domingo, 27 de noviembre de 2011

Arena en las botas, capítulo 30: Amman-Madrid


Noche del 27 de Julio y 28 de Julio de 2010. Día 19.

CAPÍTULO TRIGÉSIMO:
VUELTA A CASA

Pedimos un taxi para ir al aeropuerto. A eso de las 21:00 llegó el coche. Nos alegramos de reencontrarnos con una cara conocida. El conductor era el mismo que nos había llevado a orillas del mar Muerto y hasta Petra unos días antes.

Dejamos atrás la bulliciosa Amman para dirigirnos al aeropuerto internacional Queen Alia, que estaba bastante alejado de la ciudad. Los controles de seguridad de la terminal eran bastante excesivos y paranoicos. No nos dejaron pasar a los mostradores de facturación hasta poco antes de la salida del vuelo.

Después de ver desaparecer las mochilas en la cinta del check-in, tocaba pasar por el control de pasaportes. Ruth pasó enseguida, pero yo no lo tendría tan fácil. Un viaje no sería viaje sin mis tradicionales problemas aeroportuarios. Debía parecerme poco a mi foto del pasaporte, porque el policía se dedicaba a buscar las siete diferencias comparando minuciosamente mi cara con la de la documentación. Sus ojos entrecerrados y escrutadores reflejaban desconfianza.

Acto seguido, me hizo fotos con una webcam para pasar las imágenes por un comparador de jetas. El ordenador decidió que yo no era realmente yo. Tuve que enseñarle el dni español, pero como era exactamente la misma foto que la del pasaporte, seguíamos en las mismas.

Una frontera me separaba de Ruth y del regreso a casa. Por lo visto, tenía que empezar a hacerme a la idea de una nueva vida en Jordania. Pasó el tiempo y seguimos jugando a las siete diferencias, mientras yo trataba de recrear la misma expresión facial de la fotografía. Pero cada vez más gente guardaba cola a mis espaldas, así que finalmente el madero decidió concederme la libertad.

Un rato más tarde, y tras otro control de seguridad más, por fin embarcamos en el vuelo de airBaltic de regreso a Europa. Para España aún faltaba un poco más. Eran las 2 de la mañana y apenas comenzábamos la larga vuelta a casa.

Caí dormido antes de despegar y abrí los ojos minutos antes del aterrizaje en Riga, Letonia. Era un largo rodeo para llegar hasta Madrid, pero por precio y horarios era lo que nos convenía. En el exterior de la terminal, el agua caía a raudales. En apenas unas horas, habíamos pasado del abrasador sol de Oriente Próximo a la abundante lluvia de las repúblicas bálticas.

Teníamos 4 horas de espera hasta la conexión con Madrid y nos sentamos a esperar en un bar junto a los ventanales de la terminal. Desayunamos viendo la lluvia caer sobre las pistas del aeropuerto de Riga, y los aviones despegar y aterrizar.

A las 10 de la mañana, hora local, partíamos en el vuelo de regreso a Madrid. El viaje tocaba a su fin. Era hora de mirar nubes desde la ventanilla mientras recordábamos todo lo vivido en aquellas últimas semanas. Del reencuentro con los siempre sorprendentes contrastes de Estambul a la bulliciosa Amman. Del descenso por el travertino de Pammukkale a flotar en las aguas del mar Muerto. De la soledad de las Ciudades Muertas a la inmensidad del desierto del Wadi Rum. Del atemporal y concurrido zoco de Damasco a la soledad de las ciudades muertas. Del inexpugnable castillo del Crac de los Caballeros a las norias quejumbrosas de Hama. Del negro basalto del teatro de Bosra a las ruinas resplandecientes de Palmira. Del increíble paisaje natural de la Cappadocia a las majestuosas fachadas de Petra.

Una vez más, recordé por qué me gusta tanto viajar.



sábado, 5 de noviembre de 2011

Arena en las botas, capítulo 29: Amman

27 de Julio de 2010. Día 18.

CAPÍTULO VIGÉSIMO NOVENO:
LA CIUDADELA DE AMMAN

Apuramos la habitación hasta la hora del checkout forzoso. Recogimos todo y salimos a conocer la ciudad, dejando las mochilas grandes en el albergue.

No estábamos demasiado entusiasmados por recorrer la capital jordana. Después de maravillas como Petra, el mar Muerto o el Wadi Rum, sabíamos que Amman era un final agridulce para este gran viaje por Oriente Próximo. Pero era el último día y queríamos aprovecharlo para conocer un poco la ciudad.

El lugar de más interés era la Ciudadela. Intentamos coger un taxi que nos subiera hasta allí, pero los taxistas pasaban de nosotros, así que al final subimos a pata. Un señor muy amable nos indicó cómo ir, no era fácil orientarse en aquel entramado de callejas. De camino hacia las murallas pudimos contemplar el gran teatro romano, uno de los lugares más visitados de Amman. No sabemos si era la bajona pre-despedida del viaje, pero después de ver el impresionante teatro de Bosra, nos supo a poco.


Paramos en una tiendecita a comprar agua y algunas cosas para desayunar. Seguidamente continuamos la subida bajo el intenso sol jordano. Hordas de niños jugaban entre las callejuelas y se acercaban a saludarnos. Pasamos una pequeña mezquita con cúpula verde y llegamos al pie de las murallas, que rodeamos hasta alcanzar la entrada.

Las ruinas de la Ciudadela estaban en un estado bastante malo, pero lo más interesante del lugar era ver tantos períodos diferentes allí representados. Resultado de las numerosas culturas por las que había pasado aquella antiquísima fortaleza. Había restos desde el Neolítico hasta el período musulmán, pasando por griego, romano y bizantino. Pero como contaba, no queda gran cosa en pie.

Quizás lo que más me gustó fue contemplar la enorme ciudad desde aquella elevación. La moderna Amman llenaba las laderas de las colinas en torno a la Ciudadela, en un mar de casas y mezquitas.



Bajamos de nuevo hacia el centro. Nos encontramos con una tienda de narguiles y compramos uno pequeño que ahora adorna nuestro salón. Comimos en el restaurante junto al hostel y disfrutamos del último té entre el humo de los narguiles.

Ya no teníamos tiempo de mucho más, y pasamos el resto de la tarde en el albergue, esperando el momento de ir hacia el aeropuerto. Con las noticias de la BBC de fondo, nos dedicamos a escribir el diario (si no lo tuviera escrito previamente a ver cómo iba a escribir si no estos tochos inaguantables).

A Ruth le entró el síndrome Marty McFly y empezó a preocuparse porque según ella y su móvil era día 26 en lugar de 27 y nos íbamos a equivocar de día para coger el avión. Como en los mejores momentos de Regreso al Futuro, comprobó ansiosa la fecha en el periódico del día. ¿La habíamos liado parda con los husos horarios al estilo Phileas Fogg?

Arena en las botas, capítulo 28: Wadi Rum - Petra - Amman

26 de Julio de 2010. Día 17. Parte II.

CAPÍTULO VIGÉSIMO OCTAVO:
VUELTA A AMMAN

Caí dormido en cuanto me senté en el autobús. Íbamos de regreso a Petra, y desde allí a Amman. No tengo mucho que contar de este viaje. Estaba hecho mierda por mis desventuras a bordo del dromedario adolescente.

El hijo del conductor nos timó poco antes de llegar a Petra. Nos contó que el trayecto completo hasta Amman nos salía (oferta) a 13 dinares por persona. Un rato después, recogiendo las mochilas del hostel de Wadi Musa, nos enteramos de que eran 10 JOD, 5 por cada viaje. Los encargados del albergue se indignaron más que nosotros.

Luego, mientras esperábamos a que pasara el autobús para Ammán, secuestraron a Ruth para que votase el hostel en la web de HostelWorld. He de decir que eran unos brasas con el rating, así no me extraña que pese a ser un albergue bastante malillo haya sido votado como el mejor de Jordania. Afortunadamente los de Hostelworld ya se saben estas artimañas de los listillos y no te mandan el email para votar hasta varios días después de haber ido dormido en un hostel.

Escuchamos el claxon del bus, ya estaba en la puerta. Corrimos con nuestros bártulos y entramos en el vehículo. El viaje llevaría unas dos horas y media, no voy a contar más porque luego me salen párrafos tolkienianos que nadie se lee.

Tras esta elipsis temporal que hago porque quiero acabar este diario de una puta vez, llegamos al hotel. Comimos unos kebabs y pasamos la tarde en plan vago, demasiado cansados para hacer nada que no fuera disfrutar de la cama y el aire acondicionado. Casualmente echaban la película “Sahara” por la tele. Bastante grotesca, salía Penélope Cruz, persiguiendo un tren al galope en un camello. Después de mi experiencia de horas antes, me resultó curioso. No sabía que Pene Cruz hacía pelis de ciencia-ficción.

Por mi parte, tenía las piernas llenas de moratones por el maldito camello teenager. Vegeté hasta que salimos a cenar unas pizzas al sitio que habíamos descubierto cuando habíamos estado en Amman pocos días antes.

El viaje iba tocando a su fin. Un día más para conocer la capital jordana y volveríamos a casa.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Arena en las botas, capítulo 27: Wadi Rum

26 de Julio de 2010. Día 17. Parte I.

CAPÍTULO VIGÉSIMO SÉPTIMO:
EL DROMEDARIO ADOLESCENTE

La luz del amanecer nos encontró en el exterior de la tienda. Nada mejor que despertarse ante la inmensidad del desierto y las rojizas montañas del Wadi Rum.

Salimos de nuestros sacos para ir a desayunar. Recogimos nuestros pocos bártulos y nos pusimos los turbantes, preparándonos para la travesía en camello que nos llevaría de vuelta a la aldea de Rum.

Por delante, 12 kilómetros de marcha, que compartíamos con los dos franceses con quienes habíamos viajado la tarde anterior. Colgamos las mochilas de las monturas y nos subimos a nuestros respectivos dromedarios. Me tocó el más pequeño de éstos. “Qué gracioso, un dromedario adolescente”, dije yo en aquel entonces, todo risueño. Ignoraba el calvario que me aguardaba.

Partimos con el sol elevándose tras las montañas. Pronto dejamos atrás el campamento, disfrutando del maravilloso paisaje del desierto. Pero mi fascinación pronto dejó paso al sufrimiento. Al ser más pequeño, mi camello se bamboleaba más con sus cortos pasos. Por otro lado, las arenas del Wadi Rum son mucho más compactas que las de otros desiertos de dunas, por lo que el suelo amortiguaba poco el movimiento del dromedario. La experiencia distaba mucho de la que recordaba de Marruecos por el Erg Chebbi.



Con aquel movimiento poco tardé en traspasar las fronteras de la mera incomodidad. Con su carácter típicamente adolescente, el camello cabrón se quedaba empanado o comiendo cada planta que veía. La consecuencia de esto era que luego debía pegarse carreras para alcanzar al resto de nuestra pequeña caravana. Estos sprints espontáneos me hacían saltar en el asiento continuamente, para dolor de mis ingles, espalda y cojones, no necesariamente por ese orden.

Definitivamente dejé de disfrutar. Los trotes crujehuesos del dromedario no cesaban. El dolor iba en aumento, el calor iba en aumento, y sudaba bajo el turbante dudando si bajarme y hacer el resto del camino a pie. El paisaje dejó de importarme, sólo quería llegar.

Tras casi dos horas de marcha, ya se divisaba el pueblo de Rum a lo lejos. A mí me parecía que se alejaba como un espejismo, creía que nunca llegaría el momento de desmontar. Imaginé cómo debía sentirse Lawrence de Arabia recorriendo aquel desierto durante días. En mi caso, el dolor se había acelerado por el comportamiento atolondrado de mi camello en pubertad.

Llegué. Cubierto en sudor, lleno de dolores y moratones, pero llegué. Sobreviví al Wadi Rum a lomos del puto dromedario adolescente. Bajé del cuadrúpedo torturador, sintiéndome pequeño al volver a ver el mundo desde abajo. Pero sobre todo, me sentí feliz. La agonía había terminado.

martes, 1 de noviembre de 2011

Arena en las botas, capítulo 26: Wadi Rum

25 de Julio de 2010. Día 16. Parte II.

CAPÍTULO VIGÉSIMO SEXTO:
EL DESIERTO DE LAWRENCE

El jeep era bastante viejo, se calaba y tenía las lunas rotas, pero el conductor sabía llevarlo entre las dunas. Era un chaval de apenas 16 años, pero conducía como si llevase haciéndolo toda una vida.

Hicimos la primera parada junto a las ruinas de un antiguo templo nabateo. Allí devoramos los shawarmas que habíamos comprado antes de salir. El sol de mediodía caía implacable sobre el desierto, pero nos habíamos ocupado de protegernos bien. Las gorras no servían de mucho frente a aquel sol, y tampoco tapaban el cuello. Poco antes me había comprado un keffiyah, el pañuelo rojo y blanco que llevan los beduinos. En España llamamos a todo “palestino”, pero en realidad éstos serían únicamente de color blanco y negro.

Volvimos al coche y recorrimos unos cuantos kilómetros hasta el pie de unas montañas. Desde allí nos aventuramos a hacer un poco de trekking montaña arriba hasta llegar a un bonito manantial, un oasis en medio del calor infernal. En torno al agua que caía, crecían árboles y arbustos entre los que revoloteaban cientos de mariposas. Descansamos un rato en el paradisíaco lugar, antes de poner rumbo al llamado manantial de Lawrence. Al parecer, éste llevaba aquel nombre porque fue allí donde se detuvo Lawrence de Arabia para dar de beber a los camellos, en unos de sus viajes por el desierto con los rebeldes.




Nos detuvimos a tomar té en la tienda de unos beduinos, allí en medio de la nada. Nuevamente volvíamos a disfrutar de la increíble hospitalidad de los lugareños. Después de un rato de charla, seguimos viajando por aquel desierto. Unos meses atrás habíamos estado en el Sahara, y pensábamos, equivocadamente, que aquello no podía ser muy diferente. Pero el Wadi Rum tiene personalidad propia.

La diferencia que enseguida saltaba a la vista era la vegetación. Pequeñas plantas salpicaban la arena infinita de puntos verdes. Asimismo, el terreno era bastante sólido, si bien la arena lo cubría, no eran habituales las grandes dunas que siempre imaginamos en paisajes desérticos. Por otro lado, las arrugadas montañas rojizas que se alzaban en derredor, creaban un paisaje único y espectacular. Jordania seguía sorprendiéndonos.



Nuestro joven guía condujo después hasta lo que llamaban “el pequeño puente”. Un capricho de la geología, que había formado una pasarela natural de piedra suspendida sobre el vacío entre las rocas.

Subir arriba no era fácil, era más escalada que otra cosa. El chaval nos ayudaba indicándonos donde poner pies y manos, por su parte él trepaba como un mono. Ruth decidió no jugarse la vida y contemplarnos desde la seguridad de tierra firme. Pero no era sólo el hecho de escalar por las empinadas rocas hasta el puente. Las maravillosas vistas desde arriba hacia el desierto que nos rodeaba bien merecían el esfuerzo.


Bajamos de allí con mucho cuidado, como era de esperar el descenso era más complicado. Pero no contentos con la posibilidad de seguir viviendo, nos dirigimos hacia otro puente, similar al anterior pero aún más grande. Tras una ardua escalada, de nuevo me encaramé junto con los franceses sobre el precioso paisaje.

 
Fue entonces cuando hicieron aparición una vez más, como no podía ser de otra manera, los belgas, que llegaron en otro coche, conducido por un peculiar personaje en adelante conocido como “el Loco”. Nos los íbamos encontrando por todos los sitios desde Siria.

Fuimos entonces a una gran duna de arena, por la que nos dedicamos a saltar y tirarnos por la arena en un feliz regreso a la niñez. El Loco estaba fuera de sí e incitaba a la gente a hacer competiciones de saltos de longitud, que obviamente iban seguidos por una degustación de arena. Nos llevamos buena cantidad en la ropa y dentro de las botas.




La siguiente rareza natural que vimos fue la “cow rock”, una enorme piedra de forma caprichosa que estaba suspendida sobre unas patas. Si las habilidades de nuestro guía escalando nos habían sorprendido, el Loco lo superó revelando las mismas habilidades de Spiderman. Con los pies descalzos y su agilidad arácnida, trepó a la gigantesca piedra en un momento. El francés que iba con nosotros lo emuló, aunque luego no tenía huevos a bajarse y temimos bastante por su caída. Al final tuvieron que subir nuestro guía y Spiderman para rescatarle.


El sol empezaba a descender sobre las montañas rojizas, así que volvimos al coche y fuimos ya hacia el campamento donde pasaríamos la noche. Estaba bastante bien, con tiendas grandes y cómodas, que rodeaban un espacio con cojines sobre la arena donde reunirse con la gente. No estábamos mucha gente, unas 10 personas, de nacionalidades dispares. Tras tomar un tradicional té beduino de bienvenida, nos fuimos a ver la puesta de sol.

Nos alejamos un poco del campamento y nos sentamos sobre la arena a contemplar los colores continuamente cambiantes del Wadi Rum al atardecer. Un escarabajo grande de cojones se nos unió para el inolvidable momento. Pasamos los minutos embobados contemplando aquel paisaje. El sol se puso tras las montañas mientras la arena se coloreaba de un tono dorado-anaranjado que cambiaba a cada instante. Fue un atardecer de los que no se olvidan.



Con el sol bajo el horizonte, el ambiente empezó a refrescar. Regresamos al campamento, donde ya estaba lista la cena. Había arroz, patatas con carne, ensalada, pollo, humus... un buffet delicioso. Y más después de haber pasado el día comiendo, fundamentalmente, arena.


Nos sentamos en corro a socializar con los compañeros de campamento. La charla versó, como suele ser habitual, de viajes. El cielo se oscureció, pero una enorme luna llena iluminaba el desierto. Demasiada luz para poder contemplar el firmamento plagado de estrellas que sólo puede verse en lugares apartados como aquél. La luz de la luna bañaba las dunas, y el paisaje de arena se tornaba en extraño y sobrenatural.

Trajeron unos narguiles. La gente fumaba y entraba en letargo. Como exfumador, una calada podía ser mi perdición, así que me contenté con respirar el limpio aire del desierto.

Con el humo de los narguiles, la conversación fue decayendo y al cabo de un rato, empezamos a retirarnos a las tiendas. En el interior hacía demasiado calor, así que decidimos sacar los colchones al exterior y dormir al fresco. La temperatura descendía con el paso de las horas, pero dentro del saco éramos felices. Entre dunas y montañas, tumbados sobre la arena, caímos dormidos en el silencio del desierto. 


domingo, 30 de octubre de 2011

Arena en las botas, capítulo 25: Petra - Wadi Rum


25 de Julio de 2010. Día 16. Parte I.

CAPÍTULO VIGÉSIMO QUINTO:
EL WADI RUM SE HACE ESPERAR

Tras el intenso día en Petra, tocaba un nuevo madrugón. El último viaje hacia el sur, antes de dirigirnos de nuevo a Ammán para coger el vuelo de regreso. Aún nos quedaban las maravillas del desierto del Wadi Rum.

Nos despertamos poco más tarde de las 6:00. Enseguida bajamos a recepción, donde dejábamos los macutos grandes hasta el día siguiente. Cogimos las mochilas de asalto con lo imprescindible para pasar un par de días en el desierto y salimos a comprar unas cuantas botellas de agua. Volvimos a la puerta del hostel, por la que en pocos minutos pasaría un autobús con dirección al Wadi Rum.

Así, entre alguna cabezada que otra, llegamos al cabo de unas dos horas al centro de visitantes, donde tuvimos que pagar los obligados 5 dinares por entrar en la reserva natural. Rechazamos las ofertas de tours de los cazatalentos, ya que desde el hostel nos habían puesto en contacto con el dueño de un campamento concreto que nos salía a mejor precio.

Tras la breve parada en el centro de visitantes, el autobús fue dispersando a sus ocupantes por distintos lugares de los poblados colindantes. A nosotros nos dejó en casa de Mohammad, en la pequeña aldea de Rum. Apenas unas cuantas casas dispersas comprendían el pueblo, rodeado por kilómetros y kilómetros de arena inabarcable y montañas rojizas.

Apenas eran las 9 de la mañana. Nuestro anfitrión nos invitó a entrar a su casa, donde nos sentamos sobre una alfombra a la sombra para tomar un té y entablar negociaciones. Nos hizo un descuentillo sobre el precio que nos habían dicho en el hostel, pagaríamos 30 JOD, aunque enseguida nos engatusó también con una travesía en dromedario para el día siguiente, por la que pagaríamos 20 más.

Teníamos que esperar a que llegaran otras dos personas con las que compartiríamos el coche. Mientras esperábamos, nos entretuvimos mirando los camellos que tenían en las traseras de la casa. Había una cría de éstos muy pequeña, pero en cuanto nos acercábamos empezaba a berrear apocalípticamente. Debía de asustarse, así que dejamos en paz a los dromedarios y volvimos al sopor de la espera en la alfombra.


Nos dedicamos a comer higos mientras Mohammad roncaba al lado echándose la siesta sobre una colchoneta. A nuestro alrededor siempre correteaba alguno de los nueve críos que tenía el personaje. El sol en ascenso fue recortando nuestra sombra y las horas pasaban sin que nadie apareciera.

Finalmente nos acabamos mosqueando y Mohammad cogió su móvil y empezó a hacer llamadas. Nos dijo que estaban a punto de llegar los otros dos con los que compartíamos la ansiada escapada por el desierto, y nos pidió disculpas por la espera.

Por fin llegaron, más vale tarde que nunca. Era una pareja de franceses, bastante majos. Nos presentamos todos y conversamos brevemente antes de ponernos en marcha. El desierto de Wadi Rum nos esperaba.

domingo, 16 de octubre de 2011

Arena en las botas, capítulo 24: Petra


24 de Julio de 2010. Día 15.

CAPÍTULO VIGÉSIMO CUARTO:
PETRA

Nos levantamos a las 5 de la mañana, momentos antes de la salida del sol. Era el gran día del viaje, el día que conoceríamos Petra.

Preparamos las mochilas de asalto, con comida para pasar la jornada y agua en cantidad. Salimos en silencio del hostel, intentando no despertar a la recepcionista que dormía junto al mostrador de la entrada. Descendimos la empinada carretera principal de Wadi Musa mientras comenzaba a amanecer, hasta llegar al centro de visitantes situado a la entrada del complejo arqueológico de Petra.

Compramos pases para un día, que costaban 33 dinares cada uno. Pasando pocos minutos de las 6:00, cruzábamos la puerta de entrada al recinto. Ésta daba a un camino de tierra por el que anduvimos hacia Bab Al Siq y las raras estructuras cúbicas conocidas por los beduinos como bloques Djinn, la morada de los espíritus que custodiaban la entrada a Petra. Pronto vimos la primera gran muestra arqueológica de lo que nos esperaba poco después. Un impresionante edificio nabateo excavado en la roca, la tumba del Obelisco.

Pasando el monumento, nos adentramos en el Siq. El serpenteante desfiladero por sí sólo ya merecía la visita. Las formaciones geológicas que encerraban la senda eran espectaculares, las formas y colores de las rocas cambiando tras cada recodo. Recorrimos la garganta en solitario, acompañados únicamente por los trinos de los pájaros más madrugadores.


El camino del Siq es mágico. Nuestros pasos acompañaban los acelerados latidos del corazón. Sabíamos que tras cada quiebro en la garganta, podía llegar el momento de encontrarse de pronto frente al edificio del Tesoro. La garganta comprende kilómetro y medio de longitud, y creo que nadie podría olvidar el momento de recorrer ese camino por vez primera. Fue uno de los momentos más impresionantes de mi vida viajera, si no el que más.


Llegamos solos. El Tesoro, Al-Khazneh, se alzaba frente a nosotros, imponente e inmune al paso de los siglos. La preciosa fachada excavada en la roca corta la respiración. Y es que el emplazamiento, tras la garganta del Siq, parece minuciosamente escogido para dejar sin aliento al visitante.

Ver el Tesoro sobrepasó todas mis expectativas. Da igual haberlo visto mil veces en fotos, lo que encontré al final del Siq superó todo lo que había imaginado antes.

Cuando, allá por mi tierna infancia, vi por primera vez 'Indiana Jones y la última cruzada', no sólo se convirtió en una de mis películas favoritas de siempre, sino que además supe por primera vez de la existencia de aquel lugar. Había soñado mil veces con estar allí.

Dedicamos mucho tiempo a admirar el monumento y a echar algo así como un centenar de fotos. Ruth aguantó mis nerviosismos por fotografiar compulsivamente el lugar en aquel momento único, minutos antes de que empezara a llegar la gente.

Entre tanto, conocimos a un par de turcos, que nos dieron algunos consejos útiles para visitar algunos de los sitios de Petra.

Nos acercamos a la enorme fachada, de más de 40 metros de altura. Tras la puerta en su base, no estaban las trampas que guardaban el paso hasta el Grial, sino una pequeña habitación vacía, que probablemente servía de tumba. La construcción data del siglo I a.C., y fue erigida por un rey nabateo. El privilegiado emplazamiento ha logrado que se conserve casi intacta.

No podíamos dejar de mirar aquella atractiva fachada, nos parecía estar en el escenario de una película. Bueno, en realidad es el escenario de una película, pero me refiero a que era demasiado impresionante para asimilarlo sin más.

Finalmente logramos despegar nuestros ojos de allí. Por muy impresionante que pudiera ser aquello, Petra es mucho más que el Tesoro. Muchísimo más, aunque entonces ignoraba cuánto.

Seguimos caminando hacia la calle de las Fachadas, filas de tumbas nabateas excavadas en la roca, que impresionaban por sus intrincados diseños y esculturas. Nuevamente nos sorprendimos tanto por los monumentos escondidos como por los colores cambiantes de algunas de las rocas adonde pudimos encaramarnos. Al final del camino nos esperaba el Teatro, que a pesar de su aspecto romano había sido construido por los nabateos en el siglo I d.C. También había sido excavado en roca sólida, parece que se les daba bien.




A continuación se alzaban las enormes Tumbas Reales. Primero la magnífica tumba de la Urna, seguida por las tumbas de la Seda y la Corintia, éstas dos mucho más erosionadas. La última tumba era la de Palacio, para mi gusto la más bonita de todas.




Al pasar las tumbas, algo escondida, se encontraba el inicio de una escalera que trepaba a la montaña. Era difícil localizarla si no sabías de antemano por donde buscar. Sabíamos que allí comenzaba la ruta hasta un mirador que se alzaba por encima del edificio del Tesoro. Un sinfín de peldaños guiaban hacia las alturas, serpenteando hacia el quinto coño entre las cumbres.


Comenzamos la escalada. Las sombras se desvanecían a medida que el sol se elevaba sobre nuestras calientes cabezas. Nos embadurnamos en crema solar. La subida no era fácil. Los escalones medianamente reformados de abajo, dieron paso a otros mucho más viejos y erosionados, como no podía ser de otra manera, excavados directamente en la roca. En la práctica, se trataba de caminos empinados de piedra, con dificultad modo cabra.

Tras un recodo, nos encontramos con espectaculares vistas justo sobre el Teatro. Continuamos esforzándonos en la subida. Tras algo más de una hora de caminata, llegamos a una cisterna nabatea. Eran alrededor de las 10:00 y el intenso calor nos ponía a prueba. Desde allí, el camino era aún más difícil. No había nada señalizado, salvo pequeños montículos de piedras a lo largo del camino, pero en ocasiones demasiado dispersos y confusos. 

 
Descendimos por un río seco hasta llegar a un pequeño barranco. Poco más adelante terminaba el sendero abruptamente, y las rocas daban paso a un precipicio. A Ruth le pudo el vértigo y no pudo acercarse. Esperó con cara de terror tras unas rocas mientras me acercaba cuidadosamente hacia el “mirador”. Arrastrándome sobre las piedras, me senté sobre el borde del barranco.

Allí, a unos 200 metros por debajo, estaba el Tesoro. Podía ver perfectamente la fachada, capturando los rayos del sol y rodeada por personas del tamaño de hormigas. Me sentí un privilegiado por poder contemplar aquella imagen. La difícil subida se veía recompensada con creces y supe entonces que estaba ante una de las vistas más espectaculares que vería en mi vida.



Pocos instantes después apareció uno de los turcos, que se jugó la vida para que le sacara unas fotos temerarias. Paradójicamente, mientras tanto me hablaba de los turistas que pierden la vida al año por acciones similares. Le prometí enviar la foto a su familia si se despeñaba.

Volví con Ruth y contemplé con ella el Tesoro desde otro punto algo más seguro. Emprendimos el regreso por el mismo y dificultoso lugar, atentos al camino porque no era difícil perderse. Desarrollamos una curiosa habilidad para reconocer piedras raras y arbustos resecos para orientarnos en el camino de vuelta. Tras un arduo aunque rápido descenso, bajamos de las montañas.

El sol implacable hacia mella en nuestros resecos cráneos y decidimos que era el mejor momento para hacer un alto. Nos refugiamos bajo la sombra de un hueco en las rocas y nos preparamos unos bocadillos, que devoramos junto con unas patatuelas excesivamente saladas para racionar el consumo de agua.

Después de reponer fuerzas, continuamos con la visita. Entonces nos encontramos con los belgas, con quienes ya habíamos coincidido en más de una ocasión desde Siria. Les hablamos de la ruta secreta hacia el mirador de la muerte y seguimos con nuestro camino.

Nos detuvimos un momento frente al puesto de una beduina, que vendía piezas de artesanía. Compramos un collar hecho con huesos de camello para Ruth y la mujer nos invitó a tomar un té. Nos sentamos sobre la manta, cubierta del sol por un improvisado toldo de tela. La mujer recogió ramitas de alrededor con las que preparó un fuego para la tetera.

Charlamos mientras sorbíamos el té. Nos estuvo hablando de cómo vivían allí, y uno de sus hijos pequeños nos enseñó un librito de postales de Petra, que al final le compramos. Se portaron muy bien con nosotros, compartiendo lo poco que tenían. Fue el mejor té que probé en Oriente Medio.

Nos despedimos y anduvimos hacia la calle Columnada, que conducía al centro de la ciudad de Petra. Como nos habíamos salido del camino principal para ir al mirador sobre el tesoro, seguimos un sendero un poco rebuscado. Al final había un puente colgante que no le hizo ninguna gracia a Ruth, pese a la insistencia de un viejo beduino con un sorprendente parecido a Barragán, que insistía en que no había peligro alguno en cruzarlo.

Al final dimos un gran rodeo por polvorientos caminos frecuentados por cabras hasta cruzar un río seco y volver a la senda principal, ante el nada sutil descojone del Barragán beduino.

Cruzamos la pavimentada calle Columnada. Las altas y esbeltas columnas blancas flanqueaban el camino hacia el Gran Templo. Contemplamos otras espectaculares ruinas, que respiraban la historia de siglos. Poco más allá, nos aguardaba Qasr al-Bint. Éste era el único edificio independiente en Petra que ha sobrevivido a siglos de terremotos e inundaciones.



Los conductores de burros nos asediaron para subirnos al Monasterio, el brasumen era considerable y les dijimos el clásico “luego si eso”. Pocos metros más allá había un vestigio de civilización, de civilización moderna me refiero, en forma de un restaurante con algunas mesas y sombrillas. Nos sentamos allí a tomar unos refrescos y aprovechamos para comprar una botella de agua. Nuestras reservas se estaban agotando peligrosamente.

Salvo alguna excepción como ésta y los humildes puestos de beduinos, Petra no tiene exceso de chiringuitos invasivos, lo cual es de agradecer. En Europa esto sería Disneylandia. En Jordania, la ciudad se conserva prácticamente sin invadir.

Mientras disfrutábamos del descanso, avistamos al mítico peneburro, un mitológico animal de cinco piernas que arrastraba su aparato erecto por el suelo mientras dirigía miradas de superioridad al resto de burros del aparcamiento.

Terminamos el refresco y nos pusimos en marcha de nuevo. Nos dirigimos a la explanada donde aguardaban los burros de penes medios y cogimos cada uno un burro-taxi con el que pretendíamos llegar al Monasterio, arriba en la montaña. A bordo de éstos, continuamos por el sendero hasta el comienzo de las escaleras talladas en la roca, seguidos por el propietario de los animales.

Pronto descubrí que mi burro era un poco lerdo y no se enteraba del camino ni de nada. Feliz de la vida, se iba por libre a trotar y a enseñarme mundo, hasta que el guía corría tras él para llevarlo por el camino bueno. Cuando empezó a estrecharse el sendero y circulábamos al borde de barrancos, me pregunté hasta qué punto podía seguir confiando mi vida a aquel bicho. A pesar de todo, me recordé a mí mismo los burros recorrerían aquel camino varias veces todos los días y que se podía confiar en la experiencia de los animales.

Pocos metros más allá, nos cruzamos con unas españolas bastante gilipollas, que insinuaron, bueno, aseguraron, que probablemente nos íbamos a despeñar. Esto fue lo justo para el vértigo de Ruth, que prefirió bajarse del burro y seguir caminando a sufrir de estrés por las peripecias de los animales al borde de los barrancos. En cualquier caso, los precipicios era para verlos, tampoco andaba yo muy convencido.

Ruth descendió de su transporte y el guía corrió tras mi burro libertario que ya iba bastantes metros más arriba, trotando sin control y derrapando en cada quiebro. Pagamos al guía y desde allí seguimos a pie entre barrancos y vistas espectaculares a las bonitas formaciones rocosas de aquellas montañas.

En un punto nos desviamos para poder ver la tumba del león. Seguimos subiendo entre ocasionales invitaciones para tomar el té de las beduinas apostadas en los senderos más anchos. Nos adelantaban burro-taxis desenfrenados mientras subíamos lentamente bajo el fuerte sol de la tarde. El camino parecía no terminar nunca.

Agotados, llegamos al Monasterio, que contemplamos boquiabiertos, como horas antes mirábamos el Tesoro. Menos prolijo en detalles, pero más grande que el Tesoro, el Monasterio es uno de esos lugares imprescindibles entre los imprescindibles de Petra.


Como ocurría con el Tesoro, las promesas de aventuras a lo Indiana Jones se quedaban en la puerta, ya que no había gran cosa en el interior del edificio. Frente al impresionante monumento, en el interior de una cueva había montado un discreto bar. Con el suelo cubierto por cojines, era el sitio perfecto para beber un refresco con la vista del Monasterio allí detrás.


Tras descansar un rato, me dirigí a un promontorio cercano, mientras Ruth me esperaba en la cueva. Según había leído, allí había un mirador que prometía las mejores vistas de Petra. Desde allí se atisbaban las montañas de Israel y los Territorios Palestinos. Tras saciarme de la estupenda vista, bajé de nuevo a la cueva.


Un rato después volvíamos a bajar, esta vez con una temperatura algo más benévola. El sol caía de lado y y regalaba sombras entre los desfiladeros por los que descendíamos. Nos volvimos a cruzar con los belgas, que subían entonces al Monasterio.

A esas alturas de la tarde estábamos bastante destrozados. Decidimos volver hacia el Tesoro, hasta donde había una larga caminata. De modo que tras bajar del Monasterio, volvimos por la calle de las Columnas, pasamos por las Tumbas Reales, el Teatro y resto de monumentos que habíamos visto por la mañana. El atardecer confería una extraña luz rosada a las ruinas.



Y finalmente, llegamos de nuevo al Tesoro. En ese momento había muchos más turistas deambulando por el lugar, habíamos tenido suerte de haberlo visto como lo habíamos visto al amanecer, aunque la suerte la habíamos buscado. Bajo la impresionante fachada también aguardaban algunos camellos y calesas, esperando a los agotados turistas para sacarle unos dinares por el regreso a Wadi Musa.

Sin embargo, pese a todo el ajetreo reinante alrededor, no restaba un ápice de atractivo al Tesoro, de belleza inmutable allí excavado en la roca. Permanecimos allí parados unos minutos más. Era nuestra despedida de Petra, nuestra despedida de un día que sabíamos que íbamos a recordar siempre.

Emprendimos el camino de regreso por la garganta del Siq. Inevitable no echar los últimos vistazos atrás, para ver desaparecer la fachada del Tesoro tras las altas rocas anaranjadas del desfiladero.

Volvimos con piernas doloridas a Wadi Musa, donde celebramos nuestra gran experiencia en Petra con unas merecidas cervezas en el Cave Bar. Fue un día de grandes momentos, con imágenes que se graban a fuego en la retina y en la memoria. Siempre querré volver a Petra.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Arena en las botas, capítulo 23: Mar Muerto - Viva - Dana - Wadi Musa

23 de Julio de 2010. Día 14. Parte II.

CAPÍTULO VIGÉSIMO TERCERO:
LA AVISPA MALÉVOLA Y VIAJE A WADI MUSA

Ascendimos entre montañas altas y escarpadas en nuestro camino hacia el sur. Paramos en Viva, un espectacular mirador sobre el desierto del Wadi Araba. Allí, al borde del abismo fui brutalmente hostigado por una avispa gigante y muy furiosa. El agresivo insecto me guiaba hacia el precipicio, mientras yo luchaba contra mi muerte corriendo en círculos entre las risas de Ruth y del chófer.

Al final tuve que buscar una toalla en el maletero para espantar a mi malévolo insecto perseguidor. Luego paramos en una tienda donde compramos snacks y mierdas varias para comer algo.

La última parada fue en la reserva natural de Dana, también con grandes vistas. Como el taxista no nos dejaba comer dentro del coche, aprovechamos la parada para engullir patatas a puñados.


Desde allí ya viajamos hacia nuestro destino final, Petra. O más concretamente, Wadi Musa, la ciudad que se ha formado alrededor de Petra. Aquí habíamos sido previsores y habíamos reservado, en el Petra Gate Hostel. El albergue no era gran cosa, bastante simplón y sucio, me sorprendió que estuviera en el ranking de albergues de Jordania en el número 1.

Descansamos un rato y después nos fuimos a dar una vuelta por Wadi Musa. Entramos en un badulaque jordano a comprar algo de comida para la excursión a Petra de la jornada siguiente. Después, por ver dónde estaba la entrada, fuimos dando un paseo hasta el centro de visitantes. Estaba al final de una pronunciada cuesta abajo. Llegamos al cabo de 20 minutos. Allí confirmamos precios y horarios y conseguimos unos mapas.

Desde allí fuimos al cercano Cave Bar, el único sitio donde servían alcohol en la ciudad. Se echaban de menos las cervezas por tierras árabes. Disfrutamos de un par de éstas en la terraza mientras planeábamos la visita a Petra del día siguiente.


Cuando comenzó a atardecer, regresamos por la empinada cuesta. Cenamos en una terraza y regresamos pronto al hostel para dormirnos temprano. El siguiente día sería intenso y queríamos estar en las mejores condiciones para recorrer Petra.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Arena en las botas, capítulo 22: Amman - Monte Nebo - Mar Muerto

23 de Julio de 2010. Día 14. Parte I.

CAPÍTULO VIGÉSIMO SEGUNDO:
FLOTANDO EN EL MAR MUERTO

En pie desde las 7 de la mañana. Nos esperaba un largo viaje en ruta hacia Petra. Finalmente no habíamos encontrado a nadie con quien compartir el viaje, así que tocaba pagar el viaje entero.

Dejamos el hotel reservado para la fecha en que volveríamos a Amman, unos días después. Conocimos al conductor y enseguida partimos hacia la cercana ciudad de Madaba, donde se asienta una de las principales comunidades cristianas de Jordania.

Nos detuvimos junto a la iglesia de san Jorge, un antiguo templo bizantino. Allí dentro había un importante mosaico que representa los principales enclaves bíblicos de Oriente Medio, pero no pudimos verlo porque estaban en medio de misa. Como no era plan de esperar a que terminasen, nos contentamos con ver la iglesia griega ortodoxa y contemplar la réplica que había en la taquilla. Teníamos muchas cosas por ver en el largo día que teníamos por delante.

La siguiente parada fue en el monte Nebo. En este lugar fue donde supuestamente el profeta Moisés divisó la Tierra Prometida por vez primera y donde se quedó a morir, a unos saludables 120 años de edad. Por ejemplo. No es que las magufadas bíblicas nos resultaran demasiado interesantes, pero nos lo habían ofrecido con la ruta, así que para allá que fuimos.

Tras pagar el acceso al monte pudimos contemplar diversos mosaicos. También había una basílica, pero no pudimos verla porque estaba en obras de restauración. Al menos las vistas sí merecían la pena, desde allí puede verse el mar Muerto, Jericó, el río Jordán y Jerusalén. Digo lo que nos contaron, porque nosotros no pudimos ver mucho. La calima dificultaba bastante divisar mucho más que los kilómetros de arena y desierto.



Bajamos del monte poco entusiasmados y continuamos el viaje entre numerosos controles militares hacia un destino mucho más atractivo, el mar Muerto.

Enclavado en el gran valle del Rift, el mar Muerto se encuentra en el punto más bajo de la Tierra, 408 metros por debajo del nivel del mar. Pero este mar no es mar, sino un gigantesco lago flanqueado por montañas. El mar Rojo se retiró del Wadi Araba hace unos 100.000 años y dejó estas aguas encerradas.

Pero si algo caracteriza al mar Muerto, es su extrema salinidad, unas 9 veces superior a la del agua del océano normal. Esto sólo es tolerado por vida microscópica, de ahí lo de mar muerto.

Desde tiempos inmemoriales este lugar ha atraído a visitantes en busca de las propiedades del lodo, algunos tan ilustres como Cleopatra o Herodes. También se cree que este lugar fue también cuna de ciudades bíblicas como Sodoma y Gomorra.

Hoy en día, numerosos resorts turísticos pueblan las orillas del mar Muerto, que cada vez van quedando más lejos. Esto es debido a la explotación de sus recursos minerales mediante la evaporación artificial de sus aguas, que hacen empequeñecer el mar a pasos agigantados. De hecho, la extensión se ha reducido a casi la mitad en los últimos 70 años.

Nos dejaron en una de las playas públicas, llamada Amman Beach. Puede parecer una mierda tener que pagar por pegarse un chapuzón, pero la ducha de después para quitarse la sal no tiene precio.


Nos pusimos el bañador y quedamos con el conductor para 2 horas más tarde. Rápidamente nos bajamos a la playa y nos zambullimos en las aguas del mar Muerto.

Era una sensación extrañísima estar tumbado sobre el agua y no sumergirte. El líquido parecía una sopa aceitosa y cálida, nada que ver con los habituales baños playeros. Intentar nadar o cambiar de postura sobre las aguas era tarea imposible por la gran flotabilidad, por lo que cualquier movimiento era siempre de lo más ortopédico y gilipollesco.


Nos dedicamos a flotar sobre las aceitosas aguas. El agua extremadamente salada descubría microheridas insospechadas y hacía picar todo el cuerpo. Meter la cabeza era, además de difícil, una temeridad y no lo recomiendo si quieres conservar la vista. Me entró un poco de agua en la boca y estuve paladeando sal durante horas.

Otros se dedicaban a revolcarse por el lodo curativo cual piara, en general todo el mundo era feliz en aquella orilla del mar Muerto.

Tras chapotear risueños cual guiris y hacernos las tradicionales fotos chorras, subimos a las piscinas que había ladera arriba. Había bastantes familias jordanas pasando allí el día. Lo de bañarse en el mar, es sólo cosa de guiris.

Nos quitamos las toneladas de sal en las duchas y nos metimos en la piscina. Nos impactó ver a algunas mujeres locales bañándose con toda la ropa, velo incluido. Tengo esa imagen grabada. Mierda de vida.

Tras relajarnos en la piscina, nos pusimos otra vez nuestras ropas polvorientas y continuamos el viaje hacia el sur del país.