnos que fuéramos bajando al autobús. Fuimos al pequeño almacén a por nuestras mochilas y localizamos nuestro bus, que ya estaba arrancando en el andén. Si bien los autobuses de Pamukkale, en los que había viajado en su día, me parecieron cojonudos, no puedo decir lo mismo de Aydin. El autobús de esta noche, algo desvencijado, tenía goteras y no contaba con baño.

Sin embargo, como es norma en los autobuses de Turquía, sí que daban comida y bebida. En ese sentido siempre son hospitalarios, y en todos los autobuses hay un azafato que se pasea pasillo arriba y abajo, repartiendo aperitivos durante el viaje. Gracias a esta circunstancia nos apañamos para cenar, ya que no nos había dado tiempo a comer nada contundente ni a coger víveres de las mochilas. Pudimos así alimentarnos a base de phoskitos y galletitas saladas que caían en nuestras manos de cuando en cuando.

Nos pusieron una peli chunga de Disney, de un ángel que además era jugador de hockey. Mientras tanto, el autobús dejaba atrás Estambul, pasando por interminables poblaciones que rodeaban la gran urbe. Las luces de los edificios fueron dejando paso a la oscuridad de la noche, a medida que avanzábamos por la carretera hacia el sur.

Dormitamos más que dormimos. Cada pocas horas, el autobús paraba en alguna área de servicio en la que invariablemente aprovechábamos para descargar vejigas. El atiborre de aguas, fantas y tés del autobús era una espada de Damocles. Se trataba de conseguir ese frágil equilibrio entre la sed y las ganas de mear, que todo viajero debe afrontar alguna vez.

Era un largo viaje hasta Pamukkale, que nos llevaría el resto de aquella noche y parte de la mañana siguiente. Nuestro itinerario era bastante ambicioso y como de costumbre, los días nunca son tantos como los deseados. Era un primer paso en nuestro camino hacia Siria y era un paso de muchos kilómetros.

Recuerdo abrir los ojos brevemente al pasar entre las luces de la gran ciudad de Izmir. Pasaron las horas entre sueños fugaces e inquietos. Desperté con el alba, mientras el autobús se acercaba a la pequeña ciudad de Selçuk.

martes, 22 de febrero de 2011

Arena en las botas, capítulo 03: Estambul

12 de Julio de 2010. Día 3. Parte I.

CAPÍTULO TERCERO:
PASEOS POR SULTANAHMET

Tal como sucedió la mañana anterior, la luz de un sol cruel nos sacó de nuestros sueños. El efecto del alcohol ingerido durante la noche anterior, impidió que fuera a hora tan temprana. Subimos a la terraza a desayunar; una tortilla con queso y tomate reconfortó nuestros estómagos. En torno a las 11:00 hicimos el checkout. Dejamos los macutos en el albergue y nos fuimos a disfrutar de nuestro último día en Estambul.

Caminamos dirección al Gran Bazar. Llegamos al famoso mercado y nos perdimos entre la abrumadora cantidad de colores y olores. Hicimos algunas compras, no sin los regateos de rigor. Luego tratamos de salir del laberinto. Aparecimos en un mercado de ropa dispuesto en el exterior. Anduvimos entre la marabunta de gente que deambulaba entre los artículos y de repente nos encontramos frente a un cordón policial. En el suelo, un bulto tapado con mantas. No supimos más, e impactados por la inesperada visión, dimos media vuelta en busca de una salida.

Cruzamos un mercado de libros y fuimos de vuelta a Sultanahmet. Pasamos junto a los impresionantes obeliscos egipcios del Hipódromo y nos sentamos en el césped frente a éstos. Aproveché el momento de relajación para reforzar los visados de mi pasaporte con una barra de pegamento que habíamos comprado. Llevaba días mirando con desconfianza los precarios sellos jordanos. La nula adherencia de los mismos auguraba días aciagos.

Tras las labores de reparación, me dediqué a escribir el diario. Porque, amigo lector, si tuviera que escribir estas mierdas, digo memorias, sólo a partir de mis recuerdos, íbamos apañados.

Después de este rato de asueto caminador, fuimos a comer algo. Encontramos un restaurante que recordábamos del viaje de 2007. Apostamos por lo conocido y nos sentamos a comer unos deliciosos platos de kebab, Iskender y Shish. Para terminar, tomé un empalagoso baklava que haría estremecerse de terror a un dentista. Es un pastel propio de la zona de Oriente Medio, de hojaldre, pistachos y miel.



Decidimos tomarnos la tarde que nos quedaba con calma. Fuimos al parque Gülhane, situado junto al palacio de Topkapı. Nos sorprendió ver la extensión del mismo, y lo bien cuidado que estaba. Históricamente, el parque formaba parte del jardín exterior del palacio. Ahora es disfrutado por la población local, que acude a pasear los fines de semana. Muchas parejas y familias turcas paseaban por los jardines o se sentaban a la sombra de los frondosos árboles

Recorrimos el enorme parque hasta el final, donde encontramos un café con bonitas vistas del Cuerno de Oro. Allí nos dimos media vuelta y emprendimos el regreso al albergue para recoger nuestras mochilas. Una vez nos hubimos reunido con la totalidad de nuestros bártulos, fuimos al Orient Hostel, de cuya puerta salía un minibús con destino a la otogar. Mientras esperábamos a que llegara, nos sentamos en el bar de la noche anterior a tomar unos refrescos.

Pasadas las 20:00, apareció el minibús, traqueteando calle arriba. Frenó embistiendo el montículo de mochilas que se había ido alzando a las puertas del hostel. Llegaba el momento de dejar atrás Estambul. El auténtico viaje comenzaba.

domingo, 20 de febrero de 2011

Arena en las botas, capítulo 02: Estambul

11 de Julio de 2010. Día 2.

CAPÍTULO SEGUNDO:
REVIVIENDO ESTAMBUL

No había persianas que evitaran que una intensa luz inundara la habitación desde primera hora de la mañana. El intenso sol que iluminaba nuestras somñolientas jetas nos hizo abandonar la cama antes de lo previsto.

Eran cerca de las 9:00 cuando subimos a desayunar a la azotea del hostel. Un suculento desayuno turco nos aguardaba, con huevos fritos, aceitunas, tomates y queso acompañados de té o café. Disfrutamos de las viandas mirando al azul del Bósforo y haciendo planes con el plano de Estambul sobre la mesa.

Nuestra primera parada fue otro albergue donde vendían billetes de autobuses, el Orient Hostel. Teníamos pensado ir a comprarlos a la estación, pero los desplazamientos hasta la lejana otogar ya salían más caros que la comisión de la agencia, así que decidimos ahorrar tiempo y asegurarnos el bus nocturno de la noche siguiente hacia Pammukale.

Paseamos por Sultanahmet. No transcurrió mucho tiempo hasta encontrarnos frente a la espectacular cascada de cúpulas de la Mezquita Azul. Entramos para admirar el edificio una vez más y comprobar que nada había cambiado. Incluso las graciosas lámparas con forma de condón permanecían allí, inmunes a la censura y contemplando el pasar de los años, indiferentes tras sus formas profilácticas.

 
No volvimos a entrar en Santa Sofía o en el palacio de Topkapı. Había que pagar y queríamos aprovechar nuestra segunda estancia en la ciudad para ver cosas nuevas. De modo que caminamos a uno de los sitios que habían quedado en el tintero en la ocasión anterior, la Cisterna Basílica.

Esta impresionante obra subterránea se había utilizado para abastecer de agua a los edificios de la zona, como el cercano palacio. Descendimos por una húmeda escalera a las profundidades y nos sorprendimos al ver aquella enorme cavidad subterránea, plagada de columnas que emergían del agua. Agradecimos la acogedora temperatura del lugar, que ofrecía un respiro del implacable sol turco. Del techo caían gotas que refrescaban cogotes y cabezas propias y ajenas.


El recinto estaba cruzado por pasarelas, que recorrimos contemplando las adornadas columnas y los peces grandes e inquietantes que se movían silenciosos bajo el agua. Al fondo de la amplia cueva nos encontramos con dos detalladas cabezas de Medusa, esculpidas en piedra.


Al salir del lugar, decidimos caminar hacia el puente Gálata y las aguas del Bósforo. Seguimos los raíles del tranvía entre las calles de Sultanahmet hasta el puerto de Eminönü. El muelle bullía de actividad, con barcos que zarpaban, vendedores ambulantes y pescadores que echaban sus cañas desde el puente Gálata. Subimos al puente y cruzamos sobre las aguas del Cuerno de Oro, disfrutando de la perspectiva única entre las dos orillas.

Pasamos al barrio de Beyoğlu, ascendiendo por empinadas calles hasta llegar al pie de la torre Gálata. Un ascensor te subía casi hasta el nivel superior de la torre. Desde allí unas escaleras guiaban al balcón circular, que ofrecía impresionantes vistas de 360º de la ciudad. Hasta donde abarcaba la vista, se extendían miles de casas entre las que asomaban los minaretes de un sinfín de mezquitas.



Cuando bajamos de la torre, nos encaminamos por la gran avenida peatonal İstiklâl Caddesi, reflejo de la Estambul más moderna y cosmopolita. La calle estaba plagada de gente y tiendas de cadenas occidentales.

A nuestro paso nos fuimos cruzando con gente de todo tipo, muestra de los contrastes de la ciudad. Mujeres con velo y chicas con ropa occidental, incansables vendedores ambulantes y señores cuarentones serios y bigotudos que pasean cogidos del brazo de su amigo.

Al final de la avenida, llegamos a la plaza Taksim, lugar principal de encuentros, reuniones y manifestaciones. Es el centro neurálgico de la moderna Estambul. Tras deambular un rato por la inmensa plaza, nos dirigimos a la estación de autobuses que se encontraba en un extremo. Al llegar allí y ponernos a buscar entre las paradas, nos estuvo acechando un taimado perseguidor, que se empeñaba en guiarnos hasta nuestro autobús por un módico precio.

El brasumen extremo al que fuimos sometidos nos obligó a emprender la huida hasta un parque en las traseras de la estación. Nos ocultamos tras unos setos dispuestos laberínticamente, que nos ayudaron en las maniobras de despiste. Al final pudimos preguntar a un autobusero sin ánimo de lucro, que nos indicó qué autobús coger para ir hasta Aksaray.

Pasaban las dos de la tarde, así que al llegar dimos varias vueltas hasta decidirnos por un sitio para comer. La verdad es que no fue la mejor elección, no comimos muy allá y eso en Turquía es difícil que ocurra, pero estuvimos a gusto.

Caminamos hasta Çemberlitas, donde se erigía la gran Columna de Constantino, y de allí al Gran Bazar, pero estaba cerrado por ser domingo. Fuimos entonces hasta la zona de la Universidad y nos sentamos en el patio de la Beyazit Camii, descansando un rato mientras escuchábamos la llamada a la oración y observábamos cómo llegaban los fieles a lavarse antes del rezo.

Minutos después, reanudamos la marcha por anchas avenidas de calor y desolación hasta otra de las principales mezquitas de la ciudad, la Süleymaniye Camii. Desafortunadamente, la estaban restaurando, así que no pudimos ver más que una estancia donde estaban las tumbas de Solimán el Magnífico y Roxelana.



Tras salir volvimos dirección al puerto de Eminönü y la Yeni Camii, y sin buscarlo nos encontramos inmersos en el Mercado Egipcio, o Bazar de las Especias, que estaba muy concurrido a aquellas horas de la tarde. Cruzamos entre los intensos aromas de las especias hasta salir por el otro extremo de la calle principal.


Muy cansados tras estar pateándonos la ciudad todo el día, decidimos coger el tranvía hacia Sultanahmet. No cabía un alma en los vagones, y el agradable olor a especias fue entonces sustituido por un no menos interesante olor sobaquil.

Llegamos a nuestra parada y subimos al albergue a dejar las mochilas. Enseguida estábamos otra vez en la calle, para buscar un bar donde ver la final del mundial de fútbol entre España y Holanda, que se celebraba esa misma noche. Justo al lado del hostel había una calle repleta de bares, de modo que lo teníamos fácil. Nos sentamos en una de las terrazas, que tenía asientos y cojines por el suelo y narguiles.

Nos habíamos olvidado de contar con la diferencia horaria, así que llegamos como con dos horas de adelanto. Las generosas jarras de cerveza que cayeron hasta el comienzo del partido contribuyeron a disipar en gran parte mis reticencias hacia el fútbol y la selección.

Nuestro bar se fue llenando de españoles y dio comienzo el partido. Las pintas de cerveza fueron cayendo entre la animada conversación y ocasionales momentos de nervios. Posiblemente fue el único partido que realmente viví en mi vida y posiblemente fue el último. Fue una conjunción de factores de probabilidad remota. Como cuando se alinean los planetas o un político español dimite.

Mientras los bares de holandeses y españoles competían en vociferios, vinieron las televisiones turcas a grabarnos y hacer entrevistas. Probablemente salimos en unos cuantos telediarios de Turquía al día siguiente.


Llegó la prórroga y llegó el gol. Llegó el armagedón. Las mesas volcaron, las jarras se derramaron, los narguiles cayeron, las brasas incandescentes rodaron y los gritos invadieron la calle. Los turcos emocionados venían a abrazarnos. En general, el desfase.

Fue la primera vez que celebré una victoria deportiva en mi vida. Nos juntamos unos cuantos del bar para ir a celebrarlo. Lo siguiente que recuerdo es estar en un pub tomándonos copazos al son de Paquito el chocolatero. Los kilómetros salvaguardaron mi reputación.

domingo, 13 de febrero de 2011

Arena en las botas, capítulo 01: Madrid-Estambul



arena en las botas
diario de un viaje por Oriente Próximo

10 de Julio de 2010. Día 1.

CAPÍTULO PRIMERO:
LAS LUCES DEL BÓSFORO

Este viaje comenzó, como suele ser habitual, con el despegue de un avión. También lo hace este relato.

El vuelo nos llevaría directos a Estambul, el punto de partida de un viaje en el que recorreríamos tres fascinantes países de Oriente Próximo: Turquía, Siria y Jordania.

Nos encontrábamos en el aeropuerto de Barajas. El vuelo de Turkish Airlines salía a eso de las 17:00 y acudimos prestos a la puerta de embarque. Los pitidos aleatoriamente programados del arco de seguridad, taladraron mis tímpanos al cruzar. Lo consideré la señal de salida de este largo viaje. Pero he dicho que el relato comenzaba con el despegue de un avión, y ya llevo tres párrafos creando suspense sin motivo alguno.

Despegamos. Miles de kilómetros de vivencias e historias por delante. No imaginábamos entonces que las primeras anécdotas del viaje no aguardarían ni a que llegáramos a Estambul.

Era la víspera de la final del Mundial de fútbol de Sudáfrica. Me hubiera gustado tener un contexto histórico más interesante para esta historia, pero en estos tiempos que le ha tocado vivir a mi autocompasiva generación, parece que los grandes momentos ya sólo pertenecen al pasado. Nos quedan, pues, las mierdas y las grandes mierdas. Recuerdos que se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.

El avión tomó altura entre el rugido de motores. Aparté la mirada un instante de la ventanilla y observé el abarrotado avión. El calvo pasajero que ocupaba el asiento entre nosotros y el pasillo, parecía inofensivo en aquellos primeros instantes. No tardó en revelar su verdadera identidad. Digamos que se llamaba José Luis. José Luis Torrente. Y es que, si alguna vez he conocido a una persona que recogiese con tal fidelidad los matices de un personaje de ficción, ha sido este señor.

Torrente y su compinche con bigote se dirigían a Estambul, con el fin de hacer escala para coger otro avión hacia Sudáfrica. La noche siguiente pensaban asistir en Johannesburgo a la final del mundial. Nos hicieron partícipes de su particular odisea. Puesto que la agencia con la que iban a ir les había dejado tirados, se dirigían hacia Sudáfrica por libres. Sin entradas, sin reservas y sin idiomas. Dimos por hecho que no iban a sobrevivir.

Pasadas un par de horas, nos trajeron unas bandejitas plastificadas con la cena. La bebida también era cortesía de la aerolínea y brindamos con unas cervezas por el viaje que comenzaba. Después Torrente y su amigo se pasaron al whisky. Los copazos se sucedieron uno tras de otro. Torrente se empezó a venir arriba, en sus propias palabras. Desde entonces fue un no parar. No recuerdo cuántas veces gritó lo de “vamos a ganar la fifaworldcup”. Ni las veces que se puso en pie, alzando su copa en sentidos brindis fascistoides en los que derramaba el whisky sobre los asientos. No faltaron las encendidas declaraciones de amor a la azafata turca, que no hablaba español y escuchaba estupefacta cómo Torrente se empeñaba en señalarle su supuesto parecido con la cantante de La oreja de Van Gogh.

No cabrían en estas páginas el sinfín de perlas que pudimos escuchar por parte del “ciclón de Johannesburgo”, tal como se hacía llamar nuestro héroe. Cuatro horas de inspiración concentrada, a 38.000 pies de altura.

La diversión acabó dejando paso al temor de que acabara liándola parda con el síndrome Melendi. El alemán de 2 metros de alto y de ancho que viajaba en el asiento delantero le quería pegar. De tanto en tanto, giraba la cabeza mirándole con furia.

Por fortuna, el aterrizaje llegó antes de que comenzara la trifulca. El avión descendió altura en la noche de Estambul, sobrevolando las luces de los barcos en el Bósforo.

Tomamos tierra y Torrente y su compinche siguieron su camino entre vociferios. Descanso mental. Ruth y yo nos dirigimos a las taquillas para tramitar los visados. Pagamos los mismos y pasamos el control de pasaportes. Minutos después, recogimos nuestras mochilas, felizmente halladas en las cintas de equipaje.

A la salida de la terminal, nos estaba esperando un chaval del albergue que habíamos reservado. Como a las horas que llegamos a Estambul no había transporte público, habíamos apalabrado un transporte con los del hostel. Enseguida apareció una furgoneta para llevarnos hasta Sultanahmet.

Cruzamos de nuevo el estrecho del Bósforo, esta vez por tierra, hacia la parte europea de Estambul. Los barcos anclados se mecían suavemente sobre las negras aguas. Vimos fugazmente la imponente silueta de la Mezquita Azul y poco después el conductor nos dejó en las inmediaciones de nuestro albergue, el Topdeck Hostel. Buscamos entre las estrechas y oscuras callejuelas de Sultanahmet, mientras los gatos se cruzaban entre nuestros pies. Tal como hicimos otra noche de verano igual que ésta, tres años atrás. Estambul, te echaba de menos.



viernes, 11 de febrero de 2011

¡Hola, mundo!

Hace ya unos años que cerré mi primer blog. Hoy he decidido abrir este otro, que de momento utilizaré para ir publicando el diario del viaje que realicé por Oriente Próximo, el pasado verano. A diferencia de otros diarios apócrifos, me apetece publicar el último y así lo haré, por entregas y según vaya encontrando huecos para escribir.

El diseño es el que es, sencillo. Puedes llamarlo minimalista o puedes llamarlo cutre. No importa, es que me gusta así.

Publicaré con periodicidad desconocida e inconstante hasta completar el diario de viaje. Después, ya se verá.

Ah, el título del blog es por el relato corto de Asimov, "La última pregunta". Si no lo has leído, ya estás tardando.